martes, 30 de septiembre de 2014

Frin, capítulos 24 al Epílogo

24
—¡La culpa fue tuya! (le dijo Fede a Lynko).
—¿i…!? ¿¡Y por qué va a ser mía!? (preguntó Lynko, riéndose).
—¡Él no tiene nada que ver! (Vera).
—¡Ay, sí! ¡Su noviecita lo defiende! (dijo otro, burlándose).
—¡Cerrá la boca! (dijo Lynko, serio).
—¡Sí es tuya, nene! ¡Porque vos sos muy amigo de Frin, y entonces tendrías que saber! (otra compañera).
—¡Si a mí tampoco me dijo nada! (Lynko, riéndose).
—¡Sí, seguro que te contó, y como son muy amiguitos no nos dijiste! (otro).
—¿¡Son tarados, ustedes!? ¿¡No ven que si no avisó es porque quería ir solo!? (Vera). Lynko se atacaba de la risa por este lío.
—¡¡¡SI SE RÍE ES PORQUE SABÍA!!! (gritó otra chica). En ese momento se cortó la discusión porque entró el papá de Frin al patio. Justo cuando Lynko se reía, pero no porque supiera, sino porque se había dado cuenta del plan de Frin, y se le hacía buenísima la manera en que se había escapado de todos. Lo que ocurrió fue que los del grado se encontraron en la terminal de ómnibus, a las tres, como había dicho Frin. Pero él no estaba. Ya va a llegar, dijo uno. Se quedaron esperando. Como tardaba en venir, no faltaron los que sacaron sus sandwiches y se los comieron ahí mismo. Frin no aparecía, a Lynko se le ocurrió ir a ver los horarios de ómnibus a Nulda y ahí se dio cuenta de que a las tres no salía ninguno.
—¿Se habrá equivocado? (Arno).
—No creo, porque el próximo sale a las cinco... es mucha diferencia (Vera).
—¿Qué hacemos? (Arno, perdido con su cara de perdido).
—Y, vamos a buscarlo a su casa, ¿no?, para ver por qué no vino... (Fede). Algo le hizo sospechar a Vera que ésa no era una buena idea:
—Mmm... mejor vamos a mi casa... y...
—¿¡Para qué!? (preguntó otra compañera).
—... y después lo llamamos por teléfono, más tarde... (terminó de inventar, Vera).
—¡Ay, nada que ver! Tiene razón Fede, vamos a su casa. Como Vera tampoco entendía qué estaba pasando, no opuso más resistencia. Así es que fue todo el grupo, como turistas que perdieron el avión, caminando hasta casa de Frin. Tocaron timbre. Asomó la mamá.
—¿Sí?
—Hola, señora, ¿está Frin? —Hola, Fede, ¿no está jugando con ustedes? Vera quiso hablar porque se dio cuenta del lío que se iba a armar; pero Federico le ganó de mano. —No, lo que pasa es que quedamos de ir juntos a Nulda, pero él se equivocó y a las tres no salían ómnibus. —¿¡Cómo que ir juntos a Nulda!? (preguntó la mamá).
 —No, señora, dijimos que a lo mejor, no era seguro (quiso disimular Vera).
—¡Mentira, nena! (la callaron entre todos). ¡No seas mentirosa!
—¿¡Y qué iban a hacer a Nulda!?
—A visitar a Alma, señora, ¿no le dijo Frin? (Fede). Adentro de su cabeza se hizo como un chispazo. Frin se había ido sin permiso.
—A ver, pasen al patio, chicos. Les dijo, y corrió hacia el teléfono. Llamó al club para buscar al papá de Frin. Cuando lo encontraron y le contaron, el papá regresó volando. Les hicieron mil preguntas a los compañeros de grado, pero ellos contestaban cualquier cosa, porque no sabían nada, y porque se estaban echando la culpa unos a otros. Algunos porque Lynko tendría que haber sabido, otros porque al venir así es como si lo hubieran acusado a Frin, otros por quién sabe, y otros por las ganas. Aquello era un hervidero de la-culpa-es-tuya-no-tarado-la-culpa-es-tuya. El papá salió corriendo hacia la librería. Estaba cerrada, tocó en la casa. A Elvio se le hizo muy probable que Frin se hubiera ido a Nulda a visitar a Alma, pero lo tomaba con calma y risa.
—Son cosas de muchachos, qué peligro va a haber.
—Muchas gracias, Elvio (lo cortó secamente el papá, y se dio vuelta).
—Espérese, espérese... a ver... déme media hora y lo llamo para darle el número de teléfono de los abuelos. —¿Lo tiene? (preguntó afligido el papá).
—Se lo puedo averiguar, déme media hora. El papá agradeció y regresó a la casa rápido para contarle a la mamá de Frin. Y fue en ese momento que abrió la puerta del patio y encontró a los compañeros de Frin discutiendo.
—... pero ¿¡son tarados, ustedes!? ¿¡No ven que si no le avisó a nadie es porque quería ir solo!? (Vera). Lynko se mataba de la risa de todo este lío que se había armado.
—¡Ves! (gritó otra niña, furiosa). ¡¡¡SI SE RÍE ES PORQUE SABÍA!!!
 La mamá estaba tratando de calmarlos y aprovechó el silencio para preguntar.
—¿Averiguaste algo?
 —En media hora Elvio nos consigue el teléfono de los abuelos de Alma.
 —¿¡En media hora!? (se quejó impotente la mamá).
—¡Ven, tarados! ¡Ahora por culpa de ustedes los papás de Frin están asustados! (gritó Vera).
—¡Ah! ¿¡Y qué querías que hiciéramos, eh!? Le contestó otra compañera, en medio de las protestas y acusaciones de todos contra todos que se habían vuelto a desatar. Y esta vez los hizo callar el timbre del teléfono.
—¿Ves que no hubo que esperar tanto? Ya lo consiguió. La mamá corrió a atender.
—Hola... (se oyó una voz grave), habla el abuelo de Alma...
—¡Sí, soy la mamá de Frin, dígame!
—Ah, mucho gusto, señora; mire, no se asuste, Frin está acá al lado mío, está perfectamente bien, ahora se lo paso... La mamá sintió que le volvía el aire al cuerpo. Del otro lado el teléfono cambiaba de manos.
—... hola... ¿mami?
—¡Frin, por favor, hijo! ¿¡Qué hiciste!?
—... vine a visitar a Alma, mami.
—¿¡Pero cómo te vas a ir así!? ¡Sin permiso, sin avisar!
—... perdón, mamá.
—¿¡Cómo no nos dijiste nada!?
—... (porque no me hubieran dejado, pero como que no era momento para ese comentario). El papá pidió el teléfono.
—Hola, ¿Frin? Dijo muy serio, pero del otro lado también había cambiado de manos el teléfono y volvió a sonar el abuelo.
—¿Hola? ¿Es el papá de Frin?
—Sí.
—Mucho gusto, soy Remo, el abuelo de Alma... miren, Frin está acá en casa, lo más bien, no se asusten.
—Muchas gracias... y disculpe toda esta molestia...
—No es ninguna molestia y...
—... yo ahora pido el auto a un vecino y lo vamos a buscar inmediatamente.
—... no, mire, el problema es que cortaron la ruta...
—¿¡Cómo!?
—El molino harinero de Nulda amenaza con cerrar, entonces los obreros se declararon en huelga y tomaron la ruta hacia los dos lados; yo no les recomiendo que intenten cruzar.
—¿Y cómo vamos a hacer? (preguntó el papá desorientado).
—Por eso, ustedes no se preocupen... Frin está en casa, seguro... vamos a averiguar cómo está la situación.
—Pero ¿Nulda está aislada, entonces? (el papá).
—Completamente... no creo que dure mucho, alguna solución tendrá esto; por eso yo digo que mejor Frin se queda a dormir acá, tranquilo, y capaz que mañana ya se arregló todo.
El papá volvió a agradecer, no sólo por lo que ofrecía el abuelo, sino por la calma que le transmitía, y pidió hablar con Frin. Se lo pasaron, y muy serio le recomendó que le hiciera caso a los abuelos y que se portara bien. Ellos lo irían a buscar cuanto antes. No lo iba a retar delante de los compañeros del curso, ni delante del abuelo; pero habló tan serio que era casi lo mismo. La mamá pidió el teléfono y le dijo algo parecido. Colgaron. Colgaron. Colgaron.

 Se hizo un largo silencio a los dos lados de esa llamada. Los papás explicaron lo que estaba pasando.
—¡Buenísimo! ¡Vamos a la ruta a ver! (dijo Fede entusiasmado, pero todos lo miraron muy serios).
Volvieron a sus casas, y el papá se cruzó a lo de un vecino, que ya había oído lo de la huelga. Fueron hasta la ruta pero no dejaban pasar. Había una larga fila de autos que hacían maniobras para regresar. Más adelante, una negra y densa columna de humo salía de unas gomas quemadas que cruzaban todo el camino. La nube subía alta, alta. En casa de los abuelos, encendieron la radio, para seguir las noticias. Había sólo dos cuartos, el de los abuelos y otro en el que estaba Alma. La abuela le indicó que él dormiría en el sillón grande que había en la sala. Frin les pidió disculpas por estas molestias. El abuelo sonrió y le acarició la cabeza. Alma estaba callada, acomodándose a la situación. El problema era que ella, en la terminal, había contestado esas preguntas porque Frin se estaba yendo, no porque se estaba quedando. Por una parte se sentía incómoda porque él iba a estar demasiado cerca; pero también estaba contenta. Y lo que es peor, por lo mismo. Después de cenar salieron con sillas a sentarse en la vereda.
—¡Abuela!, ¿por qué no le contás lo de la casa del campo? (se acordó Alma).
—No, no, no... —Después van a soñar (dijo el abuelo).
—¡Es del cementerio viejo, Frin! ¿Te acordás que te dije que ella sabe algo? Antes no estaba ahí (giró hacia la abuela) ¡Dale, por favor, contale!
—No (dijo ella)... no estuvo siempre... Negrito se acomodó como para dormir en las piernas de Frin. La calle estaba tranquila no pasaba ningún auto. La abuela no se veía, sólo su silueta, contra la luz de un foco que estaba en la esquina, a media cuadra.

