martes, 13 de enero de 2015

3°A

Indicaciones para el equipo:
Lleva a cabo el siguiente experimento, recuerda que debes fotografiar el material que emplees mostrado por cada integrante del equipo, así como registrar las observaciones al tomar nota y fotografía del procedimiento.
Investiga la teoría de la Gran explosión o Big bang, llévala a clase.

Experimento para simular la teoría de la Gran explosión
Para simular la teoría de la gran explosión,  les planteo realizar el siguiente experimento sencillo:
Materiales
§  Un globo n° 9
§  Plumón indeleble negro
§  Cinta métrica
 Procedimiento
§  Infla parcialmente el globo de color celeste o azul, representará el universo. Pide a alguien que presiones con sus dedos la boca del globo cerrada para que no se desinfle o enróllala y utiliza una pinza para mantenerla cerrada.
§  Supongamos que existen muchas galaxias en el universo. Dibuja con el plumón indeleble  unos unos  puntos negros, para representar las distintas galaxias, considerando que las distancias entre ellas sean diferentes.
§  Con la cinta métrica mide las distancias entre estos puntos negros y anota tus resultados. Cuando el globo no está muy inflado lógicamente las distancias son cortas y a medida que se infla más el globo las distancias se alargan.
§  Infla el globo un poco más para representar la expansión del universo y vuelve a medir la distancia entre las galaxias. Observarás que cada vez que el globo se infla, las galaxias que hemos representado también se alejan, generando nuevas distancias entre ellas.
§  Sigue inflando hasta que el globo ya no se expanda más y genere una gran explosión, en donde los puntos que hemos marcado quedaran esparcidos en el espacio y es a partir de ello que se originaron los elementos del universo que conocemos como en el caso de los planetas, estrellas, galaxias, etc.
Explicación
El globo representa el universo que en un momento dado explotó, generando la expansión de la materia en todas las direcciones y creando lo que conocemos como nuestro Universo. Los trozos de globo con marca de plumón serían los elementos del universo que conocemos

lunes, 15 de diciembre de 2014

2D, E, F y G: Imprimir ambas lecturas y pegar en el cuaderno de Proyectos para la clase del miércoles 17 de diciembre.

