viernes, 12 de septiembre de 2014

Frin, Capítulos 11 a 16. (para la próxima semana: 2°D, E, F y G)

11
Se veían nubes cargadas, Su mamá le dijo que buscara las botas, le puso su campera impermeable que tenía una capucha.
 —Mamá, parezco un astronauta.
—Mientras no seas un chico resfriado, no importa lo que parezcas.
Frin estiraba sus brazos abiertos y se balanceaba.
—Aquí Houston, aquí Houston...
—(Sonriendo) Quédate quieto, que no te puedo cerrar la campera.
—... en este planeta llueve, Houston.
—Frin, que esto no cierra.
—Porque está vieja, mamá.
—Todavía sirve.
—Si nunca la tiramos siempre va a servir, me gustaría una nueva.
—Para tu cumpleaños.
—No, para mi cumpleaños quiero algo para mí.
—¿Y una campera para quién sería?
—No es lo mismo.
A Lynko le compran ropa aunque no sea su cumpleaños.
—… —Me gustaría una campera verde como el buzo de Lynko... Con ésta parezco un astronauta.
—Frin, mientras yo no consiga otro trabajo.
—¡Ufa! ¡Siempre el trabajo y el dinero!
—Cuando seas grande vas a tener tu propio dinero y te vas a comprar todas las camperas que quieras. —Una campera es algo que se usa, un regalo es distinto... Además me quiero comprar un libro.
—Pero si tenés un montón que no leíste.
—De versos, no tengo ninguno... (estiró los brazos) Houston, Houston, estamos frente a una forma de vida muy extraña.
—¡Vos serás una forma de vida muy extraña!
—¿Atacamos, Houston? ¿Atacamos? Confirme.
—Andate que vas a llegar tarde.
—¡De acuerdo! (empujó a su mamá, que estaba agachada frente a él, y la hizo caer sentada).
—(Riéndose) ¡Frin!
—¡Ataque exitoso, Houston!
—¿Sabés qué les va a pasar a Houston y a vos?
—¡Oh, oh!, Houston, creo que dejamos la eliminación para otro momento.
Salió corriendo hasta el patio, se subió a su bicicleta y se fue riendo. Cuic cuic. La librería todavía estaba cerrada. Qué raro. Tocó en la casa de Elvio, y esperó. Pasó un rato sin oír nada. Volvió a golpear más fuerte. Oyó unos pasos que se acercaban.
—¿Sí?
—Soy yo, Elvio
—... ya voy.
Fue a sentarse en la vidriera y esperó. Empezaba a lloviznar. Después de un largo rato lo vio aparecer, caminando despacio. Sin afeitar. La camisa fuera del pantalón. Se acercó a abrir la puerta sin decir nada. Frin sintió olor a alcohol. Venía de la respiración y de la ropa de Elvio: olía a vino. Ya otras veces lo había visto con una copa en la mano, y le había dicho que era por el frío, otra vez por el reuma. Entraron. Frin levantó las persianas. La llovizna seguía cayendo. Elvio se sentó del otro lado del mostrador, mirando hacia la calle, sin hacer nada.
—Hoy que cobro me voy a comprar un libro. Elvio se quedaba con la vista fija en la ventana, o en la llovizna, o en cualquier cosa.
—¿Quiere que prepare café?
—... (respiraba lentamente, hizo un leve balanceo).
—¿Se siente bien?
—... ¿eh? (como si saliera de un sueño).
—¿Le pasa algo?
—... hoy vamos a cerrar.
—¿No quiere que me quede yo?... Vaya a descansar y yo atiendo.
—... (le pasó una mano por la cabeza).
—En serio, Elvio, vaya. Fuera por cansancio, porque confió o porque todo le daba lo mismo, en vez de poner la llave en la puerta, se las dejó en la mano a Frin y se fue.

Toda la librería para él. Encendió la radio, bien fuerte. Hizo que tocaba la guitarra eléctrica con una regla. Después se dio cuenta de que no iba a cobrar. No se atrevía a pedirle su dinero. ¿Cómo iba a hacer para comprar el libro que quería leerle a Alma? Se puso a leer su artículo sobre la maratón. Entró una clienta. Bajó la radio. Le vendió un mapa. La mujer preguntó por Elvio y respondió que había tenido que ir a arreglar unos asuntos.
—¿Y te dejó a vos al frente del negocio?
—... (asintió con la cabeza).
—¡Cuánta confianza te tiene!
La mujer pagó y se fue. Frin subió el volumen de la radio y volvió a tocar la guitarra eléctrica con la regla. A media mañana se le ocurrió ir a ver cómo estaba Elvio.