—Ahí antes era campo... un desierto, no había carreteras, ni trenes... ahí había una casa de una gente muy muy pobre. Era una familia joven, el papá, la mamá y un bebé... no hablaban con nadie, no se mezclaban, no venían a la fiesta del pueblo, no se los veía en misa... pero eran trabajadores. Buena gente, pero que hacían su vida. Una vez, estaban trabajando en unas máquinas muy grandes, a vapor... parece que no se dieron cuenta de que la máquina estaba levantando demasiada presión... querían terminar rápido porque se venía una tormenta, entonces el jefe mandó a decirle al muchacho este, el papá, que le pusiera más carbón... y él, que no sabía de esas máquinas, no se fijó en la aguja de la presión... cargó su pala, y la máquina explotó... como una bomba... cuando le dieron la noticia a la señora, juntó sus chucherías, le prendió fuego a la casa, y se fue... pasaron los años y un día se vio que ahí vivía alguien.
—¿Quién? (Frin).
—Decían que era el fantasma del papá... otros, que era el hijo de ellos, que había vuelto... yo creo que debe haber sido algún vagabundo, pero lo que contaban es que si uno quería entrar a lo que había quedado de la casa, llovían piedras en el techo... se sentían los golpes, toc, toc, toc, de las piedras.
—¿Era el señor que las tiraba? (Frin).
—Nadie las tiraba, caían del cielo... entonces, los del pueblo dijeron que ahí había que hacer un cementerio. —¿Y qué pasó con el señor que vivía en la casa? (Frin). —Siguió viviendo en el cementerio (el abuelo).
—¿Te acordás de que nosotros vimos algo? (le recordó Alma a Frin).
—No puede ser el mismo (dijo la abuela), esto pasó hace mucho... tendría más de cien años si viviera.
—Hay gente que tiene más de cien años (Alma). Levantaron las sillas y se fueron a dormir. Los abuelos a su cuarto. Alma al suyo. Frin al sillón. Negrito, encima de Frin, que seguía con los ojos abiertos, en la oscuridad. Qué día más largo...
25 Frin abrió los ojos. Vio una pared que nunca había visto. Se sintió raro despertando en esta sala en la que había pasado su primera noche fuera de casa. Se acordó de todo lo que viajaba el papá de Lynko. ¿Será así despertarse en distintos hoteles? La luz daba en las cortinas encendidas y se oían ruidos en la cocina. Eran los abuelos que hablaban en voz baja para no despertarlos. Frin miró la pintura vieja de la pared. Al lado de ésta, su casa parecía tan linda como la de Lynko. Al lado de la casa de Lynko, se parecía más a ésta. Extrañaba su casa. ¿Será que iba a poder volver hoy, como decía el abuelo? ¿Será así despertarse en hoteles? No, no debía ser así, porque Negrito venía caminando por su espalda, moviendo la cola. Cerró los ojos para hacerse el dormido, y enseguida sintió el hocico olfateándole la oreja. Se hundió en las sábanas. —Negrito, por la oreja no se sabe si la gente está despierta. Negrito lo ladró. —Ah, ¿ya estás despierto? Arriba, vamos, a desayunar (se asomó el abuelo). Frin fue a la cocina, la radio estaba puesta muy bajita, y daba las noticias. Saludó a los abuelos con un beso, a Alma, le dijo hola. —Parece que va para largo, eh... (le comentó el abuelo, señalando la radio), yo no sé, no digo que no tengan razón, pero hacer este lío... dejar al pueblo incomunicado, es una locura. * Después de desayunar, Frin y Alma salieron a caminar con Negrito, que ya se creía de Nulda. Se les adelantaba y ladraba, pero no porque hubiera visto un perro, sino así, por las dudas. Entrenaba el músculo de ser valiente. Ellos evitaban lo que se habían dicho en la terminal. Por suerte se encontraron con la señora Rosa, que cargaba un bolso y caminaba con dificultad. Se le acercaron. —¡Hola, la parejita! ¿Cómo les va? —... (¿la parejita?, pensó Frin, la vieja enloqueció otra vez). —¡Hola, Rosa! (saludó Alma contenta), ¿te ayudamos? —Ay, sí, qué amores que son. Les dio la bolsa y, como era su costumbre, no paró de hablarles. Les contó que su hija es empleada del molino, y su yerno también. —O sea que si se quedan sin trabajo es un desastre, un desastre, tiene dos hijitos... ay, yo no sé. Les llevaba sandwiches y frutas. Frin se sorprendió. Él se había imaginado que los de la huelga eran peligrosos, y resulta que aquí estaban acompañando a la señora Rosa, con su paso rengo, a llevarle frutas a su hija. Se imaginó él mismo en una huelga, pidiéndole a su mamá que le llevara sandwiches de tomate. Sus preferidos.
En dirección de la ruta se veía una espesa columna de humo. Tan densa que subía con esfuerzo. A medida que se acercaban se veía la hilera de gomas quemándose, cruzada sobre la ruta. Ya no había autos a los dos lados, pero sí un revuelo de gente. A Frin le hizo acordar una pintura, uno de esos cuadros de la revolución que tenían en la escuela. Lleno de héroes y próceres después de alguna batalla de cuando se fabricó la patria, como puso Fede en un examen. Sólo que éste era más pobre, y no había tanta gente, ni soldados, ni una bandera; ni nadie miraba al cielo y acá quemaban gomas, había perros jugando, y el avión pasaba fumigando un campo cercano. Bueno, no; nada que ver con un cuadro de la revolución, pero hacía acordar a uno. Negrito iba escondido tras los pasos de Frin, que terminó por alzarlo con su mano libre. La señora Rosa seguía avanzando como un barco roto y constante. Unos tipos se habían quitado las camisas y se las habían atado en la cabeza. Tenían palos largos y estaban acomodando las gomas para que se quemaran mejor. Otros dos conversaban y se pasaban una botella de vino, sin parar de hablar; tomaban del pico. Unos chicos corrían alrededor de una señora que los retaba, sin que le hicieran caso, y ella seguía hablando con uno que también estaba con el torso desnudo: era muy panzón, levantaba los hombros a cada rato y movía los brazos para cada palabra que decía. Finalmente se acercó una muchacha joven y le dio un beso a Rosa. Ésa era la hija, estaba embarazada. Apoyaron el bolso en el suelo. Uno vino a darle un beso a Rosa. Era el marido de la hija. Otro de los sin camisa, no era oficinista, hasta descalzo estaba. Tenía las manos sucias de carbón.
De pronto se oyó una sirena que pedía paso; una ambulancia se acercaba a toda velocidad. Se abandonaron las conversaciones. Los niños dejaron de jugar. A pocos metros la ambulancia hizo chirriar sus gomas con una frenada. El chofer se asomó por la ventanilla.
—¡Dejen pasar! ¡Es una emergencia! Los de la barrera se apuraron a correr las gomas. El chofer se puso nervioso e hizo sonar la sirena. Frin pensó que no había que hacer eso, ya estaban corriendo todo, ¿para qué la sirena? Se le hizo sospechoso. Él había visto muchas ambulancias en el hospital donde trabajaba su papá, pero a ésta nunca. Se escabulló entre el grupo y consiguió mirar a través de los vidrios. Había alguien acostado sobre la camilla. Eso lo había visto muchas veces; pero éste tenía los zapatos puestos, que asomaban por debajo de la sábana. El que parecía médico transpiraba nervioso. El chofer volvió a hacer sonar la sirena. Frin quiso advertirle al yerno de Rosa; pero éste lo tomó y lo alejó de la ambulancia, que pasó por el espacio que le abrieron.
—Es que...
—Espera, pibe.
—... había algo raro...
—Después, querido (lo calló el yerno, y se fue a regresar las gomas a su lugar). La señora Rosa les dijo que mejor se fueran a casa, porque ahí los ánimos estaban un poco caldeados. Se alejaron caminando. Frin bajó a Negrito y le dijo a Alma:
—El médico tenía el estetoscopio roto.
—¿Qué? (preguntó extrañada).
—El médico que estaba con el paciente, tenía el estetoscopio colgando del cuello.
—Así lo usan, ¿no?
—Sí, pero estaba roto... le faltaba la cosa esa que apoyan para oír: terminaba en el tubito nomás.
—¿Se le habrá roto en el apuro?
—No creo, y el paciente iba con los zapatos puestos.
—¡Ay, Frin! ¡Mira en lo que te fijaste en medio de todo eso!
A la tardecita Frin llamó a sus padres. Antes de la cena encendieron el televisor. Mientras iban cambiando de canales, Frin alcanzó a ver algo y dijo:
—¡Ése! ¡Vuelva a ése, Remo!
—No, no, no... yo tengo mi programa.
—¡Por favor, Remo! ¡Alma, estaba la ambulancia que vimos hoy! (Frin).
—... (el abuelo buscó el canal).
—¡Alma! ¡Mira la ambulancia! (exclamó Frin).
—¡Es cierto! ¡Es la que vimos! (gritó ella). Explicaron agitadamente a los abuelos, mientras veían cómo el periodista entrevistaba a un señor de saco.
—¡Es el gerente del molino! (exclamó el abuelo, que dio un salto y subió el volumen). —... hoy tuve que escapar, literalmente, escapar escondido...
—¡Viste, Alma, que no era un paciente de verdad! (Frin).
—... escondido en esta ambulancia porque mi vida corrió peligro... nos amenazaron, y no nos querían dejar pasar. ¡Imagínese! ¡A una ambulancia!
 —¡Qué mentiroso! (Alma, indignada).
...ese pueblito tendría que estar agradecido por la fuente de trabajo, en vez de alterar el orden de esta manera, y poner ellos mismos sus trabajos en peligro...
—¡Qué miserable! Quieren hacer su negocio mandando el molino a la quiebra, y resulta que somos nosotros los peligrosos. Exclamó enfurecido el abuelo, y ahí las noticias pasaron a otra cosa.
—¡Viste que no era un médico de verdad!
—¡Tenías razón! (Alma).
—¡Vamos a la ruta a avisarles! (Frin).
—¡No, no, no, ustedes se quedan acá! (el abuelo, nervioso).
—¡No, pero con ustedes, vamos con ustedes!
—¡Sí, abuelo, hay que ir! ¡Ese señor está mintiendo!
—¡Claro que está mintiendo! (el abuelo indignado).
—¡Y seguro que va a seguir mintiendo y van a cerrar el molino!
—Pero... ¿¡y qué podemos hacer!?
Preguntó la abuela. Alma se quedó pensando, y Frin propuso, tímidamente.
—... y, llamemos al canal.
—Eso sí. Aprobó la abuela. El abuelo la miró muy serio, sopesando la idea. Miró a Frin, y dijo:
 —Tenés razón. No podemos quedarnos de brazos cruzados. Llamó al canal, lo pasaron con Noticias, y les explicó. Le dijeron que iban a enviar unas cámaras. Eso lo tomó por sorpresa. Él sólo había llamado para desenmascarar la mentira; pero ahora resulta que venían los de las noticias. Cambiaba la situación. Colgó excitado. Les pidió que buscaran los teléfonos de algunas radios, y llamó al intendente de Nulda para explicarle lo sucedido y avisarle que iba a venir la televisión. Quedaron en reunirse temprano en la mañana. Frin alzó al perro y le dijo:
 —¡Negrito! ¡Va a venir la televisión! ¡Vas a tener que transformarte, urgente!

Al otro día el intendente se reunió con el abuelo y otras personas. Decidieron que todo el pueblo debía apoyar a los de la huelga. Tenían que unirse, no podían permitir que mintieran sobre lo que sucedía acá. Además, el molino era la principal fuente de trabajo, sin ella peligraba Nulda. La radio local empezó a hacer correr la noticia, una camioneta con un gran parlante encima, también; y el abuelo, cuando llegó a casa, contó:
—A partir del mediodía se va a hacer un cierre simbólico de todos los negocios, o sea que si hace falta algo de comida, hay que apurarse. La abuela asentía con la cabeza, orgullosa.
—Se está pidiendo que esta noche no se encienda ninguna luz. Vamos a hacer un apagón: en todo Nulda no tiene que haber una sola luz prendida.
—¿Velas tampoco? (preguntó Alma).
—Velas sí (contestó sonriendo el abuelo), y a las nueve de la noche va a haber una marcha hacia la ruta, en señal de apoyo.

—¿¡Nosotros también!? (Alma, entusiasmada).
—No, ustedes se quedan (el abuelo).
—Remo, no los vamos a dejar solos en casa... (la abuela).
—(Pensó)... no, claro.
—... que vengan con nosotros. Frin no lo podía creer; él había querido hacer un viaje de dos horitas nomás, y ahora estaba como metido en un cuadro de la revolución. Se imaginó que venía un pintor y que él miraba al cielo y sostenía una bandera, mientras Negrito le mordía el tobillo al enemigo.
—Y vamos a pasar la noche allá (terminó de decir el abuelo).
—¡¡¿¿En la ruta??!! (gritaron entusiasmados Alma y Frin).  
—... así que hay que abrigarse, niños, no quiero resfriados. Frin trató de acordarse, ¿había visto en una de esas pinturas a alguno resfriado? No. Muertos sí; pero resfriados no. Se acordó del cuadro que había en la escuela y se imaginó en medio de los próceres nacionales, las banderas, el humo y la gente mirando el cielo... y él sonándose la nariz. Nada que ver, ni loco pensaba resfriarse.
26 Buscaron ropa abrigada y rústica, porque iban a estar sentados en la ruta. Frin no tenía otra ropa que la puesta, así que iría con un suéter que le prestaba Alma. El abuelo se había ido a organizar la marcha. La abuela decía: —Organizar la marcha... si en Nulda somos dos gatos locos. ¡Pero él quiere estar ahí! ¡No se aguanta! (y se reía). —¡Abuela, estamos haciendo demasiado sandwiches! (Alma). —Bueno, pero allá hay gente también, ¿no (contestó sonriendo). Se hizo la tardecita y empezó a llegar la oscuridad sin nada que la empujara: no había luces encendidas en Nulda. Salvo el hospital, todo brillaba de oscuro. La abuela repasaba las provisiones, cuando llegó el abuelo. —¿Hace falta algo? —Tranquilo, guerrero (respondió la abuela guiñándole un ojo a Alma y Frin), ya está todo. A ver chicos ayúdenme: la bolsa con los sandwiches, los termos con el café, servilletas... —... agua (repasó Alma). —... agua (repitió la abuela). —... las frazadas (dijo Frin). —... las frazadas (repitió la abuela), las velas... —¡El Negrito! (Frin). Se rieron los cuatro y Negrito debió haber entendido que estaban ladrando porque él también ladró. Finalmente llegó la noche. Con luz de estrellas y de velas. Silencio. Se oían todos los ruidos, las pisadas, el tic tac de los relojes, una mano que se apoyaba en un mantel. A las nueve fueron hasta la plaza. Había una multitud de gente: jóvenes, viejos, niños. Todos con faroles y velas en las manos. Hasta ese momento, Alma y Frin estaban divertidos como en una aventura. Se pusieron a hablar con otros niños. Pero cuando empezó la marcha y se formó la columna de gente que, a paso lento, bamboleando sus velas y sus faroles, se encaminó hacia la salida del pueblo, Alma y Frin sintieron que estaban en algo grande. Los de la ruta los recibieron con gritos, aplausos, toques de tambor, y ellos respondían, también, con gritos, silbidos, levantando las velas y los faroles. Frin miró a Alma. Nunca en mi vida viví algo así, le dijo él con los ojos. Yo tampoco, respondió ella con su mirada. Los huelguistas se adelantaron y se fundieron en abrazos y gritos invencibles. Eran lo más grande, lo más grande del mundo.  
La multitud se acercó a las llamas, se hizo una rueda con faroles y velas. Se acomodaron juntos, familias y amigos. Gritaban y hablaban en voz alta o se reían. Negrito ladraba a unos perros que ni le hacían caso, y se asustó cuando uno se acercó a olerlo. Como a la hora llegó un periodista y sacó fotos. Más tarde todavía, una radio entrevistó al intendente, que estaba con su familia. Algunos ya habían empezado a cenar. Alma y Frin mordieron sus sandwiches como si fueran los primeros de sus vidas. El abuelo destapó su botella y le ofreció a un viejo amigo, que también llevaba la suya. La abuela acomodó más sandwiches encima del mantel. Fueron pasando las horas, y poco a poco iban llegando más periodistas; los de la televisión, no. Negrito mordía un hueso. Alma y Frin ya se habían hecho varios amigos y los dejaron acomodar el fuego con los palos.
—¿No tienen sueño, ustedes? (les preguntó la abuela, cuando los vio pasar).
—No, nada. Respondió Alma, y siguieron camino. El abuelo ya estaba bastante alegre y cantaba abrazado a otros señores. La abuela comentó, divertida:
—Se hizo tenor.
—Vamos a caminar (dijo Alma a Frin). Fueron hasta la barrera de gomas quemándose. Se acercaron tres niños a invitarlos a caminar. Partieron los cinco hasta la entrada de un camino entre dos campos, lejos de las luces. Alma se acordó de la vez que fueron al cementerio viejo y se lo contó a los demás, agregando la historia de la abuela. Discutieron sobre si ese hombre podía vivir todavía o no, hasta que los demás medio se asustaron y se fueron.
 La noche era tan oscura y limpia y cargada de estrellas, que no sólo se veía el cielo, sino que se sentía el espacio. Con sus soles, cometas y planetas invisibles. Y que la Tierra es un astronauta flotando.
—Parece un cielo dibujado por Vera (dijo Frin susurrando).
—Es cierto... ¿viste allá? (Alma).
—¿Qué cosa?
—Ésa que parece una estrella, pero se mueve (Alma, bisbisando).
—... no, no me doy cuenta cuál... (Frin, inclinándose hacia Alma, para ver lo que ella veía). —... ésa (inclinó su cabeza hacia Frin, sin dejar de mirar el cielo), ésa... ¿ves?
—Sí (Frin, sin regresar a su lugar, inclinado)... sí, es un satélite.
—Sí (sin alejarse de él).