Reseña 1
Christie es una joven buena, sincera, y sobretodo educada. Pero tiene el infortunio de que hereda una horrorosa cazadora de su hermano, que supondrá el principio de sus “males”.
Por poner solo un ejemplo, en el colegio se ríen y se burlan de ella, así que la joven tiende a contar su propio secreto: la prenda perteneció al mítico y ya clásico Indiana Jones.
La noticia causa un gran revuelo, y a Christie no le queda más remedio que alquilarla por horas, por lo que la convierte sorprendentemente en una de las chicas más conocidas del colegio.
Por sorprendente que pueda parecer, ya nadie se ríe de ella, y de repente ahora a todos sus compañeros y amigos les gusta la tan afamada cazadora.
En el libro La cazadora de Indiana Jones se enseñan una serie de emociones básicas que deben tener en cuenta los más pequeños, especialmente cuando se encuentran entre amigos.
Valores como la amistad, la simpatía, la confianza o la sinceridad son cuestiones básicas en las páginas de este curioso e interesante libro, ideal para niños/as a partir de 12 años de edad.
No en vano, se trata de un libro recomendado por la publicación Los mirlos blancos de la Biblioteca Internacional de Munich, y en el año 1990 obtuvo el Premio Euskadi del Gobierno vasco a la mejor novela juvenil del año.
Asun Balzola, su autora, fue conocida principalmente por su labor como ilustradora, siendo Premio Nacional de Ilustración. Aunque también escribió numerosos libros para jóvenes y niños.
Lamentablemente falleció el día 22 de junio del año 2006. Nuestro más sincero homenaje a Asun Balzola.
"NO VOY A HABLAR DEL DIARIO DE ANA FRANK"
POR BERNARDO FERNÁNDEZ, BEF
Pocos recuerdan el nombre de Robert Aickman. Se trata de un escritor inglés de literatura fantástica metido en la tradición anglosajona de lo oscuro. Aickman, quien murió en 1981, escribió un cuento que le valió en 1975 el World Fantasy Award, que es algo así como el Óscar de la literatura fantástica.
La narración de marras se titula “Páginas del diario de una adolescente” y cuenta en primera persona un viaje de Inglaterra a la Europa continental de una muchachita en algún punto indeterminado del siglo XIX. Se trata de una historia ambiental, situada en castillos oscuros poblados por decadentes personajes a los que la chica registra con tanto asombro como rigor. Lo que empieza como un diario de viaje se convierte poco a poco en la crónica de la transformación vampírica de la narradora, todo envuelto en una atmósfera sofocante que recuerda mucho a escritores como Sheridan Le Fanu, Algernon Blackwood y Henry James. Un cuento inquietante, cuyo final abierto me dejó profundamente impresionado cuando lo leí de niño, hace más de treinta años, y cuyas sombras escurridizas siguen resonando en mi recuerdo.
La obra de Aickman, sin duda un cuentista brillante, no está traducida al español e incluso en inglés es difícil de conseguir, si bien existen tres tomos con su narrativa breve recogida. Pero si el lector se interesó lo suficiente como para adentrarse en este tipo de tierras extrañas, recientemente apareció en la mesa de novedades una lujosa edición ilustrada de La cámara sangrienta de la también inglesa Angela Carter (1940-1992), espléndida narradora de lo fantástico, muerta prematuramente, quien dejó una abultada obra de la cual lo más conocido es esta antología. La cámara sangrienta es una especie de puesta al día de varios cuentos de hadas tradicionales, en versiones exentas de cualquier candor y repletas de malicia que nada tienen de infantil. 
Algo similar a lo hecho por la rusa Liudmila Petrushévskaia en Érase una vez una mujer que quería matar al bebé de su vecina, aterrador compendio de nuevos cuentos de hadas rusos. Pero quien ha escrito una novela en forma de diario de entre mis lecturas ha sido José Luis Zárate en La ruta del hielo y la sal. En esta peculiar novela breve retoma las páginas del diario del Demeter, embarcación que lleva el sarcófago de Drácula desde Varna, en la costa Búlgara del Mar Negro, hasta Inglaterra. Bram Stoker dedica apenas un par de cuartillas para dar cuenta del diario del capitán de la goleta. Zárate expande esas líneas hasta completar la bitácora del viaje, convirtiéndola en una de las más peculiares novelas mexicanas.
No pierdo oportunidad para hablar bien de Zárate, mi escritor mexicano favorito de entre los vivos. Como ya lo he hecho anteriormente en este espacio, baste decir que no sólo es una brillante novela en forma de diario, también es una de las pocas visitas de la literatura mexicana al mar.
Por otro lado, el novelista gráfico canadiense Guy De Lisle lleva varios años registrando su vida en forma de cómics. Artista que ha viajado por el mundo supervisando producciones de dibujos animados, su paso por un estudio de animación en Corea del Norte le dio suficiente material como para publicar Pyonyang, delirante historieta sobre las tribulaciones de un extranjero en la última dictadura comunista de Asia. Con un dibujo sintético y elegante ironía, De Lisle da cuenta desde su llegada al aeropuerto, donde es recibido con un ramo de flores que después debe depositar —como todo visitante— a los pies de la estatua del dictador, hasta su visita al “Museo de la Amistad”, el libro reboza de situaciones tan absurdas que cuesta trabajo creer que son reales. Los excesos de una dictadura que intenta a toda costa legitimarse a sí misma son dibujados sin piedad por el narrador, quien nunca está muy seguro si debe reír o llorar.
El propio De Lisle ha publicado también Crónicas birmanas y Crónicas de Jerusalem, espléndidos diarios de viaje en formato de cómic que dan cuenta de su paso por estos lugares.
¿Qué es un libro de memorias sino un diario exhibicionista? Eduardo del Río Rius, decano de los caricaturistas mexicanos, ha publicado recientemente Mis confusiones, abultado volumen en el que da cuenta de su paso por este mundo, durante el cual no sólo revolucionó la caricatura latinoamericana; también se encontró con personajes fascinantes y situaciones que van de lo conmovedor a lo delirante. La publicación de las memorias de un caricaturista es un hecho inusitado en el mundo editorial y ello habla de la importancia de Del Río en nuestra cultura. Un referente obligado dentro y fuera de los cómics y el humor gráfico. El libro está tan bien escrito que deja al lector con el pesar de que Rius no haya escrito más prosa.


