sábado, 30 de agosto de 2014

Frin, Luis María Pescetti, Edsitorial Alfaguara, para los alumno/as de Segundo D, E, F y G

capítulos 1 a 10
FRIN
Luis María Pescetti
1

Odiaba el deporte. Esas estúpidas clases de educación física. Que a Frin le gustara o no correr es otra cuestión, de hecho no le entusiasmaba mucho; pero no al punto de odiarlo.
La clase de educación física era otra cosa, estúpidamente odiosa. La clase, el profesor, y Ferraro y todos sus atléticos preferidos que lo iban a hacer figurar en alguna olimpíada.
Podrían ser hermosas mañanas sintiendo un poco de frío, de no tener que estar a las siete en la cancha para la clase de educación física. A ese tipo sólo le importaba lo que él hacía; entrenar a los que iban a participar de las olimpíadas. Frin no hubiera conseguido competir ni aunque se hubiera enfermado el grado completo. Desde un primer momento el profesor se dio cuenta de que a él no le apasionaba el deporte, y Frin supo que sería un largo año de clases de gimnasia con ese tipo que lo había desechado de entrada. Dado que él no lo iba a querer, Frin decidió correr más lento, saltar más bajo o más cerca, estirarse lo menos posible y, cada vez que el tipo estuviera mirando a otra parte, hacer una flexión menos. Cuando el tipo lo descubría lo hacía trotar alrededor de la cancha. Frin no decía nada, se levantaba y trotaba. Lento. Desesperadamente lento.
 —¡Frin! ¡Seguite haciendo el gracioso y vas a trotar hasta que termine la clase! (gritó el tipo).
Las primeras veces nadie le prestó atención al asunto. Cuando lo volvieron a mandar a dar vueltas a la cancha, Ferraro, el más grande del grado, gritó:
—¡Frin! ¡Corres como una gallina! Como el profesor no lo retó, otro hizo una broma. —¡Frin va a competir en las olimpíadas pero de caracoles!
Tampoco le dijo nada. El grupo entendió perfectamente y aprovecharon para burlarse. Pero él seguía a su paso que apenas llegaba a ser trote. Parecía que se iba a caer en cualquier momento, que había sido el único sobreviviente de una explosión o algo así; pero no, era que estaba trotando. Hacia la mitad del año ya nadie le hacía bromas, no porque se hubieran vuelto buenos, sino porque había dejado de ser novedad. Que Frin estuviera haciendo ejercicios con todos, o dando vueltas solo, daba lo mismo. Iba más despacio que si caminara. El tipo se desesperaba y le gritaba. Entonces Frin sentía que le ganaba. Iba a trotar despacio hasta que al tipo le explotara el cerebro como una olla de espaguetis. Una vez le aplicó una sanción. Frin le contestó:
—No es justo, sólo porque no corro como usted quiere (él sabía que no era por eso).
—Me vas a decir a mí lo que es justo o no. El tipo lo suspendió por dos días. Esa tarde Frin fue a la dirección, pidió una cita. Esperó, esperó. Cuando lo atendieron dijo:
—No quiero dejar de venir a la escuela. Fue una excelente primera frase, porque en la Dirección se oyen cualquier clase de argumentos, "Lo olvidé antes de salir"; "Mañana se lo traigo"; "Voy a faltar porque mi papá; mi tío; un abuelo"; lo que sea, pero nunca nadie va a pedir que lo dejen seguir yendo a la escuela.
 —¿Y por qué no vendrías?
—Me suspendieron por no correr rápido. 
La Directora llamó al profesor de gimnasia y, delante de él, retó a Frin; pero no fue un verdadero reto. Frin se dio cuenta de que se hacía la enojada, pero no estaba realmente enojada. En el fondo, él estaba ganando, porque le hizo prometer que iba a tratar de correr más rápido, cosa a la que Frin dijo que sí, sin mentir. Iba a tratar de correr más rápido, los primeros diez metros, los últimos tres minutos, el año que viene. Había mil maneras de decir que sí, sin mentir ni obedecer. La Directora se sintió satisfecha y levantó la sanción. El tipo no dijo ni una palabra; pero estaba furioso, él sabía exactamente qué había pasado ahí.
—Hasta luego, profesor (dijo Frin).
El tipo se retiró apenas despidiéndose de la Directora.

Lo cierto es que a Frin le hubiera encantado ganar en una olimpíada, ¿a quién no? Que ella lo viera ganando. Sólo que él sabía que no era de los mejores, ni siquiera de los que podrían haber llegado segundos o terceros. ¿Por qué no había olimpíadas para todos? ¿Cuál es la ventaja de que un tipo salte dos metros de alto? Las olimpíadas no representan un beneficio a la humanidad. Ésa era su conclusión. Por uno que salta muy alto, hay montones que son dejados de lado. Por unos pocos que lo hacen muy bien, hay muchos que ni lo intentan.
En una revista que compró en la librería de Elvio había leído de una maratón en la que participaba todo el mundo, grandes, chicos, mujeres, hombres, gente en sillas de rueda, viejos. Lo importante era participar como cada uno pudiera, sea corriendo o caminando. Frin no lo podía creer. ¿Existía realmente algo así? (Era como si le estuvieran dando la razón; el título de esa nota podría haber sido: El tipo está equivocado, hubiera sido maravilloso.) Pero además, y esto es lo más importante, sentía que en el mundo había un lugar para él. Había un lugar, seguramente habría más, y tal vez muchos lugares en los que no pensaban como el tipo. Frin sintió que le hubiera gustado correr en esa maratón. Sería divertido así, junto a ella, charlando, haciendo amigos, caminando al lado de alguien que fuera en una silla de ruedas, trotando otro poco, al lado de ella. Si lloviera sería más divertido todavía.
Cometió un error. Recortó la nota y la llevó a la clase de gimnasia para mostrársela al tipo. ¿Qué pensó? ¿Que organizaría una para el fin de semana? El tipo ni siquiera la miró. La tomó sin leerla, y mientras le decía a los demás que prepararan las jabalinas, se la devolvió. Frin se enojó consigo mismo por haberle dado una oportunidad tan servida al tipo. Con ese solo gesto había conseguido hacerse sentir rechazado y perder la buena sensación que la nota le había dejado.

El mal humor le duró el resto del día, y lo tomó de sorpresa que, precisamente, Ferraro lo invitara a cazar esa tarde. No era algo que pasaba todos los días, y aceptó; no por el hecho de ir a cazar, sino porque Ferraro le daba miedo y más vale hacerse amigo del que te da miedo. Un pensamiento no muy glorioso que digamos, ¿pero qué hacer con uno que te lleva como dos cabezas?
No era a cualquier cosa, era a cazar. De eso recién se dio cuenta cuando le ofrecieron el rifle de aire comprimido a él también. Se puso contento porque eso quería decir que Ferraro lo había invitado de verdad, no para que cargara con algo. Se sintió fuerte. Por un instante se le cruzó la imagen de amigarse con su profesor. Cuando apoyó el mentón en la culata del rifle se dio cuenta de qué estaba haciendo. A él no le gustaba cazar. Matar animales le parecía odioso; pero se había acordado tarde. Ahí estaban todos esperando su tiro, y ahí estaba ese pájaro en una rama a varios metros. No sabía cómo salir de la situación. Se le ocurrió que podía errar el tiro a propósito. Nadie se daría cuenta. De hecho todos tenían mala puntería. No habían cazado nada en toda la tarde. Sólo que tampoco quería que lo dejaran de invitar a otras cosas. No a cazar, pero a cualquier otra cosa. No se suponía que dejaran de invitarlo por errar un tiro. Todos lo habían hecho. Y no pasaba nada. Erraban el tiro, hasta se hacían bromas. Su cabeza pensaba todo lo rápido que se pueda. En un campo cercano pasó un avión fumigador, pero el ave no se movió. Entonces sucedió algo raro adentro suyo. Le apuntó al pájaro, porque si daba en el blanco les demostraría a Ferraro y a los demás que él no sólo era el que trotaba alrededor de la cancha. Pero a la vez lo tranquilizaba saber que su puntería era pésima: por más que apuntara no le daría. Sintió un fugaz alivio, porque le pareció que había encontrado una manera de resolver las dos situaciones al mismo tiempo y apretó el gatillo. El pájaro cayó fulminado, los demás gritaron contentos y lo felicitaron. Hasta le dieron palmadas en la espalda. Él devolvió el rifle con un nudo en el estómago. Decidieron regresar porque ya se hacía de noche.