Se quedaron como dos ramas, apoyadas una en la otra. Callados.
—¿Oís? (musitó Frin).
—... ¿qué cosa?
—... (Frin hizo una seña con la mano, abarcándolo todo).
—... (Alma asintió callada, con los ojos abiertos). Era el silencio que bajaba con todos sus caballos, como juguetes de vidrio con agua adentro y era el silencio que bajaba con sus caballos, como esos juguetes de vidrio, como el silencio con sus caballos blancos y oscuros, y esos juguetes con agua adentro, que cuando se dan vuelta cae la nieve. Así caían los caballos del silencio, rodeando la luz en que flotaba la noche.
Y era la noche que se caía como en esos juguetes de vidrio con agua adentro y copos blancos como de nieve que caen blancos y oscuros, y todo tan quieto y tan lento y era la noche y eran los copos y alguna mano más grande que el mundo que estaría dando vueltas su juguete de vidrio con agua adentro para ver cómo caen los copos de los caballos blancos y oscuros del silencio.
Y cuando los copos llenaban el campo, la mano daba vuelta al juguete y subían; y era la mano que otra vez daba vuelta al juguete de vidrio con agua adentro para que los copos suban con los caballos del silencio y la luz blanca de la Luna que mira al gigante que juega para que Frin y Alma vuelvan a ver cómo caen los copos blancos y oscuros y es la cabeza de Alma que apenas se cansa, que se cansa un poco y descansa apenas descansa de que se cansa un poco en el hombro de Frin, y es el hombro de Frin que como dos ramas apoyadas una en la otra descansa un poco, apenas, en la cabeza de Alma.
Y los copos volvieron a bajar y los rodearon de espirales blancos en el blanco o negros en el negro, y Frin pasó su brazo por el hombro de Alma. Y ella, como si hubiera esperado ese gesto desde toda la vida, desde que era bebé y estaba como esos juguetes de vidrio con agua adentro, que cuando se dan vuelta cae la nieve, se aflojó en el brazo de Frin. Mirando los copos blancos de los caballos del silencio del cielo dibujado por Vera se quedaron un millón de para siempres. Cuatro millones de ondulomil de mil millones de infinitos. Frin quiso mirarla, corrió su brazo y levantó despacio su cabeza. Se dio vuelta hacia ella. Alma también quiso mirarlo. Se quedaron. Ojos muy cerca de los ojos de cascabelito lindo. Muy cerca de la nariz que está cerca de la nariz de los ojos de cascabelito cascabelito lindo. No fue que Alma se acercó, sino que algo profundo y sencillo se le aflojó adentro. Frin se inclinó hacia adelante y cerró los ojos. Alma cerró los ojos y se inclinó. Frin sintió, delicadamente, los labios de Alma con sus labios. Primero Frin sintió, delicadamente, los labios de Alma con sus labios. Luego, Frin sintió a Alma con sus labios, y Alma sintió a Frin con los suyos. Y eso era un beso.  
27
Frin soñaba con un ruido un ruido de motor, hasta que se fue despertando, entreabrió los ojos y vio que era el ruido del avión que fumigaba un campo. Ya era la mañana. El avión hacía una picada, volaba al ras, soltaba su llovizna, y remontaba altura cerca de una hilera de árboles. Frin se refregó los ojos con la mano. Estaba un poco fresco. Se acordó de que habían venido a recostarse cerca de los abuelos, y ahora veía que ella los había cubierto con la misma frazada. El abuelo dormía profundamente del otro lado. Se sentó. Saludó a la abuela, que le ofreció un poco de café con leche. Alma seguía dormida, apoyaba su cabeza en el regazo de la abuela. Negrito se había hecho un bollo debajo de un brazo del abuelo.
—¿Qué hora es? (Frin).
—Deben ser las seis... (le contestó). Se dejó caer sobre la frazada, ¿las seis?, nunca se levantaba tan temprano. La abuela le alcanzó la taza de café con leche. Se sentó y tomó el primer sorbo mirando hacia la barrera. Por todas partes había gente durmiendo. Algunos de los sin camisa estaban hablando con los periodistas. Del otro lado de la barrera vio un camión grande. Tenía las letras del canal de televisión. O sea que sí, habían venido. Fue hasta donde había más movimiento. De algunas radios estaban entrevistando, unos al intendente, otros a los obreros del molino. Los del canal acababan de llegar y preparaban sus cámaras, llenando todo con sus cables. Algunos sin camisa corrían las gomas con sus palos, para hacer un pasadizo. Frin regresó donde estaba la abuela. Negrito salió a su encuentro. Lo alzó en brazos. El abuelo ya estaba sentado; tomaba una taza de café. Alma bostezaba. Les contó que los de la televisión ya habían llegado; entonces el abuelo se incorporó rápido, se acomodó el pelo con las manos y fue con la taza hacia la barrera.
—¿Vamos a casa? (Alma).
—Esperamos que hagan la nota, ¿no? (la abuela). Los de la televisión no tenían tiempo de grabar, y enviar el video: iban a transmitir directamente. Saldrían al aire en vivo, en el noticiero de la mañana. Eso les contó el abuelo.
—... tres minutos. —¿¡Nada más!? (exclamó Frin).
—Así es esto (comentó el abuelo, desencantado).
 Los encargados de producción del canal caminaban agitados, gritándose y dándole órdenes a la gente.
—¡Cuando se acerque la cámara no saluden! ¡Si les hacen una pregunta tienen que contestarla muy rápido! ¡Tenemos dos minutos solamente! ¡Dos minutos, atención!
—¿Dos minutos? (Frin, miró al abuelo). Uno del canal se acercaba a ellos, y le gritó a otro que estaba lejos: —¡Acá está el chico que no puede regresar con sus padres! Frin sintió un frío en el estómago, miró a Alma. Ella abrió los ojos y la boca. El de producción lo despeinó.—Pibe, desarreglate un poco (se fue). —¿Por qué? (protestó Frin, mientras se volvía a peinar). ¡¿Qué le pasa a éste?!
—Para impresionar a la audiencia, Frin (Alma, echándose hacia atrás, como si se clavara un puñal en el pecho). Se rieron todos. Pero los del canal ya estaban otra vez a los gritos. Que nadie se moviera. En cinco minutos estamos en el aire. Saquen esa comida de ahí. —¡Qué prepotentes son! ¿No, abuela? (Alma). —Se creen héroes (Frin). Encendieron unas luces blancas. Dos tipos cargaron sus cámaras al hombro. Frin vio cómo una maquilladora le ponía polvo al reportero, otra lo peinaba, y él, con su cara de vaca aburrida. —¡Frin! ¡Despeinate! (Alma, entre nerviosa y divertida). —¡No! ¡Sangre! ¡Ellos quieren sangre! (se rieron). ¡Mordeme, Negrito! ¡Arrancame un pedazo! Vio que uno de producción le hacía señas de que se callara. La transmisión había empezado. Se dirigían hacia él. Sin que se diera cuenta, otro de producción había venido sigilosamente por detrás. Lo despeinó, le desarregló el pulóver, y quiso desatarle las zapatillas. Frin se volvió a acomodar todo, el tipo le mostró los dientes furioso: ¿Qué le pasa a este chico? Pero se tuvo que retirar porque las cámaras ya estaban ahí, y el reportero venía diciendo: —... incluso tenemos el caso de un niño que no puede regresar con sus padres, decinos tu nombre, querido (hizo como que le acariciaba la cabeza, pero lo despeinó). —... Frin (se acomodó el pelo, confundido). —Esta pobre criatura, señores (decía a la cámara con tono melodramático), quedó atrapado, señores, a-tra-pa-do... ¿Atrapado?, nada que ver... pensó Frin. —... apresado de este lado de la barrera de los huelguistas, decinos, Rin... —Me llamo Frin (lo corrigió). —(Niño idiota). Sí, mi amor, extrañás a tu familia, ¿verdad? ¿Estás asustado? —(¿Qué le pasa a éste?, ¿por qué pierde tiempo conmigo?)... no, estoy aquí con mis amigos. —(Maldito niño). Claro, mi amor, claro, te habrás hecho amigos, digo... pero estarás angustiado, desesperado, ¿verdad? —No, los que están asustados son ellos, porque pierden su trabajo. Al reportero le apareció un tic nervioso en un ojo, maldito niño. Frin estaba cada vez más nervioso: no le gustaba esa presión sobre él, las cámaras, y que lo rodeara la gente. El reportero quería salvar la nota e insistió, simulando que era amable, pero poniendo la voz más tensa, y eso le ponía peor el ojo del tic.
—Claro, pero decime, criatura...—... (Frin le miraba el ojo del tic, porque parecía que transmitía en clave morse). —... ¿te parece peor que estos vándalos corten una ruta nacional? —¿Cómo? (ni siquiera pregunta bien). —... claro y que vos estés separado de tus padres, perdiendo días de escuela (irritado). —Yo... yo puedo perder unos días de escuela... pero la escuela ahí está y vuelvo; si ellos se quedan sin trabajo es peor, ¿no? Frin notó que su respuesta no le agradó al reportero, y se puso más nervioso. Todos lo miraban, y uno de producción le hizo señas de que se apurara a hablar, y otro le hacía señas de que se despeinara. Entonces se puso peor, miró al reportero y soltó lo primero que le vino a la cabeza: —Imagínese que a usted lo echen del noticiero... Se hizo un terrible silencio en el ambiente, que duró menos de un segundo, pero en el que todo quedó suspendido de un hilo. —... ¿co... c... cómo? (balbuceó el reportero). —... imagínese que a usted lo echen, que lo despidan del noticiero, ¿qué haría? Como si toda la gente se hubiera puesto de acuerdo, estallaron en un grito festejando la ocurrencia de Frin. Los camarógrafos tenían la orden de cerrar la nota enfocando al reportero; pero el grito de la gente fue como una explosión. Como el estallido de una tribuna. Entonces, por reflejo, en vez de enfocar al reportero, tomaron a la gente dando ese grito. Y justo ahí. Justo ahí, a los del canal se les hizo tan buena la toma, que cortaron la transmisión. El reportero tomó el micrófono para cerrar la nota; pero uno de los de producción le hizo una seña de No va más. Ya no estaban al aire. El pobre tipo quedó convertido en una pasa de uva, un pañuelo de papel. La gente aplaudía a Frin. Negrito ladraba a todos, porque creía que los estaban atacando o porque la televisión lo ponía nervioso o porque le había dado por hacerse el guardaespaldas. Frin miró a Alma y levantó los hombros, como diciendo... uy. Ella ponía los ojos bizcos, y se reía feliz. Lo cierto es que la toma de Frin haciéndole esa pregunta al reportero, y la gente estallando en un grito, había llegado a todo el país. Y después volvieron a pasarla en el noticiero de las doce, y en el de la noche. Y en un programa de humor también la usaron, para criticar al reportero. * Regresaron a casa y el abuelo insistió en llevarlo en los hombros. —¡No, Remo! ¡No! (Frin, divertido). —... (Negrito ladraba).  —¡Ey! (el abuelo hacía que protestaba), ¡así firmo algún autógrafo yo también! Cuando llegaron el teléfono estaba sonando. Se apuraron a abrir. Era Lynko, que había visto el noticiero y gritaba tanto que casi no se le entendía. ¡Frin! ¡Te vi! ¡Estuvo buenísimo! ¡Vamos a ser ultramegafamosos! Colgaron, y el teléfono volvió a sonar. Era un amigo del abuelo que le preguntaba si el de la televisión no era el amiguito de Alma. Sí, señor, sí, señor. Respondía el abuelo orgulloso. Colgaron, y volvió a sonar. Eran otros amigos de los abuelos, que les avisaban que habían visto a Alma y a su amiguito en la tele. Colgaron. Volvió a sonar. Era Vera, alborotada, que quería hablar con Alma. ¿¡Viste a Frin!?