sábado, 14 de junio de 2014

Artículo de opinión 3°A

Sopa de tiburón
Iván Restrepo
H
ace tres años, en la Convención sobre el Comercio Internacional de Especies Amenazadas de Fauna y Flora Silvestre, mejor conocida por sus siglas en inglés, CITES, fue imposible lograr los votos necesarios (dos tercios de los países miembros) para dar mayor protección internacional a varias especies de tiburón y rayas. Aunque no se encuentran en peligro de extinción, sí son víctimas de la sobrexplotación y las nocivas prácticas de pesca que alientan unos pocos países consumidores, especialmente de las aletas de tiburón.
Pero durante la última convención, celebrada en Bangkok, hubo el número de votos para que cinco especies de tiburones figuren en el Apéndice II del CITES, en el cual se incluyen las especies severamente afectadas: el tiburón oceánico ( Carcharhinus longimanus), tres especies de tiburón martillo ( Sphyrna lewiniSphyrna mokarran y Sphyrna zygaena), el marrajo sardinero ( Lamna nasus) y dos especies de mantarrayas ( Manta birostris y Manta alfredi). La medida fue aplaudida por científicos, organizaciones ecologistas y protectoras de la vida animal y asociaciones de pesca responsable, pero está por verse si la cumplen las flotas pesqueras que patrocinan algunos integrantes de la convención y que se distinguen por depredar tiburones y rayas en los mares del mundo.
La mala fama de que gozan los tiburones en buena parte se debe a la taquillera, sensacionalista y desinformadora película de Steven Spielberg, de 1975. Porque los tiburones cumplen un importante papel en la vida marina. Sin embargo, se calcula que cada año mueren unos 100 millones de ejemplares solamente para elaborar una sopa de alta demanda especialmente en China, Tailandia y Japón, donde los consumidores pagan elevados precios por ella. En México ese manjar no es apreciado. Es la carne de tiburones y rayas la que se vende en los mercados, en ocasiones haciéndola pasar por la de otras especies.
Y en cuanto a las rayas (o mantarrayas), la milenaria medicina tradicional china atribuye a sus agallas propiedades especiales, por lo que la depredación de sus poblaciones crece año con año. Cuando, al igual que los tiburones, contribuyen a la buena salud de los ecosistemas marinos de cuya riqueza depende la alimentación y el empleo de millones de personas que viven en las costas del mundo. Además, forman parte de los programas de turismo ecológico, sostenible, que finca su éxito en admirar y convivir con especies muy diversas. Como sucede también con el tiburón ballena cerca de la isla de Holbox.
Mencionemos a los países más reacios a dejar de depredar tiburones, rayas y otras especies: Japón, China, Tailandia, Singapur. Sostienen que no es en las convenciones del CITES donde se debe regular su pesca. Y, en el colmo, afirman que distinguir la aleta del tiburón martillo es muy difícil, pues se confunde con las de los demás. Hasta el pescador menos ducho lo sabe. Mucho más los barcos pesqueros de esos países y de los que están a su servicio cual piratas modernos.
En México existe una norma oficial, la 029, publicada en 2007 y que regular la pesca de tiburones y rayas. Es fruto de más de 15 años de trabajo y se le opusieron especialmente los empresarios de la pesca deportiva de Baja California, encabezados por un senador del PAN. Y es que en menos de dos décadas la captura de tiburón en aguas nacionales disminuyó una cuarta parte. La norma también incluye disposiciones para garantizar el hábitat de las tortugas y mamíferos marinos y el buen estado de los arrecifes coralinos.
Dicha norma debe mejorarse y, sobre todo, cumplirse, pues continúa la depredación de tiburones y rayas. De los primeros, sólo para cortarles las aletas. Luego los regresan al mar, donde mueren lenta, dolorosamente. El nuevo gobierno necesita cumplir su promesa de que dará un giro radical al sector pesquero, a fin de elevar la calidad de vida de las familias que lo integran y garantizar la existencia de especies hoy diezmadas o en peligro de extinción. Será la mejor forma de caminar hacia la sustentabilidad que garantice la salud ambiental de nuestros mares, ríos y lagos. Y que éstos sigan siendo fuente de empleo, alimento y divisas.

3°A artículo de opinión

EL ESPÍRITU DEL TITANIC
Después de ver lo que pasó hace 100 años en el trasatlántico Titánic construido para ser insumergible y que en su primer viaje se hundió y fallecieron más de cuatro mil personas, y que todo lo que se ha aprendido no sirva para darnos la seguridad en los viajes de trasatlántico modernos… Véase en la actualidad el Concordia que en la isla Italiana de Gliglio este trasatlántico ha embarrancado quedando sumergido y tumbado a la mitad.
En diciembre del año 2011 el trasatlántico Concordia navegaba con sus pasajeros por el mediterráneo y éste se dirigió hacia la isla de Gliglio y por motivos que se desconocen procedió a acercarse más de lo prudente a la isla. Por allí había unas rocas que hicieron un largo y profundo corte al casco del barco, llegando el agua a penetrar al interior del barco procediéndose a su hundimiento lateral y embarrancándolo hasta la mitad.
La tripulación del barco y muchos pasajeros procedieron a embarcar a los pasajeros en los botes salvavidas. El capitán del Costa Concordia no estaba en el barco en el momento de la catástrofe, cuando todos sabemos que el capitán de la nave debe ser el último en abandonarla.
Una vez los pasajeros pertinentes pudieron subir a los botes salvavidas las autoridades navales italianas procedieron a enviar buzos salvavidas para inspeccionar la nave y recoger los que allí quedaron, es decir recuperar los cadáveres.
Una vez visto que aun hoy en día es peligroso viajar en trasatlántico por el mar y que nadie nos puede garantizar nuestra seguridad, llegamos a la conclusión de que cada vez que decidamos hacer un viaje por el mar ponemos en peligro nuestras vidas y las de nuestros familiares.

Constante Vilalta y Joan Mª Sanjuan

jueves, 5 de junio de 2014

3°A

ACEVEDO GONZALEZ JOSE ANTONIO
ALONSO PACHECO DANIEL
ANGUIANO OCHOA JESSICA LIZBETH
ARANDA GONZALEZ BRAYAN ETIANE
BARRIOS ROMERO STIVALY OSIRIS
BAZALDUA BAEZ BRENDA ABIGAIL
BERNAL MARTINEZ HANNIA ANGELICA
BUSTOS GUERRERO OMAR
CARDOSO MONROY TANIA LIZETTE
CECILIANO GARCIA DANIELA AURORA
DAVALOS CEBALLOS ANDREA
DIAZ MUÑOZ DIANA
ESTEVEZ CERNA LISSET PAULINA
FIGUEROA RIVERO FERNANDA LIZETH
GARCIA SUAREZ JONNATHAN
GONZALEZ BARRAGAN SAYAN CAROLINA
GUTIERREZ BOHORQUEZ JUAN ANTONIO
HERNANDEZ HERNANDEZ LUIS DANIEL
HERNANDEZ MANRIQUE MARIANA
JARDON ADAYA JANIK AMAYRANY
LOPEZ TORRES ALAN EMMANUEL
MARTINEZ DE SALES LEONARDO DANIEL
MARTINEZ MARES KARLA
MIRANDA RODRIGUEZ SERGIO
MORENO JIMENEZ LUIS ALBERTO
OLMEDO MILLAN ALEXA SARAHI
ORTIZ ARGUMEDO JESSICA MABEL
PADILLA GONZALEZ ISAAC
PERALTA MORENO JESSICA
PONCE MARTINEZ RUTH GUADALUPE
REYES BARCA BRANTHA SOFIA 
RIOS AVILA FRIDA PAOLA
RODRIGUEZ ARTEAGA CYNTHIA BETZABE
ROMERO CASTRO MAXIMILIANO
SALAZAR GALINDO CARLOS ALBERTO
SANCHEZ HERNANDEZ GUSTAVO SURIEL
SANCHEZ TREJO VICTOR MANUEL
SANDOVAL MARTINEZ LISSET MONSERRAT
SANTIAGO VALDIVIA ALEJANDRA
TIRADO RAMIREZ AMANDA KORHADI
TORRES MORENO LUZ DONAJI
VALDERRABANO VEGA ABRAHAM
VILLAGRANA LOZANO ROCIO

viernes, 30 de mayo de 2014

3°A

Alumnos:  revisen las características de su trabajo de autobiografía, así como para la antología.

Autobiografía
1.        Uso de vocabulario (amplio, explicaciones claras)  
2.        Estructura (no lineal): Título atractivo, cuerpo y cierre (su tercer grado de secundaria)
3.        Tono (lenguaje)
4.        Ambigüedades en la expresión (coherencia)
5.        Concordancia (cohesión, cada párrafo tiene un solo tema)
6.        Uso de pronombres y sinónimos (evitar repeticiones y monotonía)
7.        Ortografía
8.        Iconografía (imágenes  adecuadas, acompañan a los textos)
9.        Presentación
10.     Tiempo (entrega: lunes 2 de junio)

Antología: (anuario)
·          Entrega de fotocopias al resto del grupo
·          Portada
·          Presentación
·          Agradecimientos
·          Índice
·          Autobiografías del grupo
·          Dedicatorias recopiladas

·          Palabras finales

miércoles, 21 de mayo de 2014

3°A autobiografía

Alumnos: por favor, de las siguientes ligas:
1) impriman la primera hoja, desde "Habiéndome escrito un editor..." hasta "...un montón de fruta robada"
http://espanol.free-ebooks.net/ebook/Autobiografia-2/pdf/view

2) De la siguiente, de el inicio hasta: "Es decir: en toda mi vida"
http://arlindo-correia.com/gabriel_garcia_marquez.html

3) Editen e impriman:

Edmund Hillary
Edmund Hillary
Edmund Hillary
Edmundhillarycropped.jpg
Edmund Hillary en 2006.
Nombre
Edmund Percival Hillary
Nacimiento
Fallecimiento
11 de enero de 2008 (88 años)
Auckland
Nacionalidad
Ocupación
Cónyuge
June Mulgrew
Hijos
Belinda y Peter


Sir Edmund Percival Hillary, nació el  20 de julio de 1919 al sur de la ciudad de Auckland en Nueva Zelanda fue un montañero, piloto y explorador neozelandés, famoso por haber sido el primero que completó con éxito una ascensión al Everest. Alcanzó la cima situada a 8.848 metros el 29 de mayo de 1953 acompañado del sherpa Tenzing Norgay.
Nacido al sur de Auckland, Hillary acudió a una escuela que se encontraba a dos horas de camino. El joven Hillary solía pasar estas horas de trayecto leyendo. Creció siendo un niño tímido que buscó refugio en los libros. A los 16 años se despertó su interés por la escalada tras una excursión escolar a Ruapehu.
Durante la Segunda Guerra Mundial fue miembro de la Real Fuerza Aérea Neozelandesa.
Formó parte de una expedición al Everest en 1951 que resultó un fracaso antes de unirse en 1953 a la exitosa expedición británica. Escaló otros 10 picos en el Himalaya en posteriores visitas en 1956, 1960, 1961, 1963 y 1965. También alcanzó el Polo Sur formando parte de la Expedición Trans-Antártica de la Commonwealth el 4 de enero de1958, siendo la tercera expedición en llegar al Polo por tierra —tras Roald Amundsenen 1911 y Robert Scott en 1912— y la primera en conseguirlo haciendo uso de vehículos.
El avión en que viajaban su primera esposa, Louise, y su hija, Belinda, se estrelló enKatmandú en 1975. Se casó en segundas nupcias con June Mulgrew, viuda de un amigo, en 1989. Su hijo Peter Hillary es también un aventurero y ha escalado elEverest dos veces.
Dedicó gran parte de su vida a ayudar al pueblo sherpa de Nepal a través de una fundación a la que dedicó sus energías. Gracias a esta fundación se han construido escuelas y hospitales en las remotas regiones del Himalaya. Durante la década de los 80s fue el Alto Comisionado de Nueva Zelanda para la India, equivalente al cargo de embajador.
En ocasión de la celebración del 50 aniversario de la primera ascensión al Everest, el gobierno del Nepal nombró ciudadano de honor a Edmund Hillary y le concedió una celebración especial que se celebró en Katmandú. Hillary fue el primer extranjero que recibió un honor de este tipo del pueblo nepalí.
Edmund Hillary falleció en Auckland el 11 de enero de 2008 a los 88 años de edad de un ataque al corazón.



domingo, 11 de mayo de 2014

Proyecto 13 Segundo grado


Crónica del desastre
Por Aurelio Asiain y Monserrat Loyde
Viernes 11 de marzo
Comíamos en un restaurante del norte de Kioto cuando se registró este diálogo con una amiga de México en mi iPhone, a las 15:27 del 11 de marzo:
–¿Tembló? ¿Están bien?
–No sentimos nada. Pero aquí tiembla todos los días; no sé por qué a veces es noticia.
–7.9 Richter. No es cualquier cosa.
–En Japón no miden con Richter. Quítale tres puntos.
De verdad no habíamos sentido nada. En las mesas vecinas no se mostraban signos de preocupación ni se hablaba del asunto. Tampoco en la calle. Pero en Twitter salían mensajes de alarma. Llamamos a amigos de Kioto: no sabían. El viejo del estanquillo vecino a casa tampoco tenía idea.
Solo nos dimos cuenta de la magnitud del desastre al llegar a casa. Un sismo de 8.9, grados, dicen, y un tsunami que había azotado Ibaraki, Miyagi y Aomori, en el noreste de Honshu, la isla principal de Japón. El aeropuerto de Sendai hundido. Dos incendios en Chiba y Tokio. Ocho muertos. Réplicas constantes. En la televisión la misma ola inmensa abatía una y otra vez la costa, rebasaba los muros, arrastraba autos y casas. Imaginamos al editor del noticiero en el momento de atar un nudo de la memoria colectiva. El reporte meteorológico informaba como cualquier día que el tiempo estaría claro en general, con el mapa del tsunami al lado, parpadeando áreas en rojo, naranja y amarillo.
Salimos a cenar a una fonda del barrio. Normalmente tienen una televisión prendida. Estaba apagada. Nadie hablaba de los acontecimientos. Al salir, el dueño, nuestro vecino, nos regaló unos boletos para el teatro Noh.
Alrededor de las 7 de la noche hubo réplicas fuertes, sobre todo en la zona de Fukushima, donde hay dos plantas nucleares. Dicen que no hay peligro aún pero comienzan a evacuar a los habitantes en 2 kilómetros a la redonda. Hay tsunamis en el noreste del país, con olas de 6 y hasta 10 metros.
En Tokio paran los trenes, los autobuses, el sistema de metro y no se consiguen taxis. En la tv y por internet se ven letreros en las calles y estaciones que piden precaución y dan el tiempo que toma ir a pie de estación a estación por tal o cual avenida. La gente debe quedarse en los refugios o caminar para volver a casa. Muchos compran bicicletas.
Se anunció una lista de refugios de emergencia en Tokio para la gente que no pudiera volver a su casa.
Más que la fuerza de la naturaleza, que damos por sentada, nos impresionan la civilidad, la organización y la previsión del desastre. Más que las imágenes del tsunami, las de los zapatos ordenados a la entrada de los refugios. Nos dormimos pensando en la bolsa de emergencia que los japoneses tienen preparada para un siniestro. Nos hicimos con dos desde el terremoto de Haití.
Nhk dice que no hay problemas en la planta nuclear de Fukushima pero por precaución evacuan a la población aledaña.
Se registran réplicas en la zona de Kanto, donde también se sintió el terremoto. Continúan a la medianoche pero con menos fuerza. Las imágenes en la tv repiten lo que sucedió en la tarde.

Línea verde, savia urbana

Gonzalo Soltero
La línea tres del Metro es la columna vertebral de miles de rutinas por la ciudad. Desde que uno desciende las escaleras en la estación sureña donde comienza su recorrido (Universidad-Indios Verdes), inmediatamente se topa con el indefinible verde que la distingue. Las primeras asociaciones que vienen a la mente no pueden ser sino vegetales: ¿verde pasto, verde chícharo o verde tallo turgente de savia? No, no hay más que verde línea verde del Metro, que, además, engalana con su color los asientos de plástico que hay en cada vagón.
18:00 horas: la gente es poca sobre el andén. Abordo la cabeza de este enorme gusano naranja desde donde el conductor capitanea la marcha. Ya adentro, me asomo por la pequeña ventana que permite curiosear en su cabina. Veo los controles, de aspecto rudimentario para este vehículo que a diario recorre un equivalente a dos vueltas y media a la Tierra, transporta casi cinco millones de pasajeros y es el más barato del mundo.
El viaje comienza con un empujón que logra vencer la inercia del convoy y que sus tripulantes resienten con un ligero bamboleo. El Metro sale unos momentos al descampado, como tomando el aire que necesita antes de sumergirse en las profundidades de su recorrido.
Después de algunos momentos en que nos rodea una oscuridad casi completa, llegamos a las enmuralladas paredes de Copilco. Se abren las puertas y luego de unos cuantos segundos se vuelven a cerrar. Ir en el vagón del operador me permite verificar el complicado proceso tecnológico que permite decidir cuándo cerrar las puertas: sencillo, se asoma. Saca la cabeza hasta que aborde el último pasajero –o el cupo no dé para más–, y acciona el botón correspondiente. Suena el timbre y reinicia la marcha.
Como si fuera el Mictlantecuhtli o el Hades, la luz del sol perece en las profundidades del Metro; acá adentro, donde todo es entraña, el gas neón substituye al gas helio. Al entrar en Coyoacán nos recibe una de las pantallas que despliegan anuncios publicitarios con los tubos de neón al aire, mostrando impúdicamente los intestinos de su luminosidad. Volvemos a avanzar. Un foco azul que aparece de vez en cuando permite ver la rugosa superficie, como tripa de concreto, del túnel que nos devora.
Aunque algunas estaciones tienen características particulares, como los cientos de leones en cerámica que cubren en un coro de rugidos silenciosos las paredes de la de Etiopía, la mayoría pasan iguales, casi anodinas. Hasta los anuncios y la gente que hay en cada una parecen los mismos; lo único que nos permite diferenciarlas son sus símbolos. La iconografia de esta línea, además de ser accesible para niños y analfabetas como la del resto del Metro, tiene una característica particular: los iconos de dos estaciones tienen el poder de invocar lo que representan: en Hospital General y Centro Médico, varios doctores y enfermeras abordan el vagón.
El avanzar del Metro es un pulso ligeramente arrítmico, marcado por las paradas que interrumpen su trayectoria. Con la velocidad que estos latidos le imponen, sobre el andén irrumpe la población que lo habita. Siempre hay alguien poblando los extremos: una pareja de novios que buscan la esquina alcahueta; una familia indigente descansando en esa sosegada orilla; o algún chemo que forma la nube en que flota a partir del resistol que inhala en la tolerancia de su rincón.
El cañón de Balderas anuncia la llegada de tres héroes nacionales: Juárez, Hidalgo y Allende. Las glorias patrias miran impotentes los aspectos más sombríos del Metro, como el de los suicidios. Puede ser que el Metro sea el medio más barato y rápido para despedirse de todo. El boleto para el otro mundo cuesta dos pesos y uno llega tan pronto como se decida a saltar.
Un desahucio similar provocan los carteles con fotos de gente extraviada. Quién podrá encontrarlos aquí, entre tanta multitud, si uno no se acuerda ni de quién viajó a su lado por media hora con un codo en las costillas, el sobaco en la nariz, la mano en el culo o la intención en la cartera.
Entre Tlatelolco y Potrero, el Metro hundido sale al aire y da un respiro. El panorama cambia, ya no somos un intestino de esta ciudad, sino más bien un vaso capilar en su epidermis. El campo visual es muy distinto al punto de partida, se ven algunos cerros cubiertos de un verde más profundo que el de esta línea. Aparece Insurgentes Norte con famélicos camellones arbolados que aún así contrastan con los paquidérmicos puentes de concreto.
Metro Indios Verdes. Entre miles de camiones y peseras que a diario alimentan esta línea, aparece una estatua que lo mira todo con aire desconcertado. Es, ni más ni menos, uno de los indios verdes; los ídolos imperturbables que vigilan el vaivén de la línea que lleva su mismo color.

Es el final de la ruta. Veintiún estaciones en cuarenta y cinco minutos, tiempo promedio. La línea verde parece marchitarse en sus confines, pero los vagones, como la serpiente que se muerde la cola, dan un respingo, cambian el sentido y vuelven a circular.

lunes, 28 de abril de 2014

Frin, Luis María Pescetti

FRIN
Luis María Pescetti
1

Odiaba el deporte. Esas estúpidas clases de educación física. Que a Frin le gustara o no correr es otra cuestión, de hecho no le entusiasmaba mucho; pero no al punto de odiarlo.
La clase de educación física era otra cosa, estúpidamente odiosa. La clase, el profesor, y Ferraro y todos sus atléticos preferidos que lo iban a hacer figurar en alguna olimpíada.
Podrían ser hermosas mañanas sintiendo un poco de frío, de no tener que estar a las siete en la cancha para la clase de educación física. A ese tipo sólo le importaba lo que él hacía; entrenar a los que iban a participar de las olimpíadas. Frin no hubiera conseguido competir ni aunque se hubiera enfermado el grado completo. Desde un primer momento el profesor se dio cuenta de que a él no le apasionaba el deporte, y Frin supo que sería un largo año de clases de gimnasia con ese tipo que lo había desechado de entrada. Dado que él no lo iba a querer, Frin decidió correr más lento, saltar más bajo o más cerca, estirarse lo menos posible y, cada vez que el tipo estuviera mirando a otra parte, hacer una flexión menos. Cuando el tipo lo descubría lo hacía trotar alrededor de la cancha. Frin no decía nada, se levantaba y trotaba. Lento. Desesperadamente lento.
 —¡Frin! ¡Seguite haciendo el gracioso y vas a trotar hasta que termine la clase! (gritó el tipo).
Las primeras veces nadie le prestó atención al asunto. Cuando lo volvieron a mandar a dar vueltas a la cancha, Ferraro, el más grande del grado, gritó:
—¡Frin! ¡Corres como una gallina! Como el profesor no lo retó, otro hizo una broma. —¡Frin va a competir en las olimpíadas pero de caracoles!
Tampoco le dijo nada. El grupo entendió perfectamente y aprovecharon para burlarse. Pero él seguía a su paso que apenas llegaba a ser trote. Parecía que se iba a caer en cualquier momento, que había sido el único sobreviviente de una explosión o algo así; pero no, era que estaba trotando. Hacia la mitad del año ya nadie le hacía bromas, no porque se hubieran vuelto buenos, sino porque había dejado de ser novedad. Que Frin estuviera haciendo ejercicios con todos, o dando vueltas solo, daba lo mismo. Iba más despacio que si caminara. El tipo se desesperaba y le gritaba. Entonces Frin sentía que le ganaba. Iba a trotar despacio hasta que al tipo le explotara el cerebro como una olla de espaguetis. Una vez le aplicó una sanción. Frin le contestó:
—No es justo, sólo porque no corro como usted quiere (él sabía que no era por eso).
—Me vas a decir a mí lo que es justo o no. El tipo lo suspendió por dos días. Esa tarde Frin fue a la dirección, pidió una cita. Esperó, esperó. Cuando lo atendieron dijo:
—No quiero dejar de venir a la escuela. Fue una excelente primera frase, porque en la Dirección se oyen cualquier clase de argumentos, "Lo olvidé antes de salir"; "Mañana se lo traigo"; "Voy a faltar porque mi papá; mi tío; un abuelo"; lo que sea, pero nunca nadie va a pedir que lo dejen seguir yendo a la escuela.
 —¿Y por qué no vendrías?
—Me suspendieron por no correr rápido. 
La Directora llamó al profesor de gimnasia y, delante de él, retó a Frin; pero no fue un verdadero reto. Frin se dio cuenta de que se hacía la enojada, pero no estaba realmente enojada. En el fondo, él estaba ganando, porque le hizo prometer que iba a tratar de correr más rápido, cosa a la que Frin dijo que sí, sin mentir. Iba a tratar de correr más rápido, los primeros diez metros, los últimos tres minutos, el año que viene. Había mil maneras de decir que sí, sin mentir ni obedecer. La Directora se sintió satisfecha y levantó la sanción. El tipo no dijo ni una palabra; pero estaba furioso, él sabía exactamente qué había pasado ahí.
—Hasta luego, profesor (dijo Frin).
El tipo se retiró apenas despidiéndose de la Directora.

Lo cierto es que a Frin le hubiera encantado ganar en una olimpíada, ¿a quién no? Que ella lo viera ganando. Sólo que él sabía que no era de los mejores, ni siquiera de los que podrían haber llegado segundos o terceros. ¿Por qué no había olimpíadas para todos? ¿Cuál es la ventaja de que un tipo salte dos metros de alto? Las olimpíadas no representan un beneficio a la humanidad. Ésa era su conclusión. Por uno que salta muy alto, hay montones que son dejados de lado. Por unos pocos que lo hacen muy bien, hay muchos que ni lo intentan.
En una revista que compró en la librería de Elvio había leído de una maratón en la que participaba todo el mundo, grandes, chicos, mujeres, hombres, gente en sillas de rueda, viejos. Lo importante era participar como cada uno pudiera, sea corriendo o caminando. Frin no lo podía creer. ¿Existía realmente algo así? (Era como si le estuvieran dando la razón; el título de esa nota podría haber sido: El tipo está equivocado, hubiera sido maravilloso.) Pero además, y esto es lo más importante, sentía que en el mundo había un lugar para él. Había un lugar, seguramente habría más, y tal vez muchos lugares en los que no pensaban como el tipo. Frin sintió que le hubiera gustado correr en esa maratón. Sería divertido así, junto a ella, charlando, haciendo amigos, caminando al lado de alguien que fuera en una silla de ruedas, trotando otro poco, al lado de ella. Si lloviera sería más divertido todavía.
Cometió un error. Recortó la nota y la llevó a la clase de gimnasia para mostrársela al tipo. ¿Qué pensó? ¿Que organizaría una para el fin de semana? El tipo ni siquiera la miró. La tomó sin leerla, y mientras le decía a los demás que prepararan las jabalinas, se la devolvió. Frin se enojó consigo mismo por haberle dado una oportunidad tan servida al tipo. Con ese solo gesto había conseguido hacerse sentir rechazado y perder la buena sensación que la nota le había dejado.

El mal humor le duró el resto del día, y lo tomó de sorpresa que, precisamente, Ferraro lo invitara a cazar esa tarde. No era algo que pasaba todos los días, y aceptó; no por el hecho de ir a cazar, sino porque Ferraro le daba miedo y más vale hacerse amigo del que te da miedo. Un pensamiento no muy glorioso que digamos, ¿pero qué hacer con uno que te lleva como dos cabezas?
No era a cualquier cosa, era a cazar. De eso recién se dio cuenta cuando le ofrecieron el rifle de aire comprimido a él también. Se puso contento porque eso quería decir que Ferraro lo había invitado de verdad, no para que cargara con algo. Se sintió fuerte. Por un instante se le cruzó la imagen de amigarse con su profesor. Cuando apoyó el mentón en la culata del rifle se dio cuenta de qué estaba haciendo. A él no le gustaba cazar. Matar animales le parecía odioso; pero se había acordado tarde. Ahí estaban todos esperando su tiro, y ahí estaba ese pájaro en una rama a varios metros. No sabía cómo salir de la situación. Se le ocurrió que podía errar el tiro a propósito. Nadie se daría cuenta. De hecho todos tenían mala puntería. No habían cazado nada en toda la tarde. Sólo que tampoco quería que lo dejaran de invitar a otras cosas. No a cazar, pero a cualquier otra cosa. No se suponía que dejaran de invitarlo por errar un tiro. Todos lo habían hecho. Y no pasaba nada. Erraban el tiro, hasta se hacían bromas. Su cabeza pensaba todo lo rápido que se pueda. En un campo cercano pasó un avión fumigador, pero el ave no se movió. Entonces sucedió algo raro adentro suyo. Le apuntó al pájaro, porque si daba en el blanco les demostraría a Ferraro y a los demás que él no sólo era el que trotaba alrededor de la cancha. Pero a la vez lo tranquilizaba saber que su puntería era pésima: por más que apuntara no le daría. Sintió un fugaz alivio, porque le pareció que había encontrado una manera de resolver las dos situaciones al mismo tiempo y apretó el gatillo. El pájaro cayó fulminado, los demás gritaron contentos y lo felicitaron. Hasta le dieron palmadas en la espalda. Él devolvió el rifle con un nudo en el estómago. Decidieron regresar porque ya se hacía de noche.