Puso el cartel de "Ya vuelvo". Fue hasta la casa. Se asomó a su cuarto y vio que estaba tirado encima de la cama, durmiendo. El olor era más fuerte. Decidió prepararle un té. Lo hizo y se lo dejó en la mesita al lado de la cama. Volvió al negocio pensando en algo que había oído una vez.
Elvio tenía una hija que vivía en otra parte, que no le escribía nunca y sólo lo llamaba cuando necesitaba plata. Se le ocurrió que podía sacar el libro de la biblioteca. Puso el cartel y salió bajo la llovizna suave y persistente. En la vereda de enfrente una abuela se cayó, como un tronco; casi ni alcanzó a poner las manos para atajar el impacto. Fue tan raro que Frin no reaccionó enseguida, como si sucediera en una película. Cruzó la calle y la ayudó a levantarse.
La mujer traía una bolsa de compras en un brazo y un paraguas que había quedado dado vuelta, como una flor panza arriba. La señora se recostó contra un árbol. Frin esperaba que se incorporara, pero se demoraba y se tocaba la nariz. Le salía sangre. Frin tomó el paraguas, lo enderezó y la cubrió. Vio que ella sacaba un pañuelo viejo y remendado. Se secaba la sangre de la nariz. Frin se ofreció a acompañarla y le dio su brazo. Ella lo tomó. Caminaron lentamente hasta una casa en la que había un señor mirando afuera.
—Oh, ahora mi marido se va a preocupar (dijo ella).
En la puerta le entregó el paraguas, se despidió y salió corriendo. Encontró el libro en la biblioteca. Volvió al negocio: era hora de cerrar. Pasó a dejarle la llave a Elvio. No se había levantado. La taza estaba en el piso y el té estaba derramado. Levantó la taza. Secó el suelo. Dejó la llave en la mesa de la cocina y se fue hacia su casa, pedaleando lo más fuerte que podía. Cuic, cuic. Maldición, tenía que llevar a aceitar la bicicleta antes del picnic.
Qué mañana más rara. Su mamá no podía comprarle la campera. Elvio no podía trabajar y esa viejita no podía caminar sola. Su mamá le había dicho que cuando fuera grande iba a tener su plata. Todavía no tenía su plata, pero ya se sentía grande. Y lloviznaba. Lloviznaba como si se hubiera dado vuelta un barco, o como si las nubes pedalearan llovizna hasta poner el mundo patas arriba.

12
Llegó el sábado tan esperado. Saldrían de picnic con Alma y Vera... y con Arno, aunque Arno tal vez no. Prometió que a lo mejor no podía. Bueno, no lo prometió. Eran las ocho menos cuarto y habían quedado en salir a las ocho y media.
—¡Mamá, me voy a buscar a Lynko!
—¿No se encontraban acá?
—¡Sí, pero lo voy a pasar a buscar igual!
—Frin, ¿por qué no esperás tranquilo? Ya va a llegar; desde las seis y media que te oigo dar vueltas.
—¡No, pero mejor paso a buscarlo por si tengo que ayudar con algo!
—Van a cruzarse en el camino y se van a pasar toda la mañana buscándose.
A Frin se le hizo un chiste buenísimo. Se rió, saludó con un grito a su mamá. Salió disparado hacia la puerta del patio. Frenó de golpe, regresó corriendo, le dio beso a su mamá, y volvió a salir. Pero en ese preciso instante Lynko abría la puerta.
—¡¡¡Mamá, ya llegó!!!
Entraron abrazados, así, de hola, amigo. Revisaron lo que cada uno llevaría y lo que pensaban hacer. Frin estaba excitadísimo, quería que Lynko entrara la bicicleta, no fuera que se la robaran y no pudieran ir de picnic por tener que hacer la denuncia o perseguir a los ladrones. Le mostró que él había ido a la bicicletería para que le ajustaran los frenos, le inflaran bien las gomas; pero sobre todo para que le pusieran aceite en el piñón. No podía salir con Alma y Vera si hacía cuic... cuic... en cada vuelta del pedal. La mamá terminó de preparar su vianda, le dio un beso como si se fueran de viaje, no de picnic ahí cerca. Salieron a esperar a la vereda. Frin entró a ver qué hora era a las ocho y cuarto. A las ocho y veinte. A las ocho y veintitrés. A las ocho y veintisiete, que fue cuando se desesperó.
—Quedamos a las ocho y media, tranquilizate (Lynko).
—¿Será que no las dejaron?
—Hubieran avisado, ¿no?
—¿¡Y si tampoco las dejaron avisarnos!?
—... (Lynko puso los ojos bizcos y sacó la lengua, como diciéndole que estaba loco). —... (Frin entró nuevamente, regresó agitado): ¡Ya son las ocho y treinta y cinco, Lynko! ¿Qué hacemos? ¿Las vamos a buscar?
—¡No! ¡¡¡Quedate aquí sentado que ya vienen, te digo!!!
—Si querés las vamos a buscar y le puedo pedir a mi mamá que nos acompañe y les hable a los papás para que las dejen.
—(Se agarró la cabeza)... no, no quiero.
—¡¡¡Lynko, no seas mal amigo!!! Pero Lynko saludaba a Alma y Vera, que se acercaban a media cuadra. Frin se sentó a la velocidad del rayo y cambió de conversación. —Che, ¿no querés que hagamos juntos el trabajo de la capa de ozono?
—... Frin ¿no te estarás volviendo loco?
Llegaron. Ellas se bajaron de sus bicicletas y acercaron sus mejillas. Entonces ellos reaccionaron saludándolas con un beso. Frin no salía de su asombro. En la escuela no se saludaban así; pero, claro, esto no era la escuela. Era la primera vez que se saludaban de beso. ¿Se habrían puesto de acuerdo antes de venir para acá? Si era así, ellas les llevaban ventaja. Él y Lynko estaban perdidos, no se habían puesto de acuerdo en nada. Qué tarados, ¿cómo no pensamos en eso?

 —¿Vamos? (propuso Lynko).
—Falta Arno, ¿no? (recordó Alma).
 —(¿Entonces sí es su novio?, pensó Frin).
Pero dijo que lo más seguro era que no iba a venir.
—No, dijo que a lo mejor no venía (intervino Lynko).
—... (Frin lo miró enojado, ¿por qué no te callás?).
 —Sí, mejor esperémoslo (dijo Vera), seguro que va a llegar.
Otra vez sentados a esperar; pero ahora conversaban entre los cuatro. Cada cinco minutos Frin proponía:
—Vamos, no va a venir.
—Esperá un minuto.
—Es que se nos va a ir la mañana.
—Apenas son las nueve.
—¿¡Ya son las nueve!? ¡Entonces vamos! ¡Quedamos a las ocho y media!
—¡Mirá, ahí viene! (dijo Vera, y saludaba).
Sí. Ahí venía. A media cuadra. Y no sólo venía. Sino que venía caminando. Lentamente.
—¿Y tu bicicleta? (preguntó Lynko).
—¿Era en bicicleta? (distraído).
—Claro, Arno ¿cómo vamos a ir de picnic, si no? (Alma, sonriendo).