¿¡Viste a Frin, Alma!? Colgaron y volvió a sonar. Era la mamá de Frin. —¡Hace media hora que llamamos y da ocupado! —Y... no es fácil comunicarse con una estrella. Bromeó el abuelo. Frin saltó al teléfono. La mamá estaba que no cabía en sí misma del orgullo. —¡Todo el mundo llama para avisarnos que estabas en la tele! Ya no estaba enojada. La televisión es increíble, pensó Frin. —¡Te mando un beso enorme, mi amor! ¡Te extraño y te quiero mucho, mucho, mucho, y quiero verte pronto! Le pasó el teléfono a su papá, que lo felicitó por cómo había respondido. Bravo, Frin, fue muy valiente tu respuesta. Luego pidió que le pasara al abuelo, que le decía: —No es ninguna molestia, al contrario... creo que ya encontré la manera, al mediodía me lo confirman. Y colgó. Alma le preguntó: —¿Qué decías que conseguiste? —Que Frin pueda volver con sus papás. —¿Van a abrir los caminos? (Alma desconcertada). —Frin, ¿volaste alguna vez? —No. —Perfecto... ¿Viste ese avión que fumigaba un campo por ahí cerca? Lo pilotea el hijo de unos amigos, y carga los productos en tu pueblo, y me dijo que sí. —... ¿que sí qué? (sonó la voz tímida de Frin). —Que esta tarde te puede llevar con él. —... pero... yo no me quiero ir. —¿No querés ver a tus papás? —Sí, pero no me quiero ir ahora (miró a Alma)... no quiero dejarlos. —Nosotros, encantados de que te quedes, pero tus papás ya quieren verte (dijo el abuelo). —... es que... —... vamos a estar bien... podés volver tranquilo (Alma, con un nudo en la panza). —... estoy bien aquí. —Te prometo que nos vemos el sábado, Frin. —¿De veras? —(Alma besó sus dedos cruzados) Si no te dejan venir voy yo, el abuelo me lleva... ¿verdad, abuelo? —Bueno, de acuerdo (se rindió el abuelo, sonriendo). —¿Ves? (dijo Alma). —Bueno (respondió él, mirándola a los ojos). * El piloto confirmó el viaje. Los esperaba en el aeroclub, a las cuatro. Ésa fue una de las tardes más raras de sus vidas. Dejaron a Negrito con los abuelos y ellos salieron a caminar. Muy callados y cerca. De repente iban de la mano. De repente se soltaban porque alguien había visto a Frin en la tele y se acercaba a saludarlo. No era fácil estar solos. Pero encontraron su momento. —¿Te acordás cuando te regalé caramelos? (Frin, sonriendo). —(Alma sonrió): Sí. ¡Me los quisiste dar sin papel! —¡No fue a propósito! ¡Se me desarmaron en el bolsillo de lo nervioso que estaba! —¡Eran un asco! —¡Yo no pensé que los ibas a querer! ¡Creí que los tirarías a la basura! —Nunca hubiera hecho eso. —¿Por qué? —(Levantó los hombros)... me gustó que te acercaras. Siguieron acordando cómo harían para verse. Se hizo un silencio que Frin rompió. —Alma... —¿Qué? —¿Querés ser mi novia? —... ¿ya somos, no? (afirmó Alma, sorprendida por la pregunta). —¿Sí? —... desde anoche, ¿no? —Ah, sí, claro... Frin se agarró la cabeza, y se rieron. Ya sabían cómo era un beso. Y se dieron otro.
28 —Un avión tiene tres ejes, ¿ves? Le decía el piloto a Frin. Iban carreteando hacia la cabecera de la pista, y le explicaba: —Uno vertical, por el que la nariz del avión va a derecha o a izquierda. —... ahá (y se sonaba los mocos). —... un eje transversal, que va de una punta a la otra, con el cual sube o baja la nariz... y un eje longitudinal, que es el que va de la hélice a la cola, y por el cual subís un ala y bajás la otra. Frin trataba de aguantarse, porque la despedida de Alma lo había emocionado. Hasta los abuelos soltaron su lágrima. El piloto quería ponerlo de buen ánimo; entonces le daba un curso de vuelo en cinco minutos. El avión seguía carreteando tranquilo en dirección de la cabecera, bamboleándose en la pista de tierra. Negrito ya no sabía dónde oler. El hangar había quedado a sus espaldas. Frin hizo un movimiento rápido para enjugarse una lágrima sin que lo viera el piloto. —Mirá, con los pedales controlamos el eje vertical y el transversal... y con el bastón controlamos el eje longitudinal... para arriba y para abajo. —... (Frin asentía en silencio, ya casi llegaban a la cabecera de la pista). —Para un viraje hacia la derecha, movés el bastón hacia la derecha, pero también hay que coordinar apretando el pedal derecho, para que el avión se banquee, se dé vuelta... éste es el velocímetro, mide la velocidad del viento que da de frente, entra por un tubo que se llama pitot, ¿ves? —... ahá. —Éste da la presión de aceite, y éste es el que mide el banqueo, porque a veces no se ve la tierra y no tenés referencia si estás derecho, torcido, patas arriba o con la cola adelante (se rió de su propio chiste). * Movió los pedales y el avión empezó a virar hasta quedar enfilado con la pista enfrente. El piloto tiró de una palanca y el motor se aceleró. —Estamos probando el motor... los magnetos. Frin veía a lo lejos el hangar, el auto del abuelo, y a ellos tres. —En la parte de arriba de los pedales está el freno, aceleramos... y aguantamos con el freno. El motor sonaba más fuerte: el avión vibraba con toda su fuerza sostenida por los frenos. —Subimos a dos mil revoluciones (levantó la voz, porque el motor rugía a toda potencia)... yyyyy… ¡Soltamos los frenos!
El avión dio un empujón hacia delante, y empezó a carretear, acelerándose cada vez más. El hangar se acercaba rápidamente. Frin percibió una extraña sensación cuando las ruedas se despegaron del suelo. Enseguida pasaron enfrente de Alma y los abueloque agitaban sus brazos. Él también levantó el suyo. Pero no alcanzó a contar a cinco y ya estaban muy alto. Subían rapidísimo. Era como flotar en algo más ligero que el agua. El piloto dio un amplio giro, viró hacia la derecha. Negrito miraba asustado, porque de golpe las cosas desaparecían y volvían a aparecer. El hangar se veía como una casita de juguete, la columna del humo de las gomas en la ruta, allá adelante. Enfilaron nuevamente sobre la pista, inclinó suavemente el bastón, y la nariz del avión obedeció bajando. Entraron en una suave picada, pero no para aterrizar, sino para pasar cerca de Alma y los abuelos.
—¡Saludá, Frin! ¡Saludá! Frin sacó el brazo por la ventanilla y pasaron enfrente de ellos. Alma agitó sus brazos. El piloto ladeó el avión, inclinando y subiendo las alas.
—¿¡Ves para que sirve el eje longitudinal!? ¡Para saludar como caballeros elegantes! Frin sonreía. El piloto movió el bastón hacia él y el avión ascendió súbitamente, como un carro de la montaña rusa, pero más poderoso y más libre.
—¡Aaaaaaaaajúúúúúúúúúúúúúúúú...! (gritaba el piloto, mientras viraba hacia la izquierda). ¡Gritá, Frin! ¡Gritá! ¡Cuando pasemos cerca de ellos da tu grito! Otra vez la columna de humo quedó adelante, y enseguida se perdió. Negrito temblaba.
—¡Mirá esta porquería! (protestaba el piloto mientras golpeaba una brújula que tenía adelante). ¡Aflojate, maldita!
—A ver yo (Frin le dio un golpe y la brújula se aflojó).
—¡Bravo! Ya te debo una reparación... ahora mirá lo que vamos a hacer. Levantó el avión, terminando de dar un viraje suave. Luego comenzó a inclinarlo y aparecía otra vez la pista, justo enfrente. Empujó el bastón, el avión se inclinó más que la otra vez, picando con fuerza. Lo fue nivelando a toda velocidad. El hangar estaba cada vez más cerca.
—¡Gritá, Frin! ¡Gritá! Los abuelos saludaban. Alma saltaba y mandaba besos con una mano. Frin sacó sus brazos y dio su grito.
—¡Aaaaaaaaajúúúúúúúúúúúúúúúú...!
—... (Negrito ladró, por las dudas).
—¡Eso es! (decía el piloto, dándole unos puñetazos al techo de la cabina).
—... (éste está loco, pensaba Frin y se reía).
—¡Así se hace, muchacho! Ahora sí nos podemos ir tranquilos (levantó la nariz del avión).
—Gracias (Frin, lleno de emociones, miró a Negrito)... pobre, él no entiende nada, porque vinimos en ómnibus y regresamos en avión... Negrito, la próxima vez viajamos a Nulda en avión y volvemos en ómnibus así se te endereza todo.
—Vamos a hacer una cosa... vamos a dar una vuelta, así hacemos tu bautismo de vuelo.
—Buenísimo (dijo Frin, contento). Pasaron al lado de la columna de humo que subía de las gomas. El piloto saludó a los sin camisa con las alas; ellos levantaron manos y palos. Por la ruta, en dirección de Nulda, venía un auto.
—No lo van a dejar seguir.
Le comentó Frin al piloto. Y siguió viendo el aire, las casitas de juguete. Los árboles de plástico. Para que el primer vuelo fuera realmente emocionante le ofreció a Frin que probara pilotear un poco. No era nada fácil. Frin quería tener el bastón quieto, pero el avión se inclinaba sin hacerle caso. El piloto lo corregía, y le regresaba el mando. Frin lo tomaba. No había manera. Como iban apretados en el único asiento de la cabina, el piloto se corrió más y le dijo que pusiera los pies en los pedales, sin sacar los suyos, y sostenía la mano de Frin. Casi le dejaba el mando del avión. Era difícil y hermoso. Frin sintió que quería seguir haciendo eso toda la vida. Eso y algo como lo del poeta que había leído en el picnic. La poesía era como volar, o al revés, o todo junto.
EPÍLOGO Lo que no sabían, ni Frin, ni el piloto, es que, en el coche que vieron pasar, iban unas personas a negociar con los obreros en huelga. Todo el país había visto las noticias, y no querían que el escándalo creciera. El motor suena como un trueno. Negrito estira la nariz para oler la corriente de aire que se filtra por las ventanillas. Desde arriba todo se ve tan prolijo. Como si las personas fueran las criaturas más ordenadas que existen. Nada parece moverse bruscamente. Como eso que pensó una vez que encendió un fósforo. Lo vio tan pequeño; sin embargo, para una hormiga era más grande, y para un microbio, más todavía. Quizás el Sol sea grande para nosotros, y sólo es un fósforo que se acerca a una cocina como una galaxia; y nosotros creemos que va despacio; pero va rápido. Vuela el avión, y flota en el aire de los pensamientos; como una palabra del libro que Frin llevó al picnic. Como si el avión fuera lo único que se queda quieto mientras la Tierra gira. El avión está quieto en el aire, y la Tierra da vueltas. Cuando el lugar donde queremos ir se pone debajo de nosotros, el avión baja. ¿Y para qué sirve el motor? Para que el avión suba y se quede quieto. Si no fuera por el motor, la Tierra arrastraría al avión, y siempre estaríamos en el mismo lugar. El avión y el motor son como los poemas, que sirven para dejar quietas las palabras, mientras nosotros giramos y nos movemos hasta entenderlas. Negrito se acomodó en la falda de Frin, que empezaba a divisar su pueblo. Abajo, el coche pasaba cuidadosamente entre las gomas. El molino seguirá trabajando. Levantarán la barrera; los abuelos llevarán a Alma, que también sentirá que está quieta, o que flota, mientras sus papás se acercan; y querrá ver a Frin. ¿Vivirá alguien en el cementerio? Tendría que regresar con Alma, y ver si es cierto. ¿Será la misma persona de la historia de la abuela? ¿Tendrá más de cien años, o ella se habrá equivocado en las cuentas? El piloto lo está dejando llevar el avión juntos. Esto es una de las cosas más maravillosas que le pasó en la vida. Conocer a Alma. Hacerse amigo de Lynko. Encontrar trabajo. Sus papás. Encontrar a Negrito; no, que Negrito lo encontrara, mejor dicho. Y quién sabe qué más sucederá, porque ¿dónde termina lo posible, cuando empezamos a vivir cosas que creíamos imposibles? ¿Le voy a contar a Lynko lo del beso?  
El piloto tomó nuevamente el mando del avión, y le dijo que lo había hecho muy bien. Frin se sintió orgulloso y una catarata de pensamientos o de decisiones. Le iba a decir a sus papás que en las vacaciones quería ir a algún lugar con montañas y mar.
Que miraran menos televisión. Que no importaba si la puerta de la heladera quedaba abierta. Que quería jugo de naranja. Dos vasos. O tres. Que aprendería a pilotear aviones, de verdad, no un rato nomás. Que participaría en las olimpíadas, aunque llegara último. Que se iba a comprar un buzo súper verde. Que si Ferraro lo empujaba, se la iba a devolver (es más, ojalá que lo empujara porque ahora tenía ganas de devolvérsela). Que iba a escribir un cuento para el concurso de fin de año; y le propondría a la Directora que hicieran una revista de la escuela, con noticias y bromas (podían llamarla Sandwich de tomate, y Lynko encargarse de deportes). Que volvería a visitar a los abuelos de Alma, y le pediría que le contara de cuando fue luchador; y le diría que organizaran una maratón de ésas de caminar, en Nulda. Que quería pegar
fotos en la pared de su cuarto, y si la pintura se arruinaba, no importa, él la pintaría de nuevo, o no se pintaría nunca más (Cuarto del escritor Frin, pintado por él mismo). Que le iba a decir a Lynko que podía venir con sus papás a visitarlos a su casa; aunque no fuera tan linda como la de él, y su papá hiciera esas bromas.
El piloto metía una palanca, y el motor del avión se desaceleraba. Frin sabía que en el aeroclub lo esperaban sus papás. No se imaginaba que también estaba Elvio; y que Lynko, Vera, Fede, Arno y todo el grado, habían ido a recibirlo con unos carteles pintados. Pensaba en Alma, y en que pronto la volvería a ver. Respiraba hondo, y el aire de la altura, fresco y profundo, entraba en é