2
Frin hizo el camino a la escuela viendo el humito de su boca. La respiración es blanca o invisible. En otoño y en invierno es blanca. Concentrado en las formas que le daba a su aliento llegó a escuela. El patio ya estaba lleno de ruidos y chicos. Ni bien entró le llamó la atención uno que iba con un buzo verde fosforescente. Se sonrió. ¿Quién podía ser tan tonto de ponerse eso para ir a la escuela? Se acercó a un grupo de los de su grado y preguntó quién era ése.
—Uno nuevo, ¿viste el buzo que trae?
—Sí, es verde loro. —No, verde radioactivo. Se reían.
—Para colmo tiene esas rayas, porque si fuera lo verde nomás; pero tiene las rayas rojas en las mangas y unos dibujos atrás.
El chico estaba solo, disimulando, como si leyera algo en un cuaderno que tenía en sus manos. En realidad miraba el patio nuevo para él, el techo, los salones de clase, las maestras, los que corrían; y a ellos que lo miraban sin disimulo, y sin ocultar que se reían. Entonces él clavaba la vista en su cuaderno, como si allí hubiera algo mucho más interesante que esta escuela nueva. En realidad estaba asustado y quería esconderse. Frin sintió el impulso de acercarse y saludarlo. Sin embargo, les dijo a los demás:
—Con ese buzo debe gastar un montón de electricidad... debe llevar una batería en la mochila. Sonó el timbre. Los demás entraron a sus salones; ellos se formaron en el patio. El de verde caminó tímidamente y se puso último en la fila. Sin saludar y sin que nadie lo saludara. Frin trataba de inventar otro chiste. Apareció el de educación física, caminó hasta ellos, se detuvo al ver al nuevo. Pensaron que iba a decir algo, pero no. Siguió caminando hasta la puerta y se fueron con él, hasta la cancha. Ahí hizo formar una hilera.
—Buenos días.
—Buenos días, profesor.
—... (miró hacia el nuevo, lo llamó. Él se acercó; pero lo interrumpió)... no, no, puede dejar la mochila en su lugar, nadie se la va a robar.
—(El que estaba al lado de Frin) Es que si no lleva la mochila se le apaga el buzo. Risas otra vez, pero Frin ya estaba queriendo ver qué tramaba el tipo. El chico regresó, dejó la mochila en su lugar y se acercó al profesor.
—Es nuevo, usted.
—... (hizo que sí con la cabeza).
—... así que es nuevo.
—... (volvió a asentir).
—¿Y cómo se llama?
—Lynko, señor.
—... ahá, así que es nuevo.
Qué lento es, se desesperó Frin. Tiene arena en el cerebro ¿cómo puede ser tan lento para pensar un chiste?, lo arruina. —A ver, y dígame (siguió el tipo), aprovechando que estamos solos (pero dicho casi a los gritos), que estamos solos y nadie nos oye (ahí miró al grupo).
Los demás se rieron; pero a Frin le pareció lo más estúpido del mundo, eso ya no tenía gracia, ya nos dimos cuenta de que no estamos solos, lo sabemos, ¿para qué se da vuelta cuando dice eso? ¿Para ver cómo nos reímos de su frase? Qué idiota que es este tipo, por favor, pensaba Frin. El profesor siguió:
—A ver, dígame... ¿cuánto le pagaron por iluminar la ciudad? El grupo soltó la carcajada. Frin no. ¿Ésa era la broma? ¿Esa era? ¡Qué idiota!, pensó. Eso no es una broma. Aunque se pareciera a la que él mismo había hecho antes, no es igual. Él se había cuidado de que el chico no lo oyera porque si no, hubiera sido una burla. No es gracioso, es estúpido. El nuevo se quedó serio, miró al grupo que se reía, e intentó una sonrisa, como si la broma le causara gracia a él también. Como si tuviera que mostrar que él también se reía de eso. Un buzo verde, sí, ja, ja, qué gracioso. Bajó la mirada, tratando de mantener un poco la sonrisa, y alcanzó a ver que Frin no se reía.
—¡Acá usamos buzos azules! ¡¿Entendió?! ¡Azules!, ¡vuelva a su lugar!
Terminó de decir el profesor, con un tono como si estuviera diciendo cómo son las cosas en este planeta. Recién entonces algunos de los del grupo lo saludaron. En realidad le hicieron alguna broma sobre el buzo verde; pero le estaban hablando por primera vez, y Lynko aceptó las bromas.
 Terminó la clase, regresaron a la escuela. Ellos retrasaron su paso, hasta que terminaron caminando últimos.
—Hola, me llamo Frin.
—Hola, y yo Lynko.
—... sí ya sé, lo dijiste antes. Lynko sonrió con un poco de vergüenza.
—No le hagas caso, es un idiota, se cree muy importante.
—¿Por qué te mandó a trotar? —... (Frin levantó los hombros) Lo único que le importa es entrenar a los mejores para las olimpíadas... (sacó la foto de la maratón), mira ésta es una que podes ir corriendo o caminando...
—A mí me gusta el deporte, ¿jugás al fútbol?
—No (es que soy malo, pensó), yo prefiero como estas maratones, es más divertido. Guardó la foto y siguieron en silencio.
—¿Recién llegaste a la ciudad? (preguntó Frin).
—Hace dos semanas.
—¿Faltaste a la escuela dos semanas? —... (Lynko asintió).
Frin buscaba las palabras para convencerlo de que no se pusiera más ese buzo, pero tampoco quería ofenderlo. Iba a decir algo así como que acá los chicos hacían demasiadas bromas, o que no se usaban tantos colores. Lynko le preguntó:
—... ¿tu papá viaja mucho?
—No.
—El mío se la pasa viajando, por el trabajo. Llegaron a la escuela y ahí salió cada uno para su casa. Frin acompañó a Lynko hasta la suya. Había dejado para después el tema del buzo. La casa de Lynko era grande y silenciosa; les abrió la mamá, que saludó a Frin en voz baja.
—¿Te quedás a comer?
—No, señora, gracias, voy a mi casa.
Lynko lo acompañó hasta la puerta.
—¿Por qué habló en voz baja? (preguntó Frin, mientras pensaba cómo decirle lo del buzo).
—Es que mi papá está durmiendo.
—¿No trabaja?
—Sí, pero está enfermo, cuando volvió del viaje se sentía mal.
—¿Por eso no fuiste a la escuela antes?
—Sí.
—... (se hizo un breve silencio)... ¿dónde compraste el buzo? —Sí, ya sé, no me lo voy a poner más. —No, no es por eso, quería saber.
—... (hizo un gesto de que no le creía).
—En serio, te lo pregunté para saber nomás.
—Me lo trajo mi papá de un viaje... pero ya no lo voy a llevar a la escuela. (Frin, miró adentro de la casa y vio pasar a la madre de Lynko, caminando sin hacer ruido)... ¿y por qué no?, si tu papá te lo regaló es porque pensó que te iba a gustar... los demás no tienen por qué meterse. —Es muy brillante, ¿no? (preguntó Lynko sonriendo).
—(Ladeando la cabeza) Un poco... pero ¿te imaginas si estuviéramos en otro país? Te hubieran dicho, ¡Acá usamos buzos de colores ¿me entiende?! ¡No azules, de-co-lo-res! (se rieron los dos)... bueno, hasta mañana.

—Chau, hasta mañana.
3
Una mañana al entrar a la escuela, Frin se encontró a Lynko hablando con ella. Se llenó de celos y se sintió traicionado. Lynko lo saludó contento. Frin no respondió.
 Ahí estaba, con su ridículo buzo verde, hablando con Alma. Para qué me habré acercado, si hubiera sabido no me habría hecho su amigo. En realidad, Lynko, no tenía por qué saber cuánto le gustaba Alma; si no se lo había dicho a nadie. No importaba. Ahí estaba otra vez, levantando el brazo para llamar su atención. Hizo como que miraba en otra dirección y no le habló en toda la tarde.
—¿Qué te pasa, Frin, estás enojado? (Lynko).
—... (para colmo el muy tarado es amable. Si hay algo que odio es estar enojado con uno que insiste en ser amable).
Frin se había convertido en su mejor amigo, les decían Batman y Robin, porque siempre estaban juntos y del lado de la justicia. ¿Cómo no lo iba a buscar?
 Alma era una chica del mismo grupo, había llegado hacía varios años, cuando estaban en segundo grado. No bien la vio, Frin sintió que se le caían los botones. El primer día se la pasó distraído y no hacía otra cosa que mirarla en secreto. Cuando le parecía que nadie lo estaba viendo, la observaba; y, si alguien lo descubría, él hacía como que enfocaba los ojos más lejos, como si estuviera mirando más allá.
Por supuesto que todos se dieron cuenta y Alma también. Cómo no iban a notar a alguien que asomaba de atrás de una columna; que pedía ir al baño cuando ella lo hacía; que le ofrecía caramelos cada vez que conseguía articular dos palabras cerca de ella. Porque ése era otro problema. Si ella no estaba él era conversador; pero si Alma estaba cerca, enmudecía. Para hablar con ella había que acercarse; pero si se acercaba no podía decir una palabra.
La primera vez se le ocurrió lo de los caramelos. ¿Querés caramelos?, no es una frase que haya que tomar apuntes para no olvidarla. Le pareció buena idea, acercarse y saludarla. Hola, me llamo Frin ¿querés caramelos? No, eso no tenía lógica, había que poner a los caramelos primero. Hola, ¿querés caramelos?, me llamo Frin. Tampoco, ¿Querés caramelos?, hola, me llamo Frin. Tampoco, mejor le digo mi nombre después. ¿Querés caramelos? Y listo, seguramente ella diría algo, o le preguntaría su nombre, y ahí sí, él lo diría: Frin, ¿y el tuyo?
Cuando ya tenía perfectamente calculado cómo iba a acercarse, qué frase iba a decir, qué sonrisa pondría, cómo estiraría la mano, qué caramelos ofrecería; es más, cuando movió un pie para dar el primer paso, se dio cuenta de algo crucial, que lo clavó en el piso y lo frenó. Algo elemental. Estaban en el mismo grado, ¿cómo se iba a presentar con el nombre? Era evidente que cada uno sabía el del otro. ¡Qué idiota! ¿Cómo no se dio cuenta antes? Por poco queda como un tonto; había que pensar otra cosa. Sonó el timbre.
Aprovechó la clase de Lengua para repasar el plan. ¿Cómo hubiera hecho Ferraro? El maestro les contó el libro de un tal Ítalo Calvino, Las cosmicómicas. Decía que la Luna quedaba cerca de la Tierra y era de queso. Eso estaba bueno. Hola, Alma, ¿vamos a buscar queso a la Luna? Frin se rió de su propia idea. ¿Y si se acercaba con un chiste?
¿Y que tal si en el momento no se le ocurría ninguno? ¿Qué le iba a decir? Lo siento, Alma, será para otra vez. No, lo mejor es llevar un chiste bien pensado y que parezca que a uno se le ocurrió en el momento. La Luna no puede ser de queso porque si no, la noche olería como las patas del de gimnasia. No sé, algo así, y al final: ¿Querés un caramelo? O, ¿querés unos caramelos? Sí, mejor.
Cuando sonó el timbre y salieron al patio sintió que era un poco más difícil de lo que había calculado, pero lo iba a hacer. Se dio cuenta de que se había olvidado los caramelos en su banco. Regresó por ellos. Alma estaba hablando con su amiga Vera; convenía esperar que estuviera sola. Dio vueltas por el patio, contando los caramelos en su bolsillo. Faltaba uno. No podía ser. Acá está. Sin darse cuenta, él mismo lo había pasado al otro bolsillo. Mejor paraba de contarlos porque si no, iban a quedar un poco manoseados. Hola, Alma, ¿querés que te lave unos caramelos?
Se quedó sola. No quedaba más remedio que acercarse. Bueno, tampoco era una obligación, podía hablar mañana. No, ahora. Frin sentía que las palabras empezaban a huir de su cabeza, como ratas que escapan de un barco que se hunde. ¿Querés caramelos?, no era un largo parlamento, al menos podría decir eso, o ¿caramelos?, y ya. Pero a medida que se fue acercando se puso más nervioso. Ella lo saludó:
—Hola, Frin, ¿cómo estás?
Pero a él no le quedaba ni una sola consonante en su cabeza, ni la más mínima vocal. Lo único que pudo hacer fue sacar la mano del bolsillo, llena de caramelos. Pero estaba tan nervioso que el movimiento fue un poco brusco. Alma dio un respingo, pensando que era una broma. Al hacerlo chocó a una maestra que pasaba detrás de ella, casi la hizo tropezar. Alma lo señaló a él, que seguía con la mano extendida.
—Gracias, Frin (dijo la maestra, tomó un caramelo y siguió su camino).
—No eran para ella (protestó Frin, con la mano extendida).
—¿Y para quién eran? (preguntó Alma), ¿para vos, nomás?
—... (negó con la cabeza).
 —¿Puedo agarrar uno? —... (asintió).
—Uy, están un poco arrugados.
 Frin los miró. No sólo estaban arrugados, algunos estaban sin la envoltura. Metió la mano en el bolsillo, las encontró, envolvió los caramelos, extendió la mano nuevamente. Ella puso cara de asco.
—Éste (dijo Frin).
—¿Qué? —Éste estaba envuelto de fábrica.
 —Gracias... (sonó el timbre, Alma lo tomó, y fue hacia el aula). Él miró los caramelos en su mano, estaban arrugados y transpirados. Eran un asco. Si ella había aceptado uno, era que le había ido realmente muy bien. Además no se rió, ni se burló, y él no había tenido que decir ningún chiste. Éste estaba envuelto de fábrica, una frase que jamás se le hubiera ocurrido. No había estado nada mal.
Pero todo eso le había costado acercarse a Alma, y eso había sido hacía años. Y ahora, Lynko, un recién llegado a esta escuela, había estado charlando con ella lo más tranquilo. No era justo. —Ey, ¿qué te pasa, Frin?, ¿estás enojado?
 —¡Ándate! (gritó él).
—¡Ándate vos, tarado! (replicó Lynko).
Y se fueron rumbo a sus casas, caminando uno en cada vereda.

4
¿Qué había pasado desde la primera vez en que Frin se acercó a ella, hasta ahora? Sencillo, le regaló tantos caramelos que el dentista de Alma podría haberse vuelto millonario.
Si Alma hubiera hecho el más mínimo chiste al ver que Frin la buscaba, él hubiera pasado al estado gaseoso. Se habría quedado duro como una estatua en el medio del patio de la escuela. Estatua de Frin ofreciéndole caramelos a Alma. Como una de esas leyendas indígenas en las que un indio se queda transformado en un pájaro que canta, o en la flor del ceibo, si es mujer. Sólo que Frin se hubiera convertido en papel de caramelos. Un mito más para la humanidad. Pero nada de eso había ocurrido.
—Hola, Frin, ¿qué hacés el sábado por la tarde? (Alma).
—... (jugar con Lynko)... este, nada.
—Mi abuela me contó una historia del cementerio viejo, ¿vamos a verlo?
—... (triple glup)... claro.
El cementerio abandonado quedaba en un monte cerca del pueblo. El camino era de tierra y fueron en sus bicicletas. Las apoyaron en la alambrada que lo rodeaba y entraron. Primero cruzó Frin. Luego pisó el alambre de abajo y levantó el otro, para que pasara Alma. A pesar de que era de día y había buena luz, iban caminando lentamente entre algunas lápidas caídas. Callados. No se atrevían a romper el silencio del lugar. Había cruces oxidadas. Una caída, otra apenas inclinada. Ahí era Frin quien guiaba los pasos; ella lo seguía, aunque parecía ir al lado suyo. Él creyó ver algo, se detuvo. Alma también. Frin se agachó a recoger y exclamó:
—¡Un hueso!
—¡...! (Alma dio un grito ahogado, y le tomó la mano).
—... (Frin tiró el hueso al piso).
Pero resultó ser una rama de color marrón oscuro, delgada, blanda, y con la forma de un hueso. Soltaron una risa nerviosa al ver que sólo era una rama; también por el silencio del lugar; la soledad; lo cerca que estaban.
Siguieron internándose, Alma no le soltó la mano, y Frin pasó de dejar que ella le tomara la mano a tomársela él también. Lo hizo con mucho cuidado, atento a si ella iba a quitar su mano. Cuando él la tomó, ella apretó suavemente sus dedos, cobijándose un poco más. En él. En Frin. En el de las vueltas alrededor de la cancha. En Frin el tímido. No pudo evitar mirarla a los ojos, y ella le devolvió la mirada con una sonrisa. Pero no quitó su mano. Frin no quería que ese momento terminara nunca. Por poco deseó que todo el mundo fuera un cementerio viejo, para que Alma nunca, nunca, le soltara la mano.
 Avanzaban pisando con cuidado. El suelo estaba lleno de hojas y húmedo, porque los cerrados árboles del monte no dejaban que el sol diera a pleno. Otra cruz oxidada, con unas flores de plástico enroscadas. Descoloridas, inclinadas, muertas ellas también.
—Frin, ¿habrá alguien enterrado ahí, todavía? (preguntó Alma en un susurro).
 —¿Qué?... no te oí (también susurrando). Alma se detuvo, tomó a Frin de un brazo, lo acercó hacia ella, y con los labios casi rozando su oído, le volvió a preguntar.
—No creo (respondió Frin al oído de ella).
—¿Y para qué tiene flores, entonces? (en el oído de él).
A Frin le dio tanta emoción sentirla así de cerca, que levantó los hombros, y continuó caminando. Tal vez dejó pasar una oportunidad de darle un beso, o de acariciarle la cara. Pero eso sólo puede pensarlo quien nunca haya sentido tener algo tan cerca y a la vez poder perderlo todo de golpe. Es verdad que también se pierden cosas por no tomarlas, pero no siempre es fácil saberlo. Y a veces, la mayoría de las veces, hay que decidir, sin saberlo. Sus pies se hundían en el suelo blando. Caminaron entre plantas y árboles altos hasta el centro del cementerio. Había una pequeña construcción de ladrillos, con el revoque caído. En varias partes, un musgo verde lo cubría. Toda la construcción tenía un paso y medio de ancho, y llegaba hasta la altura del pecho. Clavada en la parte de arriba, había una gran cruz de metal, como si vigilara el lugar. La más grande del cementerio. Muy oxidada.
—¿Tenés miedo? (preguntó Frin, en voz baja).
—... (ella hizo que no con la cabeza, pero le apretó la mano).
Se quedaron en silencio. La luz entraba atenuada por los árboles, igual que el viento. Sólo llegaba el aire fresco, así como llegaba la luminosidad, desde todos lados por igual. Sin pensarlo, Frin aflojó su mano; ella respondió igual. Él fue entrelazando sus dedos en los de ella, uno a uno. Alma continuó ese gesto, como si fueran los dedos de Frin que abrazaban los dedos de ella que abrazaban los dedos de él. Como un papel que da vueltas sobre sí mismo. Siguieron caminando hasta el otro extremo. Había una pequeña capilla; estaba en el borde del cementerio a pocos pasos de la alambrada, del lado opuesto al que habían entrado. Al acercarse, un olor ácido les hizo fruncir la nariz. Alma susurró:
—Mi abuela me contó que...
—Shhhh (hizo Frin con un dedo). La capillita no tenía puertas ni ventanas. Había ladrillos caídos en el suelo, cenizas y restos que indicaban que alguien había comido y había usado el lugar como baño. Sintieron miedo de que volviera y los encontrara ahí; además, el olor era insoportable. Se alejaron. Frin levantó la vista y vio el campo que estaba pegado al cementerio. En ese momento el avión de fumigar hacía una pasada. Nada, hasta ahora, les había recordado el mundo exterior, y les chocó el contraste entre esta realidad congelada, y el mundo de afuera, donde todo seguía igual. El mundo donde ese señor estaba cosechando, donde ladraban los perros, donde otros iban al banco, a la escuela, donde picaban los mosquitos. Ellos todavía estaban en el que no sucedía nada de eso. Un mundo aparte.
Regresaron hacia el lugar de la cruz grande. Quitaron algunas ramas y se sentaron uno al lado del otro. Después de un largo silencio, mientras seguía mirando el suelo, Alma le preguntó:
 —¿Te puedo decir algo?
—¿Lo que te contó tu abuela? (Frin tomó una ramita).
—No... me tenés que prometer que no se lo vas a contar a nadie.
 —Está bien. —... que va a ser nuestro secreto.
—Ya entendí, dime.
—... (silencio mirando el suelo).
—... ¿y?
—Me gusta Arno.
 —... (Alma lo miró).
 —... (Frin seguía jugando con su ramita).
 —... ¿te enojaste?
—No... no, ¿por qué?
—¿Por qué pusiste esa cara?
—No puse ninguna cara.
—Te quedaste serio, Frin; no te hagas...
—Te digo que no. Volvieron a quedarse callados. Frin hizo algún comentario sobre la escuela, tratando de disimular su desconcierto. Al poco rato ya no quedaba nada de la magia anterior. Se levantaron y regresaron. Frin no ofreció la mano a Alma, ni ella la buscó. Separó los alambres, pasó ella. Pasó él. Se subieron a las bicicletas y tomaron el camino que los devolvía al pueblo. Pedaleando callados. Se oía el ruido de las ruedas en la tierra. Sus respiraciones. El ruido de la cadena de la bicicleta de Frin, cuic cuic. Alma gustaba de otro. Tan sencillo y tan corto como eso. Pero tan largo, o tan imposible también.

5
En la clase de educación física Frin hizo los ejercicios con desgano y el tipo lo había castigado otra vez. Tenía que caminar y correr alrededor de la cancha. Estaba en eso cuando vio que el profesor le decía algo a Lynko, que empezaba a trotar. ¡Lo mandó a correr alrededor de la cancha a él también! ¿Por qué habrá sido? Frin se acordó de que seguía enojado con él, así que se concentró en su paso. Cuando llevaban la mitad de una vuelta, notó que Lynko estaba cada vez más cerca. Corría despacio a propósito para ponerse a su lado.
 —Che, ¿qué te pasa, eh?
—... (trotaba callado).
—Frin, de verdad te pregunto, ¿por qué te enojaste?
—... ey, Frin... así nunca te voy a poder pedir disculpas.
—No lo hagas.
—¡Abrió la boca! Esto va mejorando... che ¿me vas a decir qué te molestó?
—No. —... bueno, lo que puedo hacer es empezar a pedirte disculpas por todo, todo lo que existe en el mundo, en el cielo, por las cosas imaginarias...
 —... (Frin sonrió).
—Voy a empezar, perdón... por los arbolitos de navidad, ¿fue eso?
—... (hizo que no con la cabeza).
—De acuerdo, seguiré... perdón por las bicicletas sin cambios de velocidad, ¿fue eso?
—Pará, tarado (aguantando la risa).
—No, amigo, debo seguir (con tono melodramático), debo seguir. Mientras tanto se aproximaban a donde estaba el grupo entrenando con el profesor. Se acercaban las olimpíadas interescolares, y el tipo estaba como loco.
—... sí, sí, debo seguir... a ver, fue... fue ¿por la lengua del maestro de Lengua?
—¡Pará, idiota! (lo empujó con el hombro).
—Oh, oh, vamos bien, intuyo que vamos bien, es por ahí... a ver... fue... fue ¿fue porque estuve hablando con Alma? En ese momento, Ferraro gritó:
—¡Lynko! ¿¡No te molesta correr con ese marica!? Él se paró en seco, ni le dio tiempo a decir nada a Frin y gritó furioso.
—¡¡¡Metete en lo que te importa, imbécil cara de vaca!!! Los demás se rieron, Lynko siguió como si eso no hubiera importado, volvió a preguntarle.
—Che, Frin, ¿fue por eso?
Pero el profesor los estaba llamando. Los hizo parar delante de todos y los retó. A Frin por correr mal, a Lynko por gritarle a un compañero, y a Ferraro también; pero era su favorito para las olimpíadas y le dijo algo por compromiso. Mientras los retaba, Frin lo miraba, pensando que se demoraba horas en decirles algo que ya habían entendido.

En cambio, Lynko se pasó todo ese tiempo clavándole la mirada a Ferraro, que era más grande, y también lo miraba desafiante. Frin se dio cuenta de que iba a haber pelea. El profesor los seguía retando, pero eso era lo único en que estaban pensando todos. Iba a haber pelea.

Ya casi terminaba la clase, los mandó a dar una vuelta más. Cuando volvieron el grupo estaba saliendo de la cancha. Ferraro estaba parado al lado de la puerta, junto a otros chicos. A Frin lo recorrió un frío de miedo en las piernas. Lynko siguió caminando tranquilo, ya sabía.
—¿Qué problema tenés, vos? (Ferraro).
—Que no me gustan los bocones (Lynko).
Y siguió cruzando la puerta. Ferraro lo agarró del hombro, tirándolo hacia adentro de la cancha; pero, antes de que se diera cuenta, Lynko le tiró una trompada que le pegó en la nariz. El grandote se agarró la cara con las manos.
—¡No habíamos empezado todavía! ¡Pegás a traición como los maricas! Lynko le tiró una patada que el otro alcanzó a esquivar. Aunque todo había empezado por él, Frin estaba paralizado ante la pelea. La mole Ferraro se fue encima de Lynko y lo hizo caer. Cuando lo tenía en el piso lo empezó a golpear en la cara. Lynko atajaba algunas, recibía a casi todas; pero logró pegarle otra piña en la nariz, que lo hizo sangrar. Ferrara, furioso, se abalanzó encima de Lynko, trabándole los dos brazos abiertos. Lynko quería patearlo y zafarse, pero no podía. Los gritos de todos los demás, alentando a su amigo contra el-recién-llegado-del-buzo-verde, habían llamado la atención del resto del grupo, que regresó corriendo a ver la pelea. El profesor también. Los separó a los gritos y empujones. Les dijo que estaba harto. Harto de los tres.
—¿Y yo, por qué? Dijo Frin, pero inmediatamente sintió que no tendría que haber dicho eso. Qué estúpido, su amigo se había agarrado a trompadas para defenderlo y a él lo único que se le ocurría era decirle, Y yo, por qué, al tipo. Miró a Lynko con vergüenza; pero él estaba sacándose la tierra de la ropa y seguía mirando furiosamente a Ferraro. Ni le hacía caso a lo que el profesor estaba gritando. Que los iba a llevar a la Dirección, que llamaría a sus padres, que, que, que, que, que. Regresando a la escuela, Frin buscó caminar al lado de Lynko.
—Che, perdón.
—... ¿por?
—Yo tendría que haberme peleado.
—Si fue conmigo que se metió.
A mí me gritó mariquita.
—Por eso... vos sos mi amigo, qué se cree. Siguieron en silencio, hasta que Lynko habló.
—Fue porque estuve hablando con Alma, ¿verdad?
—... (Frin, primero levantó los hombros; pero después asintió con la cabeza).
—Yo no sabía que te gusta.
—Nadie lo sabe.
—Está bien, Frin, es linda.
—¿...? (lo miró sorprendido).
—¿Qué mirás?, de verdad te felicito, es muy linda... ¿qué mirás? (y entendió). ¿¡Qué!? ¡No! ¿Vos pensaste que yo estaba hablando con ella porque me gusta?
—No, nada que ver...
—¡Juralo, Frin! ¡Juralo! (riéndose).
 —... (lo empujó, también riéndose).
—Sos un tarado, por no decírmelo, por no preguntar y por imaginarte eso (se reía); llevás días enojado por tonto, ¿oíste?
—¿Y qué hablabas con tanto entusiasmo, entonces?
—Ella tiene una tía que también viaja por su trabajo y yo le contaba de mi papá.
—... ¿de verdad?
—(Riéndose) Te lo juro, Romeo... en serio; te puedo prestar mi buzo verde para que la enloquezcas.
—Gasta demasiada electricidad (riéndose).
—... (Lynko lo empujó).
—... pero tampoco funcionaría.
—¿Por qué?
—No, el otro día fuimos a pasear al cementerio viejo...
—Sí, ¿y?
 —... me contó que gusta de Arno.
—¿Cuál es?
—Se sienta al fondo, del lado derecho... uno medio pelirrojo.
—Ah, ya... ¿y vos le creíste?
—Claro, ¿por qué me lo iba a decir si no es cierto?
—No sé, para darte celos.
—(Sonrió) Nada que ver, Lynko; estás delirando por los golpes.
—... che, Frin, no te dejés decir marica, ¿sí?
—... (levantó los hombros)...
—Sí que importa, ¿por qué no le pegaste?
—... (por miedo)... no me gusta pelear.
—Que no se metan con vos, ¿oíste? Se tomaron de los hombros. Estaban siendo buenos amigos.
—Lynko, ¿por qué viaja tanto tu papá?
—Por el trabajo (contestó frunciendo la boca), casi nunca está con nosotros.
—Pero te debe traer cosas lindas, ¿no?
Lynko levantó los hombros. Ya estaban llegando a la escuela. ¿Y si Lynko tenía razón?
No, ¿para qué Alma me iba a querer dar celos? Nada que ver, pensaba Frin con una sonrisa de oreja a oreja.
6
A Frin le molestaba que sus papás se pasaran el día mirando televisión. La mamá trabajaba en una fábrica de mallas para mujeres y hombres; también tejía por encargo. El papá era empleado administrativo en un hospital. Durante ese tiempo no había ningún televisor enfrente, radios sí. Sus dos trabajos quedaban a cuadras de la casa, eso les permitía almorzar juntos y que no fuera tarde cuando llegaban. Pero antes de decirse hola, la voz del televisor era la primera que se oía en la casa cuando entraban. No recordaba una sola conversación con sus papás sin que la televisión estuviera encendida, hablando al mismo tiempo que todos. No hubo palabra, ni silencio, que no tuvieran una telenovela o un programa de concursos de fondo.
La casa de Lynko era muy distinta. El papá viajaba demasiado; pero era el tipo más divertido del mundo. Para empezar, su casa era mucho más grande que la de Frin; que era más o menos del tamaño de donde en ésta guardaban los paraguas.

Había como cuatro habitaciones para cada cosa. Una para lavar y planchar; una para la señora que trabajaba en la casa; un comedor diario; una sala para recibir a visitas importantes. Recordó la sala de su casa, y las visitas que iban ahí. Jamás las dejarían entrar acá, pensó; ensuciarían la alfombra, o se robarían un cenicero. La cocina era ocho veces el tamaño del dormitorio de Frin. Había un cuarto de juegos; un estudio para el padre; uno para la madre; un garaje para la cortadora de césped. Frin pensó en la mesa de su casa. Ahí comían; dejaban las boletas de los impuestos; él hacía la tarea; y jugaban a las cartas. Y a veces todo eso al mismo tiempo. El cuarto de Lynko, amplio, lleno de colores; el cuarto de sus papás, que tenía un baño adentro, o sea que los papás podían ir al baño sin salir al pasillo.