—¿Ah, de picnic? Yo entendí que nos quedábamos a jugar acá. Frin no lo podía creer, lo miraba a Lynko como diciendo: és-te-me-de-ses-pe-ra.
—Quedamos en encontrarnos acá; pero íbamos de picnic. —¡Uy!, yo no sé si me dejan (dudó Arno).
—¡Perfecto! ¡No lo dejan! ¡Arno, gracias por haber venido, podés quedarte a leer mis revistas! ¡Vámonos!
—¡Frin! ¡No seas mal amigo! (dijeron Alma y Vera), vamos a acompañarlo a su casa a buscar la bicicleta.
—... es que tiene una goma pinchada.
—Y bueno, te acompañamos a arreglarla (dijo Lynko, aguantándose la risa, porque sabía que era lo último que Frin quería hacer).

Caminaron al lado de sus bicicletas hasta casa de Arno, mientras Frin cada tanto, sin que lo vieran los demás, le hacía señas a Lynko, agarrándose el cuello y sacando la lengua afuera. Arno lo sacaba de las casillas. Pero, fuera como fuera, ya había empezado el paseo.
13

Llegaron los cinco a casa de Arno, que quiso abrir; pero la puerta no. Probó de nuevo. No. Estaba cerrada con llave. Arno se dio vuelta, con su camisa saliéndose del pantalón, sus cordones, uno desatado y otro hecho con un nudo que jamás se desataría, y todo él, así con el pelo despeinado, como si al despertarse tampoco hubiera estado la mamá, miró al resto con cara de que el avión ya se fue, y les dijo:
—Mi mamá no está.
Se quedaron sorprendidos; sólo Vera atinó a preguntar:
—... ¿y vos no tenés llave?
—... (hizo que no con la cabeza).
Pausa. Silencio, volvió a hablar Arno.
—Vayan si quieren. Lo dijo con un tono de camisa afuera del pantalón, despeinado, y los miró con una cara de cordones abandonados, que Lynko propuso que lo acompañaban hasta que llegara la mamá, y hasta Frin estuvo de acuerdo.
Se quedaron como si se hubiera ido la luz. Frin miraba la vereda de enfrente, como todos. A su lado estaba Lynko, luego seguía Vera, luego Alma, y luego Arno. Sí, estaban sentados juntos, y él estaba en la otra punta.
En la otra punta de donde quería estar, cosa que ya había sentido otra vez, que estaba en la otra punta de donde quería estar. Que no había silla para él, o que su silla la estaba ocupando otro. Siempre así. Qué día de porquería. En eso llegó la madre, caminando rápido y no cambió la cara de enojada, por más que todos la saludaron correctamente. Sólo se dirigió a Arno.
—¿¡Se puede saber qué hacés acá, sentado como un tonto!? Se quedaron duros al oír cómo le hablaba.
—Es que era un picnic. Respondió Arno con su tono confundido, que ahora se explicaba por qué. Frin se dio cuenta de que Arno estaba como si siempre tuviera a su mamá gritándole tonto.
—¿Y me pediste permiso?
—... (mirando el suelo).
—¡Contestame, burro! ¿¡O no oís que te estoy hablando!? Arno levantó los ojos confundidos, y la miró como si esperara un golpe.
—¡Sos un inútil, carajo, no vas a aprender nunca! Se metió en la casa dando un portazo y cerrando otra vez con llave. Frin se dio vuelta y dijo:
—Che, ¿ésa es tu mamá o es la que mató a tu mamá? Los demás lo miraron con cara de retarlo.
—... es mi mamá. Contestó Arno, con su tono de confusión, hundido como un barco que se está hundiendo, como un barco de transportar frutas que se está hundiendo a metros de la costa. Con sus naranjas flotando de adiós adiós, nos lleva la corriente, adiós adiós. Arno seguía callado. Lynko habló.
—Pedile permiso, te esperamos.
—No, mejor váyanse.
—No, andá, te acompañamos (dijo Alma). Arno se levantó cansinamente, fue hasta la puerta, tocó el timbre. Frin vio que la campera de Arno le quedaba grande y apenas asomaban sus dedos por los puños. Pasó un rato, y como si eso ya hubiera ocurrido otras veces, Arno volvió a tocar timbre, resignado. La puerta se abrió de golpe.
—¿¡Qué querés, burro!?
—¿Lo deja ir de picnic con nosotros, señora? (preguntó Alma).
—(Pero ella ni lo miró) ¡A vos te pregunto! ¡Pasá!