2
Frin hizo el camino a la escuela viendo el humito de su boca. La respiración es blanca o invisible. En otoño y en invierno es blanca. Concentrado en las formas que le daba a su aliento llegó a escuela. El patio ya estaba lleno de ruidos y chicos. Ni bien entró le llamó la atención uno que iba con un buzo verde fosforescente. Se sonrió. ¿Quién podía ser tan tonto de ponerse eso para ir a la escuela? Se acercó a un grupo de los de su grado y preguntó quién era ése.
—Uno nuevo, ¿viste el buzo que trae?
—Sí, es verde loro. —No, verde radioactivo. Se reían.
—Para colmo tiene esas rayas, porque si fuera lo verde nomás; pero tiene las rayas rojas en las mangas y unos dibujos atrás.
El chico estaba solo, disimulando, como si leyera algo en un cuaderno que tenía en sus manos. En realidad miraba el patio nuevo para él, el techo, los salones de clase, las maestras, los que corrían; y a ellos que lo miraban sin disimulo, y sin ocultar que se reían. Entonces él clavaba la vista en su cuaderno, como si allí hubiera algo mucho más interesante que esta escuela nueva. En realidad estaba asustado y quería esconderse. Frin sintió el impulso de acercarse y saludarlo. Sin embargo, les dijo a los demás:
—Con ese buzo debe gastar un montón de electricidad... debe llevar una batería en la mochila. Sonó el timbre. Los demás entraron a sus salones; ellos se formaron en el patio. El de verde caminó tímidamente y se puso último en la fila. Sin saludar y sin que nadie lo saludara. Frin trataba de inventar otro chiste. Apareció el de educación física, caminó hasta ellos, se detuvo al ver al nuevo. Pensaron que iba a decir algo, pero no. Siguió caminando hasta la puerta y se fueron con él, hasta la cancha. Ahí hizo formar una hilera.
—Buenos días.
—Buenos días, profesor.
—... (miró hacia el nuevo, lo llamó. Él se acercó; pero lo interrumpió)... no, no, puede dejar la mochila en su lugar, nadie se la va a robar.
—(El que estaba al lado de Frin) Es que si no lleva la mochila se le apaga el buzo. Risas otra vez, pero Frin ya estaba queriendo ver qué tramaba el tipo. El chico regresó, dejó la mochila en su lugar y se acercó al profesor.
—Es nuevo, usted.
—... (hizo que sí con la cabeza).
—... así que es nuevo.
—... (volvió a asentir).
—¿Y cómo se llama?
—Lynko, señor.
—... ahá, así que es nuevo.
Qué lento es, se desesperó Frin. Tiene arena en el cerebro ¿cómo puede ser tan lento para pensar un chiste?, lo arruina. —A ver, y dígame (siguió el tipo), aprovechando que estamos solos (pero dicho casi a los gritos), que estamos solos y nadie nos oye (ahí miró al grupo).
Los demás se rieron; pero a Frin le pareció lo más estúpido del mundo, eso ya no tenía gracia, ya nos dimos cuenta de que no estamos solos, lo sabemos, ¿para qué se da vuelta cuando dice eso? ¿Para ver cómo nos reímos de su frase? Qué idiota que es este tipo, por favor, pensaba Frin. El profesor siguió:
—A ver, dígame... ¿cuánto le pagaron por iluminar la ciudad? El grupo soltó la carcajada. Frin no. ¿Ésa era la broma? ¿Esa era? ¡Qué idiota!, pensó. Eso no es una broma. Aunque se pareciera a la que él mismo había hecho antes, no es igual. Él se había cuidado de que el chico no lo oyera porque si no, hubiera sido una burla. No es gracioso, es estúpido. El nuevo se quedó serio, miró al grupo que se reía, e intentó una sonrisa, como si la broma le causara gracia a él también. Como si tuviera que mostrar que él también se reía de eso. Un buzo verde, sí, ja, ja, qué gracioso. Bajó la mirada, tratando de mantener un poco la sonrisa, y alcanzó a ver que Frin no se reía.
—¡Acá usamos buzos azules! ¡¿Entendió?! ¡Azules!, ¡vuelva a su lugar!
Terminó de decir el profesor, con un tono como si estuviera diciendo cómo son las cosas en este planeta. Recién entonces algunos de los del grupo lo saludaron. En realidad le hicieron alguna broma sobre el buzo verde; pero le estaban hablando por primera vez, y Lynko aceptó las bromas.
 Terminó la clase, regresaron a la escuela. Ellos retrasaron su paso, hasta que terminaron caminando últimos.
—Hola, me llamo Frin.
—Hola, y yo Lynko.
—... sí ya sé, lo dijiste antes. Lynko sonrió con un poco de vergüenza.
—No le hagas caso, es un idiota, se cree muy importante.
—¿Por qué te mandó a trotar? —... (Frin levantó los hombros) Lo único que le importa es entrenar a los mejores para las olimpíadas... (sacó la foto de la maratón), mira ésta es una que podes ir corriendo o caminando...
—A mí me gusta el deporte, ¿jugás al fútbol?
—No (es que soy malo, pensó), yo prefiero como estas maratones, es más divertido. Guardó la foto y siguieron en silencio.
—¿Recién llegaste a la ciudad? (preguntó Frin).
—Hace dos semanas.
—¿Faltaste a la escuela dos semanas? —... (Lynko asintió).
Frin buscaba las palabras para convencerlo de que no se pusiera más ese buzo, pero tampoco quería ofenderlo. Iba a decir algo así como que acá los chicos hacían demasiadas bromas, o que no se usaban tantos colores. Lynko le preguntó:
—... ¿tu papá viaja mucho?
—No.
—El mío se la pasa viajando, por el trabajo. Llegaron a la escuela y ahí salió cada uno para su casa. Frin acompañó a Lynko hasta la suya. Había dejado para después el tema del buzo. La casa de Lynko era grande y silenciosa; les abrió la mamá, que saludó a Frin en voz baja.
—¿Te quedás a comer?
—No, señora, gracias, voy a mi casa.
Lynko lo acompañó hasta la puerta.
—¿Por qué habló en voz baja? (preguntó Frin, mientras pensaba cómo decirle lo del buzo).
—Es que mi papá está durmiendo.
—¿No trabaja?
—Sí, pero está enfermo, cuando volvió del viaje se sentía mal.
—¿Por eso no fuiste a la escuela antes?
—Sí.
—... (se hizo un breve silencio)... ¿dónde compraste el buzo? —Sí, ya sé, no me lo voy a poner más. —No, no es por eso, quería saber.
—... (hizo un gesto de que no le creía).
—En serio, te lo pregunté para saber nomás.
—Me lo trajo mi papá de un viaje... pero ya no lo voy a llevar a la escuela. (Frin, miró adentro de la casa y vio pasar a la madre de Lynko, caminando sin hacer ruido)... ¿y por qué no?, si tu papá te lo regaló es porque pensó que te iba a gustar... los demás no tienen por qué meterse. —Es muy brillante, ¿no? (preguntó Lynko sonriendo).
—(Ladeando la cabeza) Un poco... pero ¿te imaginas si estuviéramos en otro país? Te hubieran dicho, ¡Acá usamos buzos de colores ¿me entiende?! ¡No azules, de-co-lo-res! (se rieron los dos)... bueno, hasta mañana.