Frin se acordó de que en su casa el único baño quedaba cerca de los dos únicos cuartos y siempre se oía cuando alguien lo usaba. Se oía y se olía. Además había un cuarto para las visitas y hasta otro para el televisor. Frin no lo podía creer; la televisión estaba en un cuarto aparte. Lo más increíble es que no la usaban mucho, y que Lynko la veía acostado a lo largo del sillón, apoyando su cabeza en las piernas de su papá.
Las primeras veces que Frin entró a esa casa se hizo una idea muy clara, la familia de Lynko tenía mucho, mucho, dinero. Cierta vez se lo dijo. Estaban abriendo la heladera para buscar jugo de naranja.
—Che, ¿cómo hicieron tus papás para tener tanto dinero?
—... yo creo que no.
—¿¿...?? ¿Que no?
—Bueno... no sé... si tuvieran mucho dinero mi papá no tendría que trabajar y viajar tanto y estaría todo el día en casa, ¿no?
Frin no supo qué responderle; lo único que se le ocurría era decirle: Lynko en tu casa hay jugo de naranja en la heladera; pero ni abrió la boca porque era un argumento muy estúpido. Aunque muy cierto, porque en su casa no había. Se llenó su vaso dos veces.
Y cuando él mismo sentía que había hecho mal, Lynko le preguntó si no quería más. Frin dijo que sí, aunque ya tenía la panza llena. Se dio cuenta de que en todo ese tiempo que habían estado hablando, la puerta de la heladera había estado abierta. Lynko podía dejar la puerta de la heladera abierta un minuto, diez minutos, media hora, con la misma tranquilidad. No se caía el cielo, no se partían las paredes. No pasaba nada. Nada de nada.
En casa de Frin, si alguien se olvidaba la puerta de la heladera abierta, el papá se enojaba y daba un grito, o la mamá. Se armaban verdaderas peleas en las que se echaban la culpa uno al otro sobre quién había dejado la puerta abierta. Una vez, en medio de una comida, se pelearon y se dijeron cosas tan fuertes, que su papá dio un portazo y se fue a la calle, su mamá se levantó y fue a encerrarse en el cuarto con los ojos llorosos. Frin se quedó solo, sentado a la mesa, con sus codos apoyados en el mantel de plástico azul con flores pintadas.
Y, aun cuando le había quedado toda la comida para él, casi no probó bocado. Miró cómo salía el vapor de la cacerola apoyada en un repasador para que no quemara al plástico. Revolvió un poco la comida de su plato con el tenedor. Recorrió el mantel con la vista, notando que en muchos lugares la pintura de las flores estaba un poco corrida. No coincidía bien. Prestó atención a si oía llorar a su mamá en el cuarto, pero no se oía nada, sólo las voces del programa de televisión. Y todo había empezado porque alguien había dejado la puerta de la heladera abierta.

 Frin nunca invitaba a su casa a Lynko. Tu casa es más grande para jugar, le decía siempre. No quería que pisara su casa, ni conociera a sus papás. Por eso le molestó tanto esa mañana en la que fueron a la panadería y se encontraron con Lynko y su papá. Lynko estaba de su mano y dio un grito.
—¡Papá, él es Frin! El papá estaba vestido con jeans nuevos y una camisa azul a cuadros. Se dio vuelta sonriente y se acercó a ellos, abandonando su lugar en la fila.
—Hola, Frin, mucho gusto. Saludó a su papá también muy amablemente y, mientras le acariciaba la cabeza, le decía:
 —Estoy muy contento de que Frin sea amigo de Lynko... no hace otra cosa que hablarme de él. Frin oyó que su papá decía que sí, que era un buen muchachón y que estaban orgullosos; sin embargo, él sólo deseaba que se callara la boca e irse cuanto antes. Pero no había cómo zafar de la situación. No podían irse sin haber comprado nada. Fueron avanzando lugares en la fila mientras Lynko le hablaba, aunque él sólo hacía que lo atendía, y sonreía de vez en cuando.
En realidad estaba oyendo que su papá le preguntaba en qué trabajaba al papá de Lynko, que le contaba de la empresa y que eran demasiados viajes. Y sufría porque el papá de Lynko preguntaría lo mismo. Lo hizo y oyó perfecto cuando dijo... de esclavo en el hospital. Frin se enojó muchísimo porque sonaba como si le hubiera pedido trabajo. Cuando el padre de Lynko dijo: Bueno, tenemos que visitarnos un día de éstos, Frin tomó el paquete apurado y dijo:
—Vamos, ya está.
—Sí, Frin, espera a que ellos compren, ¿no?
—¡Ya está, papá, vamos! (repitió enojado).
—¿¡Qué te pasa a vos!?

Frin no pudo evitar que volvieran a saludarse y a decirse de nuevo que había que visitarse. Cuando quedaron solos, caminando rumbo a la casa, el papá lo retó por haberse mostrado tan mal educado. Frin caminaba serio, con los ojos llenos de rabia. Su papá le contó a su mamá que habían conocido al papá de Lynko, que parecía un tipo muy amable, y que él se había portado pésimo. Frin se fue a su cuarto, cerró la puerta, sacó su artículo de la maratón y se lo puso a leer. Y aun así se oían las voces del televisor.


7
Frin venía pensando que cuando Alma le hablaba era como si sus ojos preguntaran algo. Entró seguro de que la iba a encontrar con Arno. Sin embargo, estaba solo, sentado en el borde del pasillo que separaba el patio de los salones de clase.
¿Qué tenía de especial? ¿Por qué Alma gusta de este idiota? Se imaginó que un grupo de científicos ponían a Arno encima de una mesa del hospital donde trabajaba el papá, y le sacaban las tripas investigando qué tenía de especial.
—¡Mirá, Frin, qué hermosas tripas!
—¿Será por eso, doctor?
No parecía tener nada especial. Era pelirrojo, sí; pero no debía ser por eso; ni por la altura; no era más alto que Frin, ni más inteligente. ¿Qué era, entonces?, se preguntaba cuando vio entrar a Alma.
—... (ahora va a ir con él).
Pero Alma pasó enfrente sin mirarlo. Qué raro. Y Arno tampoco se había fijado en ella. Tal vez era un secreto entre ellos dos, o tal vez Alma gustara de él, pero Arno no lo sabía. ¿Qué se supone que debía hacer Frin en ese caso? ¿Avisarle a Arno?
Qué tonto soy, ¿cómo voy a decirle eso? En todo el tiempo que siguió observándolo no notó ni una sola vez que Arno mirara hacia el grupo en el que estaba Alma.

Ese sí que sabe guardar un secreto, pensó. Si Alma gustara de mí yo me la pasaría al lado suyo. No disimularía. Entonces se le ocurrió que tal vez fuera precisamente eso. Arno era muy callado, no buscaba hacerse amigo de nadie, como él; ni hacía chistes. ¿Será que Alma no gusta de mí porque hago chistes? Debo ser más serio, pensaba Frin, nunca me aguanto si puedo hacer un chiste y así quedo como un payaso. ¡Qué chica va a querer estar con un payaso!

Seguía viendo a Arno, que apoyaba su cara en una mano, distraído. Luego abría su mochila y sacaba lo que traía. Cuadernos, lápices, todo lo ponía a un costado y seguía buscando. Frin sintió el impulso de acercarse y ayudarlo a encontrar lo que fuera que se le hubiera perdido. Se contuvo por vergüenza, pero lo que en realidad sentía era que quería estar cerca de Arno. ¿Cómo había logrado que Alma gustara de él? Peor aún, quería que Arno fuera su amigo, ser como él.

Lynko se sentó a su lado, cruzando su brazo por la espalda.
—¿Nunca te vas a quitar ese buzo verde? (Frin).
—Vos me dijiste que me lo siguiera poniendo (Lynko).
—Me vas a desprender la retina.
—Che, el domingo, ¿vamos a andar en bicicleta?, ¿un picnic?
—Bueno.
 —¿Qué estás mirando?
—Nada... Lynko, ¿por qué será que alguien gusta de otra persona?
—Nada, gusta y punto.
—... no, algo debe haber.
—Si querés le podemos preguntar a Arno ¿Che, qué tenés que Alma gusta de vos? —No seas tonto, es en serio... (lo empujó).
En el recreo largo de mitad de la mañana, Frin se acercó a Lynko.
—Ni se hablan, ni se miran, ¿cómo puede ser?
—¿Todavía estás con eso? Le vas a hacer un agujero en la nuca de tanto mirarlo.
—¿No es raro?
—No, porque ella te dijo que gustaba, no que eran novios (y siguió jugando a la pelota con un bollo de papel). Che, el domingo llevamos hamburguesas, ¿no?
Frin sintió que se hundía. Maldita claridad de Lynko, tenía razón. Podían no ser novios en toda la vida y de todas maneras Alma gustar de él.
En la clase de matemáticas estuvo pensando. ¿Realmente se puede querer a alguien para toda la vida? Tal vez cuando Alma vea que él no gusta de ella, deje de quererlo. Pero eso no quiere decir que va a empezar a gustar de mí. Yo tendría que hacer algo. Oyó que la maestra lo llamaba al pizarrón.
—A ver, Frin, mirá, vamos a hacer este problema juntos.
(Alma gusta de él aunque él no haya hecho nada)... sí.
—(la maestra terminó de anotarlo) ¿lo entendés?
(¿Y si yo le dijera a ella que me gusta?)...
—... Frin, ¿estás prestando atención?
—... ¿eh? Sí (sería un tarado porque ella ya me dijo de quién gusta).
—Frin, si no sabes hacerlo volvé a tu lugar (se oyeron algunas risas en el salón).
—No, sí lo sé. Comenzó a resolverlo mientras seguía pensando, ¿Entonces qué?, ¿tengo que buscar a alguien que guste de mí?
—Vas bien, Frin, no te olvides el cuatro.
—... (¿alguien que guste de mí aunque yo no guste de ella?)...
—No, al revés, despejá éste...
—... (lo mejor sería que gustara de mí alguien que me guste mucho).
—Muy bien, ¿y ahora por dónde seguís?
—... (a mí me gusta Alma).
—Perfecto, Frin, regresa a tu lugar. Pero se acercó donde Arno y le preguntó:
—¿Encontraste lo que se te había perdido?
—¿¿Qué??
—¡Frin! A tu lugar dije, no a conversar (la maestra).
 —Si encontraste lo que estabas buscando hoy.
—... (Arno puso cara de ni saber de qué le estaba hablando).
Fue hasta su lugar. Alma tenía la vista clavada en su cuaderno. Frin se sentó. No entendía nada de nada. Ojalá todo esto fuera como resolver una operación en el
pizarrón: si yo gusto de Alma y Alma gusta de Arno y Arno quién sabe sobre equis. Un papelito le pegó en la cara. Se lo había tirado Lynko que se reía de él, le hacía señas de que estaba loco y ponía los ojos bizcos. Frin le señaló el buzo verde y movió la boca diciendo: Apaga tu maldito buzo verde. Lynko volvió a hacerle señas de que estaba loco. Sacaba la lengua, ponía los ojos bizcos y cruzaba las manos, sin ver que la maestra se había parado detrás suyo.
—¡Lynko! ¡¿Se puede saber por qué estás haciendo el payaso?! Lynko casi pegó un salto del susto, y se sentó duro y derecho. Toda la clase dio una carcajada y Frin se agarraba la panza de la risa.
8
Una tarde, Frin fue a comprar un lápiz, porque ya estaba escribiendo con un pedacito que casi ni se podía agarrar.
—Frin, si seguís con ese lápiz le vas a tener que sacar punta a tu dedo (dijo la mamá).
Él sabía que sus papás no tenían mucho dinero, entonces se cuidaba de no pedirles, no porque fuera muy ahorrativo, en realidad lo enojaba muchísimo oír que le decían: No podemos, Frin, no hay dinero. Esas respuestas lo llenaban de vergüenza y hacía todo lo posible por evitarlas.
Elvio, el dueño de la librería, un señor un poco calvo y panzón, le vendió el lápiz y le preguntó:
—¿Podés hacerme un favor? (tomó un trago de una copa).
—(¿...?) Sí.
—(Sacó dinero de la caja) Andá al kiosco a comprarme cigarrillos.
Frin tomó el pedido con naturalidad: es normal que un adulto le pida a un niño que haga un trabajo, sea o no sea su hijo. Cuando regresó y entregó el paquete de cigarrillos y el vuelto, Elvio lo miraba como si lo estuviera estudiando, y le preguntó:
—¿Estás trabajando en algún lado?
—¿Yo?... no.
—¿Y no te gustaría ayudarme acá por las mañanas?
Frin ladeó un poco la cabeza porque no sabía si iba tener ganas de venir todas las mañanas. No había entendido que le estaban ofreciendo el primer trabajo de su vida. Elvio lo miraba serio.
—Te pagaría así. Enseñó la mano mostrando tres dedos, y tomó otro trago. Frin casi rebota en el techo por la sorpresa. Él había entendido que tenía que seguir viniendo como un favor, no que le iban a pagar tres... ¿qué quería decir tres?, ¿tres pesos?, ¿treinta?, ¿trescientos mil?
Se subió feliz a su bicicleta y pedaleó hasta su casa. Iba a mil, sentía el viento en la cara y su cuerpo lleno de energía, como si fuera más poderoso que antes. La cadena de la bicicleta hacía cuic cuic cuic a toda velocidad, como un reloj loco. Dobló una esquina y vio a Fede, un amigo del grado:
—¡Ey, Frin ¿a dónde vas?!
—¡¡¡Tengo trabajo!!! (cuic cuic cuic). Gritó entusiasmado, sin dejar de pedalear de pie, para ir más rápido. Llegó a su casa y encontró a su madre preparando la comida.
—¡Mamá, tengo trabajo!
—¡Epa! ¿Y dónde? (curiosa y divertida por la agitación de Frin).
Ahí se dio cuenta de que ya era un hecho. Elvio se lo había ofrecido, a él le había encantado la idea y su madre le preguntaba dónde. Sí señor, ya era un hecho. Mientras su madre seguía cocinando, él se paró al lado y con el mismo entusiasmo le contó cómo había sido. La madre se reía porque le divertía ver a Frin tan excitado, hablando rápido, apretándose los dedos, dando saltos. Frin creía que la madre estaba contenta por la noticia y también se reía.
—Bueno, pero no vas a descuidar la escuela...
—¡Nada que ver, mamá!
Por la tarde fue a contarle a Lynko que inmediatamente se lo contó a su madre, contento, como si el que hubiera conseguido trabajo fuera él. Después hicieron más planes para la salida del domingo.
Esa noche, cuando ya estaba acostado, llamó a su padre, que ya sabía la noticia. Vino hasta su cama y le preguntó:
—Papá, lo que no entiendo es para qué me mandó a comprar cigarrillos, por qué no me lo dijo antes.
—Te puso a prueba, Frin.
—¿A prueba?
—Ahá, si ibas a ir... si ibas a devolverle el dinero.
La librería abría a las ocho y media de la mañana, pero Frin estuvo sentado en la vidriera desde las siete y media. No hubo quien lo convenciera de que era demasiado temprano. Cuando Elvio lo vio, sonrió.
El viernes cobró su primer sueldo. Llegó la hora de la comida, Elvio le dijo, Tomá. Le dio un dinero en la mano, e hizo que levantaba su copa para brindar. Frin regresó a su casa y contó tres veces los billetes en el camino. No lo podía creer. Era la primera vez que tenía un dinero que era suyo. No se lo habían regalado, no era un premio, no lo había pedido. Se lo habían dado por su trabajo, o sea que era todo, todo suyo, ¿o se lo pediría su mamá?
A la hora de la comida se lo mostró a sus padres. Los dos se alegraron y lo felicitaron.
—¿Y qué vas a hacer con todo ese dinero ahora? Le preguntó su papá, con cariño. Y esa pregunta quería decir varias cosas: no le iban a pedir el dinero, él lo podía gastar sin que nadie le dijera nada, y ellos no se iban a meter en lo que hiciera con ese dinero. Se pasó tres días sin saber en qué gastarlo.
—Mira, Frin, si lo ahorrás vas a ir juntando tu dinero (explicaba su papá).
—¿Y para qué?
—Para poder comprar más cuando hayas juntado bastante.
—(Frin negaba con la cabeza)... no, yo prefiero ir comprando y así igual voy a ir comprando más. Lynko no se cansaba de hacerle sugerencias.
—¡Mirá esa pelota, Frin!
—(No)...
—¡Mirá esa caña de pescar!
—(No)...
—¡Una mochila para irnos de campamento!
—(No)...
—¡¿Y qué vamos a llevar el domingo, entonces, Frin?!  
Hasta que en una librería vio un tomo de una enciclopedia y supo que lo quería. Era una enciclopedia que también se vendía en fascículos más pequeños y que Arno siempre llevaba cuando tenían que consultar algo en la escuela. Entró y compró el primer tomo. Para su sorpresa costaba menos de lo que creía. Le alcanzó para comprar otro libro. Uno de fenómenos extraños que habían pasado en toda la historia. Así gastó su primer dinero.
Cuando llegó a su casa guardó el tomo de la enciclopedia en la pequeña biblioteca del comedor y fue a sentarse en el patio a leer el otro libro. Al rato entró Alma por la puerta del patio. Le gustó verlo con ese libro abierto, que sostenía con una mano, mientras que la otra estaba apoyada en su cabeza. Aprovechando que no se había dado cuenta de que ella estaba ahí, se quedó observándolo. Era lindo que estuviera tan concentrado. Parecía más importante. Estaba tan serio. Nunca había visto a nadie leer de esa manera; parecía que estaba en otro mundo.
—Hola, Frin.
—... ah, hola.
 —¿Qué estás leyendo?
—Mira, en 1953 desapareció un barco con toda su tripulación.
Alma se sentó a su lado. Frin siguió leyendo en voz alta, y ella le prestaba atención a lo que él decía; pero también a que era lindo estar así con Frin. Cerca, mientras él leía en voz alta para los dos. No era fea la voz de Frin. Un barco había desaparecido con toda la tripulación. Es más, era una linda voz. Y no se había hundido. Y leía bien.

9

Si el domingo por la mañana salían en bicicleta, había que ponerse de acuerdo en el delicado tema de los sandwiches.
—¡Yo me voy a hacer uno de tomate! (Frin).
—No, mejor hacete uno de jamón y queso... (Lynko).
—... no, uno de tomate.
—¡O una hamburguesa! A mí me encantan las hamburguesas. Cuando me las dan siempre pido más sobrecitos de mostaza, y me voy a sentar y regreso y le pido más sobres para mi hermanito, ¿no?
—¡Y paf! ¡Se los ponés!
—No, no, no... se los pongo todos, todos...
—¡Y paf! ¡Se los ponés!
—No, no, no... los voy abriendo despacio, despaciiiiito...
—¡Y paf! ¡Se los pones!
—¡¡¡Que no!!! Primero me gusta tenerlos a todos abiertos, para no perder tiempo. Los pongo en hilera: uno de mostaza, uno de ketchup, uno de mostaza y otro de salsa, así. Y recién después empiezo a ponérselos encima de la hamburguesa.
—¿Y no se te vuelca al morderla?
—¡Para eso se los pongo! La vez que más le puse fueron veinte en total, doce de ketchup y ocho de mostaza...
—... (Frin se reía).
—... y ñam, ñam, slurp, cluch, flop, splash, se me chorreaba todo por todas partes. Estaba buenísima: creo que la ahogué a la hamburguesa. Cuando regresé a casa mi mamá me dijo: Lynko ¿qué hiciste?... tenía salsa hasta en la espalda.
—... (Frin seguía riéndose).
—¿Cómo hice para ponerme salsa en la espalda? Nunca me di cuenta.
—Te habrás puesto la hamburguesa en la espalda.
—(Lynko soltó una carcajada) Debo haber apretado la hamburguesa y la salsa me atacó por la espalda... por eso, el domingo me voy a pedir una triple hamburguesa con papás triple, también, y gaseosa extra grande, y voy a pedir veinticinco sobrecitos, para romper mi propio récord; ¿vos de qué vas a llevar, Frin?
—De tomate.
—¡¡¡Y dale con eso!!! ¡¡¡Me vas a hacer un agujero!!! ¿¡No podés llevar otra cosa!? ¿¡Una hamburguesa, por ejemplo!?
—A mí me gustan los sandwiches de tomate que hace mi mamá.
Dibujaron un plano de los caminos de tierra por los que iban a ir en bicicleta. No era exactamente un mapa, porque inventaron unos caminos que no existían. Después ya verían.
Llegó el domingo. Frin se levantó temprano entusiasmado.
—Mami, preparame un sandwich de tomate, que vamos a ir de excursión con Lynko. —No vas a ninguna parte (dijo ella).
—¿Por qué?
—¿No te acordás que hoy vamos al cementerio a llevarle flores al abuelo?
 —... ¡mamá; pero ya arreglamos con Lynko!
—No hubieras hecho un compromiso si tenías otro.
—¡Es que no me acordé! ¿Qué culpa tengo? Pero la mamá seguía preparándose y eso quería decir que no le haría caso. Frin decidió insistir con su papá, que estaba poniéndose los zapatos. —¡Yo me voy a ir a andar en bicicleta con Lynko!
—¿Ah, sí? (dijo, sin levantar la vista).
—(La madre llegó al cuarto enojada) ¡Frin! ¡Si ya te dije que vas a venir con nosotros, no tenés por qué venir a decirle nada a papá!
—¡Pero es que ya había quedado, mamá! (con furia e impotencia).
—¡Basta! Dijo ella, y fue a buscar unas tijeras de arreglar el jardín, una botella con agua y un trapo viejo. Todo lo puso en una bolsa de plástico. Frin la siguió con la mirada.
El padre se había terminado de poner los zapatos, pasó a su lado y le dijo:
—Frin, cuando regresemos pasás a buscar a Lynko, y listo; no es tan terrible.
—¡Sí, porque él ya se va a haber ido con otros chicos! Contestó enojado. ¿Qué podía saber su papá si era o no terrible? Eso lo hizo enojar más todavía. Fue todo el viaje con una cara que dejaba muy en claro que él no quería ir. Le estaban arruinando su plan con Lynko, y se los iba a hacer notar todo el camino. O todo el día. O hasta que le pidieran perdón.

El papá manejaba con cuidado, porque el auto se lo había pedido prestado a un vecino. Al lado iba su mamá, con la bolsa de plástico apoyada a sus pies. Atrás iba Frin cuidando de mantener su cara de enojo. El problema es que, como no tenían coche, a él le encantaba cuando su papá conseguía uno y salían a pasear. Se detuvieron en una florería. La madre bajó a comprar un ramo. Frin pensó que su papá iba a buscarle conversación; pero siguió callado, mirando lejos. Cuando llegaron al cementerio, Frin dijo, sin convicción:
—Me quedo en el auto a oír radio.
—Como quieras. Le dijo su madre, y se bajó. Su papá se dio vuelta y sólo lo miró, como diciéndole: Cortala, Frin. Entonces se bajó.

Frin iba atento al silencio, tan distinto al del cementerio abandonado al que habían ido con Alma. Hasta la gente con la que se cruzaron hablaba en voz baja. Y cuando pasaban al lado apenas inclinaban sus cabezas, o decían un buenos días, que era más un susurro que otra cosa.
—Papá, ese señor estaba llorando (comentó él en voz baja, también).
El papá asintió, sin dejar de mirar adelante. A Frin se le hizo que ese gesto había sido muy discreto. En estas cosas serias su papá era muy discreto. Pensó en tomarle la mano; pero no lo hizo. Dieron varias vueltas por los pasillos y llegaron hasta donde estaba el abuelo. La madre quitó unas flores marchitas y las tiró en un cesto. El papá se sentó en un banco de cemento que había enfrente.  Frin se sentó a su lado. La mamá regresó, tiró el agua vieja de la jarrita y la volvió a colocar en su lugar. El papá se incorporó un poco, destapó la botella que habían traído y se la alcanzó. La madre la tomó y fue vertiendo el agua fresca. Luego tomó las flores, las cortó con la tijera y las fue acomodando en la jarrita con el agua nueva. Si le parecía que alguna quedaba muy larga, le cortaba otro poco de tallo y la acomodaba nuevamente. Finalmente agregó del verde que les habían dado. Se alejó para verlas. El papá señaló una, se levantó, tomó esa flor y la puso en otra parte de la jarrita, y como se inclinó, la volvió a acomodar y le dijo en voz baja a su mamá:
—Así está mejor.
—... (a Frin le parecía que estaba igual que antes).
 —(Pero su mamá contestó con un murmullo)... sí.
Luego su papá fue a llenar la botella con agua, se la alcanzó a la madre y se volvió a sentar en el banco. Ella arrojó el agua suavemente sobre la pequeña puerta de mármol donde estaba el abuelo. Después tomó el trapo y la limpió. Lo estrujó y lo volvió a pasar hasta que dejó todo seco. Frin vio cómo pasaba el trapo sobre el cuadradito de metal con el nombre del abuelo, y dos fechas. Le pareció que lo acariciaba. Su papá había agachado la cabeza, se levantó y se paró cerca de la mamá. Ella se tomó de su brazo. No sabía qué hacer, no le habían pedido nada. Sintió que mejor se paraba al lado de ellos.
—Vamos, si querés (dijo su mamá).

Regresaron al coche, caminando callados. Saludaron a una señora. Frin le tomó la mano a su papá, también sin decir nada. Arrancó el auto y regresaron con el mismo cuidado de antes. Frin iba bien sentado, mirando a sus papás, que iban callados. Ni enojados, ni serios. Solamente callados. Sin que él se diera cuenta su papá frenó frente a un negocio de hamburguesas.
—¿Querés comprarte para el picnic?
—(Sorprendido)... ¿puedo?
El papá ya le estaba dando el dinero. No compró de las extra triples que decía Lynko porque no quería gastar mucho; pero, además, porque no existían. Pidió muchos sobrecitos, eso sí, y papás y gaseosas grandes. Cuando llegaron a casa, estaba Lynko con su bicicleta, esperándolos.
—¡Esperá que voy por la bici! Gritó Frin, y en un salto ya estaba de regreso. Su papá fue a devolver el auto al vecino. Su mamá se había quedado sosteniendo la bolsa con las hamburguesas y conversando con Lynko.
—Gracias, mami (dijo Frin).
—Oigan, se portan bien, ustedes, ¿eh? Dijo la mamá, sonriendo, mientras ponía la bolsa en la canasta de la bicicleta. Le dio un beso a cada uno, y entró a la casa. Frin quería sorprenderlo mostrándole que había comprado hamburguesas. ¡Mirá, traga-hamburguesas! Pero Lynko se le adelantó.
—¡Frin! ¡Mirá lo que nos preparó mi mamá! Y abrió su mochila para mostrar dos gigantescos sandwiches de tomate.

10

 De repente Alma se volvió más callada. Algo pasaba. Frin la observaba desde lejos; no quería acercarse y que lo rechazara.
—¿Y si ella también cree que el que está raro soy yo?
Entonces sentía que tenía que mostrarle que él no estaba raro, que ella podía acercarse si quería. ¿Pero qué hacer? No podía decirle:
—Hola, Alma, mirá que yo no estoy raro, ¿eh? Podés acercarte cuando quieras.

Durante las clases la miraba, y ella no levantaba la vista, no le devolvía una sonrisa, ni nada. Lo primero que pensó fue que ya se había puesto de novia con Arno y por eso ahora no quería ni mirarlo. Ya se había decidido. ¿Le habría hablado ella o él? Seguro que fue Arno. Era un poco raro, desordenado, con la cabeza en la Luna, como decía la maestra: siempre se le perdía algo o se olvidaba alguna cosa. —Pero no debe ser tan vergonzoso como yo (se decía Frin), se le declaró y ahora son novios. Por eso Alma no me puede mirar. En los recreos, sin embargo, Alma tampoco miraba a Arno. ¿Sería un secreto? No creo. Ella se la pasaba con su mejor amiga, Vera. A Frin se le hacía que Vera era la chica más estúpida del grado, como una secretaria que no dejaba que nadie se acercara a Alma. ¿No será que Vera la quiere de amiga sólo para ella y le habla mal de nosotros? Seguro que esa estúpida y presumida idiota hace eso. Le tocaron el hombro.
—¿Frin? (era Vera).
—¡...! eh, ¿sí?
—¿Estás ocupado el sábado?
—... no... sí, no... ¿por qué?
—Quiero invitar a Alma a que hagamos un picnic, pero ella no quiere y como vos sos muy amigo, si vas, tal vez quiera...
—... ¿sí? (de rechazado a querido a la velocidad de la luz).
—Es que está callada todo el día... bueno, así ¿no?, y yo quiero que salgamos para que piense en otra cosa.
—¿En qué piensa?
—Sus papás se pelearon, entonces su papá se fue a un hotel y hace unos días que ella no lo ve, y dice que es culpa de la mamá. Frin sentía un enorme alivio de que Alma no sólo no estuviera enojada sino que si él iba ella querría ir. Pero entonces se le mezclaba con lo que le pasaba a ella, y le daba tristeza. En cualquier caso, quería ayudarla. Le preguntó a Vera:
—¿Puedo invitar a Lynko?
—(Se le iluminaron los ojos) ¡Sí, claro! eh... yo invité a Arno.
—... ¡¿para qué?!
—Porque es más divertido, ¿no?
 —... (¿entonces, soy o no el importante?).
—... pero me dijo que tenía que ir a no sé dónde con su mamá; pero que no era seguro y no se acordaba bien.
Sonó el timbre. Vera le agradeció que fuera tan buen amigo. Inmediatamente Frin
sintió que Vera no era una estúpidaidiotaimbécil, sino muy simpática y muy buena amiga también. * En la clase de Lengua le pidieron a Lynko que leyera un poema de Lorca. Frin notó que Vera seguía a Lynko con la mirada. Lynko leía poemas igual que Frin jugaba al fútbol. Acentuaba mal las palabras, se ponía nervioso, cambiaba la puntuación de los versos. No se entendió nada. La única que sonreía como si todo estuviera bien era Vera. El maestro se desesperó, le pidió el libro y leyó. ¡Ay, qué trabajo me cuesta quererte como te quiero! Por tu amor me duele el aire, el corazón y el sombrero. ¿Quién me compraría a mí este cintillo que tengo, y esta tristeza de hilo blanco para hacer pañuelos?
Se hizo un gran silencio en el salón, el maestro decía muy bien los versos. Alma había levantado la mirada y estaba oyendo. Se le ocurrió que debía llevar ese libro al picnic. El viernes que cobrara, podía ir a comprarlo, porque a Alma la distraía. ¿Qué sentiría él si su papá se fuera a un hotel? Y sólo por eso, él, que nunca había leído un poema, y se le hacía la cosa más aburrida del mundo, sintió que quería leer poemas. Por el papá de Alma en un hotel. Y por Alma, sin su papá en la casa. Y porque si un día sus papás se pelearan tanto sería horrible, y daba miedo sólo de pensarlo. Y porque si los versos le habían hecho levantar la cabeza a Alma, debían ser más fuertes que todos sus problemas.
11
Se veían nubes cargadas, Su mamá le dijo que buscara las botas, le puso su campera impermeable que tenía una capucha.
 —Mamá, parezco un astronauta.
—Mientras no seas un chico resfriado, no importa lo que parezcas.
Frin estiraba sus brazos abiertos y se balanceaba.
—Aquí Houston, aquí Houston...
—(Sonriendo) Quédate quieto, que no te puedo cerrar la campera.
—... en este planeta llueve, Houston.
—Frin, que esto no cierra.
—Porque está vieja, mamá.
—Todavía sirve.
—Si nunca la tiramos siempre va a servir, me gustaría una nueva.
—Para tu cumpleaños.
—No, para mi cumpleaños quiero algo para mí.
—¿Y una campera para quién sería?
—No es lo mismo.
A Lynko le compran ropa aunque no sea su cumpleaños.
—… —Me gustaría una campera verde como el buzo de Lynko... Con ésta parezco un astronauta.
—Frin, mientras yo no consiga otro trabajo.
—¡Ufa! ¡Siempre el trabajo y el dinero!
—Cuando seas grande vas a tener tu propio dinero y te vas a comprar todas las camperas que quieras. —Una campera es algo que se usa, un regalo es distinto... Además me quiero comprar un libro.
—Pero si tenés un montón que no leíste.
—De versos, no tengo ninguno... (estiró los brazos) Houston, Houston, estamos frente a una forma de vida muy extraña.
—¡Vos serás una forma de vida muy extraña!
—¿Atacamos, Houston? ¿Atacamos? Confirme.
—Andate que vas a llegar tarde.
—¡De acuerdo! (empujó a su mamá, que estaba agachada frente a él, y la hizo caer sentada).
—(Riéndose) ¡Frin!
—¡Ataque exitoso, Houston!
—¿Sabés qué les va a pasar a Houston y a vos?
—¡Oh, oh!, Houston, creo que dejamos la eliminación para otro momento.
Salió corriendo hasta el patio, se subió a su bicicleta y se fue riendo. Cuic cuic. La librería todavía estaba cerrada. Qué raro. Tocó en la casa de Elvio, y esperó. Pasó un rato sin oír nada. Volvió a golpear más fuerte. Oyó unos pasos que se acercaban.
—¿Sí?
—Soy yo, Elvio
—... ya voy.
Fue a sentarse en la vidriera y esperó. Empezaba a lloviznar. Después de un largo rato lo vio aparecer, caminando despacio. Sin afeitar. La camisa fuera del pantalón. Se acercó a abrir la puerta sin decir nada. Frin sintió olor a alcohol. Venía de la respiración y de la ropa de Elvio: olía a vino. Ya otras veces lo había visto con una copa en la mano, y le había dicho que era por el frío, otra vez por el reuma. Entraron. Frin levantó las persianas. La llovizna seguía cayendo. Elvio se sentó del otro lado del mostrador, mirando hacia la calle, sin hacer nada.
—Hoy que cobro me voy a comprar un libro. Elvio se quedaba con la vista fija en la ventana, o en la llovizna, o en cualquier cosa.
—¿Quiere que prepare café?
—... (respiraba lentamente, hizo un leve balanceo).
—¿Se siente bien?
—... ¿eh? (como si saliera de un sueño).
—¿Le pasa algo?
—... hoy vamos a cerrar.
—¿No quiere que me quede yo?... Vaya a descansar y yo atiendo.
—... (le pasó una mano por la cabeza).
—En serio, Elvio, vaya. Fuera por cansancio, porque confió o porque todo le daba lo mismo, en vez de poner la llave en la puerta, se las dejó en la mano a Frin y se fue.