Arno entró, la puerta se cerró con un golpe. No podían creer lo que habían visto. Adentro seguían oyéndose los gritos. Tonto. Tonto. Vos lo que querés es matarme. Sos un burro.
—Yo nunca había venido a casa de Arno (Alma).
—... yo tampoco (Lynko).
—... ni yo (Vera). Frin fue hasta la puerta y tocó timbre. Los tres lo miraron sorprendidos.
—Frin, la mamá se va a poner furiosa (Vera). El no hizo caso y volvió a tocar. La puerta se abrió bruscamente y antes de darle tiempo a que la mamá gritara, Frin preguntó con voz firme.
 —Hola, señora, ¿está Arno? Esa pregunta la desconcertó, ¿cómo si estaba Arno?, si ellos lo habían visto. Demoró un segundo en dar el grito que traía preparado, y Frin reaccionó nuevamente.
—Hola, señora ¿está Arno? Venimos a buscarlo porque queremos que vaya a un picnic con nosotros (en un tono que parecía amable, pero levantando la voz). La señora dio un portazo y se metió adentro.
 —¿No te dije? (Vera). Pero Frin no la oía, estaba ahí parado, pensando si iba a tocar de nuevo el timbre o qué, cuando la puerta se volvió a abrir, ahora con dificultad. Era Arno con su bicicleta.
—Me dijo que me vaya con ustedes.
—... (ninguno entendía nada).
—... bueno... vamos (Alma).
—Pero no tengo qué comer y la rueda está rota.
—Nosotros traemos... vamos a la bicicletería ¿tenés plata para el arreglo? (Lynko).
—... (Arno hizo que sí con la cabeza).
Salieron los cuatro caminando con sus bicicletas al lado, en silencio. El paseo empezaba de nuevo, pero desde otro casillero, como en el juego de la oca. Lynko espió de reojo a Frin, que caminaba mirando al suelo. Se acordó de la vez que se había agarrado a trompadas por él, y lo juntaba con lo que había hecho hoy y no parecía el mismo. Alma le ofreció caramelos a Arno que, por tomarlos sin soltar la bicicleta, casi se cae. Siguieron caminando, él, Vera, Alma, Lynko y los pantalones arrugados, el pelo despeinado, la camisa salida, un cordón desatado, la campera demasiado grande de un barco de frutas que medio se hundía, a metros de la costa, llenando la corriente de naranjas ajenas al barco que naufraga, y mezclando su perfume con el de este sábado por la mañana.
14
 La bicicleta de Arno, vieja y emparchada, iba en silencio, como debe hacer toda bicicleta o caballo que tampoco va dándole conversación al jinete. En cambio, la de Frin, recién pasadita y todo por la misma maldita bicicletería, engrasada y aceitada hasta chorrear el estúpido aceite, seguía haciendo cuic cuic. Era la única que hacía ruido. Frin estaba furioso.
—Frin, ¿no le diste de comer? (Lynko). Todos se reían, Arno, en otro planeta como siempre, interrumpió:
—Yo sé un chiste.
—¿A ver? (dijo Frin para desviar la atención). Arno empezó a contar de un niño que tenía que comprar un sandwich de jamón y al que, antes de llegar a comprarlo, le pasaba de todo. Pero realmente de todo, porque llegaron al límite del pueblo y al chico del cuento de Arno le seguían pasando cosas y todavía no podía comprar su sandwich. Empezaba el camino de tierra. Frin ya quería que terminara el chiste. Una cosa era que Arno lo salvara de la broma de Lynko y otra cosa era que acaparara toda la atención.
—¿Vamos al cementerio viejo? (propuso Lynko).
—No (dijo Alma, enseguida).
—... (Frin se sorprendió, ¿le dará vergüenza de cuando fuimos juntos?).
—Oigan que les sigo contando (Arno).
—Esperate que tenemos que decidir adonde vamos.
—Yo conozco un monte que queda por acá; pero no me acuerdo bien del camino (Vera).
—Vamos a ése y lo buscamos (Lynko).
—Oigan, les sigo contando (Arno). Llevaban media hora pedaleando y el chico del cuento de Arno no podía comprar el famoso sandwich de jamón porque tenía que ayudar a una viejita a que cruzara la calle, después porque pasaba un carro de bomberos, después porque le robaban la bicicleta, tenía que ir a hacer la denuncia, la encontraban; pero después se la pedía prestada un viejito. Y así mil cosas y nunca llegaba a comprar el maldito sandwich de jamón. Nunca habían oído un chiste tan largo. Frin estaba furioso con el estúpido de Arno, con los estúpidos de los demás que no paraban de reírse del estúpido chiste del estúpido Arno, con el estúpido niño del estúpido chiste. Hasta con el estúpido sandwich del chiste. ¿Cuándo iba a parar de hablar e iba a dejar hablar a los demás?
—¡Dale, Arno! ¿¡Y qué pasó!? (decía Alma desesperada y divertida).
—¡Sí, basta Arno, hablemos de otra cosa! (aprovechó Frin).
—No, Frin, dejalo que siga (de nuevo Alma).
—... (¿quién la entiende?, pensó Frin).
—Sí, esperen, todavía falta, porque, cuando estaba por llegar al negocio, se le cruzó un perro con una manchita blanca...
—¡Termina el maldito cuento! (gritaba Lynko, muerto de risa).
Seguían pedaleando y riéndose ya no porque importara el cuento, sino porque no acababa nunca; y porque Arno jamás había hablado tanto. Se le habrá destapado algún caño en la cabeza, pensaba Frin, pero con ganas de volverlo a tapar. Trataba de que se le ocurriera algo gracioso, para hacerlos reír él también; pero ni podía pensar, porque Arno no paraba de hablar, los demás, de reírse y su bicicleta, de hacer cuic cuic.