—Chau, hasta mañana.
3
Una mañana al entrar a la escuela, Frin se encontró a Lynko hablando con ella. Se llenó de celos y se sintió traicionado. Lynko lo saludó contento. Frin no respondió.
 Ahí estaba, con su ridículo buzo verde, hablando con Alma. Para qué me habré acercado, si hubiera sabido no me habría hecho su amigo. En realidad, Lynko, no tenía por qué saber cuánto le gustaba Alma; si no se lo había dicho a nadie. No importaba. Ahí estaba otra vez, levantando el brazo para llamar su atención. Hizo como que miraba en otra dirección y no le habló en toda la tarde.
—¿Qué te pasa, Frin, estás enojado? (Lynko).
—... (para colmo el muy tarado es amable. Si hay algo que odio es estar enojado con uno que insiste en ser amable).
Frin se había convertido en su mejor amigo, les decían Batman y Robin, porque siempre estaban juntos y del lado de la justicia. ¿Cómo no lo iba a buscar?
 Alma era una chica del mismo grupo, había llegado hacía varios años, cuando estaban en segundo grado. No bien la vio, Frin sintió que se le caían los botones. El primer día se la pasó distraído y no hacía otra cosa que mirarla en secreto. Cuando le parecía que nadie lo estaba viendo, la observaba; y, si alguien lo descubría, él hacía como que enfocaba los ojos más lejos, como si estuviera mirando más allá.
Por supuesto que todos se dieron cuenta y Alma también. Cómo no iban a notar a alguien que asomaba de atrás de una columna; que pedía ir al baño cuando ella lo hacía; que le ofrecía caramelos cada vez que conseguía articular dos palabras cerca de ella. Porque ése era otro problema. Si ella no estaba él era conversador; pero si Alma estaba cerca, enmudecía. Para hablar con ella había que acercarse; pero si se acercaba no podía decir una palabra.
La primera vez se le ocurrió lo de los caramelos. ¿Querés caramelos?, no es una frase que haya que tomar apuntes para no olvidarla. Le pareció buena idea, acercarse y saludarla. Hola, me llamo Frin ¿querés caramelos? No, eso no tenía lógica, había que poner a los caramelos primero. Hola, ¿querés caramelos?, me llamo Frin. Tampoco, ¿Querés caramelos?, hola, me llamo Frin. Tampoco, mejor le digo mi nombre después. ¿Querés caramelos? Y listo, seguramente ella diría algo, o le preguntaría su nombre, y ahí sí, él lo diría: Frin, ¿y el tuyo?
Cuando ya tenía perfectamente calculado cómo iba a acercarse, qué frase iba a decir, qué sonrisa pondría, cómo estiraría la mano, qué caramelos ofrecería; es más, cuando movió un pie para dar el primer paso, se dio cuenta de algo crucial, que lo clavó en el piso y lo frenó. Algo elemental. Estaban en el mismo grado, ¿cómo se iba a presentar con el nombre? Era evidente que cada uno sabía el del otro. ¡Qué idiota! ¿Cómo no se dio cuenta antes? Por poco queda como un tonto; había que pensar otra cosa. Sonó el timbre.
Aprovechó la clase de Lengua para repasar el plan. ¿Cómo hubiera hecho Ferraro? El maestro les contó el libro de un tal Ítalo Calvino, Las cosmicómicas. Decía que la Luna quedaba cerca de la Tierra y era de queso. Eso estaba bueno. Hola, Alma, ¿vamos a buscar queso a la Luna? Frin se rió de su propia idea. ¿Y si se acercaba con un chiste?
¿Y que tal si en el momento no se le ocurría ninguno? ¿Qué le iba a decir? Lo siento, Alma, será para otra vez. No, lo mejor es llevar un chiste bien pensado y que parezca que a uno se le ocurrió en el momento. La Luna no puede ser de queso porque si no, la noche olería como las patas del de gimnasia. No sé, algo así, y al final: ¿Querés un caramelo? O, ¿querés unos caramelos? Sí, mejor.
Cuando sonó el timbre y salieron al patio sintió que era un poco más difícil de lo que había calculado, pero lo iba a hacer. Se dio cuenta de que se había olvidado los caramelos en su banco. Regresó por ellos. Alma estaba hablando con su amiga Vera; convenía esperar que estuviera sola. Dio vueltas por el patio, contando los caramelos en su bolsillo. Faltaba uno. No podía ser. Acá está. Sin darse cuenta, él mismo lo había pasado al otro bolsillo. Mejor paraba de contarlos porque si no, iban a quedar un poco manoseados. Hola, Alma, ¿querés que te lave unos caramelos?
Se quedó sola. No quedaba más remedio que acercarse. Bueno, tampoco era una obligación, podía hablar mañana. No, ahora. Frin sentía que las palabras empezaban a huir de su cabeza, como ratas que escapan de un barco que se hunde. ¿Querés caramelos?, no era un largo parlamento, al menos podría decir eso, o ¿caramelos?, y ya. Pero a medida que se fue acercando se puso más nervioso. Ella lo saludó:
—Hola, Frin, ¿cómo estás?
Pero a él no le quedaba ni una sola consonante en su cabeza, ni la más mínima vocal. Lo único que pudo hacer fue sacar la mano del bolsillo, llena de caramelos. Pero estaba tan nervioso que el movimiento fue un poco brusco. Alma dio un respingo, pensando que era una broma. Al hacerlo chocó a una maestra que pasaba detrás de ella, casi la hizo tropezar. Alma lo señaló a él, que seguía con la mano extendida.
—Gracias, Frin (dijo la maestra, tomó un caramelo y siguió su camino).
—No eran para ella (protestó Frin, con la mano extendida).
—¿Y para quién eran? (preguntó Alma), ¿para vos, nomás?
—... (negó con la cabeza).
 —¿Puedo agarrar uno? —... (asintió).
—Uy, están un poco arrugados.
 Frin los miró. No sólo estaban arrugados, algunos estaban sin la envoltura. Metió la mano en el bolsillo, las encontró, envolvió los caramelos, extendió la mano nuevamente. Ella puso cara de asco.
—Éste (dijo Frin).
—¿Qué? —Éste estaba envuelto de fábrica.
 —Gracias... (sonó el timbre, Alma lo tomó, y fue hacia el aula). Él miró los caramelos en su mano, estaban arrugados y transpirados. Eran un asco. Si ella había aceptado uno, era que le había ido realmente muy bien. Además no se rió, ni se burló, y él no había tenido que decir ningún chiste. Éste estaba envuelto de fábrica, una frase que jamás se le hubiera ocurrido. No había estado nada mal.
Pero todo eso le había costado acercarse a Alma, y eso había sido hacía años. Y ahora, Lynko, un recién llegado a esta escuela, había estado charlando con ella lo más tranquilo. No era justo. —Ey, ¿qué te pasa, Frin?, ¿estás enojado?
 —¡Ándate! (gritó él).
—¡Ándate vos, tarado! (replicó Lynko).
Y se fueron rumbo a sus casas, caminando uno en cada vereda.

4
¿Qué había pasado desde la primera vez en que Frin se acercó a ella, hasta ahora? Sencillo, le regaló tantos caramelos que el dentista de Alma podría haberse vuelto millonario.
Si Alma hubiera hecho el más mínimo chiste al ver que Frin la buscaba, él hubiera pasado al estado gaseoso. Se habría quedado duro como una estatua en el medio del patio de la escuela. Estatua de Frin ofreciéndole caramelos a Alma. Como una de esas leyendas indígenas en las que un indio se queda transformado en un pájaro que canta, o en la flor del ceibo, si es mujer. Sólo que Frin se hubiera convertido en papel de caramelos. Un mito más para la humanidad. Pero nada de eso había ocurrido.
—Hola, Frin, ¿qué hacés el sábado por la tarde? (Alma).
—... (jugar con Lynko)... este, nada.
—Mi abuela me contó una historia del cementerio viejo, ¿vamos a verlo?
—... (triple glup)... claro.
El cementerio abandonado quedaba en un monte cerca del pueblo. El camino era de tierra y fueron en sus bicicletas. Las apoyaron en la alambrada que lo rodeaba y entraron. Primero cruzó Frin. Luego pisó el alambre de abajo y levantó el otro, para que pasara Alma. A pesar de que era de día y había buena luz, iban caminando lentamente entre algunas lápidas caídas. Callados. No se atrevían a romper el silencio del lugar. Había cruces oxidadas. Una caída, otra apenas inclinada. Ahí era Frin quien guiaba los pasos; ella lo seguía, aunque parecía ir al lado suyo. Él creyó ver algo, se detuvo. Alma también. Frin se agachó a recoger y exclamó:
—¡Un hueso!
—¡...! (Alma dio un grito ahogado, y le tomó la mano).
—... (Frin tiró el hueso al piso).
Pero resultó ser una rama de color marrón oscuro, delgada, blanda, y con la forma de un hueso. Soltaron una risa nerviosa al ver que sólo era una rama; también por el silencio del lugar; la soledad; lo cerca que estaban.
Siguieron internándose, Alma no le soltó la mano, y Frin pasó de dejar que ella le tomara la mano a tomársela él también. Lo hizo con mucho cuidado, atento a si ella iba a quitar su mano. Cuando él la tomó, ella apretó suavemente sus dedos, cobijándose un poco más. En él. En Frin. En el de las vueltas alrededor de la cancha. En Frin el tímido. No pudo evitar mirarla a los ojos, y ella le devolvió la mirada con una sonrisa. Pero no quitó su mano. Frin no quería que ese momento terminara nunca. Por poco deseó que todo el mundo fuera un cementerio viejo, para que Alma nunca, nunca, le soltara la mano.
 Avanzaban pisando con cuidado. El suelo estaba lleno de hojas y húmedo, porque los cerrados árboles del monte no dejaban que el sol diera a pleno. Otra cruz oxidada, con unas flores de plástico enroscadas. Descoloridas, inclinadas, muertas ellas también.
—Frin, ¿habrá alguien enterrado ahí, todavía? (preguntó Alma en un susurro).
 —¿Qué?... no te oí (también susurrando). Alma se detuvo, tomó a Frin de un brazo, lo acercó hacia ella, y con los labios casi rozando su oído, le volvió a preguntar.
—No creo (respondió Frin al oído de ella).
—¿Y para qué tiene flores, entonces? (en el oído de él).
A Frin le dio tanta emoción sentirla así de cerca, que levantó los hombros, y continuó caminando. Tal vez dejó pasar una oportunidad de darle un beso, o de acariciarle la cara. Pero eso sólo puede pensarlo quien nunca haya sentido tener algo tan cerca y a la vez poder perderlo todo de golpe. Es verdad que también se pierden cosas por no tomarlas, pero no siempre es fácil saberlo. Y a veces, la mayoría de las veces, hay que decidir, sin saberlo. Sus pies se hundían en el suelo blando. Caminaron entre plantas y árboles altos hasta el centro del cementerio. Había una pequeña construcción de ladrillos, con el revoque caído. En varias partes, un musgo verde lo cubría. Toda la construcción tenía un paso y medio de ancho, y llegaba hasta la altura del pecho. Clavada en la parte de arriba, había una gran cruz de metal, como si vigilara el lugar. La más grande del cementerio. Muy oxidada.
—¿Tenés miedo? (preguntó Frin, en voz baja).
—... (ella hizo que no con la cabeza, pero le apretó la mano).
Se quedaron en silencio. La luz entraba atenuada por los árboles, igual que el viento. Sólo llegaba el aire fresco, así como llegaba la luminosidad, desde todos lados por igual. Sin pensarlo, Frin aflojó su mano; ella respondió igual. Él fue entrelazando sus dedos en los de ella, uno a uno. Alma continuó ese gesto, como si fueran los dedos de Frin que abrazaban los dedos de ella que abrazaban los dedos de él. Como un papel que da vueltas sobre sí mismo. Siguieron caminando hasta el otro extremo. Había una pequeña capilla; estaba en el borde del cementerio a pocos pasos de la alambrada, del lado opuesto al que habían entrado. Al acercarse, un olor ácido les hizo fruncir la nariz. Alma susurró:
—Mi abuela me contó que...
—Shhhh (hizo Frin con un dedo). La capillita no tenía puertas ni ventanas. Había ladrillos caídos en el suelo, cenizas y restos que indicaban que alguien había comido y había usado el lugar como baño. Sintieron miedo de que volviera y los encontrara ahí; además, el olor era insoportable. Se alejaron. Frin levantó la vista y vio el campo que estaba pegado al cementerio. En ese momento el avión de fumigar hacía una pasada. Nada, hasta ahora, les había recordado el mundo exterior, y les chocó el contraste entre esta realidad congelada, y el mundo de afuera, donde todo seguía igual. El mundo donde ese señor estaba cosechando, donde ladraban los perros, donde otros iban al banco, a la escuela, donde picaban los mosquitos. Ellos todavía estaban en el que no sucedía nada de eso. Un mundo aparte.
Regresaron hacia el lugar de la cruz grande. Quitaron algunas ramas y se sentaron uno al lado del otro. Después de un largo silencio, mientras seguía mirando el suelo, Alma le preguntó:
 —¿Te puedo decir algo?
—¿Lo que te contó tu abuela? (Frin tomó una ramita).
—No... me tenés que prometer que no se lo vas a contar a nadie.
 —Está bien. —... que va a ser nuestro secreto.
—Ya entendí, dime.
—... (silencio mirando el suelo).
—... ¿y?
—Me gusta Arno.
 —... (Alma lo miró).
 —... (Frin seguía jugando con su ramita).
 —... ¿te enojaste?
—No... no, ¿por qué?
—¿Por qué pusiste esa cara?
—No puse ninguna cara.
—Te quedaste serio, Frin; no te hagas...
—Te digo que no. Volvieron a quedarse callados. Frin hizo algún comentario sobre la escuela, tratando de disimular su desconcierto. Al poco rato ya no quedaba nada de la magia anterior. Se levantaron y regresaron. Frin no ofreció la mano a Alma, ni ella la buscó. Separó los alambres, pasó ella. Pasó él. Se subieron a las bicicletas y tomaron el camino que los devolvía al pueblo. Pedaleando callados. Se oía el ruido de las ruedas en la tierra. Sus respiraciones. El ruido de la cadena de la bicicleta de Frin, cuic cuic. Alma gustaba de otro. Tan sencillo y tan corto como eso. Pero tan largo, o tan imposible también.