http://www.revistaleemas.com.mx/no_voy_hablar, Recuperado el 15 diciembre, 2014


Reseña 3
La bruja de abril y otros cuentos

Este libro está compuesto por cuatro relatos que se adentran en el mundo de la ciencia ficción, en ellos se presentan desde cuartos o habitaciones que reproducen en imágenes los pensamientos de sus dueños, hasta problemas raciales en Marte y brujas con grandes deseos de enamorarse.
Catálogo de literatura infantil y juvenil, México, Ed SM, 2011



Reseña 4
Ven a cantar. Sésame Street Playground

Este disco prueba que, sin importar el idioma, la fómula no cambia muchos colores, canciones inocentes con tonadas pegajosas que provocan euforia en los niños. Será por el swing, pero la respuesta es inmediata, saltos, brazos levantados con "Patito de hule" o la "Canción de la amistad". El arte del CD incluye reseñas de las canciones y los personajes de Sesame Street. Una garantía para entretener a los niños con un toque cosmopolita.
Revista "Chilango", Septiembre, 2008, p. 160

3°A Anota tu nombre y grupo, modifica el tipo de letra antes de imprimir; después responde a mano cada pregunta. Pega en el cuaderno de Actividades permanentes.

Obesidad: ¿de quién es la culpa?
Agustín López Murguía
La aseveración del investigador Bourges no puede llevarnos a salir corriendo por unos huevos con tocino dentro de una hamburguesa de doble piso. Su artículo sirve para mostrar que el problema de la obesidad es muy complejo, depende de muchos factores tanto ambientales como genéticos, pero dice sobretodo que es consecuencia de comer mucho…y mal.
Aunque el azúcar no era el acusado, sí se encontraba dentro de la lista de sospechosos pues las conclusiones se le aplican de igual manera: es urgente corregir la dieta con conocimientos sólidos y fomentando hábitos saludables.
No hay que satanizar el azúcar, pero tampoco hay que perder de vista que empezamos el siglo XX (bueno, nuestros abuelos) consumiendo 10 kilogramos de azúcar al año, y lo terminamos con 50 kilogramos por terrícola al año. La culpa es de los chocolates, helados, galletas, caramelos, pasteles, dulces y refrescos embotellados: en particular estos últimos se consumen en cantidades espectaculares entre los hombres del maíz, es decir, en México.
No hay pruebas claras de que la epidemia de obesidad que afecta al mundo moderno esté directamente relacionada con el consumo de azúcar pero sí con el exceso. Otros factores son la falta de ejercicio, que implica la acumulación de la energía de más que se ingiere con la dieta, y la falta de equilibrio en la alimentación, lo que conlleva desbalances en el consumo de otro nutrimentos. Finalmente, la obesidad también tiene un componente genético, como demuestra un estudio publicado en febrero de 2008 en el American Journal of Clinical Nutrition. Según este estudio, la obesidad puede atribuirse a factores genéticos hasta en 77 por ciento. El estudio se llevó a cabo siguiendo a 5,092 pares de gemelos y da cuenta de la complejidad del problema.

1.       ¿Cuál es el tema de la lectura? 
2.       ¿Cuáles son los cuatro factores que provocan la obesidad, según el autor?
3.       ¿Qué hábitos pueden dar solución al problema?
4.       ¿Qué información sustenta este artículo?
5.       Explica con tus palabras las siguientes expresiones:
a.       “No hay que satanizar el azúcar”
b.      “…los hombres del maíz, es decir, en México”
6.       ¿Por qué el autor le llama “epidemia” a la obesidad?
7.       Haz un dibujo de uno de los factores que provocan la obesidad.


miércoles, 3 de diciembre de 2014

La siguiente es la letra de la canción Las batallas del grupo Café Tacuba, sólo imprime y pega en tu cuaderno, en clase realizaremos la actividad.

Oye Carlos,
¿porqué tuviste 
que salirte de la escuela esta mañana?,
oye Carlos, 
¿porqué tuviste 
que decirle que la amabas, a Mariana?
en la escuela se corrió el rumor 
y en tu clase todo el mundo se enteró. 

Y en tu casa mamá te preguntó: 
si acaso fue tu hermano quien te indujo 
o peor aún, 
fue Mariana, sí 
fue ella quien te lo propuso
papá dijo: este niño no es normal, 
será mejor llevarlo al hospital.