Más se alejaban del pueblo y más divertidas eran las cosas que se le ocurrían a Arno para alargar el chiste. Frin notó que Alma se reía despreocupada. Cuando llegaron estaba seria, por eso que le había contado Vera, que sus papás estaban con problemas. Pero ahora era la misma de siempre, alegre y con una risa maravillosa. Arno inventaba más y más cosas, y eso los hacía pedalear más lento. En un momento tuvieron que detenerse porque Alma casi se caía de la risa.
—Oigan, me parece que no es por acá (interrumpió Vera, todos frenaron).
—¿No era que sabías? (preguntó Lynko).
—Pero les dije que no me acordaba tanto.
—¿Y ahora? (Alma).
—Si quieren nos quedamos y les termino de contar (Arno).
—¡Nada que ver, es feo este lugar! (Alma y Vera).
—Sigamos, seguro que es cerca (dijo Frin, tratando de tener iniciativa en algo).
—¿Y si nos perdemos peor? (Alma).
—Creo que sé cuál es (Frin).
—... (Lynko se dio cuenta de que estaba mintiendo y que lo decía para alardear delante de todos).
—Vamos (insistió Frin, rogando que se le ocurriera algo).
—Les sigo contando (dijo Arno). Todos se rieron. Hasta la bicicleta de Frin, que hacía cuic cuic. Pero él no; quería regresar, mandarlos a todos al diablo, ir a devolver el libro a la biblioteca. Juró que no le leería un solo poema a Alma, si de todas maneras con cualquier chiste estúpido se olvidaba de sus problemas.
—¡Arno, tu chiste no tiene final! (Alma simuló enojo, pero sonaba encantada).
—Sí, tiene; falta poco. Siguieron pedaleando y riéndose. Todos menos Frin que, disimuladamente, trataba de ver si por el camino que iban aparecía algún monte. Pero nada. Por suerte Arno seguía distrayéndolos con su chiste.
—¿Falta mucho? (preguntó Alma).
—No (contestó Frin, intentando parecer seguro).
—¿No será que estás inventando? (dijo Lynko para hacerse el gracioso).
—¡Claro que sé! (Frin, muy molesto).
—No te enojes, era un chiste nomás (Lynko, haciendo un gesto de discúlpame).
Lo cierto es que ese comentario fue la gota que colmó el vaso, porque, aunque todos iban oyendo y riéndose con el chiste, ya querían llegar. Frin no veía nada por ninguna parte, y ni tenía idea por dónde estaban.
Por no quedarse callado y mostrarse seguro dijo:
—Cuando llegamos a la esquina de ese campo, hay que doblar a la derecha.
—¡Ay, qué bueno! (dijo Alma).
—Sí, ya tengo hambre, quería llegar (Vera).
 Para qué habré dicho eso, pensó Frin, ¿qué iba a hacer cuando dieran vuelta y no hubiera nada? Quería que la tierra lo tragara. Pero que primero lo tragara a Arno. Cuic cuic que, de repente, resulta que era gracioso. Cuic cuic. Así, de la noche a la mañana, el muy idiota. Cuic cuic. No se puede ser gracioso de golpe.
Él siempre contaba chistes, entonces estaba bien que fuera gracioso. Cuic cuic; pero este idiota ni siquiera silbaba y ahora resulta que era graciosísimo y Alma estaba feliz con las idioteces que decía. Cuic cuic. Se le hizo que Arno era el chico más mentiroso, hipócrita, estúpido que había conocido nunca. Cuic cuic. Y Alma era bastante idiota si se reía de estos chistes tontos. Cuic cuic. Y el bicicletero también era un tarado porque ni siquiera sabía aceitar bien una bicicleta. Cuic cuic.
Ya estaban llegando a la esquina del campo. Y el más sorprendido de todos fue Frin, porque a unos quinientos metros de ese cruce de caminos había un monte grande y hermoso. Los demás se pusieron a aplaudirlo, Lynko se bajó de su bicicleta y lo abrazó; pero Frin seguía con la boca abierta: no podía creer su buena suerte. ¿Seré adivino?, pensó. Pero Arno no le dio mucho tiempo de disfrutar su éxito porque siguió con su maldito chiste de dos años de duración. El monte era verdaderamente hermoso, con árboles altos y hojas en el suelo. Encontraron un claro en el que dejaron las bicicletas y sacaron sus cosas.
—Bueno, Arno, ¿cómo termina tu chiste? (Lynko).
—Sí, en serio, Arno, así jugamos a algo (Alma).
—Ya termino: entonces el niño por fin llegó al negocio, pidió un sandwich de jamón, el señor se metió, tardó como una hora, salió y se lo dio y el niño lo agarró sin mirarlo y, cuando llegó a la casa, su mamá lo abrió... y, ¿saben que había adentro de los panes?
—¡No, ¿qué...?! (Vera)
—... jamón.
—¿...? (sorpresa en todos).
—... ¿cómo? (preguntó Lynko, que creyó haberse perdido alguna parte).
—Jamón.
—... (se miraron desconcertados).
—... ¿jamón? (repitió Alma).
—... sí, jamón.
—... ¿¡ése es el final del chiste!? (Lynko).
—... (Arno asentía muy divertido de haberlos engañado).
Entonces Lynko se tiró encima suyo, lo hizo caer y hacía como si le pegara de verdad. Arno se reía a carcajadas, ni se defendía. Alma y Vera se agarraban la cabeza y medio se reían y gritaban porque no podían creer que el chiste fuera tan malo y tan largo. Frin, silenciosamente, dio las gracias de que por lo menos hubiera terminado. Abrió su mochila y se encontró con que el papel en el que su mamá había envuelto los sandwiches se había abierto durante el viaje, y el libro del poeta se había manchado de manteca en la tapa. No era mucho, lo suficiente como para que sintiera que de verdad tenía ganas de regresarse ya. Y no lo iba a hacer; pero sólo por vergüenza con los demás.