5
En la clase de educación física Frin hizo los ejercicios con desgano y el tipo lo había castigado otra vez. Tenía que caminar y correr alrededor de la cancha. Estaba en eso cuando vio que el profesor le decía algo a Lynko, que empezaba a trotar. ¡Lo mandó a correr alrededor de la cancha a él también! ¿Por qué habrá sido? Frin se acordó de que seguía enojado con él, así que se concentró en su paso. Cuando llevaban la mitad de una vuelta, notó que Lynko estaba cada vez más cerca. Corría despacio a propósito para ponerse a su lado.
 —Che, ¿qué te pasa, eh?
—... (trotaba callado).
—Frin, de verdad te pregunto, ¿por qué te enojaste?
—... ey, Frin... así nunca te voy a poder pedir disculpas.
—No lo hagas.
—¡Abrió la boca! Esto va mejorando... che ¿me vas a decir qué te molestó?
—No. —... bueno, lo que puedo hacer es empezar a pedirte disculpas por todo, todo lo que existe en el mundo, en el cielo, por las cosas imaginarias...
 —... (Frin sonrió).
—Voy a empezar, perdón... por los arbolitos de navidad, ¿fue eso?
—... (hizo que no con la cabeza).
—De acuerdo, seguiré... perdón por las bicicletas sin cambios de velocidad, ¿fue eso?
—Pará, tarado (aguantando la risa).
—No, amigo, debo seguir (con tono melodramático), debo seguir. Mientras tanto se aproximaban a donde estaba el grupo entrenando con el profesor. Se acercaban las olimpíadas interescolares, y el tipo estaba como loco.
—... sí, sí, debo seguir... a ver, fue... fue ¿por la lengua del maestro de Lengua?
—¡Pará, idiota! (lo empujó con el hombro).
—Oh, oh, vamos bien, intuyo que vamos bien, es por ahí... a ver... fue... fue ¿fue porque estuve hablando con Alma? En ese momento, Ferraro gritó:
—¡Lynko! ¿¡No te molesta correr con ese marica!? Él se paró en seco, ni le dio tiempo a decir nada a Frin y gritó furioso.
—¡¡¡Metete en lo que te importa, imbécil cara de vaca!!! Los demás se rieron, Lynko siguió como si eso no hubiera importado, volvió a preguntarle.
—Che, Frin, ¿fue por eso?
Pero el profesor los estaba llamando. Los hizo parar delante de todos y los retó. A Frin por correr mal, a Lynko por gritarle a un compañero, y a Ferraro también; pero era su favorito para las olimpíadas y le dijo algo por compromiso. Mientras los retaba, Frin lo miraba, pensando que se demoraba horas en decirles algo que ya habían entendido.

En cambio, Lynko se pasó todo ese tiempo clavándole la mirada a Ferraro, que era más grande, y también lo miraba desafiante. Frin se dio cuenta de que iba a haber pelea. El profesor los seguía retando, pero eso era lo único en que estaban pensando todos. Iba a haber pelea.