"Por alto que este el cielo en el mundo, 
por hondo que es el mar profundo 
no habrá una barrera en el mundo 
que mi amor profundo no rompa por ti"

Oye Carlos, 
¿porqué tuviste 
que salirte de la escuela esa mañana?,
oye Carlos, 
¿porqué tuviste 
que decirle que la amabas, a Mariana?...

sábado, 29 de noviembre de 2014

3°A

Comenté en clase que tendrían una actividad para realizar, sin embargo debido a que es semana de exámenes, se cancela. Estudien proyectos 4, 5 y lo que llevamos del 6, también lo relacionado con la estructura poética y las figuras literarias.
Buen fin de semana.

martes, 18 de noviembre de 2014

2°D,E y F

Elementos para modificar un cuento

Elementos modificables
Cambios que se podrían modificar
Afectaciones en el cuento
Efecto en el lector
Trama
Empezar por el final de la historia
El desenlace tendría que ser ligeramente diferente
Interés en el lector al preguntarse cómo inició la historia
Personajes
Incluir diálogos para darles más importancia a los personajes secundarios
Existirá interrelaciones entre los personajes, ya no sería narrado solamente por una sola voz narrativa
Los lectores podrían conocer otro punto de vista sobre el suceso
Ambiente
Cambiar el ambiente del cuento, como por ejemplo suspenso, terror, …
Cambiaría la voz narrativa, de modo que la voz narrativa fuera la que contara la historia(por ejemplo, un testigo)
Se podría desarrollar la intriga, para que los lectores empiecen a interpretar las acciones del protagonista de acuerdo con sus propias experiencias
Contexto
Cambiar la historia para que se realice en el futuro
Los personajes tendrían que reaccionar con sorpresa ante las acciones del protagonista y quizá mostrar sospecha
Podría lograrse un efecto de comicidad con las reacciones de los personajes