jueves, 25 de septiembre de 2014

Tareas para este viernes 26 de septiembre

3°A
Realizar la actividad para remplazar la del día presente. Al término enviarás al correo: espanol3.ostria@gmail.com , cuyos datos iniciales sean: nombre iniciando por apellidos y grupo. Te recuerdo que la fecha de entrega es sólo en el transcurso de este viernes 26 de septiembre, sin prórroga, enviaré respuesta de confirmación de recepción del trabajo, alrededor de las 17 horas y en otra ocasión alas 21 horas, en caso de que lo envíes más tarde, será hasta el sábado la confirmación.
Lectura del Acto tercero de la obra teatral “prohibido suicidarse en primavera”, escribir la secuencia de acciones ocurridas en la obra, empleando la paráfrasis, ejemplo:
1.       Chole y Alicia hacen alusión a la llegada de la primavera; comentan lo ocurrido en el lago, ambas prefieren afirmar que el asunto fue un accidente.
2.       Chole y el doctor  platican…
 No olviden concluir las actividades del proyecto.


2°D

Busca, imprime y lee alguno de los siguientes cuentos, llévalos a clase del miércoles de la semana siguiente, también lleva hojas blancas:
Tía en dificultades. Cortázar, Julio
Micro cuento. Cabrera  Infante, Guillermo
Frida . Reyes, Yolanda
Conciliar el sueño. Benedetti, Mario
Acuérdate. Rulfo, Juan
2°G
Para recuperar el sello de Actividades Permanentes de este viernes 26 de septiembre, copia una cita textual de cada capítulo, del 17 al 23, y anota una paráfrasis (expresión con tus palabras) de lo que te dice el texto. Al término enviarás al correo: espanol3.ostria@gmail.com , cuyos datos iniciales sean: nombre iniciando por apellidos y grupo. Te recuerdo que la fecha de entrega es sólo en el transcurso de este viernes 26 de septiembre, sin prórroga, enviaré respuesta de confirmación de recepción del trabajo, alrededor de las 17 horas y en otra ocasión a las 21 horas, en caso de que lo envíes más tarde, será hasta el sábado la confirmación.
2°F

Realiza la misma actividad que la del 2°D. La fecha de entrega es la siguiente fecha de Actividades permanentes en la clase.

domingo, 21 de septiembre de 2014

Frin, capítulos 17 a 23


17
Esto de darse la mano era como un pegamento: había que dejarlo un rato más, para que agarrara bien. Si se subían a las bicicletas enseguida no iba a pegar igual y tal vez después se arrepintieran de haberse dado las manos. Pero sobre todo, lo que más había sentido al verlos, fue vergüenza y nervios. Como si él fuera el de la mano. Quería preguntarle a Lynko:
Che ¿cómo hiciste para tomarle la mano? ¿Qué se siente? ¿Te sudaba la mano? ¿Te la secaste en el pantalón y después se la diste o eso no importa? ¿O fue ella la que te dio la mano? Se rió al imaginar que Vera fue la que buscó su mano, pero Lynko la tenía sudada y ella le dijo: ¡Spuajh, Lynko tu mano parece una catarata! —¿De qué te reís? Le preguntó Alma, y ahí se dio cuenta de que mientras él venía imaginándose esas cosas, ahí afuera, y no adentro de su cabeza, estaba Alma caminando a su lado. ¿Esperaría que él le tome la mano? Lo más seguro es que sí, porque ella había escrito su nombre en el árbol; pero quizás lo hizo para no herirlo como amigo. A Arno se le cayó su bicicleta. Se detuvieron. La levantó. Frin siguió pensando. ¿Cómo iba a tomarle la mano si estaba Arno ahí mismo, atendiendo todo? Bueno, tan atendiendo todo no, porque volvió a tropezar con quién sabe qué cosa y otra vez fue a parar la bicicleta al suelo. Pero ahí estaba de todos modos. ¿No era traición si él le daba la mano a su novia delante de él? Bueno, si él no estuviera también sería traición. Sí, pero sería más fácil darle la mano a Alma si Arno no estuviera viéndolo todo. ¿Y si ni eran novios?
 A Frin le corrió un frío por las piernas cuando pensó que tal vez no eran novios del todo y que en ese momento Alma estaba decidiendo si iba a estar de novia del todo con Arno o con él. Y si él seguía pensando como un idiota en vez de hacer algo, lo más seguro es que Alma sintiera que le convenía Arno. Tenía que tomarle la mano o estaba perdido. Miró hacia ella y, al mismo tiempo, vio que Arno, del otro lado, miró hacia acá, sonriendo. Frin volvió a mirar hacia delante. No podía darle la mano a Alma si justo Arno lo miraba sonriendo. Intentaría de nuevo en tres pasos. Uno. Dos. Ése fue más corto. No cuenta. Dos y medio. Tres. Miró, y ahí estaba Arno sonriendo otra vez. ¿Qué hacía ese cara de huevo sonriendo hacia acá? ¿Por qué no mira para otro lado? Frin se ponía nervioso. No tenía experiencia. No sólo nunca había ido de la mano con ninguna chica, sino que jamás le había robado la novia a nadie. No. Error, no está confirmado que fueran novios, o sea que podía darle la mano sin que eso fuera que se la estuviera quitando. Pero para estar más seguro tendría que preguntar: Che, Arno ¿si le doy la mano a Alma y deja de ser tu novia podemos seguir siendo amigos? ¿¡Y cuándo a él le había interesado ser amigo de Arno!? Preguntar eso, era la cosa más imbécilmente idiota que jamás se le había cruzado por la cabeza. Alma iba con su mano suelta, ahí cerca. Tenía que hacerlo, lo estuviera mirando Arno o no.
Miró hacia Alma, pero la vio tan seria, tan concentrada, que le dio miedo de ser rechazado. Alma advirtió que la miraba y se dio vuelta. Estaba preciosa, la luz del atardecer le daba en la cara y el sol no era tan fuerte como para cerrar los ojos. Qué ojos más hermosos. Eran como un mar, y la luz roja del sol daba en ese mar. Y si los ojos de Alma eran el mar, él ahora estaba a la orilla del mar o a la orilla de Alma. En ese instante, se dio cuenta de que eso era lo que hacía el poeta del libro. Darse cuenta de que estar frente al mar y viendo los ojos de Alma era lo mismo.
—¿Qué pensás? (preguntó Alma, porque le daba vergüenza la mirada de Frin).
—... ¿conocés el mar?
—Sí, a veces vamos a veranear ahí; ¿por...? ¿En qué pensabas?
-No, en nada. —Dale, decime.
 —... no sé…
—Bueno, escribilo, entonces... y después me lo enseñás, ¿lo vas a hacer?
 —Claro. Vera y Lynko ya los habían alcanzado.
—Che, ¿vamos en bicicleta? Porque se hace tarde (Lynko). Frin no podía creerlo. Lynko había estado tomándose de la mano con Vera y ahora se acercaba con tanta naturalidad. Eso era todo un descubrimiento. No había tenido que explicar nada a nadie. Ni siquiera toser mientras se acercaba. Un segundo antes estaba de la mano de Vera y un segundo después estaba con todos y como si nada hubiera pasado. Eso estaba buenísimo. Entonces, tomarle la mano a una chica era mucho más fácil de lo que él se había imaginado. Si él hubiera sido el que le hubiera tomado la mano a Alma, al acercarse se habría convertido en un moño, en un triple nudo de cordón de zapatos. —Yo no quiero llegar a mi casa (dijo Alma); pero sí, vamos.
 —Oigan, sé otro chiste (Arno).
 —Espero que no dure como el otro (suplicó Frin).
—No... dura un poco más; pero les va a gustar. Todos se rieron y Arno, empezó la historia de otro chico que había ido a comprar clavos a una ferretería. Se agarraron la cabeza, porque sabían cuánto podía llegar a durar un cuento de Arno, si empezaba con un chico yendo a comprar algo. El sol se fue haciendo cada vez más grande y rojo. El campo empezó a oler frío y húmedo. El chico del chiste de Arno subía y bajaba montañas, porque la ferretería quedaba lejos, al punto de que tenía que tomarse un barco y después un tren. En el vagón del tren había una tierna viejecita a la que primero se le cayeron los lentes, y el niño se los recogió del piso. Luego se le cayeron sus agujas de tejer, y el niño hizo lo mismo. Pero después se le cayeron los dientes postizos. Todo se le caía a la tierna viejecita esa. Se reían del chiste de Arno, Frin también, porque había descubierto, con mucho alivio, que uno no tenía por qué dar explicaciones y ni siquiera tocar el tema de que venía de darle la mano a una chica. Pasó una bandada de pájaros buscando un árbol. Ya se veía la cúpula de la iglesia del pueblo, y a la tierna viejecita se le caía el sombrero, un anillo.
 —Estaba toda como mal pegada, esa viejecita (dijo Frin y se rieron). Y, antes de que llegaran al pueblo, a la viejecita del chiste se le cayó el audífono por la ventanilla del tren. El chico bajó a buscarlo. Cuando Arno se dio cuenta de que faltaba poco para llegar, decidió terminarlo.
—Y al dar vuelta a la esquina, ¿saben qué encontró?
—Sí, el audífono (dijo Lynko).
—No, queso... __¿¿¿........???
—... para el sandwich de jamón del otro cuento (terminó de decir). Lynko hizo que lo perseguía con su bicicleta para pegarle, y todos juraron que le prohibirían contar chistes por un mes. Pero ya estaba el pueblo cerca y ninguno dijo una palabra más. Vera y Lynko querían quedarse juntos otro rato, pero cada uno debía ir a su casa. Alma no quería regresar a la suya, en la que, probablemente sus papás se estuvieran peleando, como lo habían estado haciendo últimamente. Y Arno quería encontrar cuanto antes un circo, con el cual irse de su madre que le gritaba burro y tonto, por cualquier cosa.
 —Frin, apagá tu luz. Le dijo esa noche su mamá.
 —Sí —contestó él, y repasó lo que había escrito.
Alma, vos vas al mar cada verano; pero yo vi el atardecer en tus ojos y me imagino que así debe ser.

18

Al otro día arrancó una hoja, copió el poema y lo metió en su mochila. Pero esa tarde no la encontró en el patio, y le preguntó a Vera:
—Che ¿no viste a Alma?
—No.
—¿Va a venir?
—Supongo que sí.
—No se habrá enfermado, ¿no?
—Sí, creo que sí; ayer cuando la vi tosía y escupía sangre...
—Pará, Vera.
—... y caminaba apoyándose contra la pared...
—Sos una tarada.
—... y me dijo algo para vos.
—... ¿¿¡En serio!??
—... sí, me dijo: Si me muero, cof cof, dile a Frin, cof, que... cof siempre lo quise... cof... —¡Qué tarada! Dijo Frin, y se alejó. Pero, aun cuando había sido una broma de Vera, le había gustado oír que Alma lo quería. Además; por algo habría hecho la broma, ¿no? Fueron pasando las horas. Frin jugaba con Lynko en los recreos, porque él no se acercaba a Vera, ni ella a él. La verdad es que ni se miraban. Si se cruzaban con la mirada, los ojos seguían de largo, como si ahí no hubiera nadie. Se protegían de los demás. No querían bromas, ni que nadie se metiera.
—¿Y por qué no vas y le das la mano de nuevo? (le preguntó Frin).
—¿Y por qué no te metés en tus cosas? (contestó Lynko).
—No te enojes conmigo.
—A vos tampoco te gusta que se burlen.
—Pero si yo no me burlé... te preguntaba en serio.
—Bueno, no me digas nada, y listo, ¿no? Frin sintió que no era el mejor momento para preguntarle lo de si la mano le había transpirado o no. Entonces, para mostrarle que quería ser su amigo lo hizo caer de un empujón y salió corriendo. Lynko lo persiguió, gritándole que lo había tomado de sorpresa. Cuando sonó la campana, regresaron al aula abrazados.

 Alma no apareció. En el momento de la salida, Vera le dijo a Frin.
—En serio que no sé qué le pasó, ¿me acompañás a su casa?
—Vamos... ¿puedo hacerte una pregunta?
—Ahá... (dijo Vera).
—Pero ¿me prometés que no le contás a nadie que te pregunté esto?
—Sí. —Pero a nadie, nadie, porque... —Frin, dale, hacela de una buena vez. —…
—… ¿y?
—Esperate, estoy pensando.
—Si la pregunta ya la sabías.
—... ¿son novios?
—¿i...!? ¿¡Con Lynko!?
—No, Arno y Alma, digo, ¿son novios?
—Ah, no; nada que ver ¿quién te dijo?
—... ¿¿¿no???
—No. Siguieron caminando callados.
—¿Quién te dijo?
—Ella.
—¿Alma?
—... bueno, más o menos, una vez me dijo que le gustaba Arno. A Vera se le escapó una sonrisa; pero enseguida la escondió.
—¿Qué pasa?
—(Sonriendo) Nada.
—Te reíste, ahora decime.
—Nada, Frin, no seas pesado.
—¿Sabés algo?
Ella hizo que no con la cabeza. Eso se le hizo más sospechoso todavía. Seguro que Vera sabía algo; pero ya estaban llegando a casa de Alma. Frin se quedó más lejos. Vio cómo Vera golpeaba la puerta. Esperaba. Salía la mamá de Alma. Hablaban; pero desde ahí no se oía qué decían. La mamá se inclinó, saludó con un beso a Vera. Y ella regresó muy seria.
—¿Y? ¿Qué pasó? (preguntó Frin).
—Alma no está.
—¿Cómo que no está?
—Anoche sus papás la llevaron a Nulda, a casa de sus abuelos.
—¿¡A Nulda!? ¿Se fue a vivir allá?
—No, me dijo que por unos días nomás... los papás se están separando y...
—¡Pero tiene amigos acá! ¡Podría haber parado en tu casa o...! ¡¿Cómo se fue sin decir nada?! (enojado).
—¡Yo tampoco sé, Frin! Te digo lo que me dijo la mamá... que la llevaron anoche y que
ella nos iba a llamar.
—¿¡Pero cuándo!?
—¡No sé, Frin! ¿¡Querés ir a preguntarle vos!?
—¿¡Y por qué no se podía quedar!? ¿¡Se están tirando tiros los papás, o algo así!? ¿¡Por qué la tenían que llevar a otra parte!?
—¡Qué sé yo, Frin! ¡No me grites a mí! (Se contuvo)...
—... me dijo que les pareció mejor que fuera con sus abuelos... y que nos iba a llamar. —... ¿vos tenés el teléfono de sus abuelos?
—No... pero no quiero pedírselo. Andá vos si querés.
—... vámonos. Se fueron caminando hasta que cada uno tomó para su casa. Frin llegó a la suya. La mamá le había preparado tostadas; pero él dijo que no tenía hambre. —¡Ey! ¡Si venís enojado de la escuela, acá no tenemos la culpa!
—¡Ustedes también vienen enojados del trabajo! (replicó él).
—¿¡Se puede saber por qué contestas así!?
—... (se fue a su cuarto).
—¡Frin!
—Bueno, si con ésas andamos, te vas a quedar en casa hasta que se te pase. La mamá regresó a la cocina. Frin pensó que igual no quería salir a ningún lado. Mientras oía cómo su mamá recogía las cosas, buscó el poema en su mochila. Lo rompió sin volver a leerlo.
19
Frin sintió que ése era el peor día de su vida. Llegó a la librería tan triste, que Elvio se dio cuenta y lo trató con cuidado.
—Hoy no hay mucho trabajo, Frin ¿no querés volver a tu casa?
—... (negó con la cabeza).
—... ahá. Dijo Elvio, que estaba muy contento porque por fin tenía noticias de su hija: había recibido una carta de ella. Eso lo ponía de un ánimo simpático y generoso, hasta se había afeitado.
—... ahá (repitió). Frin seguía ordenando unas carpetas.
—... ahá... ahá (repitió Elvio).
—... (eso ya sonaba un poco raro)... ahá ¿qué? —No, ahá nada, ahá... ¡A!, nomás. —... mmm...
—Sí... ahá y mmm.
—(Frin también tosió) Cof... cof... sí, ahá.
—(Sonriendo)... ahá... ahá y cof, cof (tosió más fuerte).
—¡Cof! ¡Cof! (Frin tosió aun más fuerte y agarrándose la panza). Elvio hizo que se agarraba del mostrador y como que se caía de la tos tan fuerte que tenía. Y terminaron tosiendo los dos al mismo tiempo. Casi a los gritos. ¡COF! ¡COF! Pasó una señora enfrente del negocio. ¿Estaban locos esos dos tosiendo a los gritos? Su reacción les dio un ataque de risa.
—Mirá, mirá (dijo Elvio, enjugándose las lágrimas, y sacó un sobre).
—¿Qué es?
—¡Una carta de mi hija! Desde que se fue no tenía noticias, ¡y me escribió seis hojas! —¿Y está bien?
—Muchachita loca, sí que está bien; dice que ya le ofrecieron un trabajo, y que no le mande dinero, que quiere arreglarse sola. ¡Orgullosa como el padre! ¡Decime vos, Frin, el trabajo que hacen pasar los hijos a los padres!
—(Regresó a su seriedad) Los papás también dan mucho trabajo.
—¿Puedo preguntar qué pasó? Si no es indiscreción, claro. Frin le contó que Alma se había ido y que él llegó a su casa y que las tostadas y que él no tenía hambre y que se pelearon con su mamá, y cómo ella no se daba cuenta, ¿eh?
—¿Tu mamá sabía qué te había pasado?
—... (negó con la cabeza).
—¿Y entonces, cómo podía adivinarlo?
—Ellos tampoco me cuentan todas sus cosas.
—No, no, no... tenés razón. No siempre se puede hablar todo... ¿y ya te llamó esa chica... Alma?
-No si esto pasó anoche
—Ah, claro, claro... ¿y cómo vas a hacer? Frin levantó los hombros.
—Ahá... ¿dónde decís que la mandaron?
—A Nulda.
—Ah, bueno, eso no es tanto problema.
—¿Por qué no?
—Hay veinte kilómetros a Nulda.
—Sí, pero igual es otro pueblo.
—Pero van ómnibus a cada rato.
—¿Y qué? ¡Seguro que no me dejan ir!
—Tan cerquita... ¿qué peligro puede haber?
—... (se quedó pensando: ¿Ir solo?, podía pedirle a Lynko que lo acompañara).
—Podés escribirle también, ¿no?
—¡Uf! ¡Con lo que tarda el correo!
—No, yo decía sin correo; pero, claro, no querrás escribirle me imagino.
—... no, no; pero dígame: ¿cómo sin correo?
—No, yo decía... pero, claro, es sólo una ocurrencia mía, ¿no? Como ésta es una librería y en Nulda también hay librerías...
—... ¿¿¡¡y!!?? ¿¡Eso qué tiene que ver!?
—No, yo decía, nomás... como el proveedor es el mismo y va de pueblo en pueblo... pero, claro, vos no querrás escribirle y te entiendo.
—Pero si yo le pido no me va a hacer caso o me va a decir que sí, y después capaz que tira la carta. —¡Ey! ¿Qué te pensás que somos los grandes?
—... (Frin sintió que estaba trabajando en el mejor lugar del mundo con el mejor amigo del mundo).
—No tendrías que estar enojado con Alma, digo, pero si me meto en lo que no me importa mejor me callo.
—¿…? —... (hacía que miraba esos papeles).
—No, está bien, dígame.
—Imaginate, sus papás se están separando, la llevan a otro pueblo. Vos estás enojado porque ella se fue sin avisar; pero es ella la que precisa que los amigos no la abandonen ahora... ¿no te parece? Frin sintió que tenía razón. Él se había ofendido como si ella lo hubiera abandonado y ni se le había ocurrido que lo estaba necesitando... bueno, no a él solo, ¿no?, pero a todos.
—Mirá, Frin, hoy no hay mucho trabajo, ¿por qué no aprovechas y le compras una flor a tu mamá y haces las paces?
Frin sintió un chorro de cohete adentro suyo. Había un montón de cosas que podía hacer. Mejor ponía manos a la obra. Le dio las gracias a Elvio, que era el más bueno de la galaxia; dio un salto y con toda la energía de sus zapatillas salió corriendo a la vereda. Se subió de un salto a la bicicleta cuic cuic y fue a buscar un puesto de flores.