Ya casi terminaba la clase, los mandó a dar una vuelta más. Cuando volvieron el grupo estaba saliendo de la cancha. Ferraro estaba parado al lado de la puerta, junto a otros chicos. A Frin lo recorrió un frío de miedo en las piernas. Lynko siguió caminando tranquilo, ya sabía.
—¿Qué problema tenés, vos? (Ferraro).
—Que no me gustan los bocones (Lynko).
Y siguió cruzando la puerta. Ferraro lo agarró del hombro, tirándolo hacia adentro de la cancha; pero, antes de que se diera cuenta, Lynko le tiró una trompada que le pegó en la nariz. El grandote se agarró la cara con las manos.
—¡No habíamos empezado todavía! ¡Pegás a traición como los maricas! Lynko le tiró una patada que el otro alcanzó a esquivar. Aunque todo había empezado por él, Frin estaba paralizado ante la pelea. La mole Ferraro se fue encima de Lynko y lo hizo caer. Cuando lo tenía en el piso lo empezó a golpear en la cara. Lynko atajaba algunas, recibía a casi todas; pero logró pegarle otra piña en la nariz, que lo hizo sangrar. Ferrara, furioso, se abalanzó encima de Lynko, trabándole los dos brazos abiertos. Lynko quería patearlo y zafarse, pero no podía. Los gritos de todos los demás, alentando a su amigo contra el-recién-llegado-del-buzo-verde, habían llamado la atención del resto del grupo, que regresó corriendo a ver la pelea. El profesor también. Los separó a los gritos y empujones. Les dijo que estaba harto. Harto de los tres.
—¿Y yo, por qué? Dijo Frin, pero inmediatamente sintió que no tendría que haber dicho eso. Qué estúpido, su amigo se había agarrado a trompadas para defenderlo y a él lo único que se le ocurría era decirle, Y yo, por qué, al tipo. Miró a Lynko con vergüenza; pero él estaba sacándose la tierra de la ropa y seguía mirando furiosamente a Ferraro. Ni le hacía caso a lo que el profesor estaba gritando. Que los iba a llevar a la Dirección, que llamaría a sus padres, que, que, que, que, que. Regresando a la escuela, Frin buscó caminar al lado de Lynko.
—Che, perdón.
—... ¿por?
—Yo tendría que haberme peleado.
—Si fue conmigo que se metió.
A mí me gritó mariquita.
—Por eso... vos sos mi amigo, qué se cree. Siguieron en silencio, hasta que Lynko habló.
—Fue porque estuve hablando con Alma, ¿verdad?
—... (Frin, primero levantó los hombros; pero después asintió con la cabeza).
—Yo no sabía que te gusta.
—Nadie lo sabe.
—Está bien, Frin, es linda.
—¿...? (lo miró sorprendido).
—¿Qué mirás?, de verdad te felicito, es muy linda... ¿qué mirás? (y entendió). ¿¡Qué!? ¡No! ¿Vos pensaste que yo estaba hablando con ella porque me gusta?
—No, nada que ver...
—¡Juralo, Frin! ¡Juralo! (riéndose).
 —... (lo empujó, también riéndose).
—Sos un tarado, por no decírmelo, por no preguntar y por imaginarte eso (se reía); llevás días enojado por tonto, ¿oíste?
—¿Y qué hablabas con tanto entusiasmo, entonces?
—Ella tiene una tía que también viaja por su trabajo y yo le contaba de mi papá.
—... ¿de verdad?
—(Riéndose) Te lo juro, Romeo... en serio; te puedo prestar mi buzo verde para que la enloquezcas.
—Gasta demasiada electricidad (riéndose).
—... (Lynko lo empujó).
—... pero tampoco funcionaría.
—¿Por qué?
—No, el otro día fuimos a pasear al cementerio viejo...
—Sí, ¿y?
 —... me contó que gusta de Arno.
—¿Cuál es?
—Se sienta al fondo, del lado derecho... uno medio pelirrojo.
—Ah, ya... ¿y vos le creíste?
—Claro, ¿por qué me lo iba a decir si no es cierto?
—No sé, para darte celos.
—(Sonrió) Nada que ver, Lynko; estás delirando por los golpes.
—... che, Frin, no te dejés decir marica, ¿sí?
—... (levantó los hombros)...
—Sí que importa, ¿por qué no le pegaste?
—... (por miedo)... no me gusta pelear.
—Que no se metan con vos, ¿oíste? Se tomaron de los hombros. Estaban siendo buenos amigos.
—Lynko, ¿por qué viaja tanto tu papá?
—Por el trabajo (contestó frunciendo la boca), casi nunca está con nosotros.
—Pero te debe traer cosas lindas, ¿no?
Lynko levantó los hombros. Ya estaban llegando a la escuela. ¿Y si Lynko tenía razón?
No, ¿para qué Alma me iba a querer dar celos? Nada que ver, pensaba Frin con una sonrisa de oreja a oreja.
6
A Frin le molestaba que sus papás se pasaran el día mirando televisión. La mamá trabajaba en una fábrica de mallas para mujeres y hombres; también tejía por encargo. El papá era empleado administrativo en un hospital. Durante ese tiempo no había ningún televisor enfrente, radios sí. Sus dos trabajos quedaban a cuadras de la casa, eso les permitía almorzar juntos y que no fuera tarde cuando llegaban. Pero antes de decirse hola, la voz del televisor era la primera que se oía en la casa cuando entraban. No recordaba una sola conversación con sus papás sin que la televisión estuviera encendida, hablando al mismo tiempo que todos. No hubo palabra, ni silencio, que no tuvieran una telenovela o un programa de concursos de fondo.
La casa de Lynko era muy distinta. El papá viajaba demasiado; pero era el tipo más divertido del mundo. Para empezar, su casa era mucho más grande que la de Frin; que era más o menos del tamaño de donde en ésta guardaban los paraguas.

Había como cuatro habitaciones para cada cosa. Una para lavar y planchar; una para la señora que trabajaba en la casa; un comedor diario; una sala para recibir a visitas importantes. Recordó la sala de su casa, y las visitas que iban ahí. Jamás las dejarían entrar acá, pensó; ensuciarían la alfombra, o se robarían un cenicero. La cocina era ocho veces el tamaño del dormitorio de Frin. Había un cuarto de juegos; un estudio para el padre; uno para la madre; un garaje para la cortadora de césped. Frin pensó en la mesa de su casa. Ahí comían; dejaban las boletas de los impuestos; él hacía la tarea; y jugaban a las cartas. Y a veces todo eso al mismo tiempo. El cuarto de Lynko, amplio, lleno de colores; el cuarto de sus papás, que tenía un baño adentro, o sea que los papás podían ir al baño sin salir al pasillo.

Frin se acordó de que en su casa el único baño quedaba cerca de los dos únicos cuartos y siempre se oía cuando alguien lo usaba. Se oía y se olía. Además había un cuarto para las visitas y hasta otro para el televisor. Frin no lo podía creer; la televisión estaba en un cuarto aparte. Lo más increíble es que no la usaban mucho, y que Lynko la veía acostado a lo largo del sillón, apoyando su cabeza en las piernas de su papá.
Las primeras veces que Frin entró a esa casa se hizo una idea muy clara, la familia de Lynko tenía mucho, mucho, dinero. Cierta vez se lo dijo. Estaban abriendo la heladera para buscar jugo de naranja.
—Che, ¿cómo hicieron tus papás para tener tanto dinero?
—... yo creo que no.
—¿¿...?? ¿Que no?
—Bueno... no sé... si tuvieran mucho dinero mi papá no tendría que trabajar y viajar tanto y estaría todo el día en casa, ¿no?
Frin no supo qué responderle; lo único que se le ocurría era decirle: Lynko en tu casa hay jugo de naranja en la heladera; pero ni abrió la boca porque era un argumento muy estúpido. Aunque muy cierto, porque en su casa no había. Se llenó su vaso dos veces.
Y cuando él mismo sentía que había hecho mal, Lynko le preguntó si no quería más. Frin dijo que sí, aunque ya tenía la panza llena. Se dio cuenta de que en todo ese tiempo que habían estado hablando, la puerta de la heladera había estado abierta. Lynko podía dejar la puerta de la heladera abierta un minuto, diez minutos, media hora, con la misma tranquilidad. No se caía el cielo, no se partían las paredes. No pasaba nada. Nada de nada.
En casa de Frin, si alguien se olvidaba la puerta de la heladera abierta, el papá se enojaba y daba un grito, o la mamá. Se armaban verdaderas peleas en las que se echaban la culpa uno al otro sobre quién había dejado la puerta abierta. Una vez, en medio de una comida, se pelearon y se dijeron cosas tan fuertes, que su papá dio un portazo y se fue a la calle, su mamá se levantó y fue a encerrarse en el cuarto con los ojos llorosos. Frin se quedó solo, sentado a la mesa, con sus codos apoyados en el mantel de plástico azul con flores pintadas.
Y, aun cuando le había quedado toda la comida para él, casi no probó bocado. Miró cómo salía el vapor de la cacerola apoyada en un repasador para que no quemara al plástico. Revolvió un poco la comida de su plato con el tenedor. Recorrió el mantel con la vista, notando que en muchos lugares la pintura de las flores estaba un poco corrida. No coincidía bien. Prestó atención a si oía llorar a su mamá en el cuarto, pero no se oía nada, sólo las voces del programa de televisión. Y todo había empezado porque alguien había dejado la puerta de la heladera abierta.

 Frin nunca invitaba a su casa a Lynko. Tu casa es más grande para jugar, le decía siempre. No quería que pisara su casa, ni conociera a sus papás. Por eso le molestó tanto esa mañana en la que fueron a la panadería y se encontraron con Lynko y su papá. Lynko estaba de su mano y dio un grito.
—¡Papá, él es Frin! El papá estaba vestido con jeans nuevos y una camisa azul a cuadros. Se dio vuelta sonriente y se acercó a ellos, abandonando su lugar en la fila.
—Hola, Frin, mucho gusto. Saludó a su papá también muy amablemente y, mientras le acariciaba la cabeza, le decía:
 —Estoy muy contento de que Frin sea amigo de Lynko... no hace otra cosa que hablarme de él. Frin oyó que su papá decía que sí, que era un buen muchachón y que estaban orgullosos; sin embargo, él sólo deseaba que se callara la boca e irse cuanto antes. Pero no había cómo zafar de la situación. No podían irse sin haber comprado nada. Fueron avanzando lugares en la fila mientras Lynko le hablaba, aunque él sólo hacía que lo atendía, y sonreía de vez en cuando.
En realidad estaba oyendo que su papá le preguntaba en qué trabajaba al papá de Lynko, que le contaba de la empresa y que eran demasiados viajes. Y sufría porque el papá de Lynko preguntaría lo mismo. Lo hizo y oyó perfecto cuando dijo... de esclavo en el hospital. Frin se enojó muchísimo porque sonaba como si le hubiera pedido trabajo. Cuando el padre de Lynko dijo: Bueno, tenemos que visitarnos un día de éstos, Frin tomó el paquete apurado y dijo:
—Vamos, ya está.
—Sí, Frin, espera a que ellos compren, ¿no?
—¡Ya está, papá, vamos! (repitió enojado).
—¿¡Qué te pasa a vos!?