lunes, 17 de noviembre de 2014

Cuentos para Proyecto 5, 2°D, E, F y G

La mosca que soñaba que era un águila
Augusto Monterroso

Había una vez una Mosca que todas las noches soñaba que era un Águila y que se encontraba volando por los Alpes y por los Andes.
En los primeros momentos esto la volvía loca de felicidad; pero pasado un tiempo le causaba una sensación de angustia, pues hallaba las alas demasiado grandes, el cuerpo demasiado pesado, el pico demasiado duro y las garras demasiado fuertes; bueno, que todo ese gran aparato le impedía posarse a gusto sobre los ricos pasteles o sobre las inmundicias humanas, así como sufrir a conciencia dándose topes contra los vidrios de su cuarto.
En realidad no quería andar en las grandes alturas o en los espacios libres, ni mucho menos.
Pero cuando volvía en sí lamentaba con toda el alma no ser un Águila para remontar montañas, y se sentía tristísima de ser una Mosca, y por eso volaba tanto, y estaba tan inquieta, y daba tantas vueltas, hasta que lentamente, por la noche, volvía a poner las sienes en la almohada.
La honda de David
Augusto Monterroso
Había una vez un niño llamado David N., cuya puntería y habilidad en el manejo de la resortera despertaba tanta envidia y admiración en sus amigos de la vecindad y de la escuela, que veían en él -y así lo comentaban entre ellos cuando sus padres no podían escucharlos- un nuevo David.
Pasó el tiempo
Cansado del tedioso tiro al blanco que practicaba disparando sus guijarros contra latas vacías o pedazos de botella, David descubrió que era mucho más divertido ejercer contra los pájaros la habilidad con que Dios lo había dotado, de modo que de ahí en adelante la emprendió con todos los que se ponían a su alcance, en especial contra Pardillos, Alondras, Ruiseñores y Jilgueros, cuyos cuerpecitos sangrantes caían suavemente sobre la hierba, con el corazón agitado aún por el susto y la violencia de la pedrada.
David corría jubiloso hacia ellos y los enterraba cristianamente.
Cuando los padres de David se enteraron de esta costumbre de su buen hijo se alarmaron mucho, le dijeron que qué era aquello, y afearon su conducta en términos tan ásperos y convincentes que, con lágrimas en los ojos, él reconoció su culpa, se arrepintió sincero y durante mucho tiempo se aplicó a disparar exclusivamente sobre los otros niños.
Dedicado años después a la milicia, en la Segunda Guerra Mundial David fue ascendido a general y condecorado con las cruces más altas por matar él solo a treinta y seis hombres, y más tarde degradado y fusilado por dejar escapar con vida una Paloma mensajera del enemigo.
FIN
La tela de Penélope o quién engaña a quién
Augusto Monterroso
Hace muchos años vivía en Grecia un hombre llamado Ulises (quien a pesar de ser bastante sabio era muy astuto), casado con Penélope, mujer bella y singularmente dotada cuyo único defecto era su desmedida afición a tejer, costumbre gracias a la cual pudo pasar sola largas temporadas.
Dice la leyenda que en cada ocasión en que Ulises con su astucia observaba que a pesar de sus prohibiciones ella se disponía una vez más a iniciar uno de sus interminables tejidos, se le podía ver por las noches preparando a hurtadillas sus botas y una buena barca, hasta que sin decirle nada se iba a recorrer el mundo y a buscarse a sí mismo.
De esta manera ella conseguía mantenerlo alejado mientras coqueteaba con sus pretendientes, haciéndoles creer que tejía mientras Ulises viajaba y no que Ulises viajaba mientras ella tejía, como pudo haber imaginado Homero, que, como se sabe, a veces dormía y no se daba cuenta de nada.
FIN
La sirena inconforme
Augusto Monterroso
Usó todas sus voces, todos sus registros; en cierta forma se extralimitó; quedó afónica quién sabe por cuánto tiempo.
Las otras pronto se dieron cuenta de que era poco lo que podían hacer, de que el aburridor y astuto Ulises había empleado una vez más su ingenio, y con cierto alivio se resignaron a dejarlo pasar.
Ésta no; ésta luchó hasta el fin, incluso después de que aquel hombre tan amado y deseado desapareció definitivamente.
Pero el tiempo es terco y pasa y todo vuelve.
Al regreso del héroe, cuando sus compañeras, aleccionadas por la experiencia, ni siquiera tratan de repetir sus vanas insinuaciones, sumisa, con la voz apagada, y persuadida de la inutilidad de su intento, sigue cantando.
Por su parte, más seguro de sí mismo, como quien había viajado tanto, esta vez Ulises se detuvo, desembarcó, le estrechó la mano, escuchó el canto solitario durante un tiempo según él más o menos discreto, y cuando lo consideró oportuno la poseyó ingeniosamente; poco después, de acuerdo con su costumbre, huyó.
De esta unión nació el fabuloso Hygrós, o sea “el Húmedo” en nuestro seco español, posteriormente proclamado patrón de las vírgenes solitarias, las pálidas prostitutas que las compañías navieras contratan para entretener a los pasajeros tímidos que en las noches deambulan por las cubiertas de sus vastos trasatlánticos, los pobres, los ricos, y otras causas perdidas.
FIN
Los bomberos
Mario Benedetti
Olegario no sólo fue un as del presentimiento, sino que además siempre estuvo muy orgulloso de su poder. A veces se quedaba absorto por un instante, y luego decía: "Mañana va a llover". Y llovía. Otras veces se rascaba la nuca y anunciaba: "El martes saldrá el 57 a la cabeza". Y el martes salía el 57 a la cabeza. Entre sus amigos gozaba de una admiración sin límites.
Algunos de ellos recuerdan el más famoso de sus aciertos. Caminaban con él frente a la Universidad, cuando de pronto el aire matutino fue atravesado por el sonido y la furia de los bomberos. Olegario sonrió de modo casi imperceptible, y dijo: "Es posible que mi casa se esté quemando".
Llamaron un taxi y encargaron al chofer que siguiera de cerca a los bomberos. Éstos tomaron por Rivera, y Olegario dijo: "Es casi seguro que mi casa se esté quemando". Los amigos guardaron un respetuoso y afable silencio; tanto lo admiraban.