15
Lo primero que hicieron fue poner un gran mantel en el suelo. Sobre él fueron sacando lo que habían llevado y comieron en silencio. Tenían una pelota. Se pusieron en rueda y practicaron un poco de voleibol. El que la dejaba caer, perdía. Después había que tirarla a un compañero diciendo un nombre que podía ser de planta o de animal. El otro tenía que dar una palmada antes de recibirla y, al lanzarla, decir otro nombre.
Frin conseguía dar la palmada y decir el nombre; pero la pelota iba para cualquier lado. Arno casi no usaba sus manos para recibir la pelota. Le daba en la nariz o en un ojo.
—¡Arno! ¿¡Tenés un agujero en las manos!? (le gritaba Lynko, riéndose), poné las manos, me en-tendés, las-ma-nos. Todos se reían, incluido Arno.
—A ver, ¿cuáles son las manos?, levantalas (Lynko).
—... (las levantaba).
—Perfecto, ahora que ya están identificadas, atajá la pelota con las manos, no con la cara, ¿comprendido? Arno asentía, riéndose. Se reiniciaba el juego, y entonces las manos de Arno no sabían si dar la palmada abajo o arriba, que era por donde venía la pelota, directa a su nariz.
—¡No lo puedo creer! ¡Arno, sos un cuadrúpedo! ¡Te equivocaste de especie!
—... (risas).
—¡Mira, Lynko! ¿Sabés hacer esto? Desafió Arno, parándose patas para arriba, sobre sus manos y empezó a caminar en perfecto equilibrio.
—¡Bravo! ¡Bravo! (Alma y Vera aplaudían).
—¿No les digo que es cuadrúpedo? (Lynko).
—¡Hacelo vos, en vez de reírte! (Vera). Lynko se vio obligado a intentarlo; pero le fue imposible. La única vez que pudo sostenerse unos segundos, los brazos le temblaban como cuerdas. Arno era tan despistado que, en lugar de aprovechar y vengarse con un chiste, se ponía al lado y le enseñaba cómo hacerlo. Lynko se desplomó una vez más, y Arno dijo: Miren esto. Y empezó a dejarse caer hacia atrás, arqueándose despacio, hasta que tocó el suelo con las manos. Lynko se apuró a sentarse encima de él, como si fuera una silla.
—¡Lynko, sos un envidioso! (lo retó Alma). Arno se inclinó y se sentó en el suelo, normal.
—¿Y por qué sabés hacer esto? (Vera).
—... porque me gusta.
—No, en serio, contá.
—... porque me gustaría trabajar en un circo.
—¡¿En serio?! (preguntaron asombrados).
—... me gustan las acrobacias.
—Para eso están las olimpíadas, que son mejores que un circo (Frin).
—... no, yo quiero viajar.
—Uno se cansa de viajar siempre (Lynko).
—Yo no (Arno).
—Mi papá se la pasa viajando y ya está harto, nunca está en casa. —Yo lo que quiero es irme (Arno).
—¿A dónde? (Alma).
—... (levantó los hombros).
—¿Y por eso estás entrenando estas acrobacias? ¿Para irte a trabajar a un circo? (preguntó Lynko). A Arno le daba vergüenza confesar su plan, que nunca había contado a nadie, porque era un plan igual a Arno: confuso, desprolijo, con la camisa afuera. Sólo dijo un tímido sí. Sin embargo, nadie se rió. Se hizo un silencio, un poco incómodo, en el que todos se acordaron de la mamá gritando; pero ninguno comentó nada.  
—Yo quiero ser bióloga (Vera).
—¿Sí? (le preguntó Alma sorprendida).
—Sí (sacó un cuaderno de su mochila). Acá anoto diez cosas nuevas, cada vez que salgo. Pueden ser diez plantas o diez insectos y después busco cómo se llaman.
—¿Y cómo te acordás? (Frin).
—Porque los dibujo.
—¿¡A verlos!? (Lynko). Vera abrió su cuaderno de hojas lisas.
—¡Huáu! ¡Están buenísimos! (exclamó Lynko, que no podía creer que alguien dibujara tan bien).
—¡Son perfectos, Vera! ¿Por qué nunca me los mostraste? (Alma).
—... (frunció la boca) no sé... perdoná.
Eran realmente hermosos. Había un escarabajo que estaba coloreado. Grande y quieto en medio de la hoja del cuaderno.
—Parece que se fuera a mover.
Dijo Frin, en voz baja, y Arno asintió con la cabeza. —Me encantaría dibujar así de bien... para venderlos después (Lynko). Lo retaron y Vera dijo:
—Yo no los hago para vender.
—¿Y para qué, entonces?
—Para mirar, me gusta mirarlos y saber cómo son. Se quedaron viendo el dibujo, callados.
—Estás loca, pero dibujás muy bien (susurró Lynko).
—... cuando los hago siento como si les hablara (Vera).
—¿Cómo como si les hablaras? (Frin).
—Bueno, como si los oyera, mejor dicho; que si ellos me dijeran algo, yo los entendería... me imagino que Dios...
—¿¿Vos creés en Dios?? (la interrumpió Lynko).
—Yo sí (contestó Vera).
—Yo no, para nada (Lynko muy convencido). ¿Y vos, Arno?
—... (levantó los hombros, como siempre), sí.
—Hagamos una votación y si ganan los que creen, es que Dios existe... (Lynko).
—¡Nada que ver, Lynko! (dijo Vera con énfasis), que Dios exista no tiene nada que ver con que nosotros votemos quiénes creen.
—Bueno, yo no creo, ¿y vos, Alma? Asintió en silencio.
—¿Frin?
—... no sé, creo que sí; pero pasa algo que me asusta y reacciono como si no creyera... ¿Qué ibas a decir, Vera?
—No, que yo me imagino... o sea, yo sé que no es cierto, ¿no?, pero me gusta pensar que Dios así nos dibuja en un cuaderno... para entendernos.