Toda la librería para él. Encendió la radio, bien fuerte. Hizo que tocaba la guitarra eléctrica con una regla. Después se dio cuenta de que no iba a cobrar. No se atrevía a pedirle su dinero. ¿Cómo iba a hacer para comprar el libro que quería leerle a Alma? Se puso a leer su artículo sobre la maratón. Entró una clienta. Bajó la radio. Le vendió un mapa. La mujer preguntó por Elvio y respondió que había tenido que ir a arreglar unos asuntos.
—¿Y te dejó a vos al frente del negocio?
—... (asintió con la cabeza).
—¡Cuánta confianza te tiene!
La mujer pagó y se fue. Frin subió el volumen de la radio y volvió a tocar la guitarra eléctrica con la regla. A media mañana se le ocurrió ir a ver cómo estaba Elvio.

Puso el cartel de "Ya vuelvo". Fue hasta la casa. Se asomó a su cuarto y vio que estaba tirado encima de la cama, durmiendo. El olor era más fuerte. Decidió prepararle un té. Lo hizo y se lo dejó en la mesita al lado de la cama. Volvió al negocio pensando en algo que había oído una vez.
Elvio tenía una hija que vivía en otra parte, que no le escribía nunca y sólo lo llamaba cuando necesitaba plata. Se le ocurrió que podía sacar el libro de la biblioteca. Puso el cartel y salió bajo la llovizna suave y persistente. En la vereda de enfrente una abuela se cayó, como un tronco; casi ni alcanzó a poner las manos para atajar el impacto. Fue tan raro que Frin no reaccionó enseguida, como si sucediera en una película. Cruzó la calle y la ayudó a levantarse.
La mujer traía una bolsa de compras en un brazo y un paraguas que había quedado dado vuelta, como una flor panza arriba. La señora se recostó contra un árbol. Frin esperaba que se incorporara, pero se demoraba y se tocaba la nariz. Le salía sangre. Frin tomó el paraguas, lo enderezó y la cubrió. Vio que ella sacaba un pañuelo viejo y remendado. Se secaba la sangre de la nariz. Frin se ofreció a acompañarla y le dio su brazo. Ella lo tomó. Caminaron lentamente hasta una casa en la que había un señor mirando afuera.
—Oh, ahora mi marido se va a preocupar (dijo ella).
En la puerta le entregó el paraguas, se despidió y salió corriendo. Encontró el libro en la biblioteca. Volvió al negocio: era hora de cerrar. Pasó a dejarle la llave a Elvio. No se había levantado. La taza estaba en el piso y el té estaba derramado. Levantó la taza. Secó el suelo. Dejó la llave en la mesa de la cocina y se fue hacia su casa, pedaleando lo más fuerte que podía. Cuic, cuic. Maldición, tenía que llevar a aceitar la bicicleta antes del picnic.
Qué mañana más rara. Su mamá no podía comprarle la campera. Elvio no podía trabajar y esa viejita no podía caminar sola. Su mamá le había dicho que cuando fuera grande iba a tener su plata. Todavía no tenía su plata, pero ya se sentía grande. Y lloviznaba. Lloviznaba como si se hubiera dado vuelta un barco, o como si las nubes pedalearan llovizna hasta poner el mundo patas arriba.

12
Llegó el sábado tan esperado. Saldrían de picnic con Alma y Vera... y con Arno, aunque Arno tal vez no. Prometió que a lo mejor no podía. Bueno, no lo prometió. Eran las ocho menos cuarto y habían quedado en salir a las ocho y media.
—¡Mamá, me voy a buscar a Lynko!
—¿No se encontraban acá?
—¡Sí, pero lo voy a pasar a buscar igual!
—Frin, ¿por qué no esperás tranquilo? Ya va a llegar; desde las seis y media que te oigo dar vueltas.
—¡No, pero mejor paso a buscarlo por si tengo que ayudar con algo!
—Van a cruzarse en el camino y se van a pasar toda la mañana buscándose.
A Frin se le hizo un chiste buenísimo. Se rió, saludó con un grito a su mamá. Salió disparado hacia la puerta del patio. Frenó de golpe, regresó corriendo, le dio beso a su mamá, y volvió a salir. Pero en ese preciso instante Lynko abría la puerta.
—¡¡¡Mamá, ya llegó!!!
Entraron abrazados, así, de hola, amigo. Revisaron lo que cada uno llevaría y lo que pensaban hacer. Frin estaba excitadísimo, quería que Lynko entrara la bicicleta, no fuera que se la robaran y no pudieran ir de picnic por tener que hacer la denuncia o perseguir a los ladrones. Le mostró que él había ido a la bicicletería para que le ajustaran los frenos, le inflaran bien las gomas; pero sobre todo para que le pusieran aceite en el piñón. No podía salir con Alma y Vera si hacía cuic... cuic... en cada vuelta del pedal. La mamá terminó de preparar su vianda, le dio un beso como si se fueran de viaje, no de picnic ahí cerca. Salieron a esperar a la vereda. Frin entró a ver qué hora era a las ocho y cuarto. A las ocho y veinte. A las ocho y veintitrés. A las ocho y veintisiete, que fue cuando se desesperó.
—Quedamos a las ocho y media, tranquilizate (Lynko).
—¿Será que no las dejaron?
—Hubieran avisado, ¿no?
—¿¡Y si tampoco las dejaron avisarnos!?
—... (Lynko puso los ojos bizcos y sacó la lengua, como diciéndole que estaba loco). —... (Frin entró nuevamente, regresó agitado): ¡Ya son las ocho y treinta y cinco, Lynko! ¿Qué hacemos? ¿Las vamos a buscar?
—¡No! ¡¡¡Quedate aquí sentado que ya vienen, te digo!!!
—Si querés las vamos a buscar y le puedo pedir a mi mamá que nos acompañe y les hable a los papás para que las dejen.
—(Se agarró la cabeza)... no, no quiero.
—¡¡¡Lynko, no seas mal amigo!!! Pero Lynko saludaba a Alma y Vera, que se acercaban a media cuadra. Frin se sentó a la velocidad del rayo y cambió de conversación. —Che, ¿no querés que hagamos juntos el trabajo de la capa de ozono?
—... Frin ¿no te estarás volviendo loco?
Llegaron. Ellas se bajaron de sus bicicletas y acercaron sus mejillas. Entonces ellos reaccionaron saludándolas con un beso. Frin no salía de su asombro. En la escuela no se saludaban así; pero, claro, esto no era la escuela. Era la primera vez que se saludaban de beso. ¿Se habrían puesto de acuerdo antes de venir para acá? Si era así, ellas les llevaban ventaja. Él y Lynko estaban perdidos, no se habían puesto de acuerdo en nada. Qué tarados, ¿cómo no pensamos en eso?

 —¿Vamos? (propuso Lynko).
—Falta Arno, ¿no? (recordó Alma).
 —(¿Entonces sí es su novio?, pensó Frin).
Pero dijo que lo más seguro era que no iba a venir.
—No, dijo que a lo mejor no venía (intervino Lynko).
—... (Frin lo miró enojado, ¿por qué no te callás?).
 —Sí, mejor esperémoslo (dijo Vera), seguro que va a llegar.
Otra vez sentados a esperar; pero ahora conversaban entre los cuatro. Cada cinco minutos Frin proponía:
—Vamos, no va a venir.
—Esperá un minuto.
—Es que se nos va a ir la mañana.
—Apenas son las nueve.
—¿¡Ya son las nueve!? ¡Entonces vamos! ¡Quedamos a las ocho y media!
—¡Mirá, ahí viene! (dijo Vera, y saludaba).
Sí. Ahí venía. A media cuadra. Y no sólo venía. Sino que venía caminando. Lentamente.
—¿Y tu bicicleta? (preguntó Lynko).
—¿Era en bicicleta? (distraído).
—Claro, Arno ¿cómo vamos a ir de picnic, si no? (Alma, sonriendo).

—¿Ah, de picnic? Yo entendí que nos quedábamos a jugar acá. Frin no lo podía creer, lo miraba a Lynko como diciendo: és-te-me-de-ses-pe-ra.
—Quedamos en encontrarnos acá; pero íbamos de picnic. —¡Uy!, yo no sé si me dejan (dudó Arno).
—¡Perfecto! ¡No lo dejan! ¡Arno, gracias por haber venido, podés quedarte a leer mis revistas! ¡Vámonos!
—¡Frin! ¡No seas mal amigo! (dijeron Alma y Vera), vamos a acompañarlo a su casa a buscar la bicicleta.
—... es que tiene una goma pinchada.
—Y bueno, te acompañamos a arreglarla (dijo Lynko, aguantándose la risa, porque sabía que era lo último que Frin quería hacer).

Caminaron al lado de sus bicicletas hasta casa de Arno, mientras Frin cada tanto, sin que lo vieran los demás, le hacía señas a Lynko, agarrándose el cuello y sacando la lengua afuera. Arno lo sacaba de las casillas. Pero, fuera como fuera, ya había empezado el paseo.
13

Llegaron los cinco a casa de Arno, que quiso abrir; pero la puerta no. Probó de nuevo. No. Estaba cerrada con llave. Arno se dio vuelta, con su camisa saliéndose del pantalón, sus cordones, uno desatado y otro hecho con un nudo que jamás se desataría, y todo él, así con el pelo despeinado, como si al despertarse tampoco hubiera estado la mamá, miró al resto con cara de que el avión ya se fue, y les dijo:
—Mi mamá no está.
Se quedaron sorprendidos; sólo Vera atinó a preguntar:
—... ¿y vos no tenés llave?
—... (hizo que no con la cabeza).
Pausa. Silencio, volvió a hablar Arno.
—Vayan si quieren. Lo dijo con un tono de camisa afuera del pantalón, despeinado, y los miró con una cara de cordones abandonados, que Lynko propuso que lo acompañaban hasta que llegara la mamá, y hasta Frin estuvo de acuerdo.
Se quedaron como si se hubiera ido la luz. Frin miraba la vereda de enfrente, como todos. A su lado estaba Lynko, luego seguía Vera, luego Alma, y luego Arno. Sí, estaban sentados juntos, y él estaba en la otra punta.
En la otra punta de donde quería estar, cosa que ya había sentido otra vez, que estaba en la otra punta de donde quería estar. Que no había silla para él, o que su silla la estaba ocupando otro. Siempre así. Qué día de porquería. En eso llegó la madre, caminando rápido y no cambió la cara de enojada, por más que todos la saludaron correctamente. Sólo se dirigió a Arno.
—¿¡Se puede saber qué hacés acá, sentado como un tonto!? Se quedaron duros al oír cómo le hablaba.
—Es que era un picnic. Respondió Arno con su tono confundido, que ahora se explicaba por qué. Frin se dio cuenta de que Arno estaba como si siempre tuviera a su mamá gritándole tonto.
—¿Y me pediste permiso?
—... (mirando el suelo).
—¡Contestame, burro! ¿¡O no oís que te estoy hablando!? Arno levantó los ojos confundidos, y la miró como si esperara un golpe.
—¡Sos un inútil, carajo, no vas a aprender nunca! Se metió en la casa dando un portazo y cerrando otra vez con llave. Frin se dio vuelta y dijo:
—Che, ¿ésa es tu mamá o es la que mató a tu mamá? Los demás lo miraron con cara de retarlo.
—... es mi mamá. Contestó Arno, con su tono de confusión, hundido como un barco que se está hundiendo, como un barco de transportar frutas que se está hundiendo a metros de la costa. Con sus naranjas flotando de adiós adiós, nos lleva la corriente, adiós adiós. Arno seguía callado. Lynko habló.
—Pedile permiso, te esperamos.
—No, mejor váyanse.
—No, andá, te acompañamos (dijo Alma). Arno se levantó cansinamente, fue hasta la puerta, tocó el timbre. Frin vio que la campera de Arno le quedaba grande y apenas asomaban sus dedos por los puños. Pasó un rato, y como si eso ya hubiera ocurrido otras veces, Arno volvió a tocar timbre, resignado. La puerta se abrió de golpe.
—¿¡Qué querés, burro!?
—¿Lo deja ir de picnic con nosotros, señora? (preguntó Alma).
—(Pero ella ni lo miró) ¡A vos te pregunto! ¡Pasá!

Arno entró, la puerta se cerró con un golpe. No podían creer lo que habían visto. Adentro seguían oyéndose los gritos. Tonto. Tonto. Vos lo que querés es matarme. Sos un burro.
—Yo nunca había venido a casa de Arno (Alma).
—... yo tampoco (Lynko).
—... ni yo (Vera). Frin fue hasta la puerta y tocó timbre. Los tres lo miraron sorprendidos.
—Frin, la mamá se va a poner furiosa (Vera). El no hizo caso y volvió a tocar. La puerta se abrió bruscamente y antes de darle tiempo a que la mamá gritara, Frin preguntó con voz firme.
 —Hola, señora, ¿está Arno? Esa pregunta la desconcertó, ¿cómo si estaba Arno?, si ellos lo habían visto. Demoró un segundo en dar el grito que traía preparado, y Frin reaccionó nuevamente.
—Hola, señora ¿está Arno? Venimos a buscarlo porque queremos que vaya a un picnic con nosotros (en un tono que parecía amable, pero levantando la voz). La señora dio un portazo y se metió adentro.
 —¿No te dije? (Vera). Pero Frin no la oía, estaba ahí parado, pensando si iba a tocar de nuevo el timbre o qué, cuando la puerta se volvió a abrir, ahora con dificultad. Era Arno con su bicicleta.
—Me dijo que me vaya con ustedes.
—... (ninguno entendía nada).
—... bueno... vamos (Alma).
—Pero no tengo qué comer y la rueda está rota.
—Nosotros traemos... vamos a la bicicletería ¿tenés plata para el arreglo? (Lynko).
—... (Arno hizo que sí con la cabeza).
Salieron los cuatro caminando con sus bicicletas al lado, en silencio. El paseo empezaba de nuevo, pero desde otro casillero, como en el juego de la oca. Lynko espió de reojo a Frin, que caminaba mirando al suelo. Se acordó de la vez que se había agarrado a trompadas por él, y lo juntaba con lo que había hecho hoy y no parecía el mismo. Alma le ofreció caramelos a Arno que, por tomarlos sin soltar la bicicleta, casi se cae. Siguieron caminando, él, Vera, Alma, Lynko y los pantalones arrugados, el pelo despeinado, la camisa salida, un cordón desatado, la campera demasiado grande de un barco de frutas que medio se hundía, a metros de la costa, llenando la corriente de naranjas ajenas al barco que naufraga, y mezclando su perfume con el de este sábado por la mañana.
14
 La bicicleta de Arno, vieja y emparchada, iba en silencio, como debe hacer toda bicicleta o caballo que tampoco va dándole conversación al jinete. En cambio, la de Frin, recién pasadita y todo por la misma maldita bicicletería, engrasada y aceitada hasta chorrear el estúpido aceite, seguía haciendo cuic cuic. Era la única que hacía ruido. Frin estaba furioso.
—Frin, ¿no le diste de comer? (Lynko). Todos se reían, Arno, en otro planeta como siempre, interrumpió:
—Yo sé un chiste.
—¿A ver? (dijo Frin para desviar la atención). Arno empezó a contar de un niño que tenía que comprar un sandwich de jamón y al que, antes de llegar a comprarlo, le pasaba de todo. Pero realmente de todo, porque llegaron al límite del pueblo y al chico del cuento de Arno le seguían pasando cosas y todavía no podía comprar su sandwich. Empezaba el camino de tierra. Frin ya quería que terminara el chiste. Una cosa era que Arno lo salvara de la broma de Lynko y otra cosa era que acaparara toda la atención.
—¿Vamos al cementerio viejo? (propuso Lynko).
—No (dijo Alma, enseguida).
—... (Frin se sorprendió, ¿le dará vergüenza de cuando fuimos juntos?).
—Oigan que les sigo contando (Arno).
—Esperate que tenemos que decidir adonde vamos.
—Yo conozco un monte que queda por acá; pero no me acuerdo bien del camino (Vera).
—Vamos a ése y lo buscamos (Lynko).
—Oigan, les sigo contando (Arno). Llevaban media hora pedaleando y el chico del cuento de Arno no podía comprar el famoso sandwich de jamón porque tenía que ayudar a una viejita a que cruzara la calle, después porque pasaba un carro de bomberos, después porque le robaban la bicicleta, tenía que ir a hacer la denuncia, la encontraban; pero después se la pedía prestada un viejito. Y así mil cosas y nunca llegaba a comprar el maldito sandwich de jamón. Nunca habían oído un chiste tan largo. Frin estaba furioso con el estúpido de Arno, con los estúpidos de los demás que no paraban de reírse del estúpido chiste del estúpido Arno, con el estúpido niño del estúpido chiste. Hasta con el estúpido sandwich del chiste. ¿Cuándo iba a parar de hablar e iba a dejar hablar a los demás?
—¡Dale, Arno! ¿¡Y qué pasó!? (decía Alma desesperada y divertida).
—¡Sí, basta Arno, hablemos de otra cosa! (aprovechó Frin).
—No, Frin, dejalo que siga (de nuevo Alma).
—... (¿quién la entiende?, pensó Frin).
—Sí, esperen, todavía falta, porque, cuando estaba por llegar al negocio, se le cruzó un perro con una manchita blanca...
—¡Termina el maldito cuento! (gritaba Lynko, muerto de risa).
Seguían pedaleando y riéndose ya no porque importara el cuento, sino porque no acababa nunca; y porque Arno jamás había hablado tanto. Se le habrá destapado algún caño en la cabeza, pensaba Frin, pero con ganas de volverlo a tapar. Trataba de que se le ocurriera algo gracioso, para hacerlos reír él también; pero ni podía pensar, porque Arno no paraba de hablar, los demás, de reírse y su bicicleta, de hacer cuic cuic.