Los bomberos siguieron por Pereyra y la nerviosidad llegó a su colmo. Cuando doblaron por la calle en que vivía Olegario, los amigos se pusieron tiesos de expectativa. Por fin, frente mismo a la llameante casa de Olegario, el carro de bomberos se detuvo y los hombres comenzaron rápida y serenamente los preparativos de rigor. De vez en cuando, desde las ventanas de la planta alta, alguna astilla volaba por los aires.
Con toda parsimonia, Olegario bajó del taxi. Se acomodó el nudo de la corbata, y luego, con un aire de humilde vencedor, se aprestó a recibir las felicitaciones y los abrazos de sus buenos amigos.
El Otro Yo
Mario Benedetti
Se trataba de un muchacho corriente: en los pantalones se le formaban rodilleras, leía historietas, hacía ruido cuando comía, se metía los dedos a la nariz, roncaba en la siesta, se llamaba Armando Corriente en todo menos en una cosa: tenía Otro Yo.
El Otro Yo usaba cierta poesía en la mirada, se enamoraba de las actrices, mentía cautelosamente, se emocionaba en los atardeceres. Al muchacho le preocupaba mucho su Otro Yo y le hacía sentirse incómodo frente a sus amigos. Por otra parte el Otro Yo era melancólico, y debido a ello, Armando no podía ser tan vulgar como era su deseo.
Una tarde Armando llegó cansado del trabajo, se quitó los zapatos, movió lentamente los dedos de los pies y encendió la radio. En la radio estaba Mozart, pero el muchacho se durmió. Cuando despertó el Otro Yo lloraba con desconsuelo. En el primer momento, el muchacho no supo qué hacer, pero después se rehizo e insultó concienzudamente al Otro Yo. Este no dijo nada, pero a la mañana siguiente se había suicidado.
Al principio la muerte del Otro Yo fue un rudo golpe para el pobre Armando, pero enseguida pensó que ahora sí podría ser enteramente vulgar. Ese pensamiento lo reconfortó.
Sólo llevaba cinco días de luto, cuando salió a la calle con el propósito de lucir su nueva y completa vulgaridad. Desde lejos vio que se acercaban sus amigos. Eso le lleno de felicidad e inmediatamente estalló en risotadas.
Sin embargo, cuando pasaron junto a él, ellos no notaron su presencia. Para peor de males, el muchacho alcanzó a escuchar que comentaban: «Pobre Armando. Y pensar que parecía tan fuerte y saludable».
El muchacho no tuvo más remedio que dejar de reír y, al mismo tiempo, sintió a la altura del esternón un ahogo que se parecía bastante a la nostalgia. Pero no pudo sentir auténtica melancolía, porque toda la melancolía se la había llevado el Otro Yo.
La noche de los feos
Mari Benedetti
Ambos somos feos. Ni siquiera vulgarmente feos. Ella tiene un pómulo hundido. Desde los ocho años, cuando le hicieron la operación. Mi asquerosa marca junto a la boca viene de una quemadura feroz, ocurrida a comienzos de mi adolescencia.
Tampoco puede decirse que tengamos ojos tiernos, esa suerte de faros de justificación por los que a veces los horribles consiguen arrimarse a la belleza. No, de ningún modo. Tanto los de ella como los míos son ojos de resentimiento, que sólo reflejan la poca o ninguna resignación con que enfrentamos nuestro infortunio. Quizá eso nos haya unido. Tal vez unido no sea la palabra más apropiada. Me refiero al odio implacable que cada uno de nosotros siente por su propio rostro.
Nos conocimos a la entrada del cine, haciendo cola para ver en la pantalla a dos hermosos cualesquiera. Allí fue donde por primera vez nos examinamos sin simpatía pero con oscura solidaridad; allí fue donde registramos, ya desde la primera ojeada, nuestras respectivas soledades. En la cola todos estaban de a dos, pero además eran auténticas parejas: esposos, novios, amantes, abuelitos, vaya uno a saber. Todos -de la mano o del brazo- tenían a alguien. Sólo ella y yo teníamos las manos sueltas y crispadas.
Nos miramos las respectivas fealdades con detenimiento, con insolencia, sin curiosidad. Recorrí la hendidura de su pómulo con la garantía de desparpajo que me otorgaba mi mejilla encogida. Ella no se sonrojó. Me gustó que fuera dura, que devolviera mi inspección con una ojeada minuciosa a la zona lisa, brillante, sin barba, de mi vieja quemadura.
Por fin entramos. Nos sentamos en filas distintas, pero contiguas. Ella no podía mirarme, pero yo, aun en la penumbra, podía distinguir su nuca de pelos rubios, su oreja fresca bien formada. Era la oreja de su lado normal.
Durante una hora y cuarenta minutos admiramos las respectivas bellezas del rudo héroe y la suave heroína. Por lo menos yo he sido siempre capaz de admirar lo lindo. Mi animadversión la reservo para mi rostro y a veces para Dios. También para el rostro de otros feos, de otros espantajos. Quizá debería sentir piedad, pero no puedo. La verdad es que son algo así como espejos. A veces me pregunto qué suerte habría corrido el mito si Narciso hubiera tenido un pómulo hundido, o el ácido le hubiera quemado la mejilla, o le faltara media nariz, o tuviera una costura en la frente.