—... a Arno lo dibujó con cuatro patas (dijo Lynko y se rieron).
—¿Y vos qué querés ser? (preguntó Vera a Lynko).
—Jugador de fútbol o fabricante de barcos, una de dos.
—Pueden ser las dos (dijo Frin).
—Sí, ¿no? (dijo Lynko, que nunca lo había pensado así)... ¿Y vos, Alma?
—A mí me gustan mucho las matemáticas.
—¡Spuajjj! (Lynko hizo como si vomitara).
—Pero no sé si me gustaría ser física o matemática (terminó Alma).
—Mejor física (dijo Arno).
—¿Por? (le preguntó Frin).
—... (Arno no tenía ni idea)... qué sé yo. Se hizo un pequeño silencio y habló Lynko.
—Oigan, ¿se dan cuenta de que si hacemos lo que cada uno dijo, cuando seamos grandes nunca más nos volveremos a ver?
—¿Por qué? (preguntó Vera).
—Y, porque cada uno va a estar haciendo algo diferente... Alma, en un laboratorio; Vera, en una selva; Arno, en un circo; yo, jugando al fútbol...
—... sí, encima de un barco (lo interrumpió Frin).
 —Pero podemos encontrarnos a comer (dijo Arno).
—... Ah, eso sí (reconoció Lynko). Se quedaron callados por un momento, y Alma preguntó.
—¿Y vos, Frin? ¿Qué vas a hacer?
—(Sintió que se trababa)... no sé.
—Algo te gustará (Lynko).
—... No, les juro que no sé.
—¿Y qué sabes hacer? (Vera).
—... (¿ir en bicicleta?, se preguntó Frin). Pero Alma se acordó de esa vez que entró a la casa de Frin, y dijo:
—Sabe leer.
—¡Buenísimo, léenos algo! (Lynko).
—Nada que ver (se defendió él, sonrojado).
—Sí, es cierto (Alma).
—No, pero eso no es una profesión.
—¡Que nos lea algo! ¡Que nos lea algo! Frin intentó resistirse, pero Vera y Arno también se lo pidieron. Fue hasta su mochila, sacó el libro. Lo frotó contra su pantalón para quitarle la manteca con la que se había ensuciado. Nervioso, con un nudo en la garganta, preguntó:
—¿Qué les leo?
—Cualquier cosa (Vera).
—Sí, pero parate ahí enfrente, como en un teatro (pidió Lynko y se sentó cerca de Vera).
Frin se incorporó lentamente, se alejó un poco. Abrió el libro y comenzó a leer: ¡Ay, qué trabajo me cuesta quererte como te quiero! Eran como las cinco de la tarde, el sol ya no daba tan fuerte y en el monte había un gran silencio. Estaban lejos del pueblo y de cualquier parte. Sólo se escuchaba la voz de Frin leyendo: Morena de luna llena ¿qué quieres de mi deseo? Lo oían un fabricante de barcos y famoso futbolista; una física y matemática; un acróbata de circo; y una bióloga. 
16
En algún momento de la tarde decidieron emprender el regreso. —Tengo una idea (dijo Arno), vamos a escribir nuestros nombres en un árbol. —¡Ay, sí! Me encanta (Alma). ¿Por qué no se me ocurren esas cosas a mí?, pensó Frin. Buscaron el árbol más grande. Lynko sacó una navaja de campamento que su papá le había traído de un viaje. Estaba por empezar a escribir su nombre, pero se detuvo. —Hagamos otra cosa (le alcanzó la navaja a Vera), mejor que cada uno escriba el nombre de otro, no el suyo. Vera tomó la navaja. Se quedó mirando el árbol, callada. —¿Qué esperás? (la apuró Alma). Vera no contestó, se acercó al árbol y, cuidadosamente, comenzó a tallar una raya derecha. Alma no va a ser, ni Arno... a menos que sea una "A" cuadrada, pensaba Frin, ¿va a tallar una "F"? ¿Qué hago si talla una "F" ?... después voy a tener que escribir su nombre... pero entonces Alma va a pensar que me gusta Vera... qué lío. Pero en vez de hacer otra rayita arriba, que podría haber sido de una "F" o de una "A" cuadrada, siguió con una rayita debajo. Una "L", sin duda. Nadie dijo nada. Ella continuó. Sin apurarse. Lynko sintió que una vergüenza le corría por todo el cuerpo. Como no quería que nadie se diera cuenta de lo que le pasaba, apretó la mandíbula. Pero eso sólo hizo que se pusiera colorado, y con la cara dura. Nadie lo estaba mirando, de todos modos. Porque eso que Vera estaba haciendo no estaba dirigido a Lynko solamente, aunque fuera para él solo. Era algo que a todos los ponía colorados. Esas pequeñísimas rayas en el árbol eran como una gran raya en el suelo, o en sus vidas. Al que le tocara después iba a tener que decidir si ponía cualquier nombre o el que más le importaba. Vera seguía con la "Y". Ya no iba a ser lo mismo. Vera tallaba despacio. Ella sabía qué estaba haciendo. Frin no hizo un chiste. Arno no hizo un comentario de otro planeta. Todos estaban atrapados, fascinados por esas pequeñas rayitas que avanzaban trabajosamente en la corteza del árbol. Cuanto más duro fuera el árbol, más para siempre era eso que escribían.
Vera acabó con la "O". Sopló la corteza para quitar las astillas que estaban sueltas. 
Miró el nombre con las letras desparejas. Lynko creyó que le iba a regresar la navaja; pero no, eso casi hubiera sido obligarlo, y Vera no quería que escribiera el suyo por obligación. Le dio la navaja a Arno. Frin sintió un frío en el estómago. Arno comenzó a tallar una "A". Frin sintió una mezcla de enojo y frustración. Pero no dijo nada.
No es seguro que se hubiera atrevido a tallar el nombre de Alma; pero Arno lo estaba haciendo y él sentía que la había perdido para siempre.