Más se alejaban del pueblo y más divertidas eran las cosas que se le ocurrían a Arno para alargar el chiste. Frin notó que Alma se reía despreocupada. Cuando llegaron estaba seria, por eso que le había contado Vera, que sus papás estaban con problemas. Pero ahora era la misma de siempre, alegre y con una risa maravillosa. Arno inventaba más y más cosas, y eso los hacía pedalear más lento. En un momento tuvieron que detenerse porque Alma casi se caía de la risa.
—Oigan, me parece que no es por acá (interrumpió Vera, todos frenaron).
—¿No era que sabías? (preguntó Lynko).
—Pero les dije que no me acordaba tanto.
—¿Y ahora? (Alma).
—Si quieren nos quedamos y les termino de contar (Arno).
—¡Nada que ver, es feo este lugar! (Alma y Vera).
—Sigamos, seguro que es cerca (dijo Frin, tratando de tener iniciativa en algo).
—¿Y si nos perdemos peor? (Alma).
—Creo que sé cuál es (Frin).
—... (Lynko se dio cuenta de que estaba mintiendo y que lo decía para alardear delante de todos).
—Vamos (insistió Frin, rogando que se le ocurriera algo).
—Les sigo contando (dijo Arno). Todos se rieron. Hasta la bicicleta de Frin, que hacía cuic cuic. Pero él no; quería regresar, mandarlos a todos al diablo, ir a devolver el libro a la biblioteca. Juró que no le leería un solo poema a Alma, si de todas maneras con cualquier chiste estúpido se olvidaba de sus problemas.
—¡Arno, tu chiste no tiene final! (Alma simuló enojo, pero sonaba encantada).
—Sí, tiene; falta poco. Siguieron pedaleando y riéndose. Todos menos Frin que, disimuladamente, trataba de ver si por el camino que iban aparecía algún monte. Pero nada. Por suerte Arno seguía distrayéndolos con su chiste.
—¿Falta mucho? (preguntó Alma).
—No (contestó Frin, intentando parecer seguro).
—¿No será que estás inventando? (dijo Lynko para hacerse el gracioso).
—¡Claro que sé! (Frin, muy molesto).
—No te enojes, era un chiste nomás (Lynko, haciendo un gesto de discúlpame).
Lo cierto es que ese comentario fue la gota que colmó el vaso, porque, aunque todos iban oyendo y riéndose con el chiste, ya querían llegar. Frin no veía nada por ninguna parte, y ni tenía idea por dónde estaban.
Por no quedarse callado y mostrarse seguro dijo:
—Cuando llegamos a la esquina de ese campo, hay que doblar a la derecha.
—¡Ay, qué bueno! (dijo Alma).
—Sí, ya tengo hambre, quería llegar (Vera).
 Para qué habré dicho eso, pensó Frin, ¿qué iba a hacer cuando dieran vuelta y no hubiera nada? Quería que la tierra lo tragara. Pero que primero lo tragara a Arno. Cuic cuic que, de repente, resulta que era gracioso. Cuic cuic. Así, de la noche a la mañana, el muy idiota. Cuic cuic. No se puede ser gracioso de golpe.
Él siempre contaba chistes, entonces estaba bien que fuera gracioso. Cuic cuic; pero este idiota ni siquiera silbaba y ahora resulta que era graciosísimo y Alma estaba feliz con las idioteces que decía. Cuic cuic. Se le hizo que Arno era el chico más mentiroso, hipócrita, estúpido que había conocido nunca. Cuic cuic. Y Alma era bastante idiota si se reía de estos chistes tontos. Cuic cuic. Y el bicicletero también era un tarado porque ni siquiera sabía aceitar bien una bicicleta. Cuic cuic.
Ya estaban llegando a la esquina del campo. Y el más sorprendido de todos fue Frin, porque a unos quinientos metros de ese cruce de caminos había un monte grande y hermoso. Los demás se pusieron a aplaudirlo, Lynko se bajó de su bicicleta y lo abrazó; pero Frin seguía con la boca abierta: no podía creer su buena suerte. ¿Seré adivino?, pensó. Pero Arno no le dio mucho tiempo de disfrutar su éxito porque siguió con su maldito chiste de dos años de duración. El monte era verdaderamente hermoso, con árboles altos y hojas en el suelo. Encontraron un claro en el que dejaron las bicicletas y sacaron sus cosas.
—Bueno, Arno, ¿cómo termina tu chiste? (Lynko).
—Sí, en serio, Arno, así jugamos a algo (Alma).
—Ya termino: entonces el niño por fin llegó al negocio, pidió un sandwich de jamón, el señor se metió, tardó como una hora, salió y se lo dio y el niño lo agarró sin mirarlo y, cuando llegó a la casa, su mamá lo abrió... y, ¿saben que había adentro de los panes?
—¡No, ¿qué...?! (Vera)
—... jamón.
—¿...? (sorpresa en todos).
—... ¿cómo? (preguntó Lynko, que creyó haberse perdido alguna parte).
—Jamón.
—... (se miraron desconcertados).
—... ¿jamón? (repitió Alma).
—... sí, jamón.
—... ¿¡ése es el final del chiste!? (Lynko).
—... (Arno asentía muy divertido de haberlos engañado).
Entonces Lynko se tiró encima suyo, lo hizo caer y hacía como si le pegara de verdad. Arno se reía a carcajadas, ni se defendía. Alma y Vera se agarraban la cabeza y medio se reían y gritaban porque no podían creer que el chiste fuera tan malo y tan largo. Frin, silenciosamente, dio las gracias de que por lo menos hubiera terminado. Abrió su mochila y se encontró con que el papel en el que su mamá había envuelto los sandwiches se había abierto durante el viaje, y el libro del poeta se había manchado de manteca en la tapa. No era mucho, lo suficiente como para que sintiera que de verdad tenía ganas de regresarse ya. Y no lo iba a hacer; pero sólo por vergüenza con los demás.
15
Lo primero que hicieron fue poner un gran mantel en el suelo. Sobre él fueron sacando lo que habían llevado y comieron en silencio. Tenían una pelota. Se pusieron en rueda y practicaron un poco de voleibol. El que la dejaba caer, perdía. Después había que tirarla a un compañero diciendo un nombre que podía ser de planta o de animal. El otro tenía que dar una palmada antes de recibirla y, al lanzarla, decir otro nombre.
Frin conseguía dar la palmada y decir el nombre; pero la pelota iba para cualquier lado. Arno casi no usaba sus manos para recibir la pelota. Le daba en la nariz o en un ojo.
—¡Arno! ¿¡Tenés un agujero en las manos!? (le gritaba Lynko, riéndose), poné las manos, me en-tendés, las-ma-nos. Todos se reían, incluido Arno.
—A ver, ¿cuáles son las manos?, levantalas (Lynko).
—... (las levantaba).
—Perfecto, ahora que ya están identificadas, atajá la pelota con las manos, no con la cara, ¿comprendido? Arno asentía, riéndose. Se reiniciaba el juego, y entonces las manos de Arno no sabían si dar la palmada abajo o arriba, que era por donde venía la pelota, directa a su nariz.
—¡No lo puedo creer! ¡Arno, sos un cuadrúpedo! ¡Te equivocaste de especie!
—... (risas).
—¡Mira, Lynko! ¿Sabés hacer esto? Desafió Arno, parándose patas para arriba, sobre sus manos y empezó a caminar en perfecto equilibrio.
—¡Bravo! ¡Bravo! (Alma y Vera aplaudían).
—¿No les digo que es cuadrúpedo? (Lynko).
—¡Hacelo vos, en vez de reírte! (Vera). Lynko se vio obligado a intentarlo; pero le fue imposible. La única vez que pudo sostenerse unos segundos, los brazos le temblaban como cuerdas. Arno era tan despistado que, en lugar de aprovechar y vengarse con un chiste, se ponía al lado y le enseñaba cómo hacerlo. Lynko se desplomó una vez más, y Arno dijo: Miren esto. Y empezó a dejarse caer hacia atrás, arqueándose despacio, hasta que tocó el suelo con las manos. Lynko se apuró a sentarse encima de él, como si fuera una silla.
—¡Lynko, sos un envidioso! (lo retó Alma). Arno se inclinó y se sentó en el suelo, normal.
—¿Y por qué sabés hacer esto? (Vera).
—... porque me gusta.
—No, en serio, contá.
—... porque me gustaría trabajar en un circo.
—¡¿En serio?! (preguntaron asombrados).
—... me gustan las acrobacias.
—Para eso están las olimpíadas, que son mejores que un circo (Frin).
—... no, yo quiero viajar.
—Uno se cansa de viajar siempre (Lynko).
—Yo no (Arno).
—Mi papá se la pasa viajando y ya está harto, nunca está en casa. —Yo lo que quiero es irme (Arno).
—¿A dónde? (Alma).
—... (levantó los hombros).
—¿Y por eso estás entrenando estas acrobacias? ¿Para irte a trabajar a un circo? (preguntó Lynko). A Arno le daba vergüenza confesar su plan, que nunca había contado a nadie, porque era un plan igual a Arno: confuso, desprolijo, con la camisa afuera. Sólo dijo un tímido sí. Sin embargo, nadie se rió. Se hizo un silencio, un poco incómodo, en el que todos se acordaron de la mamá gritando; pero ninguno comentó nada.  
—Yo quiero ser bióloga (Vera).
—¿Sí? (le preguntó Alma sorprendida).
—Sí (sacó un cuaderno de su mochila). Acá anoto diez cosas nuevas, cada vez que salgo. Pueden ser diez plantas o diez insectos y después busco cómo se llaman.
—¿Y cómo te acordás? (Frin).
—Porque los dibujo.
—¿¡A verlos!? (Lynko). Vera abrió su cuaderno de hojas lisas.
—¡Huáu! ¡Están buenísimos! (exclamó Lynko, que no podía creer que alguien dibujara tan bien).
—¡Son perfectos, Vera! ¿Por qué nunca me los mostraste? (Alma).
—... (frunció la boca) no sé... perdoná.
Eran realmente hermosos. Había un escarabajo que estaba coloreado. Grande y quieto en medio de la hoja del cuaderno.
—Parece que se fuera a mover.
Dijo Frin, en voz baja, y Arno asintió con la cabeza. —Me encantaría dibujar así de bien... para venderlos después (Lynko). Lo retaron y Vera dijo:
—Yo no los hago para vender.
—¿Y para qué, entonces?
—Para mirar, me gusta mirarlos y saber cómo son. Se quedaron viendo el dibujo, callados.
—Estás loca, pero dibujás muy bien (susurró Lynko).
—... cuando los hago siento como si les hablara (Vera).
—¿Cómo como si les hablaras? (Frin).
—Bueno, como si los oyera, mejor dicho; que si ellos me dijeran algo, yo los entendería... me imagino que Dios...
—¿¿Vos creés en Dios?? (la interrumpió Lynko).
—Yo sí (contestó Vera).
—Yo no, para nada (Lynko muy convencido). ¿Y vos, Arno?
—... (levantó los hombros, como siempre), sí.
—Hagamos una votación y si ganan los que creen, es que Dios existe... (Lynko).
—¡Nada que ver, Lynko! (dijo Vera con énfasis), que Dios exista no tiene nada que ver con que nosotros votemos quiénes creen.
—Bueno, yo no creo, ¿y vos, Alma? Asintió en silencio.
—¿Frin?
—... no sé, creo que sí; pero pasa algo que me asusta y reacciono como si no creyera... ¿Qué ibas a decir, Vera?
—No, que yo me imagino... o sea, yo sé que no es cierto, ¿no?, pero me gusta pensar que Dios así nos dibuja en un cuaderno... para entendernos.
—... a Arno lo dibujó con cuatro patas (dijo Lynko y se rieron).
—¿Y vos qué querés ser? (preguntó Vera a Lynko).
—Jugador de fútbol o fabricante de barcos, una de dos.
—Pueden ser las dos (dijo Frin).
—Sí, ¿no? (dijo Lynko, que nunca lo había pensado así)... ¿Y vos, Alma?
—A mí me gustan mucho las matemáticas.
—¡Spuajjj! (Lynko hizo como si vomitara).
—Pero no sé si me gustaría ser física o matemática (terminó Alma).
—Mejor física (dijo Arno).
—¿Por? (le preguntó Frin).
—... (Arno no tenía ni idea)... qué sé yo. Se hizo un pequeño silencio y habló Lynko.
—Oigan, ¿se dan cuenta de que si hacemos lo que cada uno dijo, cuando seamos grandes nunca más nos volveremos a ver?
—¿Por qué? (preguntó Vera).
—Y, porque cada uno va a estar haciendo algo diferente... Alma, en un laboratorio; Vera, en una selva; Arno, en un circo; yo, jugando al fútbol...
—... sí, encima de un barco (lo interrumpió Frin).
 —Pero podemos encontrarnos a comer (dijo Arno).
—... Ah, eso sí (reconoció Lynko). Se quedaron callados por un momento, y Alma preguntó.
—¿Y vos, Frin? ¿Qué vas a hacer?
—(Sintió que se trababa)... no sé.
—Algo te gustará (Lynko).
—... No, les juro que no sé.
—¿Y qué sabes hacer? (Vera).
—... (¿ir en bicicleta?, se preguntó Frin). Pero Alma se acordó de esa vez que entró a la casa de Frin, y dijo:
—Sabe leer.
—¡Buenísimo, léenos algo! (Lynko).
—Nada que ver (se defendió él, sonrojado).
—Sí, es cierto (Alma).
—No, pero eso no es una profesión.
—¡Que nos lea algo! ¡Que nos lea algo! Frin intentó resistirse, pero Vera y Arno también se lo pidieron. Fue hasta su mochila, sacó el libro. Lo frotó contra su pantalón para quitarle la manteca con la que se había ensuciado. Nervioso, con un nudo en la garganta, preguntó:
—¿Qué les leo?
—Cualquier cosa (Vera).
—Sí, pero parate ahí enfrente, como en un teatro (pidió Lynko y se sentó cerca de Vera).
Frin se incorporó lentamente, se alejó un poco. Abrió el libro y comenzó a leer: ¡Ay, qué trabajo me cuesta quererte como te quiero! Eran como las cinco de la tarde, el sol ya no daba tan fuerte y en el monte había un gran silencio. Estaban lejos del pueblo y de cualquier parte. Sólo se escuchaba la voz de Frin leyendo: Morena de luna llena ¿qué quieres de mi deseo? Lo oían un fabricante de barcos y famoso futbolista; una física y matemática; un acróbata de circo; y una bióloga. 
16
En algún momento de la tarde decidieron emprender el regreso.
—Tengo una idea (dijo Arno), vamos a escribir nuestros nombres en un árbol.
—¡Ay, sí! Me encanta (Alma).
¿Por qué no se me ocurren esas cosas a mí?,  pensó Frin. Buscaron el  árbol más
grande. Lynko sacó  una navaja de campamento que su papá le había traído de un
viaje. Estaba por empezar a escribir su nombre, pero se detuvo.
—Hagamos otra cosa (le alcanzó la navaja a Vera), mejor que cada uno escriba el
nombre de otro, no el suyo.
Vera tomó la navaja. Se quedó mirando el árbol, callada.
—¿Qué esperás? (la apuró Alma).
Vera no contestó, se acercó al  árbol y, cuidadosamente, comenzó a tallar una raya
derecha.
Alma no va a ser, ni Arno... a menos que sea una "A" cuadrada, pensaba Frin,  ¿va a
tallar una "F"?  ¿Qué  hago si talla una "F" ?... después voy a tener que escribir  su
nombre... pero entonces Alma va a pensar que me gusta Vera... qué lío. Pero en vez
de hacer otra rayita arriba, que podría haber sido de una "F" o de una "A" cuadrada,
siguió con una rayita debajo.
Una "L", sin duda.
Nadie dijo nada.
Ella continuó. Sin apurarse.
Lynko sintió que una vergüenza le corría por todo el cuerpo. Como no quería que nadie
se diera cuenta de lo que le pasaba, apretó la mandíbula. Pero eso sólo hizo que se
pusiera colorado, y con la cara dura.
Nadie lo estaba mirando, de todos modos.
Porque eso que Vera estaba haciendo no estaba dirigido a Lynko solamente, aunque
fuera para él solo.
Era algo que a todos los ponía colorados.
Esas pequeñísimas rayas en el árbol eran como una gran raya en el suelo, o en sus
vidas.
Al que le tocara después iba a tener que decidir si ponía cualquier nombre o el que
más le importaba.
Vera seguía con la "Y".
Ya no iba a ser lo mismo.
Vera tallaba despacio. Ella sabía qué estaba haciendo.
Frin no hizo un chiste.
Arno no hizo un comentario de otro planeta.
Todos estaban atrapados, fascinados por esas pequeñas rayitas que avanzaban
trabajosamente en la corteza del árbol.
Cuanto más duro fuera el árbol, más para siempre era eso que escribían.
Vera acabó con la "O". Sopló la corteza para quitar las astillas que estaban sueltas. http://donbox.multiply.com
Miró el nombre con las letras desparejas.
Lynko creyó que le iba a regresar la navaja; pero no, eso casi hubiera sido obligarlo, y
Vera no quería que escribiera el suyo por obligación. Le dio la navaja a Arno. Frin sintió
un frío en el estómago.
Arno comenzó a tallar una "A".
Frin sintió una mezcla de enojo y frustración. Pero no dijo nada.
No es seguro que se hubiera atrevido a tallar el nombre de Alma; pero Arno lo estaba
haciendo y él sentía que la había perdido para siempre.http://donbox.multiply.com
Arno terminó y le dio la navaja a Lynko.
Vera no se dio vuelta a mirarlo, siguió mirando hacia el árbol, como si no le importara
lo que fuera a pasar.
Apoyó una mano en el árbol y, al lado de su nombre, rayó rápidamente el nombre de
Vera. Para que no quedaran dudas de su decisión. Luego regresó a la "V", y comenzó a
tallarla.
Terminó de hacerlo, raspó un poco con la navaja y sopló él también, para dejarlo más
prolijo.
Se dio vuelta, miró hacia Alma y Frin.
Dudó un instante.
Luego avanzó en dirección de Alma y le dio la navaja.
Ella la tomó y se acercó al árbol. Lo miró buscando un lugar que le gustara.
Frin sentía una mezcla de tristeza y alivio. Tristeza porque se iba a confirmar que era
novia de Arno. Y alivio porque así él se convencería de una buena vez y dejaría de
hacerse ilusiones. ¿O acaso ella misma no se lo había dicho la vez del cementerio
viejo? ¿Para qué había seguido pensando estupideces? Alma iba a escribir el nombre
de Arno, y si a  él le daba por ponerse a soñar como un idiota podía venir a leer el
árbol. Y listo. Le podría sacar una foto al árbol, y pegarla en la puerta de su cuarto o
cocinarla en agua y tragársela en una sopa. Sintió que este picnic había empezado mal
desde la mañana. ¿Por qué ni se le ocurrió quedarse? Se habría evitado todo esto. ¿O
cómo se pensaba él que iban a ser las cosas? Se enojó consigo mismo porque desde
que Vera dijo que había invitado a Arno, él sabía. Perfectamente sabía.
Alma estiró un poco su brazo y, arriba de los otros nombres, trazó una "F".
Frin se quedó helado.
Una "F".
De aquí a la China, una "F".
Sin mover la cabeza, miró de reojo a Arno,  ¿qué iba a decir? Pero Arno observaba
cómo tallaba Alma, con la misma cara de estar contando meteoritos de siempre.
Una efe. Una efe. Una efe. Mi efe... mi efe... mi erre.
Alma terminó de escribir "Frin". También sopló y le pasó la mano, quitando las astillas
al nombre de Frin. Se alejó un poco, miró cómo había quedado. Se dio vuelta y,
tímidamente, le dio la navaja a Frin.
Él la tomó. Se acercó al árbol, leyó, se dio vuelta y preguntó:
—¿Se puede repetir un nombre?
Silencio.
—No, porque faltaría uno, y tienen que estar todos (Lynko).
No le quedó más remedio que tallar Arno en el árbol.
De todas maneras, el nombre de Alma ya lo tenía en su corazón. Desde hacía tanto.
Terminó y se puso al lado de todos a mirar el árbol que de ahora en más...
El primer árbol.
Buscaron sus bicicletas, recogieron las cosas en silencio y salieron caminando del
monte.
Sea porque Vera y Lynko comenzaron a caminar más despacio, o porque ellos tres
iban más rápido, Alma, Arno y Frin se fueron adelantando. Cuando terminaron de salir
del monte, Frin miró si se habían retrasado mucho; pero volvió a dar vuelta la cabeza
como un rayo. Es que Lynko y Vera venían caminando de la mano.
—Vamos.
Dijo Frin, sin subirse a la bicicleta. Podían seguir a pie por el camino. A fin de cuentas
no había empezado a oscurecer, y así ellos podrían seguir de la mano. Visto desde el aire, o si con una cámara muy poderosa se hubiera tomado una foto desde un satélite, se habría visto a cinco chicos caminando por un camino viejo.
Llevando sus bicicletas con una mano. Tres adelante. Dos, más atrás. En la Tierra que,
como todos sabemos, va muy rápido en el espacio. Con ellos caminando de regreso a
sus casas.
17
Esto de darse la mano era como un pegamento: había que dejarlo un rato más, para que agarrara bien. Si se subían a las bicicletas enseguida no iba a pegar igual y tal vez después se arrepintieran de haberse dado las manos. Pero sobre todo, lo que más había sentido al verlos, fue vergüenza y nervios. Como si él fuera el de la mano. Quería preguntarle a Lynko:
Che ¿cómo hiciste para tomarle la mano? ¿Qué se siente? ¿Te sudaba la mano? ¿Te la secaste en el pantalón y después se la diste o eso no importa? ¿O fue ella la que te dio la mano? Se rió al imaginar que Vera fue la que buscó su mano, pero Lynko la tenía sudada y ella le dijo: ¡Spuajh, Lynko tu mano parece una catarata! —¿De qué te reís? Le preguntó Alma, y ahí se dio cuenta de que mientras él venía imaginándose esas cosas, ahí afuera, y no adentro de su cabeza, estaba Alma caminando a su lado. ¿Esperaría que él le tome la mano? Lo más seguro es que sí, porque ella había escrito su nombre en el árbol; pero quizás lo hizo para no herirlo como amigo. A Arno se le cayó su bicicleta. Se detuvieron. La levantó. Frin siguió pensando. ¿Cómo iba a tomarle la mano si estaba Arno ahí mismo, atendiendo todo? Bueno, tan atendiendo todo no, porque volvió a tropezar con quién sabe qué cosa y otra vez fue a parar la bicicleta al suelo. Pero ahí estaba de todos modos. ¿No era traición si él le daba la mano a su novia delante de él? Bueno, si él no estuviera también sería traición. Sí, pero sería más fácil darle la mano a Alma si Arno no estuviera viéndolo todo. ¿Y si ni eran novios?
 A Frin le corrió un frío por las piernas cuando pensó que tal vez no eran novios del todo y que en ese momento Alma estaba decidiendo si iba a estar de novia del todo con Arno o con él. Y si él seguía pensando como un idiota en vez de hacer algo, lo más seguro es que Alma sintiera que le convenía Arno. Tenía que tomarle la mano o estaba perdido. Miró hacia ella y, al mismo tiempo, vio que Arno, del otro lado, miró hacia acá, sonriendo. Frin volvió a mirar hacia delante. No podía darle la mano a Alma si justo Arno lo miraba sonriendo. Intentaría de nuevo en tres pasos. Uno. Dos. Ése fue más corto. No cuenta. Dos y medio. Tres. Miró, y ahí estaba Arno sonriendo otra vez. ¿Qué hacía ese cara de huevo sonriendo hacia acá? ¿Por qué no mira para otro lado? Frin se ponía nervioso. No tenía experiencia. No sólo nunca había ido de la mano con ninguna chica, sino que jamás le había robado la novia a nadie. No. Error, no está confirmado que fueran novios, o sea que podía darle la mano sin que eso fuera que se la estuviera quitando. Pero para estar más seguro tendría que preguntar: Che, Arno ¿si le doy la mano a Alma y deja de ser tu novia podemos seguir siendo amigos? ¿¡Y cuándo a él le había interesado ser amigo de Arno!? Preguntar eso, era la cosa más imbécilmente idiota que jamás se le había cruzado por la cabeza. Alma iba con su mano suelta, ahí cerca. Tenía que hacerlo, lo estuviera mirando Arno o no.
Miró hacia Alma, pero la vio tan seria, tan concentrada, que le dio miedo de ser rechazado. Alma advirtió que la miraba y se dio vuelta. Estaba preciosa, la luz del atardecer le daba en la cara y el sol no era tan fuerte como para cerrar los ojos. Qué ojos más hermosos. Eran como un mar, y la luz roja del sol daba en ese mar. Y si los ojos de Alma eran el mar, él ahora estaba a la orilla del mar o a la orilla de Alma. En ese instante, se dio cuenta de que eso era lo que hacía el poeta del libro. Darse cuenta de que estar frente al mar y viendo los ojos de Alma era lo mismo.
—¿Qué pensás? (preguntó Alma, porque le daba vergüenza la mirada de Frin).
—... ¿conocés el mar?
—Sí, a veces vamos a veranear ahí; ¿por...? ¿En qué pensabas?
-No, en nada. —Dale, decime.
 —... no sé…
—Bueno, escribilo, entonces... y después me lo enseñás, ¿lo vas a hacer?
 —Claro. Vera y Lynko ya los habían alcanzado.
—Che, ¿vamos en bicicleta? Porque se hace tarde (Lynko). Frin no podía creerlo. Lynko había estado tomándose de la mano con Vera y ahora se acercaba con tanta naturalidad. Eso era todo un descubrimiento. No había tenido que explicar nada a nadie. Ni siquiera toser mientras se acercaba. Un segundo antes estaba de la mano de Vera y un segundo después estaba con todos y como si nada hubiera pasado. Eso estaba buenísimo. Entonces, tomarle la mano a una chica era mucho más fácil de lo que él se había imaginado. Si él hubiera sido el que le hubiera tomado la mano a Alma, al acercarse se habría convertido en un moño, en un triple nudo de cordón de zapatos. —Yo no quiero llegar a mi casa (dijo Alma); pero sí, vamos.
 —Oigan, sé otro chiste (Arno).
 —Espero que no dure como el otro (suplicó Frin).
—No... dura un poco más; pero les va a gustar. Todos se rieron y Arno, empezó la historia de otro chico que había ido a comprar clavos a una ferretería. Se agarraron la cabeza, porque sabían cuánto podía llegar a durar un cuento de Arno, si empezaba con un chico yendo a comprar algo. El sol se fue haciendo cada vez más grande y rojo. El campo empezó a oler frío y húmedo. El chico del chiste de Arno subía y bajaba montañas, porque la ferretería quedaba lejos, al punto de que tenía que tomarse un barco y después un tren. En el vagón del tren había una tierna viejecita a la que primero se le cayeron los lentes, y el niño se los recogió del piso. Luego se le cayeron sus agujas de tejer, y el niño hizo lo mismo. Pero después se le cayeron los dientes postizos. Todo se le caía a la tierna viejecita esa. Se reían del chiste de Arno, Frin también, porque había descubierto, con mucho alivio, que uno no tenía por qué dar explicaciones y ni siquiera tocar el tema de que venía de darle la mano a una chica. Pasó una bandada de pájaros buscando un árbol. Ya se veía la cúpula de la iglesia del pueblo, y a la tierna viejecita se le caía el sombrero, un anillo.
 —Estaba toda como mal pegada, esa viejecita (dijo Frin y se rieron). Y, antes de que llegaran al pueblo, a la viejecita del chiste se le cayó el audífono por la ventanilla del tren. El chico bajó a buscarlo. Cuando Arno se dio cuenta de que faltaba poco para llegar, decidió terminarlo.
—Y al dar vuelta a la esquina, ¿saben qué encontró?
—Sí, el audífono (dijo Lynko).
—No, queso... __¿¿¿........???
—... para el sandwich de jamón del otro cuento (terminó de decir). Lynko hizo que lo perseguía con su bicicleta para pegarle, y todos juraron que le prohibirían contar chistes por un mes. Pero ya estaba el pueblo cerca y ninguno dijo una palabra más. Vera y Lynko querían quedarse juntos otro rato, pero cada uno debía ir a su casa. Alma no quería regresar a la suya, en la que, probablemente sus papás se estuvieran peleando, como lo habían estado haciendo últimamente. Y Arno quería encontrar cuanto antes un circo, con el cual irse de su madre que le gritaba burro y tonto, por cualquier cosa.
 —Frin, apagá tu luz. Le dijo esa noche su mamá.
 —Sí —contestó él, y repasó lo que había escrito.
Alma, vos vas al mar cada verano; pero yo vi el atardecer en tus ojos y me imagino que así debe ser.

18

Al otro día arrancó una hoja, copió el poema y lo metió en su mochila. Pero esa tarde no la encontró en el patio, y le preguntó a Vera:
—Che ¿no viste a Alma?
—No.
—¿Va a venir?
—Supongo que sí.
—No se habrá enfermado, ¿no?
—Sí, creo que sí; ayer cuando la vi tosía y escupía sangre...
—Pará, Vera.
—... y caminaba apoyándose contra la pared...
—Sos una tarada.
—... y me dijo algo para vos.
—... ¿¿¡En serio!??
—... sí, me dijo: Si me muero, cof cof, dile a Frin, cof, que... cof siempre lo quise... cof... —¡Qué tarada! Dijo Frin, y se alejó. Pero, aun cuando había sido una broma de Vera, le había gustado oír que Alma lo quería. Además; por algo habría hecho la broma, ¿no? Fueron pasando las horas. Frin jugaba con Lynko en los recreos, porque él no se acercaba a Vera, ni ella a él. La verdad es que ni se miraban. Si se cruzaban con la mirada, los ojos seguían de largo, como si ahí no hubiera nadie. Se protegían de los demás. No querían bromas, ni que nadie se metiera.
—¿Y por qué no vas y le das la mano de nuevo? (le preguntó Frin).
—¿Y por qué no te metés en tus cosas? (contestó Lynko).
—No te enojes conmigo.
—A vos tampoco te gusta que se burlen.
—Pero si yo no me burlé... te preguntaba en serio.
—Bueno, no me digas nada, y listo, ¿no? Frin sintió que no era el mejor momento para preguntarle lo de si la mano le había transpirado o no. Entonces, para mostrarle que quería ser su amigo lo hizo caer de un empujón y salió corriendo. Lynko lo persiguió, gritándole que lo había tomado de sorpresa. Cuando sonó la campana, regresaron al aula abrazados.

 Alma no apareció. En el momento de la salida, Vera le dijo a Frin.
—En serio que no sé qué le pasó, ¿me acompañás a su casa?
—Vamos... ¿puedo hacerte una pregunta?
—Ahá... (dijo Vera).
—Pero ¿me prometés que no le contás a nadie que te pregunté esto?
—Sí. —Pero a nadie, nadie, porque... —Frin, dale, hacela de una buena vez. —…
—… ¿y?
—Esperate, estoy pensando.
—Si la pregunta ya la sabías.
—... ¿son novios?
—¿i...!? ¿¡Con Lynko!?
—No, Arno y Alma, digo, ¿son novios?
—Ah, no; nada que ver ¿quién te dijo?
—... ¿¿¿no???
—No. Siguieron caminando callados.
—¿Quién te dijo?
—Ella.
—¿Alma?
—... bueno, más o menos, una vez me dijo que le gustaba Arno. A Vera se le escapó una sonrisa; pero enseguida la escondió.
—¿Qué pasa?
—(Sonriendo) Nada.
—Te reíste, ahora decime.
—Nada, Frin, no seas pesado.
—¿Sabés algo?
Ella hizo que no con la cabeza. Eso se le hizo más sospechoso todavía. Seguro que Vera sabía algo; pero ya estaban llegando a casa de Alma. Frin se quedó más lejos. Vio cómo Vera golpeaba la puerta. Esperaba. Salía la mamá de Alma. Hablaban; pero desde ahí no se oía qué decían. La mamá se inclinó, saludó con un beso a Vera. Y ella regresó muy seria.
—¿Y? ¿Qué pasó? (preguntó Frin).
—Alma no está.
—¿Cómo que no está?
—Anoche sus papás la llevaron a Nulda, a casa de sus abuelos.
—¿¡A Nulda!? ¿Se fue a vivir allá?
—No, me dijo que por unos días nomás... los papás se están separando y...
—¡Pero tiene amigos acá! ¡Podría haber parado en tu casa o...! ¡¿Cómo se fue sin decir nada?! (enojado).
—¡Yo tampoco sé, Frin! Te digo lo que me dijo la mamá... que la llevaron anoche y que
ella nos iba a llamar.
—¿¡Pero cuándo!?
—¡No sé, Frin! ¿¡Querés ir a preguntarle vos!?
—¿¡Y por qué no se podía quedar!? ¿¡Se están tirando tiros los papás, o algo así!? ¿¡Por qué la tenían que llevar a otra parte!?
—¡Qué sé yo, Frin! ¡No me grites a mí! (Se contuvo)...
—... me dijo que les pareció mejor que fuera con sus abuelos... y que nos iba a llamar. —... ¿vos tenés el teléfono de sus abuelos?
—No... pero no quiero pedírselo. Andá vos si querés.
—... vámonos. Se fueron caminando hasta que cada uno tomó para su casa. Frin llegó a la suya. La mamá le había preparado tostadas; pero él dijo que no tenía hambre. —¡Ey! ¡Si venís enojado de la escuela, acá no tenemos la culpa!
—¡Ustedes también vienen enojados del trabajo! (replicó él).
—¿¡Se puede saber por qué contestas así!?
—... (se fue a su cuarto).
—¡Frin!
—Bueno, si con ésas andamos, te vas a quedar en casa hasta que se te pase. La mamá regresó a la cocina. Frin pensó que igual no quería salir a ningún lado. Mientras oía cómo su mamá recogía las cosas, buscó el poema en su mochila. Lo rompió sin volver a leerlo.
19
Frin sintió que ése era el peor día de su vida. Llegó a la librería tan triste, que Elvio se dio cuenta y lo trató con cuidado.
—Hoy no hay mucho trabajo, Frin ¿no querés volver a tu casa?
—... (negó con la cabeza).
—... ahá. Dijo Elvio, que estaba muy contento porque por fin tenía noticias de su hija: había recibido una carta de ella. Eso lo ponía de un ánimo simpático y generoso, hasta se había afeitado.
—... ahá (repitió). Frin seguía ordenando unas carpetas.
—... ahá... ahá (repitió Elvio).
—... (eso ya sonaba un poco raro)... ahá ¿qué? —No, ahá nada, ahá... ¡A!, nomás. —... mmm...
—Sí... ahá y mmm.
—(Frin también tosió) Cof... cof... sí, ahá.
—(Sonriendo)... ahá... ahá y cof, cof (tosió más fuerte).
—¡Cof! ¡Cof! (Frin tosió aun más fuerte y agarrándose la panza). Elvio hizo que se agarraba del mostrador y como que se caía de la tos tan fuerte que tenía. Y terminaron tosiendo los dos al mismo tiempo. Casi a los gritos. ¡COF! ¡COF! Pasó una señora enfrente del negocio. ¿Estaban locos esos dos tosiendo a los gritos? Su reacción les dio un ataque de risa.
—Mirá, mirá (dijo Elvio, enjugándose las lágrimas, y sacó un sobre).
—¿Qué es?
—¡Una carta de mi hija! Desde que se fue no tenía noticias, ¡y me escribió seis hojas! —¿Y está bien?
—Muchachita loca, sí que está bien; dice que ya le ofrecieron un trabajo, y que no le mande dinero, que quiere arreglarse sola. ¡Orgullosa como el padre! ¡Decime vos, Frin, el trabajo que hacen pasar los hijos a los padres!
—(Regresó a su seriedad) Los papás también dan mucho trabajo.
—¿Puedo preguntar qué pasó? Si no es indiscreción, claro. Frin le contó que Alma se había ido y que él llegó a su casa y que las tostadas y que él no tenía hambre y que se pelearon con su mamá, y cómo ella no se daba cuenta, ¿eh?
—¿Tu mamá sabía qué te había pasado?
—... (negó con la cabeza).
—¿Y entonces, cómo podía adivinarlo?
—Ellos tampoco me cuentan todas sus cosas.
—No, no, no... tenés razón. No siempre se puede hablar todo... ¿y ya te llamó esa chica... Alma?
-No si esto pasó anoche
—Ah, claro, claro... ¿y cómo vas a hacer? Frin levantó los hombros.
—Ahá... ¿dónde decís que la mandaron?
—A Nulda.
—Ah, bueno, eso no es tanto problema.
—¿Por qué no?
—Hay veinte kilómetros a Nulda.
—Sí, pero igual es otro pueblo.
—Pero van ómnibus a cada rato.
—¿Y qué? ¡Seguro que no me dejan ir!
—Tan cerquita... ¿qué peligro puede haber?
—... (se quedó pensando: ¿Ir solo?, podía pedirle a Lynko que lo acompañara).
—Podés escribirle también, ¿no?
—¡Uf! ¡Con lo que tarda el correo!
—No, yo decía sin correo; pero, claro, no querrás escribirle me imagino.
—... no, no; pero dígame: ¿cómo sin correo?
—No, yo decía... pero, claro, es sólo una ocurrencia mía, ¿no? Como ésta es una librería y en Nulda también hay librerías...
—... ¿¿¡¡y!!?? ¿¡Eso qué tiene que ver!?
—No, yo decía, nomás... como el proveedor es el mismo y va de pueblo en pueblo... pero, claro, vos no querrás escribirle y te entiendo.
—Pero si yo le pido no me va a hacer caso o me va a decir que sí, y después capaz que tira la carta. —¡Ey! ¿Qué te pensás que somos los grandes?
—... (Frin sintió que estaba trabajando en el mejor lugar del mundo con el mejor amigo del mundo).
—No tendrías que estar enojado con Alma, digo, pero si me meto en lo que no me importa mejor me callo.
—¿…? —... (hacía que miraba esos papeles).
—No, está bien, dígame.
—Imaginate, sus papás se están separando, la llevan a otro pueblo. Vos estás enojado porque ella se fue sin avisar; pero es ella la que precisa que los amigos no la abandonen ahora... ¿no te parece? Frin sintió que tenía razón. Él se había ofendido como si ella lo hubiera abandonado y ni se le había ocurrido que lo estaba necesitando... bueno, no a él solo, ¿no?, pero a todos.
—Mirá, Frin, hoy no hay mucho trabajo, ¿por qué no aprovechas y le compras una flor a tu mamá y haces las paces?
Frin sintió un chorro de cohete adentro suyo. Había un montón de cosas que podía hacer. Mejor ponía manos a la obra. Le dio las gracias a Elvio, que era el más bueno de la galaxia; dio un salto y con toda la energía de sus zapatillas salió corriendo a la vereda. Se subió de un salto a la bicicleta cuic cuic y fue a buscar un puesto de flores.