Llegarle con flores a su mamá. Esa idea sí que estaba buena. A lo mejor ella estaba otra vez con las tostadas y justo llegaba él con las flores, y ella estaba pensando en él y que le quería preparar tostadas y justo llegaba él con las flores y ella estaba haciendo las tostadas con su papá. Eso estaría perfecto. Podía comprarle flores a Elvio también, para que se las mandara a su hija. Y al de educación física y a Ferraro, pero de ésas de los velorios. Buenísimo.
Se dio cuenta de que pasaba cerca de la terminal de ómnibus. ¿Y si averiguaba a qué hora salían ómnibus para Nulda? Total, era para saber nomás. Otra vez sintió esa
electricidad rara de las aventuras. ¿Y si Lynko no podía acompañarlo? No iba a poder ir. A menos que fuera solo. ¿Ir solo? Se bajó de la bicicleta y entró a la terminal. Sintió su olor especial, como a cigarrillo y nafta; pero también a café y a un lugar que está abierto todo el día, todo el año. No entraba por nada que lo hubieran mandado sus papás ni nada del trabajo. ¿Y si lo descubrían? ¿Y si se ponían a investigarlo? ¿Que por qué andaba preguntando eso? Pero fue a la ventanilla. Preguntó, lo atendieron amablemente, le dieron todos los horarios, y hasta le prestaron una birome y papel. Se subió a la bicicleta. Iba a comprar las flores; pero de pronto se le atravesó un perrito. Por poco lo pisa. Y no era que se había cruzado de casualidad: había salido al encuentro de Frin. Le ladraba y le movía la cola, saltaba al lado de su bicicleta.
—Ey, perro, ¿de dónde nos conocemos? Le ladraba jugando, no paraba de saltar, de repente corría y daba vueltas en círculo. Pasó una mujer con una bolsa de las compras y Frin le preguntó:
—¿Es suyo, señora?
—No, desde ayer que está dando vueltas por acá.
—¿Desde ayer?
—Sí... no sé de quién será, lo deben haber llevado a perder (dijo la señora y retomó su camino). ¿O sea que no es de nadie?, pensó Frin, mientras le acariciaba la cabeza. El perrito era apenas más grande que las dos manos juntas; pero era muy inquieto, como si fueran dos perritos juntos. Hacía que se escapaba para que Frin lo persiguiera, y como él se quedaba en su lugar, regresaba a provocarlo. Frin dejó la bicicleta en el suelo y lo corrió. Era tan chiquito que en dos pasos lo pasaba. Sobre todo, tenía que cuidarse de no pisarlo, porque se metía entre las piernas a cada rato. Frin lo alcanzó y el perrito se tiró panza arriba para que le hiciera mimos. Movía la cola y, de contento, se le escapaban chorritos de pis.
—Che, ¿y vos de dónde me conoces, eh? Le preguntó Frin, mientras le rascaba la panza y sentía que no podía dejarlo en la calle. Tampoco podía llevarlo a su casa, porque su mamá le haría un escándalo. Se despidió haciéndole un mimo en la cabeza. Se subió a la bicicleta y siguió. Pero el perrito se ponía a correr a su lado. Sus patas eran tan cortitas que por cada vuelta de rueda de la bicicleta de Frin, para él era como cruzar el mundo, por lo menos.
—¡Ey! ¡Andate a tu casa que no te puedo llevar! Pero el perrito entendía perro y no humano, y por eso seguía corriendo con mucho esfuerzo, al lado de la bicicleta. Frin pedaleó más fuerte, el perrito lo quiso alcanzar; pero no sabía correr o se tropezó en sus propias patas o con un átomo o quién sabe; la cosa es que se cayó y dio un aullido de dolor. Frin saltó de la bicicleta y fue a ver si se había lastimado. El perrito creyó que le venía a pegar y se encogió dando pequeños aullidos.
—No, no, amigo, ¿no ves que no te hago nada? (le decía Frin rascándole el lomo)... ¿vos querés venir conmigo? (lo acariciaba), ¿sabés cuál es el problema?... mirá, resulta que a mí me gusta una chica y se fue a vivir a Nulda... (lo rascaba), ¿vos sos sabueso? (le tocó el hocico), ¿tenés buen olfato? —... (el perrito ladró jugando).
—¿Ah sí? ¿Tenés muy muy buen olfato, verdad? ¿Y me ayudarías a encontrar a Alma?
¿Podés oler de aquí a Nulda? (le acariciaba la cabeza) ¿No es cierto que sí, que vos podés oler a veinte kilómetros? Sin pensarlo más, lo tomó cuidadosamente con un brazo y, manejando con una sola mano, lo llevó en bicicleta hasta su casa. Encima de ellos pasó el avión fumigador.
—¡Mirá, lo vamos a alcanzar! Dijo Frin y pedaleó más fuerte. El perrito iba con la lengua afuera, feliz de sentir el viento en la cara. ¿Por qué será que eso les gusta tanto? Llegaron.
—¡Mamá! ¡Te iba comprar flores y mira lo que te encontré!
20
 Frin convenció a Elvio de que lo dejara ir a trabajar con el perrito. Tenía el problema de que le ladraba a los clientes.
—¡Eso es buenísimo! (argumentaba Frin) porque así sabemos cuando entra alguien, y podemos estar ordenando cosas adentro. Lo cual tampoco era muy cierto, porque cuando iban adentro el perrito los seguía. En la escuela no lo dejaron entrar; pero Frin no consiguió hacerlo regresar, y como se quedaba llorando en la puerta, finalmente le permitieron pasar. El perrito fue olfateando por todo el patio, siguiendo el olor de Frin, hasta que llegó a su aula. Interrumpió la clase, con su paso tímido. Miró todo el grado, fue hasta donde estaba Frin, movió la cola pero no hizo pis. Y, como si ya estuviera más tranquilo, se dirigió hasta el escritorio del maestro y ahí se acostó. Todos se rieron, hasta el maestro que preguntó cómo se llamaba.
—Todavía no le puse nombre (contestó Frin).
—Perfecto, vamos a hacer una lista de nombres (propuso el maestro). Empezaron a gritar nombres. Frin se molestó. ¿Por qué no se metían en sus cosas y dejaban que él le pusiera el nombre que más se le antojaba? Pero el maestro no lo había hecho con mala intención, y además dejaba entrar al perro, o sea que mejor no decía nada. El único que lo echó de su clase, por supuesto, fue el de gimnasia. Y como Frin protestó lo mandó a dar tres vueltas a la cancha. El perro quiso seguirlo; pero el tipo le tiró unas patadas y lo asustó. Se quedó esperándolo afuera de la puerta y movía la cola cuando pasaba Frin. Después al tipo se le volvió a freír el cerebro, y los castigó haciéndolos sentar en fila. Uno detrás del otro, mirando la nuca del compañero de enfrente. Frin lo odiaba por esas cosas. Qué manera más idiota de perder el tiempo. ¿Quién se creía este tipo? Pero así los tuvo hasta que terminó la clase.
—Esto los va a ayudar a hacerse más hombres (les dijo, mientras caminaba alrededor de la fila). Volvieron a la escuela caminando en silencio. ¿Qué tiene que ver estar sentados mirando la nuca del otro con ser más hombres?, pensaba Frin mientras veía a Ferraro, el que le había dicho mariquita y con el que Lynko se había peleado, que iba caminando y charlando con el profesor. Cuando vio que Frin lo estaba mirando lo desafió con un gesto, levantando la cabeza, como diciendo: ¿Qué mirás, eh? Frin se dio vuelta hacia el frente, enseguida. Cuando entraron a la escuela, Ferraro se puso a su lado y le dio un empujón con el hombro. Frin protestó por lo bajo; pero no dijo nada. Entonces el otro le tiró una patada al perrito. Frin sintió rabia, y miedo. No dijo nada. Dejó que el chico se fuera, alzó al perrito y le hizo unos mimos en la barriga, como pidiéndole disculpas por no haberlo defendido como había hecho Lynko con él. Esa noche le escribió la primera carta a Alma. Preparó montones de hojas, aunque después usó una sola.
Querida Alma: hola, soy Frin. Ojalá estés bien cuando te llegue esta carta. Quiero tener noticias tuyas y también saber cómo estás. Tengo un perro que no tiene nombre todavía ¿me ayudas a buscarle uno? Ya se hizo pis mil veces porque se pone contento. El de educación física hoy nos tuvo mirando la nuca del de enfrente. Bueno, espero que te haya gustado lo que te escribo. Ojalá me contestes. ¿Te vas a quedar para siempre? Frin Repasó la carta que había escrito. Vio que había puesto Ojalá dos veces. Borró el segundo y puso Tal vez. Lo leyó: Tal vez me contestes. Quedaba horrible. Lo borró y volvió a poner Ojalá. La colocó dentro de un sobre. Lo cerró con pegamento y, también le puso cinta adhesiva, y escribió el nombre de Alma. Al otro día le entregó la carta a Elvio, que se la dio al proveedor, que miró el sobre y dijo:
—Ah, pero si yo los conozco... viven a media cuadra de la librería de Nulda, ¿querés que se la lleve a ellos?
—¡Claro! Dijo Frin, entusiasmado. Luego se agachó y le habló al oído del perrito:
—Tenemos suerte, amigo. Pero el perrito lo único que sintió fue viento en su oreja y se rascó con una pata.  
Cuando llegó a trabajar, al otro día, había un sobre encima del mostrador. Pero estaba dado vuelta y no se veía a quién estaba dirigido. Elvio se hacía el burro y no decía nada. Sólo tosió un poco:
—Cof... cof... así es, che; fijate que el correo este que te digo, funciona de lo más bien.
—¿¡Es para mí!?
—... ¿qué cosa?
—¡Elvio! ¡En serio! ¿¡Es para mí!? —Cof... cof... es que no sé de qué estás hablando, Frin, ¿qué cosa?
—¡No sea malo, de verdad! ¡Negrito! ¡Mata! ¡Mata! ¡Atácalo! El perrito movió la cola contento, se tiró panza arriba y echó un chorrito de pis.
—¡Ey! ¡Cerrale la manguera a tu guardián!
—¡Yo limpio! ¿Es para mí la carta?
—Ah.., sí, la carta... quién sabe, cómo no dice nada en el sobre, no te la puedo dar; vos sabés que la correspondencia es secreta. Frin la agarró de un manotazo, rompió el sobre y reconoció la letra de Alma. Era una hoja de cuaderno, como la que había usado él, sólo que además de estar escrita tenía dibujos en lápices de colores. Eran dos árboles juntos, un sol grande en el cielo pintado de azul, que ocupaba casi toda la hoja. Un poco más adelante de los árboles había dos hileras muy prolijas de flores que apuntaban hacia un lado y el otro. ¡Uy (pensó Frin) y yo no hice ningún dibujo! Y la leyó.
Querido Frin: gracias por escribirme, espero que vos también estés bien. Fue una gran sorpresa cuando el abuelo me dio tu carta. Ellos son muy cariñosos conmigo; pero yo estoy un poco triste y extraño a mis papás y no me gusta lo que está pasando. Los abuelos me miman mucho, por suerte; pero los extraño mucho. También extraño la escuela y a Vera y me acuerdo de cuando fuimos al cementerio viejo. Qué lindo que tengas un perrito, a mí también me gustan porque son muy juguetones conmigo. Si otra vez fuéramos al cementerio viejo podríamos llevarlo. Tu carta me pareció un poco seria, ¿estás enojado conmigo? Espero que un día de estos me sigas escribiendo y no te enojes si mi carta es un poco triste; pero así estoy. Ahora no se me ocurren muchos nombres, pero voy a pensar. Con cariño. Alma. ¿Un día de éstos?, no: ¡ahora mismo! Le pidió una hoja a Elvio. ¿Qué podía dibujarle? Dudó un segundo y comenzó con algo que le salía bastante bien, ya lo había hecho una vez: era un barco con cañones, y una moto también, al lado. Los pintó y después empezó la carta: Alma, no te preocupes... Y siguió.