Frin no pudo evitar que volvieran a saludarse y a decirse de nuevo que había que visitarse. Cuando quedaron solos, caminando rumbo a la casa, el papá lo retó por haberse mostrado tan mal educado. Frin caminaba serio, con los ojos llenos de rabia. Su papá le contó a su mamá que habían conocido al papá de Lynko, que parecía un tipo muy amable, y que él se había portado pésimo. Frin se fue a su cuarto, cerró la puerta, sacó su artículo de la maratón y se lo puso a leer. Y aun así se oían las voces del televisor.


7
Frin venía pensando que cuando Alma le hablaba era como si sus ojos preguntaran algo. Entró seguro de que la iba a encontrar con Arno. Sin embargo, estaba solo, sentado en el borde del pasillo que separaba el patio de los salones de clase.
¿Qué tenía de especial? ¿Por qué Alma gusta de este idiota? Se imaginó que un grupo de científicos ponían a Arno encima de una mesa del hospital donde trabajaba el papá, y le sacaban las tripas investigando qué tenía de especial.
—¡Mirá, Frin, qué hermosas tripas!
—¿Será por eso, doctor?
No parecía tener nada especial. Era pelirrojo, sí; pero no debía ser por eso; ni por la altura; no era más alto que Frin, ni más inteligente. ¿Qué era, entonces?, se preguntaba cuando vio entrar a Alma.
—... (ahora va a ir con él).
Pero Alma pasó enfrente sin mirarlo. Qué raro. Y Arno tampoco se había fijado en ella. Tal vez era un secreto entre ellos dos, o tal vez Alma gustara de él, pero Arno no lo sabía. ¿Qué se supone que debía hacer Frin en ese caso? ¿Avisarle a Arno?
Qué tonto soy, ¿cómo voy a decirle eso? En todo el tiempo que siguió observándolo no notó ni una sola vez que Arno mirara hacia el grupo en el que estaba Alma.

Ese sí que sabe guardar un secreto, pensó. Si Alma gustara de mí yo me la pasaría al lado suyo. No disimularía. Entonces se le ocurrió que tal vez fuera precisamente eso. Arno era muy callado, no buscaba hacerse amigo de nadie, como él; ni hacía chistes. ¿Será que Alma no gusta de mí porque hago chistes? Debo ser más serio, pensaba Frin, nunca me aguanto si puedo hacer un chiste y así quedo como un payaso. ¡Qué chica va a querer estar con un payaso!

Seguía viendo a Arno, que apoyaba su cara en una mano, distraído. Luego abría su mochila y sacaba lo que traía. Cuadernos, lápices, todo lo ponía a un costado y seguía buscando. Frin sintió el impulso de acercarse y ayudarlo a encontrar lo que fuera que se le hubiera perdido. Se contuvo por vergüenza, pero lo que en realidad sentía era que quería estar cerca de Arno. ¿Cómo había logrado que Alma gustara de él? Peor aún, quería que Arno fuera su amigo, ser como él.

Lynko se sentó a su lado, cruzando su brazo por la espalda.
—¿Nunca te vas a quitar ese buzo verde? (Frin).
—Vos me dijiste que me lo siguiera poniendo (Lynko).
—Me vas a desprender la retina.
—Che, el domingo, ¿vamos a andar en bicicleta?, ¿un picnic?
—Bueno.
 —¿Qué estás mirando?
—Nada... Lynko, ¿por qué será que alguien gusta de otra persona?
—Nada, gusta y punto.
—... no, algo debe haber.
—Si querés le podemos preguntar a Arno ¿Che, qué tenés que Alma gusta de vos? —No seas tonto, es en serio... (lo empujó).
En el recreo largo de mitad de la mañana, Frin se acercó a Lynko.
—Ni se hablan, ni se miran, ¿cómo puede ser?
—¿Todavía estás con eso? Le vas a hacer un agujero en la nuca de tanto mirarlo.
—¿No es raro?
—No, porque ella te dijo que gustaba, no que eran novios (y siguió jugando a la pelota con un bollo de papel). Che, el domingo llevamos hamburguesas, ¿no?
Frin sintió que se hundía. Maldita claridad de Lynko, tenía razón. Podían no ser novios en toda la vida y de todas maneras Alma gustar de él.
En la clase de matemáticas estuvo pensando. ¿Realmente se puede querer a alguien para toda la vida? Tal vez cuando Alma vea que él no gusta de ella, deje de quererlo. Pero eso no quiere decir que va a empezar a gustar de mí. Yo tendría que hacer algo. Oyó que la maestra lo llamaba al pizarrón.
—A ver, Frin, mirá, vamos a hacer este problema juntos.
(Alma gusta de él aunque él no haya hecho nada)... sí.
—(la maestra terminó de anotarlo) ¿lo entendés?
(¿Y si yo le dijera a ella que me gusta?)...
—... Frin, ¿estás prestando atención?
—... ¿eh? Sí (sería un tarado porque ella ya me dijo de quién gusta).
—Frin, si no sabes hacerlo volvé a tu lugar (se oyeron algunas risas en el salón).
—No, sí lo sé. Comenzó a resolverlo mientras seguía pensando, ¿Entonces qué?, ¿tengo que buscar a alguien que guste de mí?
—Vas bien, Frin, no te olvides el cuatro.
—... (¿alguien que guste de mí aunque yo no guste de ella?)...
—No, al revés, despejá éste...
—... (lo mejor sería que gustara de mí alguien que me guste mucho).
—Muy bien, ¿y ahora por dónde seguís?
—... (a mí me gusta Alma).
—Perfecto, Frin, regresa a tu lugar. Pero se acercó donde Arno y le preguntó:
—¿Encontraste lo que se te había perdido?
—¿¿Qué??
—¡Frin! A tu lugar dije, no a conversar (la maestra).
 —Si encontraste lo que estabas buscando hoy.
—... (Arno puso cara de ni saber de qué le estaba hablando).
Fue hasta su lugar. Alma tenía la vista clavada en su cuaderno. Frin se sentó. No entendía nada de nada. Ojalá todo esto fuera como resolver una operación en el
pizarrón: si yo gusto de Alma y Alma gusta de Arno y Arno quién sabe sobre equis. Un papelito le pegó en la cara. Se lo había tirado Lynko que se reía de él, le hacía señas de que estaba loco y ponía los ojos bizcos. Frin le señaló el buzo verde y movió la boca diciendo: Apaga tu maldito buzo verde. Lynko volvió a hacerle señas de que estaba loco. Sacaba la lengua, ponía los ojos bizcos y cruzaba las manos, sin ver que la maestra se había parado detrás suyo.
—¡Lynko! ¡¿Se puede saber por qué estás haciendo el payaso?! Lynko casi pegó un salto del susto, y se sentó duro y derecho. Toda la clase dio una carcajada y Frin se agarraba la panza de la risa.
8
Una tarde, Frin fue a comprar un lápiz, porque ya estaba escribiendo con un pedacito que casi ni se podía agarrar.
—Frin, si seguís con ese lápiz le vas a tener que sacar punta a tu dedo (dijo la mamá).
Él sabía que sus papás no tenían mucho dinero, entonces se cuidaba de no pedirles, no porque fuera muy ahorrativo, en realidad lo enojaba muchísimo oír que le decían: No podemos, Frin, no hay dinero. Esas respuestas lo llenaban de vergüenza y hacía todo lo posible por evitarlas.
Elvio, el dueño de la librería, un señor un poco calvo y panzón, le vendió el lápiz y le preguntó:
—¿Podés hacerme un favor? (tomó un trago de una copa).
—(¿...?) Sí.
—(Sacó dinero de la caja) Andá al kiosco a comprarme cigarrillos.
Frin tomó el pedido con naturalidad: es normal que un adulto le pida a un niño que haga un trabajo, sea o no sea su hijo. Cuando regresó y entregó el paquete de cigarrillos y el vuelto, Elvio lo miraba como si lo estuviera estudiando, y le preguntó:
—¿Estás trabajando en algún lado?
—¿Yo?... no.
—¿Y no te gustaría ayudarme acá por las mañanas?
Frin ladeó un poco la cabeza porque no sabía si iba tener ganas de venir todas las mañanas. No había entendido que le estaban ofreciendo el primer trabajo de su vida. Elvio lo miraba serio.
—Te pagaría así. Enseñó la mano mostrando tres dedos, y tomó otro trago. Frin casi rebota en el techo por la sorpresa. Él había entendido que tenía que seguir viniendo como un favor, no que le iban a pagar tres... ¿qué quería decir tres?, ¿tres pesos?, ¿treinta?, ¿trescientos mil?
Se subió feliz a su bicicleta y pedaleó hasta su casa. Iba a mil, sentía el viento en la cara y su cuerpo lleno de energía, como si fuera más poderoso que antes. La cadena de la bicicleta hacía cuic cuic cuic a toda velocidad, como un reloj loco. Dobló una esquina y vio a Fede, un amigo del grado:
—¡Ey, Frin ¿a dónde vas?!
—¡¡¡Tengo trabajo!!! (cuic cuic cuic). Gritó entusiasmado, sin dejar de pedalear de pie, para ir más rápido. Llegó a su casa y encontró a su madre preparando la comida.
—¡Mamá, tengo trabajo!
—¡Epa! ¿Y dónde? (curiosa y divertida por la agitación de Frin).
Ahí se dio cuenta de que ya era un hecho. Elvio se lo había ofrecido, a él le había encantado la idea y su madre le preguntaba dónde. Sí señor, ya era un hecho. Mientras su madre seguía cocinando, él se paró al lado y con el mismo entusiasmo le contó cómo había sido. La madre se reía porque le divertía ver a Frin tan excitado, hablando rápido, apretándose los dedos, dando saltos. Frin creía que la madre estaba contenta por la noticia y también se reía.
—Bueno, pero no vas a descuidar la escuela...
—¡Nada que ver, mamá!
Por la tarde fue a contarle a Lynko que inmediatamente se lo contó a su madre, contento, como si el que hubiera conseguido trabajo fuera él. Después hicieron más planes para la salida del domingo.
Esa noche, cuando ya estaba acostado, llamó a su padre, que ya sabía la noticia. Vino hasta su cama y le preguntó:
—Papá, lo que no entiendo es para qué me mandó a comprar cigarrillos, por qué no me lo dijo antes.
—Te puso a prueba, Frin.
—¿A prueba?
—Ahá, si ibas a ir... si ibas a devolverle el dinero.
La librería abría a las ocho y media de la mañana, pero Frin estuvo sentado en la vidriera desde las siete y media. No hubo quien lo convenciera de que era demasiado temprano. Cuando Elvio lo vio, sonrió.
El viernes cobró su primer sueldo. Llegó la hora de la comida, Elvio le dijo, Tomá. Le dio un dinero en la mano, e hizo que levantaba su copa para brindar. Frin regresó a su casa y contó tres veces los billetes en el camino. No lo podía creer. Era la primera vez que tenía un dinero que era suyo. No se lo habían regalado, no era un premio, no lo había pedido. Se lo habían dado por su trabajo, o sea que era todo, todo suyo, ¿o se lo pediría su mamá?
A la hora de la comida se lo mostró a sus padres. Los dos se alegraron y lo felicitaron.
—¿Y qué vas a hacer con todo ese dinero ahora? Le preguntó su papá, con cariño. Y esa pregunta quería decir varias cosas: no le iban a pedir el dinero, él lo podía gastar sin que nadie le dijera nada, y ellos no se iban a meter en lo que hiciera con ese dinero. Se pasó tres días sin saber en qué gastarlo.
—Mira, Frin, si lo ahorrás vas a ir juntando tu dinero (explicaba su papá).
—¿Y para qué?
—Para poder comprar más cuando hayas juntado bastante.
—(Frin negaba con la cabeza)... no, yo prefiero ir comprando y así igual voy a ir comprando más. Lynko no se cansaba de hacerle sugerencias.
—¡Mirá esa pelota, Frin!
—(No)...
—¡Mirá esa caña de pescar!
—(No)...
—¡Una mochila para irnos de campamento!
—(No)...
—¡¿Y qué vamos a llevar el domingo, entonces, Frin?!  
Hasta que en una librería vio un tomo de una enciclopedia y supo que lo quería. Era una enciclopedia que también se vendía en fascículos más pequeños y que Arno siempre llevaba cuando tenían que consultar algo en la escuela. Entró y compró el primer tomo. Para su sorpresa costaba menos de lo que creía. Le alcanzó para comprar otro libro. Uno de fenómenos extraños que habían pasado en toda la historia. Así gastó su primer dinero.
Cuando llegó a su casa guardó el tomo de la enciclopedia en la pequeña biblioteca del comedor y fue a sentarse en el patio a leer el otro libro. Al rato entró Alma por la puerta del patio. Le gustó verlo con ese libro abierto, que sostenía con una mano, mientras que la otra estaba apoyada en su cabeza. Aprovechando que no se había dado cuenta de que ella estaba ahí, se quedó observándolo. Era lindo que estuviera tan concentrado. Parecía más importante. Estaba tan serio. Nunca había visto a nadie leer de esa manera; parecía que estaba en otro mundo.
—Hola, Frin.
—... ah, hola.
 —¿Qué estás leyendo?
—Mira, en 1953 desapareció un barco con toda su tripulación.
Alma se sentó a su lado. Frin siguió leyendo en voz alta, y ella le prestaba atención a lo que él decía; pero también a que era lindo estar así con Frin. Cerca, mientras él leía en voz alta para los dos. No era fea la voz de Frin. Un barco había desaparecido con toda la tripulación. Es más, era una linda voz. Y no se había hundido. Y leía bien.