Llegarle con flores a su mamá. Esa idea sí que estaba buena. A lo mejor ella estaba otra vez con las tostadas y justo llegaba él con las flores, y ella estaba pensando en él y que le quería preparar tostadas y justo llegaba él con las flores y ella estaba haciendo las tostadas con su papá. Eso estaría perfecto. Podía comprarle flores a Elvio también, para que se las mandara a su hija. Y al de educación física y a Ferraro, pero de ésas de los velorios. Buenísimo.
Se dio cuenta de que pasaba cerca de la terminal de ómnibus. ¿Y si averiguaba a qué hora salían ómnibus para Nulda? Total, era para saber nomás. Otra vez sintió esa
electricidad rara de las aventuras. ¿Y si Lynko no podía acompañarlo? No iba a poder ir. A menos que fuera solo. ¿Ir solo? Se bajó de la bicicleta y entró a la terminal. Sintió su olor especial, como a cigarrillo y nafta; pero también a café y a un lugar que está abierto todo el día, todo el año. No entraba por nada que lo hubieran mandado sus papás ni nada del trabajo. ¿Y si lo descubrían? ¿Y si se ponían a investigarlo? ¿Que por qué andaba preguntando eso? Pero fue a la ventanilla. Preguntó, lo atendieron amablemente, le dieron todos los horarios, y hasta le prestaron una birome y papel. Se subió a la bicicleta. Iba a comprar las flores; pero de pronto se le atravesó un perrito. Por poco lo pisa. Y no era que se había cruzado de casualidad: había salido al encuentro de Frin. Le ladraba y le movía la cola, saltaba al lado de su bicicleta.
—Ey, perro, ¿de dónde nos conocemos? Le ladraba jugando, no paraba de saltar, de repente corría y daba vueltas en círculo. Pasó una mujer con una bolsa de las compras y Frin le preguntó:
—¿Es suyo, señora?
—No, desde ayer que está dando vueltas por acá.
—¿Desde ayer?
—Sí... no sé de quién será, lo deben haber llevado a perder (dijo la señora y retomó su camino). ¿O sea que no es de nadie?, pensó Frin, mientras le acariciaba la cabeza. El perrito era apenas más grande que las dos manos juntas; pero era muy inquieto, como si fueran dos perritos juntos. Hacía que se escapaba para que Frin lo persiguiera, y como él se quedaba en su lugar, regresaba a provocarlo. Frin dejó la bicicleta en el suelo y lo corrió. Era tan chiquito que en dos pasos lo pasaba. Sobre todo, tenía que cuidarse de no pisarlo, porque se metía entre las piernas a cada rato. Frin lo alcanzó y el perrito se tiró panza arriba para que le hiciera mimos. Movía la cola y, de contento, se le escapaban chorritos de pis.
—Che, ¿y vos de dónde me conoces, eh? Le preguntó Frin, mientras le rascaba la panza y sentía que no podía dejarlo en la calle. Tampoco podía llevarlo a su casa, porque su mamá le haría un escándalo. Se despidió haciéndole un mimo en la cabeza. Se subió a la bicicleta y siguió. Pero el perrito se ponía a correr a su lado. Sus patas eran tan cortitas que por cada vuelta de rueda de la bicicleta de Frin, para él era como cruzar el mundo, por lo menos.
—¡Ey! ¡Andate a tu casa que no te puedo llevar! Pero el perrito entendía perro y no humano, y por eso seguía corriendo con mucho esfuerzo, al lado de la bicicleta. Frin pedaleó más fuerte, el perrito lo quiso alcanzar; pero no sabía correr o se tropezó en sus propias patas o con un átomo o quién sabe; la cosa es que se cayó y dio un aullido de dolor. Frin saltó de la bicicleta y fue a ver si se había lastimado. El perrito creyó que le venía a pegar y se encogió dando pequeños aullidos.
—No, no, amigo, ¿no ves que no te hago nada? (le decía Frin rascándole el lomo)... ¿vos querés venir conmigo? (lo acariciaba), ¿sabés cuál es el problema?... mirá, resulta que a mí me gusta una chica y se fue a vivir a Nulda... (lo rascaba), ¿vos sos sabueso? (le tocó el hocico), ¿tenés buen olfato? —... (el perrito ladró jugando).
—¿Ah sí? ¿Tenés muy muy buen olfato, verdad? ¿Y me ayudarías a encontrar a Alma?
¿Podés oler de aquí a Nulda? (le acariciaba la cabeza) ¿No es cierto que sí, que vos podés oler a veinte kilómetros? Sin pensarlo más, lo tomó cuidadosamente con un brazo y, manejando con una sola mano, lo llevó en bicicleta hasta su casa. Encima de ellos pasó el avión fumigador.
—¡Mirá, lo vamos a alcanzar! Dijo Frin y pedaleó más fuerte. El perrito iba con la lengua afuera, feliz de sentir el viento en la cara. ¿Por qué será que eso les gusta tanto? Llegaron.
—¡Mamá! ¡Te iba comprar flores y mira lo que te encontré!
20
 Frin convenció a Elvio de que lo dejara ir a trabajar con el perrito. Tenía el problema de que le ladraba a los clientes.
—¡Eso es buenísimo! (argumentaba Frin) porque así sabemos cuando entra alguien, y podemos estar ordenando cosas adentro. Lo cual tampoco era muy cierto, porque cuando iban adentro el perrito los seguía. En la escuela no lo dejaron entrar; pero Frin no consiguió hacerlo regresar, y como se quedaba llorando en la puerta, finalmente le permitieron pasar. El perrito fue olfateando por todo el patio, siguiendo el olor de Frin, hasta que llegó a su aula. Interrumpió la clase, con su paso tímido. Miró todo el grado, fue hasta donde estaba Frin, movió la cola pero no hizo pis. Y, como si ya estuviera más tranquilo, se dirigió hasta el escritorio del maestro y ahí se acostó. Todos se rieron, hasta el maestro que preguntó cómo se llamaba.
—Todavía no le puse nombre (contestó Frin).
—Perfecto, vamos a hacer una lista de nombres (propuso el maestro). Empezaron a gritar nombres. Frin se molestó. ¿Por qué no se metían en sus cosas y dejaban que él le pusiera el nombre que más se le antojaba? Pero el maestro no lo había hecho con mala intención, y además dejaba entrar al perro, o sea que mejor no decía nada. El único que lo echó de su clase, por supuesto, fue el de gimnasia. Y como Frin protestó lo mandó a dar tres vueltas a la cancha. El perro quiso seguirlo; pero el tipo le tiró unas patadas y lo asustó. Se quedó esperándolo afuera de la puerta y movía la cola cuando pasaba Frin. Después al tipo se le volvió a freír el cerebro, y los castigó haciéndolos sentar en fila. Uno detrás del otro, mirando la nuca del compañero de enfrente. Frin lo odiaba por esas cosas. Qué manera más idiota de perder el tiempo. ¿Quién se creía este tipo? Pero así los tuvo hasta que terminó la clase.
—Esto los va a ayudar a hacerse más hombres (les dijo, mientras caminaba alrededor de la fila). Volvieron a la escuela caminando en silencio. ¿Qué tiene que ver estar sentados mirando la nuca del otro con ser más hombres?, pensaba Frin mientras veía a Ferraro, el que le había dicho mariquita y con el que Lynko se había peleado, que iba caminando y charlando con el profesor. Cuando vio que Frin lo estaba mirando lo desafió con un gesto, levantando la cabeza, como diciendo: ¿Qué mirás, eh? Frin se dio vuelta hacia el frente, enseguida. Cuando entraron a la escuela, Ferraro se puso a su lado y le dio un empujón con el hombro. Frin protestó por lo bajo; pero no dijo nada. Entonces el otro le tiró una patada al perrito. Frin sintió rabia, y miedo. No dijo nada. Dejó que el chico se fuera, alzó al perrito y le hizo unos mimos en la barriga, como pidiéndole disculpas por no haberlo defendido como había hecho Lynko con él. Esa noche le escribió la primera carta a Alma. Preparó montones de hojas, aunque después usó una sola.
Querida Alma: hola, soy Frin. Ojalá estés bien cuando te llegue esta carta. Quiero tener noticias tuyas y también saber cómo estás. Tengo un perro que no tiene nombre todavía ¿me ayudas a buscarle uno? Ya se hizo pis mil veces porque se pone contento. El de educación física hoy nos tuvo mirando la nuca del de enfrente. Bueno, espero que te haya gustado lo que te escribo. Ojalá me contestes. ¿Te vas a quedar para siempre? Frin Repasó la carta que había escrito. Vio que había puesto Ojalá dos veces. Borró el segundo y puso Tal vez. Lo leyó: Tal vez me contestes. Quedaba horrible. Lo borró y volvió a poner Ojalá. La colocó dentro de un sobre. Lo cerró con pegamento y, también le puso cinta adhesiva, y escribió el nombre de Alma. Al otro día le entregó la carta a Elvio, que se la dio al proveedor, que miró el sobre y dijo:
—Ah, pero si yo los conozco... viven a media cuadra de la librería de Nulda, ¿querés que se la lleve a ellos?
—¡Claro! Dijo Frin, entusiasmado. Luego se agachó y le habló al oído del perrito:
—Tenemos suerte, amigo. Pero el perrito lo único que sintió fue viento en su oreja y se rascó con una pata.  
Cuando llegó a trabajar, al otro día, había un sobre encima del mostrador. Pero estaba dado vuelta y no se veía a quién estaba dirigido. Elvio se hacía el burro y no decía nada. Sólo tosió un poco:
—Cof... cof... así es, che; fijate que el correo este que te digo, funciona de lo más bien.
—¿¡Es para mí!?
—... ¿qué cosa?
—¡Elvio! ¡En serio! ¿¡Es para mí!? —Cof... cof... es que no sé de qué estás hablando, Frin, ¿qué cosa?
—¡No sea malo, de verdad! ¡Negrito! ¡Mata! ¡Mata! ¡Atácalo! El perrito movió la cola contento, se tiró panza arriba y echó un chorrito de pis.
—¡Ey! ¡Cerrale la manguera a tu guardián!
—¡Yo limpio! ¿Es para mí la carta?
—Ah.., sí, la carta... quién sabe, cómo no dice nada en el sobre, no te la puedo dar; vos sabés que la correspondencia es secreta. Frin la agarró de un manotazo, rompió el sobre y reconoció la letra de Alma. Era una hoja de cuaderno, como la que había usado él, sólo que además de estar escrita tenía dibujos en lápices de colores. Eran dos árboles juntos, un sol grande en el cielo pintado de azul, que ocupaba casi toda la hoja. Un poco más adelante de los árboles había dos hileras muy prolijas de flores que apuntaban hacia un lado y el otro. ¡Uy (pensó Frin) y yo no hice ningún dibujo! Y la leyó.
Querido Frin: gracias por escribirme, espero que vos también estés bien. Fue una gran sorpresa cuando el abuelo me dio tu carta. Ellos son muy cariñosos conmigo; pero yo estoy un poco triste y extraño a mis papás y no me gusta lo que está pasando. Los abuelos me miman mucho, por suerte; pero los extraño mucho. También extraño la escuela y a Vera y me acuerdo de cuando fuimos al cementerio viejo. Qué lindo que tengas un perrito, a mí también me gustan porque son muy juguetones conmigo. Si otra vez fuéramos al cementerio viejo podríamos llevarlo. Tu carta me pareció un poco seria, ¿estás enojado conmigo? Espero que un día de estos me sigas escribiendo y no te enojes si mi carta es un poco triste; pero así estoy. Ahora no se me ocurren muchos nombres, pero voy a pensar. Con cariño. Alma. ¿Un día de éstos?, no: ¡ahora mismo! Le pidió una hoja a Elvio. ¿Qué podía dibujarle? Dudó un segundo y comenzó con algo que le salía bastante bien, ya lo había hecho una vez: era un barco con cañones, y una moto también, al lado. Los pintó y después empezó la carta: Alma, no te preocupes... Y siguió.



21
Eso de las cartas estaba muy bien, pero Frin quería ver a Alma. Ya llevaba como cuatro cartas. En la primera no había dibujado nada; en la segunda, el barco con cañones y la moto; en la tercera, una lancha de doble motor; en la cuarta, un coche de carrera. Para la quinta ya no sabía qué porquería dibujarle. Quería verla y punto.
—¿No es cierto, Negrito?
Pero eran como las diez de la noche y Negro, ése era el nombre provisorio del perrito, estaba dormido y lo más que hizo fue sacudir la oreja, pero quién sabe por qué.
—Tendría que ir a Nulda... ¿y si no la encuentro, Negrito?
El perro seguía dormido. Frin se acercó, le hizo cosquillas en la panza y él, sin abrir los ojos, movió la cola y levantó una pata.
—Bueno, si no la encuentro... si no la encuentro... me vuelvo y listo, ¿no? Ir solo a Nulda. Eso sí que nunca lo había hecho. ¿Le pediría permiso a sus papás? ¿Y si no lo dejaban?
—De todas maneras, Negrito... che... ¡ey!, si te dormís no puedo contarte mi plan.
—... (abrió un ojo, bostezó, estiró sus patas, movió la cola y se fue arrastrando para que lo acariciara).
—El viaje a Nulda dura veinte minutos nomás, ¿entendés? (mientras lo acariciaba), o sea que puedo ir, estar una hora con Alma, volver... y ni pasaron dos horas, ¿entendés?... che, te estoy hablando, no te duermas... o sea que es como si hubiera ido a jugar a la casa de Lynko... podría decir que me fui a jugar a lo de Lynko, ¿no? No, eso sería mentir... che, no te duermas. Pero el perro no le hizo caso. Y se oyó desde el cuarto de los papás.
—Frin, apaga tu luz. Bajó al perro con cuidado, lo apoyó en el suelo. Se metió dentro de la cama. Apagó la luz. Enseguida sintió que Negrito quería subirse y no alcanzaba. Lo ayudó. El perro siguió durmiendo, pero Frin ni conseguía empezar.
—(Susurrando) Che, Negrito, ¿y si la encuentro pero ella no quiere verme? Se quedó con los ojos abiertos en plena oscuridad, pensando.

Al otro día en la escuela habló con Lynko.
—Te quiero decir un secreto: voy a ir a Nulda a ver a Alma.
—... ¿a Nulda?
—Sí.
—¿Con tus papás?
—No.
—... ¿vos solo?
—Sí.
—... ah ¿Y Alma sabe?
—No.
—¿Y si no está?
—(Levantó los hombros) Me vuelvo.
—¿Y si no hay ómnibus y...
—Lynko, ya averigüé todo. El pasaje es súper barato. Con lo que me paga Elvio puedo ir y volver mil veces.
—¿Querés que te acompañe?
Le daba vergüenza decirle que no, y sólo levantó los hombros.
—Te pido una cosa, no se lo digas a nadie, ¿prometido?
—Sí.
Tocó el timbre. En el recreo siguiente, No se lo digas a nadie fue lo que Lynko le dijo a Vera cuando se lo contó, porque él había prometido eso, pero con Vera era distinto. Y Vera se lo contó a Arno y le dijo No se lo digas a nadie. Arno se lo contó a otros dos amigos y les dijo No se lo digan a nadie. Y todo el mundo susurraba en el grado lo que Frin iba a hacer, y todos decían no se lo digas a nadie. Y miraban a Frin con más respeto. Cuando llegó el jueves, ya lo sabían hasta los marcianos. Fede se acercó y le preguntó:
—Che, Frin, para el sábado, ¿hay que llevar sandwiches o compramos allá?
—Porque yo digo que mejor los compramos allá, ¿no?
—¿¡Allá, dónde!?
—¡En Nulda, Frin! ¡¿Dónde va a ser?! Ni le contestó, salió corriendo, furioso, a hablar con Lynko. Él le juró y le rejuró que no le había contado a todo el grado, sólo a Vera, y se enojó cuando Frin le recordó que él le había prometido no contárselo a nadie. Pero no sólo lo sabían todos sino que había planes de acompañarlo. Frin está organizando que vayamos a saludar a Alma. Eso es lo que decían.
Esa noche del jueves Frin se acostó entre triste y enojado. Quería ir solo, no en procesión de una multitud. El viernes, antes de ir a la escuela, volvió a confirmar los horarios de los ómnibus. Miraba la hoja con cierta tristeza. El viaje ya no sería lo mismo. Cuando llegó a la escuela, como en una confabulación secreta todos se le acercaban y le preguntaban susurrando y haciendo misterio:
—¿A qué hora salimos, Frin? ¿Dónde nos encontramos?
Él estaba hundido y triste porque su plan se había ido a pique como un barco agujereado. Pero de pronto se le ocurrió una idea, y contestó:
—A las tres, en la terminal de ómnibus. Se corrió la voz por todo el grado. Pasaban y le daban palmadas en secreto. Frin era un ídolo. Estaba buenísima la aventura. Otra palmada. Llegó el sábado. Frin terminó de almorzar más rápido que nunca.
—Frin, masticá la comida.
—Sí, papá.
—Sí, papá... pero te estás tragando los pedazos enteros. Ayudó a secar los platos sin que su mamá se lo pidiera. ¿Qué le iba a decir? No quería mentir, y con un nudo en la panza, por el susto, se le ocurrió:
—... me voy a dar una vuelta.
Adentro suyo estaba atajándose de lo que podía pasar ahora. Pero su mamá se inclinó y dijo.
—Bueno, cuidate (y le dio un beso).
Frin respiró. Además no había mentido, sólo que era una vuelta a Nulda. Tomó su mochila vacía. Llamó al perro. Antes de llegar a la terminal revisó el dinero que había cobrado el viernes, como cinco veces. Sí, estaba todo. Alcanzaba. Sobraba. Podía ir y volver, invitar a Alma con un helado, y todavía sobraba. Llegó a la terminal, había poca gente. Fue a la ventanilla, preguntó si se podía viajar con animales. Le dijeron que no. Ah, bueno; dijo él como si nada. Compró su boleto del ómnibus de las dos. A las tres no salía ninguno para Nulda. Fue hasta un rincón, metió el perrito en la mochila, se acercó al ómnibus. Le dio el boleto al chofer sin saber si lo iba a dejar viajar solo o no. El perrito se movía bastante adentro de la mochila, pero nadie se dio cuenta. Se subió. Buscó un asiento, se sentó. Subió el chofer, encendió el motor. El perrito ladró. El chofer miró por el espejo. Frin sonrió y lo saludó con una mano. Él chofer puso la marcha, el ómnibus retrocedió. Luego avanzó, salieron de la terminal. Sí, señor. Ya estaba viajando. Pensó en la cara que iban a poner todos los del grado cuando llegaran a las tres. El chofer encendió la radio para escuchar un partido, y eso ayudó porque no se escucharon un par de ladridos del perrito. El ómnibus iba casi vacío. Abrió la mochila.
—Mirá, Negrito, esto es un ómnibus.
Y el perro olía por todas partes, como si estuvieran pasando las noticias. Llegaron a la ruta, y Frin le iba explicando. Estos son los coches. Esto es un campo. Mirá, allá hay vacas. Y así ni se acordaba de su miedo, porque para eso había llevado al perro, para que le hiciera compañía. Mirá, ése es un tractor. El ómnibus iba tranquilo, ni rápido ni lento. Oyendo el partido por la radio. Mirá, Negrito, mirá todos esos pájaros. Y Negrito miraba abriendo los ojos y levantando las orejas y oliendo. Aunque no podemos saber si miraba los pájaros que le señalaba Frin o el vidrio verde de la ventana del ómnibus. Para él todo era igual de nuevo, grande, distinto, y en movimiento. Para Frin también.

22
Cuando se quisieron dar cuenta ya estaban entrando en la terminal de Nulda. Mucho más pequeña que la del pueblo de Frin. Primera medida de seguridad: volver a meter al perro dentro de la mochila. Primer problema: no quería. Frin abrió bien la mochila, lo sentó encima y le empujó la cabeza. Por suerte el chofer había ido hasta la ventanilla y no oyó los ruidos.
—¡Negro! Te juro que nunca más te voy a dejar acompañarme si te portás así. Segundo problema. En la terminal había perros. Durmiendo la siesta, pero perros, grandes.
—Oh, oh... ni te muevas, Negrito
—... (de repente dejó de sacudirse y se quedó duro, olfateando desde adentro).
—... hola, lindo perrito que duermes la siesta, no te despiertes. Negro comenzó a ladrar.
—¡No te hagas el valiente ahora! Lo retó y salió corriendo fuera de la terminal. Esos perros eran tan grandes que con un bostezo se hubieran comido a Negrito. Caminó una cuadra, abrió la mochila y lo dejó salir. El perro olfateó toda la vereda, milímetro a milímetro, desde la pared hasta el primer árbol, y ahí dejó su firma. Era desesperante caminar así. No avanzaban ni medio metro por año.
—¡Ufa, Negrito! ¡Basta de oler todo!
—... (el perrito adelantaba un paso, retrocedía cinco y repasaba lo que ya había olido). —¡Si no me hacés caso te voy a meter adentro de la mochila! Pero el perro no le hizo ni un poco de caso, entonces lo alzó. ¿Para dónde quedaría la casa de los abuelos? La calle estaba vacía, era la hora de la siesta. Ni a quien preguntarle. Caminó cinco cuadras y llegó hasta la plaza. ¿Alma estaría en los juegos? No, no estaba. ¿Estaría tomando un helado? Se fijó si alrededor de la plaza había una heladería. Sí, pero estaba cerrada. Se sentó en un banco. Se había imaginado que iba a ser más fácil. Pasaron tres chicos en bicicleta; pero lo miraron sin dejar de pedalear, y siguieron de largo. Frin sintió hambre. Pero no era hambre, porque acababa de comer, sino que se sentía perdido. ¿Cómo podía ser un pueblo tan pequeño y de todas maneras uno perderse tanto? Qué ganas de regresar.
—¡Qué tonto soy! (dio un salto). ¿¡Cómo no me acordé antes!? (Negrito lo miró con cara de susto). El proveedor que le traía las cartas había dicho que la casa de los abuelos quedaba cerca de la librería. Encontrando la librería... ya estaba cerca de la casa. Buenísimo. Se sentía el campeón del mundo.
—¡Vamos, Negrito! Te apuesto que en diez minutos estamos tomando helado con Alma.
Revisó si no había perdido la plata. Todo bien. Tenía para invitarla a ella y a sus abuelos y a los vecinos, por si había visitas. Bueno, que alguno se pague el suyo, ¿no? —No, mira, mejor nos quedamos acá, porque no sabemos si nos estamos acercando o alejando... Negrito, ¡atento a la primera persona que veas pasar! Y lo volvió a dejar en el suelo para que olfateara a gusto.
—¡Che, Negrito! ¡Si estás mirando el piso no vas a ver a nadie! Lo retó en broma. Nunca se había imaginado que con tan poco viaje uno podía irse tan lejos. Por una de las esquinas de la plaza apareció una mujer caminando lentamente, inclinándose a cada paso. Frin alzó al perro y se le acercó.
—Buenas tardes, señora, ¿dónde queda la librería?
—(Lo miró extrañada): Está cerrada, ahora.
—Ya sé, pero no importa.
—... ¿vos no sos de acá, no?
—... (uf) No.
—¿Te perdiste?
—No, busco la librería porque ahí cerca vive una amiga.
—¿Y este perrito tan lindo? (preguntó la señora agachándose). ¡Ay, qué gracioso!
—... (Frin no lo podía creer, ¿estaba loca esta vieja?)
—¡Lindo! ¡Lindo! ¿Y cómo se llama?
Negro, oiga, señora...
—¿Negro? ¡Pero no es todo negro!
—No, se lo puse por...
—¡¿No es todo negro y le pusiste de nombre Negro?!
—...(uf)...Sí
—¿Y por qué le pusiste así, eh? (y volvía a pellizcar al perro). ¡Bonito!
—Es un nombre provisorio, señora. Le contestó, pero ya queriendo sacársela de encima; para colmo el perro le hacía una fiesta increíble, movía la cola, le lamía la mano, faltaba que le diera el teléfono.
¿¡Provisorio!? ¡Ay, qué ocurrencias tienen los chicos, hoy día! ¡Imaginate, ponerle un nombre provisorio!
—... (desaparezca, señora, pensaba Frin).
—¿Y a quién me dijiste que buscabas? (preguntó sin dejar de acariciar a Negro que estaba feliz, el muy estúpido).
—A una amiga.
—Sí, bueno, pero cómo se llama.
(¿Para qué me pregunta?)... Alma.
—¡Ah, bueno! Vos buscás a la nieta de Remo.
—¡¡¡¡¡...!!!!! ¿Usted la conoce?
—¡Ay, mi amor! en Nulda todos nos conocemos... (puso otra cara), esa pobre chica con los papás que se están separando... yo no sé...
—... (no estaba tan loca la vieja, pensó). ¿Y por dónde viven?
—Vamos, yo te acompaño, ¡Ay, bonito! (volvió a pellizcar al perro).
—¿Viste qué buena la señora, Negrito? (y se dio cuenta de que regresaban por donde ella había venido)... oiga, pero usted iba para el otro lado.
—¡Ay!, no importa, mi amor... es un minuto, están acá a dos cuadras... vas a tener que tener paciencia, mi amor, porque yo, con esta pierna, no puedo ir más rápido.
—No, no hay apuro, señora. Dijo él, viendo cómo avanzaba apoyando el pie con cuidado, y sintió algo así como que le gustaría inventar alguna cosa que la sanara. La señora era de lo más buena. Muy habladora, eso sí. No paraba de preguntarle cosas y hablarle; pero muy buena. Con lo que le costaba caminar, estaba regresando dos cuadras.

Se detuvieron frente a una casa que tenía una pequeña tapia. La señora pasó y, en vez de tocar el timbre, fue hasta la puerta del patio y gritó:
—¡Remo! ¡Visitas!
—¡Eh, Rosa! ¡Adelante, adelante! Se oyó desde adentro, y apareció un señor de pelo blanco, muy alto y grande. Debía ser el abuelo de Alma. Era enorme.
—¿Y este muchachito, Rosa? (preguntó, mientras se acercaba).
-Busca a tu nieta. Alma estaba adentro y supo que era Frin. No podía ser otro. Sintió el impulso de salir a verlo; pero fue más fuerte la vergüenza. ¿Qué hacía acá? ¿Para qué había venido? Quiso esconderse, pero el abuelo la llamó.
—¡Alma! ¡Te vino a visitar un amiguito! Adelante, Rosa, ¿te vas a quedar aquí afuera? —No, yo sigo viaje.
—¿No pasás a tomar un cafecito, ni siquiera?
—No puedo, Remo, me espera mi hija; si no después protestan.
—Pero... qué apuro (dijo el abuelo y volvió a llamarla) ¡Alma! Frin sintió el impulso de pedirle que no se molestara, que ya iba a salir, o que no importaba, que tal vez estaba ocupada y mejor volvía otro día. Alma se asomó por la puerta, sin saber qué hacer. Vio al perrito y se le escapó una sonrisa. Qué lindo era. Estaba en los brazos de Frin, que lo alzó como si la visita fuera el Negrito y él nada más un acompañante. Como vio que Alma sonreía, lo dejó en el suelo, ella se acercó un poco agachada, porque el perrito iba hacia ella, hecho un ovillo. Moviendo la cola, agachando la cabeza, medio echándose panza arriba, arrastrándose. Como si la conociera desde siempre.
—¡Epa! Éste tiene la manguera rota. Exclamó el abuelo, divertido, porque el perrito no se aguantaba la emoción. Pero los chorros del Negrito eran su única desventaja. La ventaja es que si no lo hubiera llevado, Alma y Frin se hubieran quedado más duros que los bancos de la plaza. En cambio así se decían cosas a través del Negro.  
Negro, portate bien, decía Frin, pero era como si dijera, Hola, Alma. Y ella decía, Pero, qué perro más feo... y era como si le contestara, Qué bueno que viniste, Frin, qué bueno. Y se acordaba de Vera, cuántas ganas de verla. De la escuela. De los amigos. Del otro pueblo. De su cuarto en la otra casa. De sus papás que se estaban separando. De un golpe le llegó todo lo que extrañaba. Y se dio cuenta de lo lejos que estaba. Parecía que no iba a poder volver nunca. Sintió que le venían lágrimas; pero no quería que la vieran. Agachó un poco la cabeza; y dijo, Perro, perro, perro bonito... para disimular.