21
Eso de las cartas estaba muy bien, pero Frin quería ver a Alma. Ya llevaba como cuatro cartas. En la primera no había dibujado nada; en la segunda, el barco con cañones y la moto; en la tercera, una lancha de doble motor; en la cuarta, un coche de carrera. Para la quinta ya no sabía qué porquería dibujarle. Quería verla y punto.
—¿No es cierto, Negrito?
Pero eran como las diez de la noche y Negro, ése era el nombre provisorio del perrito, estaba dormido y lo más que hizo fue sacudir la oreja, pero quién sabe por qué.
—Tendría que ir a Nulda... ¿y si no la encuentro, Negrito?
El perro seguía dormido. Frin se acercó, le hizo cosquillas en la panza y él, sin abrir los ojos, movió la cola y levantó una pata.
—Bueno, si no la encuentro... si no la encuentro... me vuelvo y listo, ¿no? Ir solo a Nulda. Eso sí que nunca lo había hecho. ¿Le pediría permiso a sus papás? ¿Y si no lo dejaban?
—De todas maneras, Negrito... che... ¡ey!, si te dormís no puedo contarte mi plan.
—... (abrió un ojo, bostezó, estiró sus patas, movió la cola y se fue arrastrando para que lo acariciara).
—El viaje a Nulda dura veinte minutos nomás, ¿entendés? (mientras lo acariciaba), o sea que puedo ir, estar una hora con Alma, volver... y ni pasaron dos horas, ¿entendés?... che, te estoy hablando, no te duermas... o sea que es como si hubiera ido a jugar a la casa de Lynko... podría decir que me fui a jugar a lo de Lynko, ¿no? No, eso sería mentir... che, no te duermas. Pero el perro no le hizo caso. Y se oyó desde el cuarto de los papás.
—Frin, apaga tu luz. Bajó al perro con cuidado, lo apoyó en el suelo. Se metió dentro de la cama. Apagó la luz. Enseguida sintió que Negrito quería subirse y no alcanzaba. Lo ayudó. El perro siguió durmiendo, pero Frin ni conseguía empezar.
—(Susurrando) Che, Negrito, ¿y si la encuentro pero ella no quiere verme? Se quedó con los ojos abiertos en plena oscuridad, pensando.

Al otro día en la escuela habló con Lynko.
—Te quiero decir un secreto: voy a ir a Nulda a ver a Alma.
—... ¿a Nulda?
—Sí.
—¿Con tus papás?
—No.
—... ¿vos solo?
—Sí.
—... ah ¿Y Alma sabe?
—No.
—¿Y si no está?
—(Levantó los hombros) Me vuelvo.
—¿Y si no hay ómnibus y...
—Lynko, ya averigüé todo. El pasaje es súper barato. Con lo que me paga Elvio puedo ir y volver mil veces.
—¿Querés que te acompañe?
Le daba vergüenza decirle que no, y sólo levantó los hombros.
—Te pido una cosa, no se lo digas a nadie, ¿prometido?
—Sí.
Tocó el timbre. En el recreo siguiente, No se lo digas a nadie fue lo que Lynko le dijo a Vera cuando se lo contó, porque él había prometido eso, pero con Vera era distinto. Y Vera se lo contó a Arno y le dijo No se lo digas a nadie. Arno se lo contó a otros dos amigos y les dijo No se lo digan a nadie. Y todo el mundo susurraba en el grado lo que Frin iba a hacer, y todos decían no se lo digas a nadie. Y miraban a Frin con más respeto. Cuando llegó el jueves, ya lo sabían hasta los marcianos. Fede se acercó y le preguntó:
—Che, Frin, para el sábado, ¿hay que llevar sandwiches o compramos allá?
—Porque yo digo que mejor los compramos allá, ¿no?
—¿¡Allá, dónde!?
—¡En Nulda, Frin! ¡¿Dónde va a ser?! Ni le contestó, salió corriendo, furioso, a hablar con Lynko. Él le juró y le rejuró que no le había contado a todo el grado, sólo a Vera, y se enojó cuando Frin le recordó que él le había prometido no contárselo a nadie. Pero no sólo lo sabían todos sino que había planes de acompañarlo. Frin está organizando que vayamos a saludar a Alma. Eso es lo que decían.
Esa noche del jueves Frin se acostó entre triste y enojado. Quería ir solo, no en procesión de una multitud. El viernes, antes de ir a la escuela, volvió a confirmar los horarios de los ómnibus. Miraba la hoja con cierta tristeza. El viaje ya no sería lo mismo. Cuando llegó a la escuela, como en una confabulación secreta todos se le acercaban y le preguntaban susurrando y haciendo misterio:
—¿A qué hora salimos, Frin? ¿Dónde nos encontramos?
Él estaba hundido y triste porque su plan se había ido a pique como un barco agujereado. Pero de pronto se le ocurrió una idea, y contestó:
—A las tres, en la terminal de ómnibus. Se corrió la voz por todo el grado. Pasaban y le daban palmadas en secreto. Frin era un ídolo. Estaba buenísima la aventura. Otra palmada. Llegó el sábado. Frin terminó de almorzar más rápido que nunca.
—Frin, masticá la comida.
—Sí, papá.
—Sí, papá... pero te estás tragando los pedazos enteros. Ayudó a secar los platos sin que su mamá se lo pidiera. ¿Qué le iba a decir? No quería mentir, y con un nudo en la panza, por el susto, se le ocurrió:
—... me voy a dar una vuelta.
Adentro suyo estaba atajándose de lo que podía pasar ahora. Pero su mamá se inclinó y dijo.
—Bueno, cuidate (y le dio un beso).
Frin respiró. Además no había mentido, sólo que era una vuelta a Nulda. Tomó su mochila vacía. Llamó al perro. Antes de llegar a la terminal revisó el dinero que había cobrado el viernes, como cinco veces. Sí, estaba todo. Alcanzaba. Sobraba. Podía ir y volver, invitar a Alma con un helado, y todavía sobraba. Llegó a la terminal, había poca gente. Fue a la ventanilla, preguntó si se podía viajar con animales. Le dijeron que no. Ah, bueno; dijo él como si nada. Compró su boleto del ómnibus de las dos. A las tres no salía ninguno para Nulda. Fue hasta un rincón, metió el perrito en la mochila, se acercó al ómnibus. Le dio el boleto al chofer sin saber si lo iba a dejar viajar solo o no. El perrito se movía bastante adentro de la mochila, pero nadie se dio cuenta. Se subió. Buscó un asiento, se sentó. Subió el chofer, encendió el motor. El perrito ladró. El chofer miró por el espejo. Frin sonrió y lo saludó con una mano. Él chofer puso la marcha, el ómnibus retrocedió. Luego avanzó, salieron de la terminal. Sí, señor. Ya estaba viajando. Pensó en la cara que iban a poner todos los del grado cuando llegaran a las tres. El chofer encendió la radio para escuchar un partido, y eso ayudó porque no se escucharon un par de ladridos del perrito. El ómnibus iba casi vacío. Abrió la mochila.
—Mirá, Negrito, esto es un ómnibus.
Y el perro olía por todas partes, como si estuvieran pasando las noticias. Llegaron a la ruta, y Frin le iba explicando. Estos son los coches. Esto es un campo. Mirá, allá hay vacas. Y así ni se acordaba de su miedo, porque para eso había llevado al perro, para que le hiciera compañía. Mirá, ése es un tractor. El ómnibus iba tranquilo, ni rápido ni lento. Oyendo el partido por la radio. Mirá, Negrito, mirá todos esos pájaros. Y Negrito miraba abriendo los ojos y levantando las orejas y oliendo. Aunque no podemos saber si miraba los pájaros que le señalaba Frin o el vidrio verde de la ventana del ómnibus. Para él todo era igual de nuevo, grande, distinto, y en movimiento. Para Frin también.

22
Cuando se quisieron dar cuenta ya estaban entrando en la terminal de Nulda. Mucho más pequeña que la del pueblo de Frin. Primera medida de seguridad: volver a meter al perro dentro de la mochila. Primer problema: no quería. Frin abrió bien la mochila, lo sentó encima y le empujó la cabeza. Por suerte el chofer había ido hasta la ventanilla y no oyó los ruidos.
—¡Negro! Te juro que nunca más te voy a dejar acompañarme si te portás así. Segundo problema. En la terminal había perros. Durmiendo la siesta, pero perros, grandes.
—Oh, oh... ni te muevas, Negrito
—... (de repente dejó de sacudirse y se quedó duro, olfateando desde adentro).
—... hola, lindo perrito que duermes la siesta, no te despiertes. Negro comenzó a ladrar.
—¡No te hagas el valiente ahora! Lo retó y salió corriendo fuera de la terminal. Esos perros eran tan grandes que con un bostezo se hubieran comido a Negrito. Caminó una cuadra, abrió la mochila y lo dejó salir. El perro olfateó toda la vereda, milímetro a milímetro, desde la pared hasta el primer árbol, y ahí dejó su firma. Era desesperante caminar así. No avanzaban ni medio metro por año.
—¡Ufa, Negrito! ¡Basta de oler todo!
—... (el perrito adelantaba un paso, retrocedía cinco y repasaba lo que ya había olido). —¡Si no me hacés caso te voy a meter adentro de la mochila! Pero el perro no le hizo ni un poco de caso, entonces lo alzó. ¿Para dónde quedaría la casa de los abuelos? La calle estaba vacía, era la hora de la siesta. Ni a quien preguntarle. Caminó cinco cuadras y llegó hasta la plaza. ¿Alma estaría en los juegos? No, no estaba. ¿Estaría tomando un helado? Se fijó si alrededor de la plaza había una heladería. Sí, pero estaba cerrada. Se sentó en un banco. Se había imaginado que iba a ser más fácil. Pasaron tres chicos en bicicleta; pero lo miraron sin dejar de pedalear, y siguieron de largo. Frin sintió hambre. Pero no era hambre, porque acababa de comer, sino que se sentía perdido. ¿Cómo podía ser un pueblo tan pequeño y de todas maneras uno perderse tanto? Qué ganas de regresar.
—¡Qué tonto soy! (dio un salto). ¿¡Cómo no me acordé antes!? (Negrito lo miró con cara de susto). El proveedor que le traía las cartas había dicho que la casa de los abuelos quedaba cerca de la librería. Encontrando la librería... ya estaba cerca de la casa. Buenísimo. Se sentía el campeón del mundo.
—¡Vamos, Negrito! Te apuesto que en diez minutos estamos tomando helado con Alma.
Revisó si no había perdido la plata. Todo bien. Tenía para invitarla a ella y a sus abuelos y a los vecinos, por si había visitas. Bueno, que alguno se pague el suyo, ¿no? —No, mira, mejor nos quedamos acá, porque no sabemos si nos estamos acercando o alejando... Negrito, ¡atento a la primera persona que veas pasar! Y lo volvió a dejar en el suelo para que olfateara a gusto.
—¡Che, Negrito! ¡Si estás mirando el piso no vas a ver a nadie! Lo retó en broma. Nunca se había imaginado que con tan poco viaje uno podía irse tan lejos. Por una de las esquinas de la plaza apareció una mujer caminando lentamente, inclinándose a cada paso. Frin alzó al perro y se le acercó.
—Buenas tardes, señora, ¿dónde queda la librería?
—(Lo miró extrañada): Está cerrada, ahora.
—Ya sé, pero no importa.
—... ¿vos no sos de acá, no?
—... (uf) No.
—¿Te perdiste?
—No, busco la librería porque ahí cerca vive una amiga.
—¿Y este perrito tan lindo? (preguntó la señora agachándose). ¡Ay, qué gracioso!
—... (Frin no lo podía creer, ¿estaba loca esta vieja?)
—¡Lindo! ¡Lindo! ¿Y cómo se llama?
Negro, oiga, señora...
—¿Negro? ¡Pero no es todo negro!
—No, se lo puse por...
—¡¿No es todo negro y le pusiste de nombre Negro?!
—...(uf)...Sí
—¿Y por qué le pusiste así, eh? (y volvía a pellizcar al perro). ¡Bonito!
—Es un nombre provisorio, señora. Le contestó, pero ya queriendo sacársela de encima; para colmo el perro le hacía una fiesta increíble, movía la cola, le lamía la mano, faltaba que le diera el teléfono.
¿¡Provisorio!? ¡Ay, qué ocurrencias tienen los chicos, hoy día! ¡Imaginate, ponerle un nombre provisorio!
—... (desaparezca, señora, pensaba Frin).
—¿Y a quién me dijiste que buscabas? (preguntó sin dejar de acariciar a Negro que estaba feliz, el muy estúpido).
—A una amiga.
—Sí, bueno, pero cómo se llama.
(¿Para qué me pregunta?)... Alma.
—¡Ah, bueno! Vos buscás a la nieta de Remo.
—¡¡¡¡¡...!!!!! ¿Usted la conoce?
—¡Ay, mi amor! en Nulda todos nos conocemos... (puso otra cara), esa pobre chica con los papás que se están separando... yo no sé...
—... (no estaba tan loca la vieja, pensó). ¿Y por dónde viven?
—Vamos, yo te acompaño, ¡Ay, bonito! (volvió a pellizcar al perro).
—¿Viste qué buena la señora, Negrito? (y se dio cuenta de que regresaban por donde ella había venido)... oiga, pero usted iba para el otro lado.
—¡Ay!, no importa, mi amor... es un minuto, están acá a dos cuadras... vas a tener que tener paciencia, mi amor, porque yo, con esta pierna, no puedo ir más rápido.
—No, no hay apuro, señora. Dijo él, viendo cómo avanzaba apoyando el pie con cuidado, y sintió algo así como que le gustaría inventar alguna cosa que la sanara. La señora era de lo más buena. Muy habladora, eso sí. No paraba de preguntarle cosas y hablarle; pero muy buena. Con lo que le costaba caminar, estaba regresando dos cuadras.