9

Si el domingo por la mañana salían en bicicleta, había que ponerse de acuerdo en el delicado tema de los sandwiches.
—¡Yo me voy a hacer uno de tomate! (Frin).
—No, mejor hacete uno de jamón y queso... (Lynko).
—... no, uno de tomate.
—¡O una hamburguesa! A mí me encantan las hamburguesas. Cuando me las dan siempre pido más sobrecitos de mostaza, y me voy a sentar y regreso y le pido más sobres para mi hermanito, ¿no?
—¡Y paf! ¡Se los ponés!
—No, no, no... se los pongo todos, todos...
—¡Y paf! ¡Se los ponés!
—No, no, no... los voy abriendo despacio, despaciiiiito...
—¡Y paf! ¡Se los pones!
—¡¡¡Que no!!! Primero me gusta tenerlos a todos abiertos, para no perder tiempo. Los pongo en hilera: uno de mostaza, uno de ketchup, uno de mostaza y otro de salsa, así. Y recién después empiezo a ponérselos encima de la hamburguesa.
—¿Y no se te vuelca al morderla?
—¡Para eso se los pongo! La vez que más le puse fueron veinte en total, doce de ketchup y ocho de mostaza...
—... (Frin se reía).
—... y ñam, ñam, slurp, cluch, flop, splash, se me chorreaba todo por todas partes. Estaba buenísima: creo que la ahogué a la hamburguesa. Cuando regresé a casa mi mamá me dijo: Lynko ¿qué hiciste?... tenía salsa hasta en la espalda.
—... (Frin seguía riéndose).
—¿Cómo hice para ponerme salsa en la espalda? Nunca me di cuenta.
—Te habrás puesto la hamburguesa en la espalda.
—(Lynko soltó una carcajada) Debo haber apretado la hamburguesa y la salsa me atacó por la espalda... por eso, el domingo me voy a pedir una triple hamburguesa con papás triple, también, y gaseosa extra grande, y voy a pedir veinticinco sobrecitos, para romper mi propio récord; ¿vos de qué vas a llevar, Frin?
—De tomate.
—¡¡¡Y dale con eso!!! ¡¡¡Me vas a hacer un agujero!!! ¿¡No podés llevar otra cosa!? ¿¡Una hamburguesa, por ejemplo!?
—A mí me gustan los sandwiches de tomate que hace mi mamá.
Dibujaron un plano de los caminos de tierra por los que iban a ir en bicicleta. No era exactamente un mapa, porque inventaron unos caminos que no existían. Después ya verían.
Llegó el domingo. Frin se levantó temprano entusiasmado.
—Mami, preparame un sandwich de tomate, que vamos a ir de excursión con Lynko. —No vas a ninguna parte (dijo ella).
—¿Por qué?
—¿No te acordás que hoy vamos al cementerio a llevarle flores al abuelo?
 —... ¡mamá; pero ya arreglamos con Lynko!
—No hubieras hecho un compromiso si tenías otro.
—¡Es que no me acordé! ¿Qué culpa tengo? Pero la mamá seguía preparándose y eso quería decir que no le haría caso. Frin decidió insistir con su papá, que estaba poniéndose los zapatos. —¡Yo me voy a ir a andar en bicicleta con Lynko!
—¿Ah, sí? (dijo, sin levantar la vista).
—(La madre llegó al cuarto enojada) ¡Frin! ¡Si ya te dije que vas a venir con nosotros, no tenés por qué venir a decirle nada a papá!
—¡Pero es que ya había quedado, mamá! (con furia e impotencia).
—¡Basta! Dijo ella, y fue a buscar unas tijeras de arreglar el jardín, una botella con agua y un trapo viejo. Todo lo puso en una bolsa de plástico. Frin la siguió con la mirada.
El padre se había terminado de poner los zapatos, pasó a su lado y le dijo:
—Frin, cuando regresemos pasás a buscar a Lynko, y listo; no es tan terrible.
—¡Sí, porque él ya se va a haber ido con otros chicos! Contestó enojado. ¿Qué podía saber su papá si era o no terrible? Eso lo hizo enojar más todavía. Fue todo el viaje con una cara que dejaba muy en claro que él no quería ir. Le estaban arruinando su plan con Lynko, y se los iba a hacer notar todo el camino. O todo el día. O hasta que le pidieran perdón.