23
El abuelo de Alma no le creyó a Frin cuando afirmó muy serio.
—Mis papás saben que vine... si quiere les hablamos por teléfono y les pregunta. Eso de haber ofrecido hablar por teléfono lo convenció de que estaba mintiendo; pero no quiso meterse más, Alma estaba contenta con la visita.
—¿Por qué no van a dar una vuelta a la plaza y después, cuando regresen, ya habrá llegado la abuela y les prepara una merienda, eh? Se fueron con Negrito que, como dijo el abuelo, cualquier cosa podía defenderlos.
—Qué grande que es, ¿fue boxeador? (preguntó Frin).
—No, luchador.
—¿Luchador? Huáu.
—Hizo muchos deportes, jugó al fútbol, y una vez que vivieron cerca de un río hacía remo; y también jugó al básquet, y antes viajaba todos los años al Sur y hacía montañismo.
-Él solo hizo más deportes que toda mi familia junta.
—(Alma se rió) ¡Ey! ¡Vamos!, hace una hora que estás leyendo ese árbol.
—¡Vamos, Negrito! —Ah, entonces tiene nombre: Negrito.
 —No, bueno, sí... bueno, no... se lo puse, pero provisorio nomás, para cuando hay que retarlo o llamarlo... pero lo traje para que le busquemos uno... juntos.
—¿Cómo? (había entendido, pero quiso que lo repitiera).
—... no, digo, entre vos y yo.
—... claro, y... podés dejarle Negrito...
—No, pero decime uno que te guste.
¡Resorte!
—Uy... y sí... es lindo, también.
—No te gustó, ¿no?
—¿Eh?, no, sí, sí, está bien, puede ser ése; probemos (y lo llamó, pero como si siguiera hablando con Alma) Resorte, Resorte, venga, Resorte... ¡Uy!, no hace caso... (se apuró a decir, con alivio).
—Frin, hiciste trampa.
—Te juro que no; yo creo que no le gustó Resorte, lo que pasa es que es más desobediente... mejor por ahora le decimos Negrito, hasta que se acostumbre a que lo llamemos Resorte, ¿no?
—¿¡Y cómo se va a acostumbrar si siempre lo llamamos Negrito!? —Por eso, ¿no querés tomar un helado?
—No, gracias.
—No hay problema, eh; mirá que traje dinero.
—No es por eso, gracias, no tengo hambre ahora.  
Llegaron hasta un banco de la plaza y se acomodaron. Negrito ya se sentía más seguro, estaba con la cola bien parada, ladraba y medio perseguía a cuanto perro pasaba lejos. Alma comenzó a preguntarle por la escuela y Frin la puso al día de todos los chismes del grupo, imitando a los amigos. Alma se reía como hacía rato no soltaba tantas carcajadas. Negrito entendió cualquier cosa y ladró a unos perros. Eran un trío muy divertido y ruidoso. Se hizo un silencio y Frin preguntó: —Che, Alma, y tus papás... ¿sabés algo?
—(Levantó los hombros)... sí. Pero se quedó callada. Frin entendió que no quería hablar de eso y la volvió a invitar con un helado. Alma sonrió y nuevamente le dijo que muchas gracias, pero no. ¿Y ahora qué hago con la plata?, pensó Frin. —¿Vamos a casa?, ya debe haber llegado la abuela. —Sí, vamos. Contestó Frin, que se acordó de que tenía que regresar rápido, para que sus papás no sospecharan nada. La abuela era una señora gorda, que se teñía el pelo y le gustaba mantenerse bien arreglada. Les ofreció una rica merienda. Frin se moría de ganas de quedarse con Alma y en esa casa de los abuelos, arreglada sin ningún lujo, pero que era muy cálida y alegre. Se despidió de los abuelos, que salieron hasta la vereda. Puso al perro en la mochila, dejándole la cabeza afuera y salieron con Alma rumbo a la terminal. Se hizo un silencio muy incómodo. Frin quería exprimir los pocos minutos que quedaban; pero llegaron callados. Duros de la vergüenza y sin encontrar palabras para despedirse. En la ventanilla sacó el dinero, pidió el boleto, tomó el vuelto y lo guardó. Alma lo vio tan serio y tan concentrado, que sintió algo especial, como aquella vez que lo había encontrado leyendo en el patio. De repente Frin era más grande que todos. Que ella, que Lynko, que Vera. * El ómnibus ya estaba en el andén; pero el chofer no. Se pararon enfrente. —Che, Alma. —¿Sí? —Quiero hacerte una pregunta... ¿puedo? —... no sé... bueno, sí. —¿Te molestó que viniera? —No, me gustó... ¿ésa era la pregunta? (con decepción). —No, no era ésa. —¿Entonces? —¿Es cierto que estás de novia con Arno? Si Frin hubiera hecho esa misma pregunta en la escuela, o con más tiempo, quién sabe cómo la hubiera contestado. Pero Frin estaba a punto de subirse al ómnibus y tal vez se vieran en una semana, o en dos, o quién sabe. Entonces contestó la verdad. —No, no es verdad. —¿¡Y por qué me dijiste eso!? —Yo no te dije eso. —Bueno, pero me dijiste que gustabas de él. —No es lo mismo. —Sí es lo mismo. Se estaban acercando otros pasajeros. —No, no es (dijo Alma, bajando la voz). —Bueno, no importa. —… —... ¿y eso es cierto? Ya estaba llegando el chofer. Empezaba a pedir los boletos a la gente que iba subiendo. Faltaba poco para el turno de Frin. Alma no quiso que se fuera sin contestarle. —No. —¿¿¿Cómo??? (preguntó Frin, avanzando un lugar en la fila). —Que no. —¿¡Que no!? Repitió él, sonriendo más todavía y extendiendo el boleto al chofer. Y todo ocurrió al mismo tiempo, Alma le respondió: —Ya te dije que no era cierto, ¿querés que lo publique? Y el chofer, de muy malas maneras, le dijo: —No se puede viajar con animales. —¿Qué? (Frin, sorprendido). —Lo que oíste, pibe, no se puede viajar con animales; abajo, vamos. —... pero (balbuceó Alma). —Ya compré el boleto. Dijo Frin tímidamente. El chofer levantó los hombros, y volvió a ordenarle. —Te dije que te bajes, no sigas subiendo. —Yo no vivo acá (protestó Frin, desde el estribo del ómnibus). —No me vengas con cuentos, salí, que tiene que subir la gente. Los demás pasajeros se pusieron tensos, por la situación. —Yo tengo que viajar (y subió otro escalón).
—(El chofer lo tomó de la mochila y casi le gritó) ¡Si querés viajar deja al perro!
—¡Es mi perro! Dijo Frin, levantando la voz, y subiendo un escalón. Entonces el chofer tironeó la mochila y lo bajó de un golpe. Negrito gemía, asustado. Frin se zafó y volvió a poner un pie en el ómnibus. El chofer lo volvió a bajar violentamente. Frin le tiró una patada que dio en el aire, y el chofer lo zamarreó bruscamente.
 —¡Quítele las manos de encima! (tronó fuerte la voz del abuelo de Alma).
—¿¡Y usted qué se mete!? (contestó el chofer).
—¿¡Que qué me meto?! (dijo el abuelo furioso). ¿¡Que qué me meto!? (y le dio un empujón).
—¡No me toque! (gritó el chofer).
—¿Por qué? ¿Por qué es valiente con los niños nomás? (le dio otro empujón).
—¡Le dije que me saque las manos de encima! (amenazaba, pero retrocedía).
—¿Sabe qué es alguien como usted? ¡Un miserable! ¿Oyó? El chofer hizo como que amagaba a levantar un brazo.
—Dale, por favor, dame el gusto, dale... (lo desafió el abuelo).
—... (el chofer se hizo el ofendido, tiró los pasajes y se subió al ómnibus).
—Señores (dijo el abuelo a todos los pasajeros), devuelvan sus boletos, porque no se puede viajar. La gente se alarmó.
—¿Cómo que no se puede viajar?
—¡Esto es una vergüenza!
—¡Yo tengo que regresar a mi casa, a ver si se apuran!
—¡Eso! ¡Siempre hay problemas con esta línea de porquería!
—¡La culpa es del gobierno! El abuelo levantaba la mano, pidiendo que lo dejaran hablar; pero la gente estaba muy molesta.
—¡Bájense y arreglen sus cosas sin molestar a los demás! (siguió otro). Un pasajero, con cara de pocos amigos, preguntó:
—¿¡Y por qué no se puede!? El abuelo, muy serio, explicó.
—Porque cerraron la ruta, por eso; vamos, Alma, vamos, querido, volvamos a casa. La gente se preocupó más todavía.
—Remo, ¿qué está pasando? (le preguntó un amigo).
—... ah, Vicente, cómo estás... el molino amenazó con cerrar, los obreros se declararon en huelga y tomaron la ruta hacia los dos lados. La gente exclamó un "Oooh" pues no podían creer algo tan grave. El amigo le preguntó.
—¿En serio, Remo?
—Como para bromas estamos, claro que es en serio.
—¿Entonces no se puede salir de Nulda? (preguntó una señora que no daba crédito a lo que oía). El abuelo no estaba mintiendo: era algo realmente serio.
—Ni salir, ni entrar, señora, está tomada la ruta (y se dirigió a Frin) ¿compraste boleto? Frin asintió con La cabeza.
—Vení a que te devuelvan el dinero, querido, y luego vamos para casa para llamar a tus padres antes de que se asusten; ya están dando la noticia por radio.
24
—¡La culpa fue tuya! (le dijo Fede a Lynko).
—¿i…!? ¿¡Y por qué va a ser mía!? (preguntó Lynko, riéndose).
—¡Él no tiene nada que ver! (Vera).
—¡Ay, sí! ¡Su noviecita lo defiende! (dijo otro, burlándose).
—¡Cerrá la boca! (dijo Lynko, serio).
—¡Sí es tuya, nene! ¡Porque vos sos muy amigo de Frin, y entonces tendrías que saber! (otra compañera).
—¡Si a mí tampoco me dijo nada! (Lynko, riéndose).
—¡Sí, seguro que te contó, y como son muy amiguitos no nos dijiste! (otro).
—¿¡Son tarados, ustedes!? ¿¡No ven que si no avisó es porque quería ir solo!? (Vera). Lynko se atacaba de la risa por este lío.
—¡¡¡SI SE RÍE ES PORQUE SABÍA!!! (gritó otra chica). En ese momento se cortó la discusión porque entró el papá de Frin al patio. Justo cuando Lynko se reía, pero no porque supiera, sino porque se había dado cuenta del plan de Frin, y se le hacía buenísima la manera en que se había escapado de todos. Lo que ocurrió fue que los del grado se encontraron en la terminal de ómnibus, a las tres, como había dicho Frin. Pero él no estaba. Ya va a llegar, dijo uno. Se quedaron esperando. Como tardaba en venir, no faltaron los que sacaron sus sandwiches y se los comieron ahí mismo. Frin no aparecía, a Lynko se le ocurrió ir a ver los horarios de ómnibus a Nulda y ahí se dio cuenta de que a las tres no salía ninguno.
—¿Se habrá equivocado? (Arno).
—No creo, porque el próximo sale a las cinco... es mucha diferencia (Vera).
—¿Qué hacemos? (Arno, perdido con su cara de perdido).
—Y, vamos a buscarlo a su casa, ¿no?, para ver por qué no vino... (Fede). Algo le hizo sospechar a Vera que ésa no era una buena idea:
—Mmm... mejor vamos a mi casa... y...
—¿¡Para qué!? (preguntó otra compañera).
—... y después lo llamamos por teléfono, más tarde... (terminó de inventar, Vera).
—¡Ay, nada que ver! Tiene razón Fede, vamos a su casa. Como Vera tampoco entendía qué estaba pasando, no opuso más resistencia. Así es que fue todo el grupo, como turistas que perdieron el avión, caminando hasta casa de Frin. Tocaron timbre. Asomó la mamá.
—¿Sí?
—Hola, señora, ¿está Frin? —Hola, Fede, ¿no está jugando con ustedes? Vera quiso hablar porque se dio cuenta del lío que se iba a armar; pero Federico le ganó de mano. —No, lo que pasa es que quedamos de ir juntos a Nulda, pero él se equivocó y a las tres no salían ómnibus. —¿¡Cómo que ir juntos a Nulda!? (preguntó la mamá).
 —No, señora, dijimos que a lo mejor, no era seguro (quiso disimular Vera).
—¡Mentira, nena! (la callaron entre todos). ¡No seas mentirosa!
—¿¡Y qué iban a hacer a Nulda!?
—A visitar a Alma, señora, ¿no le dijo Frin? (Fede). Adentro de su cabeza se hizo como un chispazo. Frin se había ido sin permiso.
—A ver, pasen al patio, chicos. Les dijo, y corrió hacia el teléfono. Llamó al club para buscar al papá de Frin. Cuando lo encontraron y le contaron, el papá regresó volando. Les hicieron mil preguntas a los compañeros de grado, pero ellos contestaban cualquier cosa, porque no sabían nada, y porque se estaban echando la culpa unos a otros. Algunos porque Lynko tendría que haber sabido, otros porque al venir así es como si lo hubieran acusado a Frin, otros por quién sabe, y otros por las ganas. Aquello era un hervidero de la-culpa-es-tuya-no-tarado-la-culpa-es-tuya. El papá salió corriendo hacia la librería. Estaba cerrada, tocó en la casa. A Elvio se le hizo muy probable que Frin se hubiera ido a Nulda a visitar a Alma, pero lo tomaba con calma y risa.
—Son cosas de muchachos, qué peligro va a haber.
—Muchas gracias, Elvio (lo cortó secamente el papá, y se dio vuelta).
—Espérese, espérese... a ver... déme media hora y lo llamo para darle el número de teléfono de los abuelos. —¿Lo tiene? (preguntó afligido el papá).
—Se lo puedo averiguar, déme media hora. El papá agradeció y regresó a la casa rápido para contarle a la mamá de Frin. Y fue en ese momento que abrió la puerta del patio y encontró a los compañeros de Frin discutiendo.
—... pero ¿¡son tarados, ustedes!? ¿¡No ven que si no le avisó a nadie es porque quería ir solo!? (Vera). Lynko se mataba de la risa de todo este lío que se había armado.
—¡Ves! (gritó otra niña, furiosa). ¡¡¡SI SE RÍE ES PORQUE SABÍA!!!
 La mamá estaba tratando de calmarlos y aprovechó el silencio para preguntar.
—¿Averiguaste algo?
 —En media hora Elvio nos consigue el teléfono de los abuelos de Alma.
 —¿¡En media hora!? (se quejó impotente la mamá).
—¡Ven, tarados! ¡Ahora por culpa de ustedes los papás de Frin están asustados! (gritó Vera).
—¡Ah! ¿¡Y qué querías que hiciéramos, eh!? Le contestó otra compañera, en medio de las protestas y acusaciones de todos contra todos que se habían vuelto a desatar. Y esta vez los hizo callar el timbre del teléfono.
—¿Ves que no hubo que esperar tanto? Ya lo consiguió. La mamá corrió a atender.
—Hola... (se oyó una voz grave), habla el abuelo de Alma...
—¡Sí, soy la mamá de Frin, dígame!
—Ah, mucho gusto, señora; mire, no se asuste, Frin está acá al lado mío, está perfectamente bien, ahora se lo paso... La mamá sintió que le volvía el aire al cuerpo. Del otro lado el teléfono cambiaba de manos.
—... hola... ¿mami?
—¡Frin, por favor, hijo! ¿¡Qué hiciste!?
—... vine a visitar a Alma, mami.
—¿¡Pero cómo te vas a ir así!? ¡Sin permiso, sin avisar!
—... perdón, mamá.
—¿¡Cómo no nos dijiste nada!?
—... (porque no me hubieran dejado, pero como que no era momento para ese comentario). El papá pidió el teléfono.
—Hola, ¿Frin? Dijo muy serio, pero del otro lado también había cambiado de manos el teléfono y volvió a sonar el abuelo.
—¿Hola? ¿Es el papá de Frin?
—Sí.
—Mucho gusto, soy Remo, el abuelo de Alma... miren, Frin está acá en casa, lo más bien, no se asusten.
—Muchas gracias... y disculpe toda esta molestia...
—No es ninguna molestia y...
—... yo ahora pido el auto a un vecino y lo vamos a buscar inmediatamente.
—... no, mire, el problema es que cortaron la ruta...
—¿¡Cómo!?
—El molino harinero de Nulda amenaza con cerrar, entonces los obreros se declararon en huelga y tomaron la ruta hacia los dos lados; yo no les recomiendo que intenten cruzar.
—¿Y cómo vamos a hacer? (preguntó el papá desorientado).
—Por eso, ustedes no se preocupen... Frin está en casa, seguro... vamos a averiguar cómo está la situación.
—Pero ¿Nulda está aislada, entonces? (el papá).
—Completamente... no creo que dure mucho, alguna solución tendrá esto; por eso yo digo que mejor Frin se queda a dormir acá, tranquilo, y capaz que mañana ya se arregló todo.
El papá volvió a agradecer, no sólo por lo que ofrecía el abuelo, sino por la calma que le transmitía, y pidió hablar con Frin. Se lo pasaron, y muy serio le recomendó que le hiciera caso a los abuelos y que se portara bien. Ellos lo irían a buscar cuanto antes. No lo iba a retar delante de los compañeros del curso, ni delante del abuelo; pero habló tan serio que era casi lo mismo. La mamá pidió el teléfono y le dijo algo parecido. Colgaron. Colgaron. Colgaron.

 Se hizo un largo silencio a los dos lados de esa llamada. Los papás explicaron lo que estaba pasando.
—¡Buenísimo! ¡Vamos a la ruta a ver! (dijo Fede entusiasmado, pero todos lo miraron muy serios).
Volvieron a sus casas, y el papá se cruzó a lo de un vecino, que ya había oído lo de la huelga. Fueron hasta la ruta pero no dejaban pasar. Había una larga fila de autos que hacían maniobras para regresar. Más adelante, una negra y densa columna de humo salía de unas gomas quemadas que cruzaban todo el camino. La nube subía alta, alta. En casa de los abuelos, encendieron la radio, para seguir las noticias. Había sólo dos cuartos, el de los abuelos y otro en el que estaba Alma. La abuela le indicó que él dormiría en el sillón grande que había en la sala. Frin les pidió disculpas por estas molestias. El abuelo sonrió y le acarició la cabeza. Alma estaba callada, acomodándose a la situación. El problema era que ella, en la terminal, había contestado esas preguntas porque Frin se estaba yendo, no porque se estaba quedando. Por una parte se sentía incómoda porque él iba a estar demasiado cerca; pero también estaba contenta. Y lo que es peor, por lo mismo. Después de cenar salieron con sillas a sentarse en la vereda.
—¡Abuela!, ¿por qué no le contás lo de la casa del campo? (se acordó Alma).
—No, no, no... —Después van a soñar (dijo el abuelo).
—¡Es del cementerio viejo, Frin! ¿Te acordás que te dije que ella sabe algo? Antes no estaba ahí (giró hacia la abuela) ¡Dale, por favor, contale!
—No (dijo ella)... no estuvo siempre... Negrito se acomodó como para dormir en las piernas de Frin. La calle estaba tranquila no pasaba ningún auto. La abuela no se veía, sólo su silueta, contra la luz de un foco que estaba en la esquina, a media cuadra.

—Ahí antes era campo... un desierto, no había carreteras, ni trenes... ahí había una casa de una gente muy muy pobre. Era una familia joven, el papá, la mamá y un bebé... no hablaban con nadie, no se mezclaban, no venían a la fiesta del pueblo, no se los veía en misa... pero eran trabajadores. Buena gente, pero que hacían su vida. Una vez, estaban trabajando en unas máquinas muy grandes, a vapor... parece que no se dieron cuenta de que la máquina estaba levantando demasiada presión... querían terminar rápido porque se venía una tormenta, entonces el jefe mandó a decirle al muchacho este, el papá, que le pusiera más carbón... y él, que no sabía de esas máquinas, no se fijó en la aguja de la presión... cargó su pala, y la máquina explotó... como una bomba... cuando le dieron la noticia a la señora, juntó sus chucherías, le prendió fuego a la casa, y se fue... pasaron los años y un día se vio que ahí vivía alguien.
—¿Quién? (Frin).
—Decían que era el fantasma del papá... otros, que era el hijo de ellos, que había vuelto... yo creo que debe haber sido algún vagabundo, pero lo que contaban es que si uno quería entrar a lo que había quedado de la casa, llovían piedras en el techo... se sentían los golpes, toc, toc, toc, de las piedras.
—¿Era el señor que las tiraba? (Frin).
—Nadie las tiraba, caían del cielo... entonces, los del pueblo dijeron que ahí había que hacer un cementerio. —¿Y qué pasó con el señor que vivía en la casa? (Frin). —Siguió viviendo en el cementerio (el abuelo).
—¿Te acordás de que nosotros vimos algo? (le recordó Alma a Frin).
—No puede ser el mismo (dijo la abuela), esto pasó hace mucho... tendría más de cien años si viviera.
—Hay gente que tiene más de cien años (Alma). Levantaron las sillas y se fueron a dormir. Los abuelos a su cuarto. Alma al suyo. Frin al sillón. Negrito, encima de Frin, que seguía con los ojos abiertos, en la oscuridad. Qué día más largo...
25 Frin abrió los ojos. Vio una pared que nunca había visto. Se sintió raro despertando en esta sala en la que había pasado su primera noche fuera de casa. Se acordó de todo lo que viajaba el papá de Lynko. ¿Será así despertarse en distintos hoteles? La luz daba en las cortinas encendidas y se oían ruidos en la cocina. Eran los abuelos que hablaban en voz baja para no despertarlos. Frin miró la pintura vieja de la pared. Al lado de ésta, su casa parecía tan linda como la de Lynko. Al lado de la casa de Lynko, se parecía más a ésta. Extrañaba su casa. ¿Será que iba a poder volver hoy, como decía el abuelo? ¿Será así despertarse en hoteles? No, no debía ser así, porque Negrito venía caminando por su espalda, moviendo la cola. Cerró los ojos para hacerse el dormido, y enseguida sintió el hocico olfateándole la oreja. Se hundió en las sábanas. —Negrito, por la oreja no se sabe si la gente está despierta. Negrito lo ladró. —Ah, ¿ya estás despierto? Arriba, vamos, a desayunar (se asomó el abuelo). Frin fue a la cocina, la radio estaba puesta muy bajita, y daba las noticias. Saludó a los abuelos con un beso, a Alma, le dijo hola. —Parece que va para largo, eh... (le comentó el abuelo, señalando la radio), yo no sé, no digo que no tengan razón, pero hacer este lío... dejar al pueblo incomunicado, es una locura. * Después de desayunar, Frin y Alma salieron a caminar con Negrito, que ya se creía de Nulda. Se les adelantaba y ladraba, pero no porque hubiera visto un perro, sino así, por las dudas. Entrenaba el músculo de ser valiente. Ellos evitaban lo que se habían dicho en la terminal. Por suerte se encontraron con la señora Rosa, que cargaba un bolso y caminaba con dificultad. Se le acercaron. —¡Hola, la parejita! ¿Cómo les va? —... (¿la parejita?, pensó Frin, la vieja enloqueció otra vez). —¡Hola, Rosa! (saludó Alma contenta), ¿te ayudamos? —Ay, sí, qué amores que son. Les dio la bolsa y, como era su costumbre, no paró de hablarles. Les contó que su hija es empleada del molino, y su yerno también. —O sea que si se quedan sin trabajo es un desastre, un desastre, tiene dos hijitos... ay, yo no sé. Les llevaba sandwiches y frutas. Frin se sorprendió. Él se había imaginado que los de la huelga eran peligrosos, y resulta que aquí estaban acompañando a la señora Rosa, con su paso rengo, a llevarle frutas a su hija. Se imaginó él mismo en una huelga, pidiéndole a su mamá que le llevara sandwiches de tomate. Sus preferidos.
En dirección de la ruta se veía una espesa columna de humo. Tan densa que subía con esfuerzo. A medida que se acercaban se veía la hilera de gomas quemándose, cruzada sobre la ruta. Ya no había autos a los dos lados, pero sí un revuelo de gente. A Frin le hizo acordar una pintura, uno de esos cuadros de la revolución que tenían en la escuela. Lleno de héroes y próceres después de alguna batalla de cuando se fabricó la patria, como puso Fede en un examen. Sólo que éste era más pobre, y no había tanta gente, ni soldados, ni una bandera; ni nadie miraba al cielo y acá quemaban gomas, había perros jugando, y el avión pasaba fumigando un campo cercano. Bueno, no; nada que ver con un cuadro de la revolución, pero hacía acordar a uno. Negrito iba escondido tras los pasos de Frin, que terminó por alzarlo con su mano libre. La señora Rosa seguía avanzando como un barco roto y constante. Unos tipos se habían quitado las camisas y se las habían atado en la cabeza. Tenían palos largos y estaban acomodando las gomas para que se quemaran mejor. Otros dos conversaban y se pasaban una botella de vino, sin parar de hablar; tomaban del pico. Unos chicos corrían alrededor de una señora que los retaba, sin que le hicieran caso, y ella seguía hablando con uno que también estaba con el torso desnudo: era muy panzón, levantaba los hombros a cada rato y movía los brazos para cada palabra que decía. Finalmente se acercó una muchacha joven y le dio un beso a Rosa. Ésa era la hija, estaba embarazada. Apoyaron el bolso en el suelo. Uno vino a darle un beso a Rosa. Era el marido de la hija. Otro de los sin camisa, no era oficinista, hasta descalzo estaba. Tenía las manos sucias de carbón.
De pronto se oyó una sirena que pedía paso; una ambulancia se acercaba a toda velocidad. Se abandonaron las conversaciones. Los niños dejaron de jugar. A pocos metros la ambulancia hizo chirriar sus gomas con una frenada. El chofer se asomó por la ventanilla.
—¡Dejen pasar! ¡Es una emergencia! Los de la barrera se apuraron a correr las gomas. El chofer se puso nervioso e hizo sonar la sirena. Frin pensó que no había que hacer eso, ya estaban corriendo todo, ¿para qué la sirena? Se le hizo sospechoso. Él había visto muchas ambulancias en el hospital donde trabajaba su papá, pero a ésta nunca. Se escabulló entre el grupo y consiguió mirar a través de los vidrios. Había alguien acostado sobre la camilla. Eso lo había visto muchas veces; pero éste tenía los zapatos puestos, que asomaban por debajo de la sábana. El que parecía médico transpiraba nervioso. El chofer volvió a hacer sonar la sirena. Frin quiso advertirle al yerno de Rosa; pero éste lo tomó y lo alejó de la ambulancia, que pasó por el espacio que le abrieron.
—Es que...
—Espera, pibe.
—... había algo raro...
—Después, querido (lo calló el yerno, y se fue a regresar las gomas a su lugar). La señora Rosa les dijo que mejor se fueran a casa, porque ahí los ánimos estaban un poco caldeados. Se alejaron caminando. Frin bajó a Negrito y le dijo a Alma:
—El médico tenía el estetoscopio roto.
—¿Qué? (preguntó extrañada).
—El médico que estaba con el paciente, tenía el estetoscopio colgando del cuello.
—Así lo usan, ¿no?
—Sí, pero estaba roto... le faltaba la cosa esa que apoyan para oír: terminaba en el tubito nomás.
—¿Se le habrá roto en el apuro?
—No creo, y el paciente iba con los zapatos puestos.
—¡Ay, Frin! ¡Mira en lo que te fijaste en medio de todo eso!
A la tardecita Frin llamó a sus padres. Antes de la cena encendieron el televisor. Mientras iban cambiando de canales, Frin alcanzó a ver algo y dijo:
—¡Ése! ¡Vuelva a ése, Remo!
—No, no, no... yo tengo mi programa.
—¡Por favor, Remo! ¡Alma, estaba la ambulancia que vimos hoy! (Frin).
—... (el abuelo buscó el canal).
—¡Alma! ¡Mira la ambulancia! (exclamó Frin).
—¡Es cierto! ¡Es la que vimos! (gritó ella). Explicaron agitadamente a los abuelos, mientras veían cómo el periodista entrevistaba a un señor de saco.
—¡Es el gerente del molino! (exclamó el abuelo, que dio un salto y subió el volumen). —... hoy tuve que escapar, literalmente, escapar escondido...
—¡Viste, Alma, que no era un paciente de verdad! (Frin).
—... escondido en esta ambulancia porque mi vida corrió peligro... nos amenazaron, y no nos querían dejar pasar. ¡Imagínese! ¡A una ambulancia!
 —¡Qué mentiroso! (Alma, indignada).
...ese pueblito tendría que estar agradecido por la fuente de trabajo, en vez de alterar el orden de esta manera, y poner ellos mismos sus trabajos en peligro...
—¡Qué miserable! Quieren hacer su negocio mandando el molino a la quiebra, y resulta que somos nosotros los peligrosos. Exclamó enfurecido el abuelo, y ahí las noticias pasaron a otra cosa.
—¡Viste que no era un médico de verdad!
—¡Tenías razón! (Alma).
—¡Vamos a la ruta a avisarles! (Frin).
—¡No, no, no, ustedes se quedan acá! (el abuelo, nervioso).
—¡No, pero con ustedes, vamos con ustedes!
—¡Sí, abuelo, hay que ir! ¡Ese señor está mintiendo!
—¡Claro que está mintiendo! (el abuelo indignado).
—¡Y seguro que va a seguir mintiendo y van a cerrar el molino!
—Pero... ¿¡y qué podemos hacer!?
Preguntó la abuela. Alma se quedó pensando, y Frin propuso, tímidamente.
—... y, llamemos al canal.
—Eso sí. Aprobó la abuela. El abuelo la miró muy serio, sopesando la idea. Miró a Frin, y dijo:
 —Tenés razón. No podemos quedarnos de brazos cruzados. Llamó al canal, lo pasaron con Noticias, y les explicó. Le dijeron que iban a enviar unas cámaras. Eso lo tomó por sorpresa. Él sólo había llamado para desenmascarar la mentira; pero ahora resulta que venían los de las noticias. Cambiaba la situación. Colgó excitado. Les pidió que buscaran los teléfonos de algunas radios, y llamó al intendente de Nulda para explicarle lo sucedido y avisarle que iba a venir la televisión. Quedaron en reunirse temprano en la mañana. Frin alzó al perro y le dijo:
 —¡Negrito! ¡Va a venir la televisión! ¡Vas a tener que transformarte, urgente!

Al otro día el intendente se reunió con el abuelo y otras personas. Decidieron que todo el pueblo debía apoyar a los de la huelga. Tenían que unirse, no podían permitir que mintieran sobre lo que sucedía acá. Además, el molino era la principal fuente de trabajo, sin ella peligraba Nulda. La radio local empezó a hacer correr la noticia, una camioneta con un gran parlante encima, también; y el abuelo, cuando llegó a casa, contó:
—A partir del mediodía se va a hacer un cierre simbólico de todos los negocios, o sea que si hace falta algo de comida, hay que apurarse. La abuela asentía con la cabeza, orgullosa.
—Se está pidiendo que esta noche no se encienda ninguna luz. Vamos a hacer un apagón: en todo Nulda no tiene que haber una sola luz prendida.
—¿Velas tampoco? (preguntó Alma).
—Velas sí (contestó sonriendo el abuelo), y a las nueve de la noche va a haber una marcha hacia la ruta, en señal de apoyo.