Arno terminó y le dio la navaja a Lynko. Vera no se dio vuelta a mirarlo, siguió mirando hacia el árbol, como si no le importara lo que fuera a pasar. Apoyó una mano en el árbol y, al lado de su nombre, rayó rápidamente el nombre de Vera. Para que no quedaran dudas de su decisión. Luego regresó a la "V", y comenzó a tallarla. Terminó de hacerlo, raspó un poco con la navaja y sopló él también, para dejarlo más prolijo. Se dio vuelta, miró hacia Alma y Frin. Dudó un instante. Luego avanzó en dirección de Alma y le dio la navaja. Ella la tomó y se acercó al árbol. Lo miró buscando un lugar que le gustara. Frin sentía una mezcla de tristeza y alivio. Tristeza porque se iba a confirmar que era novia de Arno. Y alivio porque así él se convencería de una buena vez y dejaría de hacerse ilusiones. ¿O acaso ella misma no se lo había dicho la vez del cementerio viejo? ¿Para qué había seguido pensando estupideces? Alma iba a escribir el nombre de Arno, y si a él le daba por ponerse a soñar como un idiota podía venir a leer el árbol. Y listo. Le podría sacar una foto al árbol, y pegarla en la puerta de su cuarto o cocinarla en agua y tragársela en una sopa. Sintió que este picnic había empezado mal desde la mañana. ¿Por qué ni se le ocurrió quedarse? Se habría evitado todo esto. ¿O cómo se pensaba él que iban a ser las cosas? Se enojó consigo mismo porque desde que Vera dijo que había invitado a Arno, él sabía. Perfectamente sabía. Alma estiró un poco su brazo y, arriba de los otros nombres, trazó una "F". Frin se quedó helado. Una "F". De aquí a la China, una "F". Sin mover la cabeza, miró de reojo a Arno, ¿qué iba a decir? Pero Arno observaba cómo tallaba Alma, con la misma cara de estar contando meteoritos de siempre. Una efe. Una efe. Una efe. Mi efe... mi efe... mi erre. Alma terminó de escribir "Frin". También sopló y le pasó la mano, quitando las astillas al nombre de Frin. Se alejó un poco, miró cómo había quedado. Se dio vuelta y, tímidamente, le dio la navaja a Frin. Él la tomó. Se acercó al árbol, leyó, se dio vuelta y preguntó: —¿Se puede repetir un nombre? Silencio. —No, porque faltaría uno, y tienen que estar todos (Lynko). No le quedó más remedio que tallar Arno en el árbol. De todas maneras, el nombre de Alma ya lo tenía en su corazón. Desde hacía tanto. Terminó y se puso al lado de todos a mirar el árbol que de ahora en más... El primer árbol. Buscaron sus bicicletas, recogieron las cosas en silencio y salieron caminando del monte.
Sea porque Vera y Lynko comenzaron a caminar más despacio, o porque ellos tres iban más rápido, Alma, Arno y Frin se fueron adelantando. Cuando terminaron de salir del monte, Frin miró si se habían retrasado mucho; pero volvió a dar vuelta la cabeza como un rayo. Es que Lynko y Vera venían caminando de la mano. —Vamos. Dijo Frin, sin subirse a la bicicleta. Podían seguir a pie por el camino. A fin de cuentas no había empezado a oscurecer, y así ellos podrían seguir de la mano. Visto desde el aire, o si con una cámara muy poderosa se hubiera tomado una foto desde un satélite, se habría visto a cinco chicos caminando por un camino viejo. Llevando sus bicicletas con una mano. Tres adelante. Dos, más atrás. En la Tierra que, como todos sabemos, va muy rápido en el espacio. Con ellos caminando de regreso a sus casas. 

miércoles, 3 de septiembre de 2014

2°D, E, F y G Registro de lectura.

Alumno/a: Recuerda que debes seleccionar y copiar esta información, abrir una hoja Word para pegarla; después puedes darle formato, anota tus datos e imprime. La entregarás ya con las firmas que corroboran tu lectura el lunes 6 de octubre.

EST 99                                                  ESPAÑOL 2°_                           Profesora Leticia Ostria Baltazar
Registro de lectura en voz alta de la novela juvenil Frin, del autor Luis María Pescetti
Alumno/a:___________________________________________________________
Fecha
Capítulos
Firma del padre o tutor




























Sr. Padre de familia o tutor : Al término de la lectura del libro, favor de responder.
¿La temática es adecuada a la edad de su hijo/a?
Totalmente
Parcialmente
Poco
Inadecuada
Observaciones
La lectura en voz alta de su hijo/a fue
Fluída
Con leves tropiezos
Con varios tropiezos
Muchos tropiezos

¿Con cuánta frecuencia se leyó?
A diario
Cotidianamente
Poca frecuencia
Muy poca

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Nada
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Poco
Muy difícil

Escuchó la lectura en horario:
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Gran dificultad

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