El papá manejaba con cuidado, porque el auto se lo había pedido prestado a un vecino. Al lado iba su mamá, con la bolsa de plástico apoyada a sus pies. Atrás iba Frin cuidando de mantener su cara de enojo. El problema es que, como no tenían coche, a él le encantaba cuando su papá conseguía uno y salían a pasear. Se detuvieron en una florería. La madre bajó a comprar un ramo. Frin pensó que su papá iba a buscarle conversación; pero siguió callado, mirando lejos. Cuando llegaron al cementerio, Frin dijo, sin convicción:
—Me quedo en el auto a oír radio.
—Como quieras. Le dijo su madre, y se bajó. Su papá se dio vuelta y sólo lo miró, como diciéndole: Cortala, Frin. Entonces se bajó.

Frin iba atento al silencio, tan distinto al del cementerio abandonado al que habían ido con Alma. Hasta la gente con la que se cruzaron hablaba en voz baja. Y cuando pasaban al lado apenas inclinaban sus cabezas, o decían un buenos días, que era más un susurro que otra cosa.
—Papá, ese señor estaba llorando (comentó él en voz baja, también).
El papá asintió, sin dejar de mirar adelante. A Frin se le hizo que ese gesto había sido muy discreto. En estas cosas serias su papá era muy discreto. Pensó en tomarle la mano; pero no lo hizo. Dieron varias vueltas por los pasillos y llegaron hasta donde estaba el abuelo. La madre quitó unas flores marchitas y las tiró en un cesto. El papá se sentó en un banco de cemento que había enfrente.  Frin se sentó a su lado. La mamá regresó, tiró el agua vieja de la jarrita y la volvió a colocar en su lugar. El papá se incorporó un poco, destapó la botella que habían traído y se la alcanzó. La madre la tomó y fue vertiendo el agua fresca. Luego tomó las flores, las cortó con la tijera y las fue acomodando en la jarrita con el agua nueva. Si le parecía que alguna quedaba muy larga, le cortaba otro poco de tallo y la acomodaba nuevamente. Finalmente agregó del verde que les habían dado. Se alejó para verlas. El papá señaló una, se levantó, tomó esa flor y la puso en otra parte de la jarrita, y como se inclinó, la volvió a acomodar y le dijo en voz baja a su mamá:
—Así está mejor.
—... (a Frin le parecía que estaba igual que antes).
 —(Pero su mamá contestó con un murmullo)... sí.
Luego su papá fue a llenar la botella con agua, se la alcanzó a la madre y se volvió a sentar en el banco. Ella arrojó el agua suavemente sobre la pequeña puerta de mármol donde estaba el abuelo. Después tomó el trapo y la limpió. Lo estrujó y lo volvió a pasar hasta que dejó todo seco. Frin vio cómo pasaba el trapo sobre el cuadradito de metal con el nombre del abuelo, y dos fechas. Le pareció que lo acariciaba. Su papá había agachado la cabeza, se levantó y se paró cerca de la mamá. Ella se tomó de su brazo. No sabía qué hacer, no le habían pedido nada. Sintió que mejor se paraba al lado de ellos.
—Vamos, si querés (dijo su mamá).

Regresaron al coche, caminando callados. Saludaron a una señora. Frin le tomó la mano a su papá, también sin decir nada. Arrancó el auto y regresaron con el mismo cuidado de antes. Frin iba bien sentado, mirando a sus papás, que iban callados. Ni enojados, ni serios. Solamente callados. Sin que él se diera cuenta su papá frenó frente a un negocio de hamburguesas.
—¿Querés comprarte para el picnic?
—(Sorprendido)... ¿puedo?
El papá ya le estaba dando el dinero. No compró de las extra triples que decía Lynko porque no quería gastar mucho; pero, además, porque no existían. Pidió muchos sobrecitos, eso sí, y papás y gaseosas grandes. Cuando llegaron a casa, estaba Lynko con su bicicleta, esperándolos.
—¡Esperá que voy por la bici! Gritó Frin, y en un salto ya estaba de regreso. Su papá fue a devolver el auto al vecino. Su mamá se había quedado sosteniendo la bolsa con las hamburguesas y conversando con Lynko.
—Gracias, mami (dijo Frin).
—Oigan, se portan bien, ustedes, ¿eh? Dijo la mamá, sonriendo, mientras ponía la bolsa en la canasta de la bicicleta. Le dio un beso a cada uno, y entró a la casa. Frin quería sorprenderlo mostrándole que había comprado hamburguesas. ¡Mirá, traga-hamburguesas! Pero Lynko se le adelantó.
—¡Frin! ¡Mirá lo que nos preparó mi mamá! Y abrió su mochila para mostrar dos gigantescos sandwiches de tomate.

10

 De repente Alma se volvió más callada. Algo pasaba. Frin la observaba desde lejos; no quería acercarse y que lo rechazara.
—¿Y si ella también cree que el que está raro soy yo?
Entonces sentía que tenía que mostrarle que él no estaba raro, que ella podía acercarse si quería. ¿Pero qué hacer? No podía decirle:
—Hola, Alma, mirá que yo no estoy raro, ¿eh? Podés acercarte cuando quieras.

Durante las clases la miraba, y ella no levantaba la vista, no le devolvía una sonrisa, ni nada. Lo primero que pensó fue que ya se había puesto de novia con Arno y por eso ahora no quería ni mirarlo. Ya se había decidido. ¿Le habría hablado ella o él? Seguro que fue Arno. Era un poco raro, desordenado, con la cabeza en la Luna, como decía la maestra: siempre se le perdía algo o se olvidaba alguna cosa. —Pero no debe ser tan vergonzoso como yo (se decía Frin), se le declaró y ahora son novios. Por eso Alma no me puede mirar. En los recreos, sin embargo, Alma tampoco miraba a Arno. ¿Sería un secreto? No creo. Ella se la pasaba con su mejor amiga, Vera. A Frin se le hacía que Vera era la chica más estúpida del grado, como una secretaria que no dejaba que nadie se acercara a Alma. ¿No será que Vera la quiere de amiga sólo para ella y le habla mal de nosotros? Seguro que esa estúpida y presumida idiota hace eso. Le tocaron el hombro.
—¿Frin? (era Vera).
—¡...! eh, ¿sí?
—¿Estás ocupado el sábado?
—... no... sí, no... ¿por qué?
—Quiero invitar a Alma a que hagamos un picnic, pero ella no quiere y como vos sos muy amigo, si vas, tal vez quiera...
—... ¿sí? (de rechazado a querido a la velocidad de la luz).
—Es que está callada todo el día... bueno, así ¿no?, y yo quiero que salgamos para que piense en otra cosa.
—¿En qué piensa?
—Sus papás se pelearon, entonces su papá se fue a un hotel y hace unos días que ella no lo ve, y dice que es culpa de la mamá. Frin sentía un enorme alivio de que Alma no sólo no estuviera enojada sino que si él iba ella querría ir. Pero entonces se le mezclaba con lo que le pasaba a ella, y le daba tristeza. En cualquier caso, quería ayudarla. Le preguntó a Vera:
—¿Puedo invitar a Lynko?
—(Se le iluminaron los ojos) ¡Sí, claro! eh... yo invité a Arno.
—... ¡¿para qué?!
—Porque es más divertido, ¿no?
 —... (¿entonces, soy o no el importante?).
—... pero me dijo que tenía que ir a no sé dónde con su mamá; pero que no era seguro y no se acordaba bien.
Sonó el timbre. Vera le agradeció que fuera tan buen amigo. Inmediatamente Frin
sintió que Vera no era una estúpidaidiotaimbécil, sino muy simpática y muy buena amiga también. * En la clase de Lengua le pidieron a Lynko que leyera un poema de Lorca. Frin notó que Vera seguía a Lynko con la mirada. Lynko leía poemas igual que Frin jugaba al fútbol. Acentuaba mal las palabras, se ponía nervioso, cambiaba la puntuación de los versos. No se entendió nada. La única que sonreía como si todo estuviera bien era Vera. El maestro se desesperó, le pidió el libro y leyó. ¡Ay, qué trabajo me cuesta quererte como te quiero! Por tu amor me duele el aire, el corazón y el sombrero. ¿Quién me compraría a mí este cintillo que tengo, y esta tristeza de hilo blanco para hacer pañuelos?
Se hizo un gran silencio en el salón, el maestro decía muy bien los versos. Alma había levantado la mirada y estaba oyendo. Se le ocurrió que debía llevar ese libro al picnic. El viernes que cobrara, podía ir a comprarlo, porque a Alma la distraía. ¿Qué sentiría él si su papá se fuera a un hotel? Y sólo por eso, él, que nunca había leído un poema, y se le hacía la cosa más aburrida del mundo, sintió que quería leer poemas. Por el papá de Alma en un hotel. Y por Alma, sin su papá en la casa. Y porque si un día sus papás se pelearan tanto sería horrible, y daba miedo sólo de pensarlo. Y porque si los versos le habían hecho levantar la cabeza a Alma, debían ser más fuertes que todos sus problemas.