—¿¡Nosotros también!? (Alma, entusiasmada).
—No, ustedes se quedan (el abuelo).
—Remo, no los vamos a dejar solos en casa... (la abuela).
—(Pensó)... no, claro.
—... que vengan con nosotros. Frin no lo podía creer; él había querido hacer un viaje de dos horitas nomás, y ahora estaba como metido en un cuadro de la revolución. Se imaginó que venía un pintor y que él miraba al cielo y sostenía una bandera, mientras Negrito le mordía el tobillo al enemigo.
—Y vamos a pasar la noche allá (terminó de decir el abuelo).
—¡¡¿¿En la ruta??!! (gritaron entusiasmados Alma y Frin).  
—... así que hay que abrigarse, niños, no quiero resfriados. Frin trató de acordarse, ¿había visto en una de esas pinturas a alguno resfriado? No. Muertos sí; pero resfriados no. Se acordó del cuadro que había en la escuela y se imaginó en medio de los próceres nacionales, las banderas, el humo y la gente mirando el cielo... y él sonándose la nariz. Nada que ver, ni loco pensaba resfriarse.
26 Buscaron ropa abrigada y rústica, porque iban a estar sentados en la ruta. Frin no tenía otra ropa que la puesta, así que iría con un suéter que le prestaba Alma. El abuelo se había ido a organizar la marcha. La abuela decía: —Organizar la marcha... si en Nulda somos dos gatos locos. ¡Pero él quiere estar ahí! ¡No se aguanta! (y se reía). —¡Abuela, estamos haciendo demasiado sandwiches! (Alma). —Bueno, pero allá hay gente también, ¿no (contestó sonriendo). Se hizo la tardecita y empezó a llegar la oscuridad sin nada que la empujara: no había luces encendidas en Nulda. Salvo el hospital, todo brillaba de oscuro. La abuela repasaba las provisiones, cuando llegó el abuelo. —¿Hace falta algo? —Tranquilo, guerrero (respondió la abuela guiñándole un ojo a Alma y Frin), ya está todo. A ver chicos ayúdenme: la bolsa con los sandwiches, los termos con el café, servilletas... —... agua (repasó Alma). —... agua (repitió la abuela). —... las frazadas (dijo Frin). —... las frazadas (repitió la abuela), las velas... —¡El Negrito! (Frin). Se rieron los cuatro y Negrito debió haber entendido que estaban ladrando porque él también ladró. Finalmente llegó la noche. Con luz de estrellas y de velas. Silencio. Se oían todos los ruidos, las pisadas, el tic tac de los relojes, una mano que se apoyaba en un mantel. A las nueve fueron hasta la plaza. Había una multitud de gente: jóvenes, viejos, niños. Todos con faroles y velas en las manos. Hasta ese momento, Alma y Frin estaban divertidos como en una aventura. Se pusieron a hablar con otros niños. Pero cuando empezó la marcha y se formó la columna de gente que, a paso lento, bamboleando sus velas y sus faroles, se encaminó hacia la salida del pueblo, Alma y Frin sintieron que estaban en algo grande. Los de la ruta los recibieron con gritos, aplausos, toques de tambor, y ellos respondían, también, con gritos, silbidos, levantando las velas y los faroles. Frin miró a Alma. Nunca en mi vida viví algo así, le dijo él con los ojos. Yo tampoco, respondió ella con su mirada. Los huelguistas se adelantaron y se fundieron en abrazos y gritos invencibles. Eran lo más grande, lo más grande del mundo.  
La multitud se acercó a las llamas, se hizo una rueda con faroles y velas. Se acomodaron juntos, familias y amigos. Gritaban y hablaban en voz alta o se reían. Negrito ladraba a unos perros que ni le hacían caso, y se asustó cuando uno se acercó a olerlo. Como a la hora llegó un periodista y sacó fotos. Más tarde todavía, una radio entrevistó al intendente, que estaba con su familia. Algunos ya habían empezado a cenar. Alma y Frin mordieron sus sandwiches como si fueran los primeros de sus vidas. El abuelo destapó su botella y le ofreció a un viejo amigo, que también llevaba la suya. La abuela acomodó más sandwiches encima del mantel. Fueron pasando las horas, y poco a poco iban llegando más periodistas; los de la televisión, no. Negrito mordía un hueso. Alma y Frin ya se habían hecho varios amigos y los dejaron acomodar el fuego con los palos.
—¿No tienen sueño, ustedes? (les preguntó la abuela, cuando los vio pasar).
—No, nada. Respondió Alma, y siguieron camino. El abuelo ya estaba bastante alegre y cantaba abrazado a otros señores. La abuela comentó, divertida:
—Se hizo tenor.
—Vamos a caminar (dijo Alma a Frin). Fueron hasta la barrera de gomas quemándose. Se acercaron tres niños a invitarlos a caminar. Partieron los cinco hasta la entrada de un camino entre dos campos, lejos de las luces. Alma se acordó de la vez que fueron al cementerio viejo y se lo contó a los demás, agregando la historia de la abuela. Discutieron sobre si ese hombre podía vivir todavía o no, hasta que los demás medio se asustaron y se fueron.
 La noche era tan oscura y limpia y cargada de estrellas, que no sólo se veía el cielo, sino que se sentía el espacio. Con sus soles, cometas y planetas invisibles. Y que la Tierra es un astronauta flotando.
—Parece un cielo dibujado por Vera (dijo Frin susurrando).
—Es cierto... ¿viste allá? (Alma).
—¿Qué cosa?
—Ésa que parece una estrella, pero se mueve (Alma, bisbisando).
—... no, no me doy cuenta cuál... (Frin, inclinándose hacia Alma, para ver lo que ella veía). —... ésa (inclinó su cabeza hacia Frin, sin dejar de mirar el cielo), ésa... ¿ves?
—Sí (Frin, sin regresar a su lugar, inclinado)... sí, es un satélite.
—Sí (sin alejarse de él).

Se quedaron como dos ramas, apoyadas una en la otra. Callados.
—¿Oís? (musitó Frin).
—... ¿qué cosa?
—... (Frin hizo una seña con la mano, abarcándolo todo).
—... (Alma asintió callada, con los ojos abiertos). Era el silencio que bajaba con todos sus caballos, como juguetes de vidrio con agua adentro y era el silencio que bajaba con sus caballos, como esos juguetes de vidrio, como el silencio con sus caballos blancos y oscuros, y esos juguetes con agua adentro, que cuando se dan vuelta cae la nieve. Así caían los caballos del silencio, rodeando la luz en que flotaba la noche.
Y era la noche que se caía como en esos juguetes de vidrio con agua adentro y copos blancos como de nieve que caen blancos y oscuros, y todo tan quieto y tan lento y era la noche y eran los copos y alguna mano más grande que el mundo que estaría dando vueltas su juguete de vidrio con agua adentro para ver cómo caen los copos de los caballos blancos y oscuros del silencio.
Y cuando los copos llenaban el campo, la mano daba vuelta al juguete y subían; y era la mano que otra vez daba vuelta al juguete de vidrio con agua adentro para que los copos suban con los caballos del silencio y la luz blanca de la Luna que mira al gigante que juega para que Frin y Alma vuelvan a ver cómo caen los copos blancos y oscuros y es la cabeza de Alma que apenas se cansa, que se cansa un poco y descansa apenas descansa de que se cansa un poco en el hombro de Frin, y es el hombro de Frin que como dos ramas apoyadas una en la otra descansa un poco, apenas, en la cabeza de Alma.
Y los copos volvieron a bajar y los rodearon de espirales blancos en el blanco o negros en el negro, y Frin pasó su brazo por el hombro de Alma. Y ella, como si hubiera esperado ese gesto desde toda la vida, desde que era bebé y estaba como esos juguetes de vidrio con agua adentro, que cuando se dan vuelta cae la nieve, se aflojó en el brazo de Frin. Mirando los copos blancos de los caballos del silencio del cielo dibujado por Vera se quedaron un millón de para siempres. Cuatro millones de ondulomil de mil millones de infinitos. Frin quiso mirarla, corrió su brazo y levantó despacio su cabeza. Se dio vuelta hacia ella. Alma también quiso mirarlo. Se quedaron. Ojos muy cerca de los ojos de cascabelito lindo. Muy cerca de la nariz que está cerca de la nariz de los ojos de cascabelito cascabelito lindo. No fue que Alma se acercó, sino que algo profundo y sencillo se le aflojó adentro. Frin se inclinó hacia adelante y cerró los ojos. Alma cerró los ojos y se inclinó. Frin sintió, delicadamente, los labios de Alma con sus labios. Primero Frin sintió, delicadamente, los labios de Alma con sus labios. Luego, Frin sintió a Alma con sus labios, y Alma sintió a Frin con los suyos. Y eso era un beso.  
27
Frin soñaba con un ruido un ruido de motor, hasta que se fue despertando, entreabrió los ojos y vio que era el ruido del avión que fumigaba un campo. Ya era la mañana. El avión hacía una picada, volaba al ras, soltaba su llovizna, y remontaba altura cerca de una hilera de árboles. Frin se refregó los ojos con la mano. Estaba un poco fresco. Se acordó de que habían venido a recostarse cerca de los abuelos, y ahora veía que ella los había cubierto con la misma frazada. El abuelo dormía profundamente del otro lado. Se sentó. Saludó a la abuela, que le ofreció un poco de café con leche. Alma seguía dormida, apoyaba su cabeza en el regazo de la abuela. Negrito se había hecho un bollo debajo de un brazo del abuelo.
—¿Qué hora es? (Frin).
—Deben ser las seis... (le contestó). Se dejó caer sobre la frazada, ¿las seis?, nunca se levantaba tan temprano. La abuela le alcanzó la taza de café con leche. Se sentó y tomó el primer sorbo mirando hacia la barrera. Por todas partes había gente durmiendo. Algunos de los sin camisa estaban hablando con los periodistas. Del otro lado de la barrera vio un camión grande. Tenía las letras del canal de televisión. O sea que sí, habían venido. Fue hasta donde había más movimiento. De algunas radios estaban entrevistando, unos al intendente, otros a los obreros del molino. Los del canal acababan de llegar y preparaban sus cámaras, llenando todo con sus cables. Algunos sin camisa corrían las gomas con sus palos, para hacer un pasadizo. Frin regresó donde estaba la abuela. Negrito salió a su encuentro. Lo alzó en brazos. El abuelo ya estaba sentado; tomaba una taza de café. Alma bostezaba. Les contó que los de la televisión ya habían llegado; entonces el abuelo se incorporó rápido, se acomodó el pelo con las manos y fue con la taza hacia la barrera.
—¿Vamos a casa? (Alma).
—Esperamos que hagan la nota, ¿no? (la abuela). Los de la televisión no tenían tiempo de grabar, y enviar el video: iban a transmitir directamente. Saldrían al aire en vivo, en el noticiero de la mañana. Eso les contó el abuelo.
—... tres minutos. —¿¡Nada más!? (exclamó Frin).
—Así es esto (comentó el abuelo, desencantado).
 Los encargados de producción del canal caminaban agitados, gritándose y dándole órdenes a la gente.
—¡Cuando se acerque la cámara no saluden! ¡Si les hacen una pregunta tienen que contestarla muy rápido! ¡Tenemos dos minutos solamente! ¡Dos minutos, atención!
—¿Dos minutos? (Frin, miró al abuelo). Uno del canal se acercaba a ellos, y le gritó a otro que estaba lejos: —¡Acá está el chico que no puede regresar con sus padres! Frin sintió un frío en el estómago, miró a Alma. Ella abrió los ojos y la boca. El de producción lo despeinó.—Pibe, desarreglate un poco (se fue). —¿Por qué? (protestó Frin, mientras se volvía a peinar). ¡¿Qué le pasa a éste?!
—Para impresionar a la audiencia, Frin (Alma, echándose hacia atrás, como si se clavara un puñal en el pecho). Se rieron todos. Pero los del canal ya estaban otra vez a los gritos. Que nadie se moviera. En cinco minutos estamos en el aire. Saquen esa comida de ahí. —¡Qué prepotentes son! ¿No, abuela? (Alma). —Se creen héroes (Frin). Encendieron unas luces blancas. Dos tipos cargaron sus cámaras al hombro. Frin vio cómo una maquilladora le ponía polvo al reportero, otra lo peinaba, y él, con su cara de vaca aburrida. —¡Frin! ¡Despeinate! (Alma, entre nerviosa y divertida). —¡No! ¡Sangre! ¡Ellos quieren sangre! (se rieron). ¡Mordeme, Negrito! ¡Arrancame un pedazo! Vio que uno de producción le hacía señas de que se callara. La transmisión había empezado. Se dirigían hacia él. Sin que se diera cuenta, otro de producción había venido sigilosamente por detrás. Lo despeinó, le desarregló el pulóver, y quiso desatarle las zapatillas. Frin se volvió a acomodar todo, el tipo le mostró los dientes furioso: ¿Qué le pasa a este chico? Pero se tuvo que retirar porque las cámaras ya estaban ahí, y el reportero venía diciendo: —... incluso tenemos el caso de un niño que no puede regresar con sus padres, decinos tu nombre, querido (hizo como que le acariciaba la cabeza, pero lo despeinó). —... Frin (se acomodó el pelo, confundido). —Esta pobre criatura, señores (decía a la cámara con tono melodramático), quedó atrapado, señores, a-tra-pa-do... ¿Atrapado?, nada que ver... pensó Frin. —... apresado de este lado de la barrera de los huelguistas, decinos, Rin... —Me llamo Frin (lo corrigió). —(Niño idiota). Sí, mi amor, extrañás a tu familia, ¿verdad? ¿Estás asustado? —(¿Qué le pasa a éste?, ¿por qué pierde tiempo conmigo?)... no, estoy aquí con mis amigos. —(Maldito niño). Claro, mi amor, claro, te habrás hecho amigos, digo... pero estarás angustiado, desesperado, ¿verdad? —No, los que están asustados son ellos, porque pierden su trabajo. Al reportero le apareció un tic nervioso en un ojo, maldito niño. Frin estaba cada vez más nervioso: no le gustaba esa presión sobre él, las cámaras, y que lo rodeara la gente. El reportero quería salvar la nota e insistió, simulando que era amable, pero poniendo la voz más tensa, y eso le ponía peor el ojo del tic.
—Claro, pero decime, criatura...—... (Frin le miraba el ojo del tic, porque parecía que transmitía en clave morse). —... ¿te parece peor que estos vándalos corten una ruta nacional? —¿Cómo? (ni siquiera pregunta bien). —... claro y que vos estés separado de tus padres, perdiendo días de escuela (irritado). —Yo... yo puedo perder unos días de escuela... pero la escuela ahí está y vuelvo; si ellos se quedan sin trabajo es peor, ¿no? Frin notó que su respuesta no le agradó al reportero, y se puso más nervioso. Todos lo miraban, y uno de producción le hizo señas de que se apurara a hablar, y otro le hacía señas de que se despeinara. Entonces se puso peor, miró al reportero y soltó lo primero que le vino a la cabeza: —Imagínese que a usted lo echen del noticiero... Se hizo un terrible silencio en el ambiente, que duró menos de un segundo, pero en el que todo quedó suspendido de un hilo. —... ¿co... c... cómo? (balbuceó el reportero). —... imagínese que a usted lo echen, que lo despidan del noticiero, ¿qué haría? Como si toda la gente se hubiera puesto de acuerdo, estallaron en un grito festejando la ocurrencia de Frin. Los camarógrafos tenían la orden de cerrar la nota enfocando al reportero; pero el grito de la gente fue como una explosión. Como el estallido de una tribuna. Entonces, por reflejo, en vez de enfocar al reportero, tomaron a la gente dando ese grito. Y justo ahí. Justo ahí, a los del canal se les hizo tan buena la toma, que cortaron la transmisión. El reportero tomó el micrófono para cerrar la nota; pero uno de los de producción le hizo una seña de No va más. Ya no estaban al aire. El pobre tipo quedó convertido en una pasa de uva, un pañuelo de papel. La gente aplaudía a Frin. Negrito ladraba a todos, porque creía que los estaban atacando o porque la televisión lo ponía nervioso o porque le había dado por hacerse el guardaespaldas. Frin miró a Alma y levantó los hombros, como diciendo... uy. Ella ponía los ojos bizcos, y se reía feliz. Lo cierto es que la toma de Frin haciéndole esa pregunta al reportero, y la gente estallando en un grito, había llegado a todo el país. Y después volvieron a pasarla en el noticiero de las doce, y en el de la noche. Y en un programa de humor también la usaron, para criticar al reportero. * Regresaron a casa y el abuelo insistió en llevarlo en los hombros. —¡No, Remo! ¡No! (Frin, divertido). —... (Negrito ladraba).  —¡Ey! (el abuelo hacía que protestaba), ¡así firmo algún autógrafo yo también! Cuando llegaron el teléfono estaba sonando. Se apuraron a abrir. Era Lynko, que había visto el noticiero y gritaba tanto que casi no se le entendía. ¡Frin! ¡Te vi! ¡Estuvo buenísimo! ¡Vamos a ser ultramegafamosos! Colgaron, y el teléfono volvió a sonar. Era un amigo del abuelo que le preguntaba si el de la televisión no era el amiguito de Alma. Sí, señor, sí, señor. Respondía el abuelo orgulloso. Colgaron, y volvió a sonar. Eran otros amigos de los abuelos, que les avisaban que habían visto a Alma y a su amiguito en la tele. Colgaron. Volvió a sonar. Era Vera, alborotada, que quería hablar con Alma. ¿¡Viste a Frin!?¿¡Viste a Frin, Alma!? Colgaron y volvió a sonar. Era la mamá de Frin. —¡Hace media hora que llamamos y da ocupado! —Y... no es fácil comunicarse con una estrella. Bromeó el abuelo. Frin saltó al teléfono. La mamá estaba que no cabía en sí misma del orgullo. —¡Todo el mundo llama para avisarnos que estabas en la tele! Ya no estaba enojada. La televisión es increíble, pensó Frin. —¡Te mando un beso enorme, mi amor! ¡Te extraño y te quiero mucho, mucho, mucho, y quiero verte pronto! Le pasó el teléfono a su papá, que lo felicitó por cómo había respondido. Bravo, Frin, fue muy valiente tu respuesta. Luego pidió que le pasara al abuelo, que le decía: —No es ninguna molestia, al contrario... creo que ya encontré la manera, al mediodía me lo confirman. Y colgó. Alma le preguntó: —¿Qué decías que conseguiste? —Que Frin pueda volver con sus papás. —¿Van a abrir los caminos? (Alma desconcertada). —Frin, ¿volaste alguna vez? —No. —Perfecto... ¿Viste ese avión que fumigaba un campo por ahí cerca? Lo pilotea el hijo de unos amigos, y carga los productos en tu pueblo, y me dijo que sí. —... ¿que sí qué? (sonó la voz tímida de Frin). —Que esta tarde te puede llevar con él. —... pero... yo no me quiero ir. —¿No querés ver a tus papás? —Sí, pero no me quiero ir ahora (miró a Alma)... no quiero dejarlos. —Nosotros, encantados de que te quedes, pero tus papás ya quieren verte (dijo el abuelo). —... es que... —... vamos a estar bien... podés volver tranquilo (Alma, con un nudo en la panza). —... estoy bien aquí. —Te prometo que nos vemos el sábado, Frin. —¿De veras? —(Alma besó sus dedos cruzados) Si no te dejan venir voy yo, el abuelo me lleva... ¿verdad, abuelo? —Bueno, de acuerdo (se rindió el abuelo, sonriendo). —¿Ves? (dijo Alma). —Bueno (respondió él, mirándola a los ojos). * El piloto confirmó el viaje. Los esperaba en el aeroclub, a las cuatro. Ésa fue una de las tardes más raras de sus vidas. Dejaron a Negrito con los abuelos y ellos salieron a caminar. Muy callados y cerca. De repente iban de la mano. De repente se soltaban porque alguien había visto a Frin en la tele y se acercaba a saludarlo. No era fácil estar solos. Pero encontraron su momento. —¿Te acordás cuando te regalé caramelos? (Frin, sonriendo). —(Alma sonrió): Sí. ¡Me los quisiste dar sin papel! —¡No fue a propósito! ¡Se me desarmaron en el bolsillo de lo nervioso que estaba! —¡Eran un asco! —¡Yo no pensé que los ibas a querer! ¡Creí que los tirarías a la basura! —Nunca hubiera hecho eso. —¿Por qué? —(Levantó los hombros)... me gustó que te acercaras. Siguieron acordando cómo harían para verse. Se hizo un silencio que Frin rompió. —Alma... —¿Qué? —¿Querés ser mi novia? —... ¿ya somos, no? (afirmó Alma, sorprendida por la pregunta). —¿Sí? —... desde anoche, ¿no? —Ah, sí, claro... Frin se agarró la cabeza, y se rieron. Ya sabían cómo era un beso. Y se dieron otro.
28 
—Un avión tiene tres ejes, ¿ves? Le decía el piloto a Frin. Iban carreteando hacia la cabecera de la pista, y le explicaba: —Uno vertical, por el que la nariz del avión va a derecha o a izquierda. —... ahá (y se sonaba los mocos). —... un eje transversal, que va de una punta a la otra, con el cual sube o baja la nariz... y un eje longitudinal, que es el que va de la hélice a la cola, y por el cual subís un ala y bajás la otra. Frin trataba de aguantarse, porque la despedida de Alma lo había emocionado. Hasta los abuelos soltaron su lágrima. El piloto quería ponerlo de buen ánimo; entonces le daba un curso de vuelo en cinco minutos. El avión seguía carreteando tranquilo en dirección de la cabecera, bamboleándose en la pista de tierra. Negrito ya no sabía dónde oler. El hangar había quedado a sus espaldas. Frin hizo un movimiento rápido para enjugarse una lágrima sin que lo viera el piloto. —Mirá, con los pedales controlamos el eje vertical y el transversal... y con el bastón controlamos el eje longitudinal... para arriba y para abajo. —... (Frin asentía en silencio, ya casi llegaban a la cabecera de la pista). —Para un viraje hacia la derecha, movés el bastón hacia la derecha, pero también hay que coordinar apretando el pedal derecho, para que el avión se banquee, se dé vuelta... éste es el velocímetro, mide la velocidad del viento que da de frente, entra por un tubo que se llama pitot, ¿ves? —... ahá. —Éste da la presión de aceite, y éste es el que mide el banqueo, porque a veces no se ve la tierra y no tenés referencia si estás derecho, torcido, patas arriba o con la cola adelante (se rió de su propio chiste). * Movió los pedales y el avión empezó a virar hasta quedar enfilado con la pista enfrente. El piloto tiró de una palanca y el motor se aceleró. —Estamos probando el motor... los magnetos. Frin veía a lo lejos el hangar, el auto del abuelo, y a ellos tres. —En la parte de arriba de los pedales está el freno, aceleramos... y aguantamos con el freno. El motor sonaba más fuerte: el avión vibraba con toda su fuerza sostenida por los frenos. —Subimos a dos mil revoluciones (levantó la voz, porque el motor rugía a toda potencia)... yyyyy… ¡Soltamos los frenos!
El avión dio un empujón hacia delante, y empezó a carretear, acelerándose cada vez más. El hangar se acercaba rápidamente. Frin percibió una extraña sensación cuando las ruedas se despegaron del suelo. Enseguida pasaron enfrente de Alma y los abueloque agitaban sus brazos. Él también levantó el suyo. Pero no alcanzó a contar a cinco y ya estaban muy alto. Subían rapidísimo. Era como flotar en algo más ligero que el agua. El piloto dio un amplio giro, viró hacia la derecha. Negrito miraba asustado, porque de golpe las cosas desaparecían y volvían a aparecer. El hangar se veía como una casita de juguete, la columna del humo de las gomas en la ruta, allá adelante. Enfilaron nuevamente sobre la pista, inclinó suavemente el bastón, y la nariz del avión obedeció bajando. Entraron en una suave picada, pero no para aterrizar, sino para pasar cerca de Alma y los abuelos.
—¡Saludá, Frin! ¡Saludá! Frin sacó el brazo por la ventanilla y pasaron enfrente de ellos. Alma agitó sus brazos. El piloto ladeó el avión, inclinando y subiendo las alas.
—¿¡Ves para que sirve el eje longitudinal!? ¡Para saludar como caballeros elegantes! Frin sonreía. El piloto movió el bastón hacia él y el avión ascendió súbitamente, como un carro de la montaña rusa, pero más poderoso y más libre.
—¡Aaaaaaaaajúúúúúúúúúúúúúúúú...! (gritaba el piloto, mientras viraba hacia la izquierda). ¡Gritá, Frin! ¡Gritá! ¡Cuando pasemos cerca de ellos da tu grito! Otra vez la columna de humo quedó adelante, y enseguida se perdió. Negrito temblaba.
—¡Mirá esta porquería! (protestaba el piloto mientras golpeaba una brújula que tenía adelante). ¡Aflojate, maldita!
—A ver yo (Frin le dio un golpe y la brújula se aflojó).
—¡Bravo! Ya te debo una reparación... ahora mirá lo que vamos a hacer. Levantó el avión, terminando de dar un viraje suave. Luego comenzó a inclinarlo y aparecía otra vez la pista, justo enfrente. Empujó el bastón, el avión se inclinó más que la otra vez, picando con fuerza. Lo fue nivelando a toda velocidad. El hangar estaba cada vez más cerca.
—¡Gritá, Frin! ¡Gritá! Los abuelos saludaban. Alma saltaba y mandaba besos con una mano. Frin sacó sus brazos y dio su grito.
—¡Aaaaaaaaajúúúúúúúúúúúúúúúú...!
—... (Negrito ladró, por las dudas).
—¡Eso es! (decía el piloto, dándole unos puñetazos al techo de la cabina).
—... (éste está loco, pensaba Frin y se reía).
—¡Así se hace, muchacho! Ahora sí nos podemos ir tranquilos (levantó la nariz del avión).
—Gracias (Frin, lleno de emociones, miró a Negrito)... pobre, él no entiende nada, porque vinimos en ómnibus y regresamos en avión... Negrito, la próxima vez viajamos a Nulda en avión y volvemos en ómnibus así se te endereza todo.
—Vamos a hacer una cosa... vamos a dar una vuelta, así hacemos tu bautismo de vuelo.
—Buenísimo (dijo Frin, contento). Pasaron al lado de la columna de humo que subía de las gomas. El piloto saludó a los sin camisa con las alas; ellos levantaron manos y palos. Por la ruta, en dirección de Nulda, venía un auto.
—No lo van a dejar seguir.
Le comentó Frin al piloto. Y siguió viendo el aire, las casitas de juguete. Los árboles de plástico. Para que el primer vuelo fuera realmente emocionante le ofreció a Frin que probara pilotear un poco. No era nada fácil. Frin quería tener el bastón quieto, pero el avión se inclinaba sin hacerle caso. El piloto lo corregía, y le regresaba el mando. Frin lo tomaba. No había manera. Como iban apretados en el único asiento de la cabina, el piloto se corrió más y le dijo que pusiera los pies en los pedales, sin sacar los suyos, y sostenía la mano de Frin. Casi le dejaba el mando del avión. Era difícil y hermoso. Frin sintió que quería seguir haciendo eso toda la vida. Eso y algo como lo del poeta que había leído en el picnic. La poesía era como volar, o al revés, o todo junto.
EPÍLOGO 
Lo que no sabían, ni Frin, ni el piloto, es que, en el coche que vieron pasar, iban unas personas a negociar con los obreros en huelga. Todo el país había visto las noticias, y no querían que el escándalo creciera. El motor suena como un trueno. Negrito estira la nariz para oler la corriente de aire que se filtra por las ventanillas. Desde arriba todo se ve tan prolijo. Como si las personas fueran las criaturas más ordenadas que existen. Nada parece moverse bruscamente. Como eso que pensó una vez que encendió un fósforo. Lo vio tan pequeño; sin embargo, para una hormiga era más grande, y para un microbio, más todavía. Quizás el Sol sea grande para nosotros, y sólo es un fósforo que se acerca a una cocina como una galaxia; y nosotros creemos que va despacio; pero va rápido. Vuela el avión, y flota en el aire de los pensamientos; como una palabra del libro que Frin llevó al picnic. Como si el avión fuera lo único que se queda quieto mientras la Tierra gira. El avión está quieto en el aire, y la Tierra da vueltas. Cuando el lugar donde queremos ir se pone debajo de nosotros, el avión baja. ¿Y para qué sirve el motor? Para que el avión suba y se quede quieto. Si no fuera por el motor, la Tierra arrastraría al avión, y siempre estaríamos en el mismo lugar. El avión y el motor son como los poemas, que sirven para dejar quietas las palabras, mientras nosotros giramos y nos movemos hasta entenderlas. Negrito se acomodó en la falda de Frin, que empezaba a divisar su pueblo. Abajo, el coche pasaba cuidadosamente entre las gomas. El molino seguirá trabajando. Levantarán la barrera; los abuelos llevarán a Alma, que también sentirá que está quieta, o que flota, mientras sus papás se acercan; y querrá ver a Frin. ¿Vivirá alguien en el cementerio? Tendría que regresar con Alma, y ver si es cierto. ¿Será la misma persona de la historia de la abuela? ¿Tendrá más de cien años, o ella se habrá equivocado en las cuentas? El piloto lo está dejando llevar el avión juntos. Esto es una de las cosas más maravillosas que le pasó en la vida. Conocer a Alma. Hacerse amigo de Lynko. Encontrar trabajo. Sus papás. Encontrar a Negrito; no, que Negrito lo encontrara, mejor dicho. Y quién sabe qué más sucederá, porque ¿dónde termina lo posible, cuando empezamos a vivir cosas que creíamos imposibles? ¿Le voy a contar a Lynko lo del beso?  
El piloto tomó nuevamente el mando del avión, y le dijo que lo había hecho muy bien. Frin se sintió orgulloso y una catarata de pensamientos o de decisiones. Le iba a decir a sus papás que en las vacaciones quería ir a algún lugar con montañas y mar.
Que miraran menos televisión. Que no importaba si la puerta de la heladera quedaba abierta. Que quería jugo de naranja. Dos vasos. O tres. Que aprendería a pilotear aviones, de verdad, no un rato nomás. Que participaría en las olimpíadas, aunque llegara último. Que se iba a comprar un buzo súper verde. Que si Ferraro lo empujaba, se la iba a devolver (es más, ojalá que lo empujara porque ahora tenía ganas de devolvérsela). Que iba a escribir un cuento para el concurso de fin de año; y le propondría a la Directora que hicieran una revista de la escuela, con noticias y bromas (podían llamarla Sandwich de tomate, y Lynko encargarse de deportes). Que volvería a visitar a los abuelos de Alma, y le pediría que le contara de cuando fue luchador; y le diría que organizaran una maratón de ésas de caminar, en Nulda. Que quería pegar
fotos en la pared de su cuarto, y si la pintura se arruinaba, no importa, él la pintaría de nuevo, o no se pintaría nunca más (Cuarto del escritor Frin, pintado por él mismo). Que le iba a decir a Lynko que podía venir con sus papás a visitarlos a su casa; aunque no fuera tan linda como la de él, y su papá hiciera esas bromas.
El piloto metía una palanca, y el motor del avión se desaceleraba. Frin sabía que en el aeroclub lo esperaban sus papás. No se imaginaba que también estaba Elvio; y que Lynko, Vera, Fede, Arno y todo el grado, habían ido a recibirlo con unos carteles pintados. Pensaba en Alma, y en que pronto la volvería a ver. Respiraba hondo, y el aire de la altura, fresco y profundo, entraban en él.