Se detuvieron frente a una casa que tenía una pequeña tapia. La señora pasó y, en vez de tocar el timbre, fue hasta la puerta del patio y gritó:
—¡Remo! ¡Visitas!
—¡Eh, Rosa! ¡Adelante, adelante! Se oyó desde adentro, y apareció un señor de pelo blanco, muy alto y grande. Debía ser el abuelo de Alma. Era enorme.
—¿Y este muchachito, Rosa? (preguntó, mientras se acercaba).
-Busca a tu nieta. Alma estaba adentro y supo que era Frin. No podía ser otro. Sintió el impulso de salir a verlo; pero fue más fuerte la vergüenza. ¿Qué hacía acá? ¿Para qué había venido? Quiso esconderse, pero el abuelo la llamó.
—¡Alma! ¡Te vino a visitar un amiguito! Adelante, Rosa, ¿te vas a quedar aquí afuera? —No, yo sigo viaje.
—¿No pasás a tomar un cafecito, ni siquiera?
—No puedo, Remo, me espera mi hija; si no después protestan.
—Pero... qué apuro (dijo el abuelo y volvió a llamarla) ¡Alma! Frin sintió el impulso de pedirle que no se molestara, que ya iba a salir, o que no importaba, que tal vez estaba ocupada y mejor volvía otro día. Alma se asomó por la puerta, sin saber qué hacer. Vio al perrito y se le escapó una sonrisa. Qué lindo era. Estaba en los brazos de Frin, que lo alzó como si la visita fuera el Negrito y él nada más un acompañante. Como vio que Alma sonreía, lo dejó en el suelo, ella se acercó un poco agachada, porque el perrito iba hacia ella, hecho un ovillo. Moviendo la cola, agachando la cabeza, medio echándose panza arriba, arrastrándose. Como si la conociera desde siempre.
—¡Epa! Éste tiene la manguera rota. Exclamó el abuelo, divertido, porque el perrito no se aguantaba la emoción. Pero los chorros del Negrito eran su única desventaja. La ventaja es que si no lo hubiera llevado, Alma y Frin se hubieran quedado más duros que los bancos de la plaza. En cambio así se decían cosas a través del Negro.  
Negro, portate bien, decía Frin, pero era como si dijera, Hola, Alma. Y ella decía, Pero, qué perro más feo... y era como si le contestara, Qué bueno que viniste, Frin, qué bueno. Y se acordaba de Vera, cuántas ganas de verla. De la escuela. De los amigos. Del otro pueblo. De su cuarto en la otra casa. De sus papás que se estaban separando. De un golpe le llegó todo lo que extrañaba. Y se dio cuenta de lo lejos que estaba. Parecía que no iba a poder volver nunca. Sintió que le venían lágrimas; pero no quería que la vieran. Agachó un poco la cabeza; y dijo, Perro, perro, perro bonito... para disimular.


23
El abuelo de Alma no le creyó a Frin cuando afirmó muy serio.
—Mis papás saben que vine... si quiere les hablamos por teléfono y les pregunta. Eso de haber ofrecido hablar por teléfono lo convenció de que estaba mintiendo; pero no quiso meterse más, Alma estaba contenta con la visita.
—¿Por qué no van a dar una vuelta a la plaza y después, cuando regresen, ya habrá llegado la abuela y les prepara una merienda, eh? Se fueron con Negrito que, como dijo el abuelo, cualquier cosa podía defenderlos.
—Qué grande que es, ¿fue boxeador? (preguntó Frin).
—No, luchador.
—¿Luchador? Huáu.
—Hizo muchos deportes, jugó al fútbol, y una vez que vivieron cerca de un río hacía remo; y también jugó al básquet, y antes viajaba todos los años al Sur y hacía montañismo.
-Él solo hizo más deportes que toda mi familia junta.
—(Alma se rió) ¡Ey! ¡Vamos!, hace una hora que estás leyendo ese árbol.
—¡Vamos, Negrito! —Ah, entonces tiene nombre: Negrito.
 —No, bueno, sí... bueno, no... se lo puse, pero provisorio nomás, para cuando hay que retarlo o llamarlo... pero lo traje para que le busquemos uno... juntos.
—¿Cómo? (había entendido, pero quiso que lo repitiera).
—... no, digo, entre vos y yo.
—... claro, y... podés dejarle Negrito...
—No, pero decime uno que te guste.
¡Resorte!
—Uy... y sí... es lindo, también.
—No te gustó, ¿no?
—¿Eh?, no, sí, sí, está bien, puede ser ése; probemos (y lo llamó, pero como si siguiera hablando con Alma) Resorte, Resorte, venga, Resorte... ¡Uy!, no hace caso... (se apuró a decir, con alivio).
—Frin, hiciste trampa.
—Te juro que no; yo creo que no le gustó Resorte, lo que pasa es que es más desobediente... mejor por ahora le decimos Negrito, hasta que se acostumbre a que lo llamemos Resorte, ¿no?
—¿¡Y cómo se va a acostumbrar si siempre lo llamamos Negrito!? —Por eso, ¿no querés tomar un helado?
—No, gracias.
—No hay problema, eh; mirá que traje dinero.
—No es por eso, gracias, no tengo hambre ahora.  
Llegaron hasta un banco de la plaza y se acomodaron. Negrito ya se sentía más seguro, estaba con la cola bien parada, ladraba y medio perseguía a cuanto perro pasaba lejos. Alma comenzó a preguntarle por la escuela y Frin la puso al día de todos los chismes del grupo, imitando a los amigos. Alma se reía como hacía rato no soltaba tantas carcajadas. Negrito entendió cualquier cosa y ladró a unos perros. Eran un trío muy divertido y ruidoso. Se hizo un silencio y Frin preguntó: —Che, Alma, y tus papás... ¿sabés algo?
—(Levantó los hombros)... sí. Pero se quedó callada. Frin entendió que no quería hablar de eso y la volvió a invitar con un helado. Alma sonrió y nuevamente le dijo que muchas gracias, pero no. ¿Y ahora qué hago con la plata?, pensó Frin. —¿Vamos a casa?, ya debe haber llegado la abuela. —Sí, vamos. Contestó Frin, que se acordó de que tenía que regresar rápido, para que sus papás no sospecharan nada. La abuela era una señora gorda, que se teñía el pelo y le gustaba mantenerse bien arreglada. Les ofreció una rica merienda. Frin se moría de ganas de quedarse con Alma y en esa casa de los abuelos, arreglada sin ningún lujo, pero que era muy cálida y alegre. Se despidió de los abuelos, que salieron hasta la vereda. Puso al perro en la mochila, dejándole la cabeza afuera y salieron con Alma rumbo a la terminal. Se hizo un silencio muy incómodo. Frin quería exprimir los pocos minutos que quedaban; pero llegaron callados. Duros de la vergüenza y sin encontrar palabras para despedirse. En la ventanilla sacó el dinero, pidió el boleto, tomó el vuelto y lo guardó. Alma lo vio tan serio y tan concentrado, que sintió algo especial, como aquella vez que lo había encontrado leyendo en el patio. De repente Frin era más grande que todos. Que ella, que Lynko, que Vera. * El ómnibus ya estaba en el andén; pero el chofer no. Se pararon enfrente. —Che, Alma. —¿Sí? —Quiero hacerte una pregunta... ¿puedo? —... no sé... bueno, sí. —¿Te molestó que viniera? —No, me gustó... ¿ésa era la pregunta? (con decepción). —No, no era ésa. —¿Entonces? —¿Es cierto que estás de novia con Arno? Si Frin hubiera hecho esa misma pregunta en la escuela, o con más tiempo, quién sabe cómo la hubiera contestado. Pero Frin estaba a punto de subirse al ómnibus y tal vez se vieran en una semana, o en dos, o quién sabe. Entonces contestó la verdad. —No, no es verdad. —¿¡Y por qué me dijiste eso!? —Yo no te dije eso. —Bueno, pero me dijiste que gustabas de él. —No es lo mismo. —Sí es lo mismo. Se estaban acercando otros pasajeros. —No, no es (dijo Alma, bajando la voz). —Bueno, no importa. —… —... ¿y eso es cierto? Ya estaba llegando el chofer. Empezaba a pedir los boletos a la gente que iba subiendo. Faltaba poco para el turno de Frin. Alma no quiso que se fuera sin contestarle. —No. —¿¿¿Cómo??? (preguntó Frin, avanzando un lugar en la fila). —Que no. —¿¡Que no!? Repitió él, sonriendo más todavía y extendiendo el boleto al chofer. Y todo ocurrió al mismo tiempo, Alma le respondió: —Ya te dije que no era cierto, ¿querés que lo publique? Y el chofer, de muy malas maneras, le dijo: —No se puede viajar con animales. —¿Qué? (Frin, sorprendido). —Lo que oíste, pibe, no se puede viajar con animales; abajo, vamos. —... pero (balbuceó Alma). —Ya compré el boleto. Dijo Frin tímidamente. El chofer levantó los hombros, y volvió a ordenarle. —Te dije que te bajes, no sigas subiendo. —Yo no vivo acá (protestó Frin, desde el estribo del ómnibus). —No me vengas con cuentos, salí, que tiene que subir la gente. Los demás pasajeros se pusieron tensos, por la situación. —Yo tengo que viajar (y subió otro escalón).
—(El chofer lo tomó de la mochila y casi le gritó) ¡Si querés viajar deja al perro!
—¡Es mi perro! Dijo Frin, levantando la voz, y subiendo un escalón. Entonces el chofer tironeó la mochila y lo bajó de un golpe. Negrito gemía, asustado. Frin se zafó y volvió a poner un pie en el ómnibus. El chofer lo volvió a bajar violentamente. Frin le tiró una patada que dio en el aire, y el chofer lo zamarreó bruscamente.
 —¡Quítele las manos de encima! (tronó fuerte la voz del abuelo de Alma).
—¿¡Y usted qué se mete!? (contestó el chofer).
—¿¡Que qué me meto?! (dijo el abuelo furioso). ¿¡Que qué me meto!? (y le dio un empujón).
—¡No me toque! (gritó el chofer).
—¿Por qué? ¿Por qué es valiente con los niños nomás? (le dio otro empujón).
—¡Le dije que me saque las manos de encima! (amenazaba, pero retrocedía).
—¿Sabe qué es alguien como usted? ¡Un miserable! ¿Oyó? El chofer hizo como que amagaba a levantar un brazo.
—Dale, por favor, dame el gusto, dale... (lo desafió el abuelo).
—... (el chofer se hizo el ofendido, tiró los pasajes y se subió al ómnibus).
—Señores (dijo el abuelo a todos los pasajeros), devuelvan sus boletos, porque no se puede viajar. La gente se alarmó.
—¿Cómo que no se puede viajar?
—¡Esto es una vergüenza!
—¡Yo tengo que regresar a mi casa, a ver si se apuran!
—¡Eso! ¡Siempre hay problemas con esta línea de porquería!
—¡La culpa es del gobierno! El abuelo levantaba la mano, pidiendo que lo dejaran hablar; pero la gente estaba muy molesta.
—¡Bájense y arreglen sus cosas sin molestar a los demás! (siguió otro). Un pasajero, con cara de pocos amigos, preguntó:
—¿¡Y por qué no se puede!? El abuelo, muy serio, explicó.
—Porque cerraron la ruta, por eso; vamos, Alma, vamos, querido, volvamos a casa. La gente se preocupó más todavía.
—Remo, ¿qué está pasando? (le preguntó un amigo).
—... ah, Vicente, cómo estás... el molino amenazó con cerrar, los obreros se declararon en huelga y tomaron la ruta hacia los dos lados. La gente exclamó un "Oooh" pues no podían creer algo tan grave. El amigo le preguntó.
—¿En serio, Remo?
—Como para bromas estamos, claro que es en serio.
—¿Entonces no se puede salir de Nulda? (preguntó una señora que no daba crédito a lo que oía). El abuelo no estaba mintiendo: era algo realmente serio.
—Ni salir, ni entrar, señora, está tomada la ruta (y se dirigió a Frin) ¿compraste boleto? Frin asintió con La cabeza.

—Vení a que te devuelvan el dinero, querido, y luego vamos para casa para llamar a tus padres antes de que se asusten; ya están dando la noticia por radio.