La esperé a la salida. Caminé unos metros junto a ella, y luego le hablé. Cuando se detuvo y me miró, tuve la impresión de que vacilaba. La invité a que charláramos un rato en un café o una confitería. De pronto aceptó.
La confitería estaba llena, pero en ese momento se desocupó una mesa. A medida que pasábamos entre la gente, quedaban a nuestras espaldas las señas, los gestos de asombro. Mis antenas están particularmente adiestradas para captar esa curiosidad enfermiza, ese inconsciente sadismo de los que tienen un rostro corriente, milagrosamente simétrico. Pero esta vez ni siquiera era necesaria mi adiestrada intuición, ya que mis oídos alcanzaban para registrar murmullos, tosecitas, falsas carrasperas. Un rostro horrible y aislado tiene evidentemente su interés; pero dos fealdades juntas constituyen en sí mismas un espectáculos mayor, poco menos que coordinado; algo que se debe mirar en compañía, junto a uno (o una) de esos bien parecidos con quienes merece compartirse el mundo.
Nos sentamos, pedimos dos helados, y ella tuvo coraje (eso también me gustó) para sacar del bolso su espejito y arreglarse el pelo. Su lindo pelo.
"¿Qué está pensando?", pregunté.
Ella guardó el espejo y sonrió. El pozo de la mejilla cambió de forma.
"Un lugar común", dijo. "Tal para cual".
Hablamos largamente. A la hora y media hubo que pedir dos cafés para justificar la prolongada permanencia. De pronto me di cuenta de que tanto ella como yo estábamos hablando con una franqueza tan hiriente que amenazaba traspasar la sinceridad y convertirse en un casi equivalente de la hipocresía. Decidí tirarme a fondo.
"Usted se siente excluida del mundo, ¿verdad?"
"Sí", dijo, todavía mirándome.
"Usted admira a los hermosos, a los normales. Usted quisiera tener un rostro tan equilibrado como esa muchachita que está a su derecha, a pesar de que usted es inteligente, y ella, a juzgar por su risa, irremisiblemente estúpida."
"Sí."
Por primera vez no pudo sostener mi mirada.
"Yo también quisiera eso. Pero hay una posibilidad, ¿sabe?, de que usted y yo lleguemos a algo."
"¿Algo cómo qué?"
"Como querernos, caramba. O simplemente congeniar. Llámele como quiera, pero hay una posibilidad."
Ella frunció el ceño. No quería concebir esperanzas.
"Prométame no tomarme como un chiflado."
"Prometo."
"La posibilidad es meternos en la noche. En la noche íntegra. En lo oscuro total. ¿Me entiende?"
"No."
"¡Tiene que entenderme! Lo oscuro total. Donde usted no me vea, donde yo no la vea. Su cuerpo es lindo, ¿no lo sabía?"
Se sonrojó, y la hendidura de la mejilla se volvió súbitamente escarlata.
"Vivo solo, en un apartamento, y queda cerca."
Levantó la cabeza y ahora sí me miró preguntándome, averiguando sobre mí, tratando desesperadamente de llegar a un diagnóstico.
"Vamos", dijo.
2
No sólo apagué la luz sino que además corrí la doble cortina. A mi lado ella respiraba. Y no era una respiración afanosa. No quiso que la ayudara a desvestirse.
Yo no veía nada, nada. Pero igual pude darme cuenta de que ahora estaba inmóvil, a la espera. Estiré cautelosamente una mano, … Mi tacto me transmitió una versión estimulante, poderosa… Sus manos también me vieron.
En ese instante comprendí que debía arrancarme (y arrancarla) de aquella mentira que yo mismo había fabricado. O intentado fabricar. Fue como un relámpago. No éramos eso. No éramos eso.
Tuve que recurrir a todas mis reservas de coraje, pero lo hice. Mi mano ascendió lentamente hasta su rostro, encontró el surco de horror, y empezó una lenta, convincente y convencida caricia. En realidad mis dedos (al principio un poco temblorosos, luego progresivamente serenos) pasaron muchas veces sobre sus lágrimas.
Entonces, cuando yo menos lo esperaba, su mano también llegó a mi cara, y pasó y repasó el costurón y el pellejo liso, esa isla sin barba de mi marca siniestra.

Lloramos hasta el alba. Desgraciados, felices. Luego me levanté y descorrí la cortina doble.