domingo, 21 de septiembre de 2014

Frin, capítulos 17 a 23


17
Esto de darse la mano era como un pegamento: había que dejarlo un rato más, para que agarrara bien. Si se subían a las bicicletas enseguida no iba a pegar igual y tal vez después se arrepintieran de haberse dado las manos. Pero sobre todo, lo que más había sentido al verlos, fue vergüenza y nervios. Como si él fuera el de la mano. Quería preguntarle a Lynko:
Che ¿cómo hiciste para tomarle la mano? ¿Qué se siente? ¿Te sudaba la mano? ¿Te la secaste en el pantalón y después se la diste o eso no importa? ¿O fue ella la que te dio la mano? Se rió al imaginar que Vera fue la que buscó su mano, pero Lynko la tenía sudada y ella le dijo: ¡Spuajh, Lynko tu mano parece una catarata! —¿De qué te reís? Le preguntó Alma, y ahí se dio cuenta de que mientras él venía imaginándose esas cosas, ahí afuera, y no adentro de su cabeza, estaba Alma caminando a su lado. ¿Esperaría que él le tome la mano? Lo más seguro es que sí, porque ella había escrito su nombre en el árbol; pero quizás lo hizo para no herirlo como amigo. A Arno se le cayó su bicicleta. Se detuvieron. La levantó. Frin siguió pensando. ¿Cómo iba a tomarle la mano si estaba Arno ahí mismo, atendiendo todo? Bueno, tan atendiendo todo no, porque volvió a tropezar con quién sabe qué cosa y otra vez fue a parar la bicicleta al suelo. Pero ahí estaba de todos modos. ¿No era traición si él le daba la mano a su novia delante de él? Bueno, si él no estuviera también sería traición. Sí, pero sería más fácil darle la mano a Alma si Arno no estuviera viéndolo todo. ¿Y si ni eran novios?
 A Frin le corrió un frío por las piernas cuando pensó que tal vez no eran novios del todo y que en ese momento Alma estaba decidiendo si iba a estar de novia del todo con Arno o con él. Y si él seguía pensando como un idiota en vez de hacer algo, lo más seguro es que Alma sintiera que le convenía Arno. Tenía que tomarle la mano o estaba perdido. Miró hacia ella y, al mismo tiempo, vio que Arno, del otro lado, miró hacia acá, sonriendo. Frin volvió a mirar hacia delante. No podía darle la mano a Alma si justo Arno lo miraba sonriendo. Intentaría de nuevo en tres pasos. Uno. Dos. Ése fue más corto. No cuenta. Dos y medio. Tres. Miró, y ahí estaba Arno sonriendo otra vez. ¿Qué hacía ese cara de huevo sonriendo hacia acá? ¿Por qué no mira para otro lado? Frin se ponía nervioso. No tenía experiencia. No sólo nunca había ido de la mano con ninguna chica, sino que jamás le había robado la novia a nadie. No. Error, no está confirmado que fueran novios, o sea que podía darle la mano sin que eso fuera que se la estuviera quitando. Pero para estar más seguro tendría que preguntar: Che, Arno ¿si le doy la mano a Alma y deja de ser tu novia podemos seguir siendo amigos? ¿¡Y cuándo a él le había interesado ser amigo de Arno!? Preguntar eso, era la cosa más imbécilmente idiota que jamás se le había cruzado por la cabeza. Alma iba con su mano suelta, ahí cerca. Tenía que hacerlo, lo estuviera mirando Arno o no.
Miró hacia Alma, pero la vio tan seria, tan concentrada, que le dio miedo de ser rechazado. Alma advirtió que la miraba y se dio vuelta. Estaba preciosa, la luz del atardecer le daba en la cara y el sol no era tan fuerte como para cerrar los ojos. Qué ojos más hermosos. Eran como un mar, y la luz roja del sol daba en ese mar. Y si los ojos de Alma eran el mar, él ahora estaba a la orilla del mar o a la orilla de Alma. En ese instante, se dio cuenta de que eso era lo que hacía el poeta del libro. Darse cuenta de que estar frente al mar y viendo los ojos de Alma era lo mismo.
—¿Qué pensás? (preguntó Alma, porque le daba vergüenza la mirada de Frin).
—... ¿conocés el mar?
—Sí, a veces vamos a veranear ahí; ¿por...? ¿En qué pensabas?
-No, en nada. —Dale, decime.
 —... no sé…
—Bueno, escribilo, entonces... y después me lo enseñás, ¿lo vas a hacer?
 —Claro. Vera y Lynko ya los habían alcanzado.
—Che, ¿vamos en bicicleta? Porque se hace tarde (Lynko). Frin no podía creerlo. Lynko había estado tomándose de la mano con Vera y ahora se acercaba con tanta naturalidad. Eso era todo un descubrimiento. No había tenido que explicar nada a nadie. Ni siquiera toser mientras se acercaba. Un segundo antes estaba de la mano de Vera y un segundo después estaba con todos y como si nada hubiera pasado. Eso estaba buenísimo. Entonces, tomarle la mano a una chica era mucho más fácil de lo que él se había imaginado. Si él hubiera sido el que le hubiera tomado la mano a Alma, al acercarse se habría convertido en un moño, en un triple nudo de cordón de zapatos. —Yo no quiero llegar a mi casa (dijo Alma); pero sí, vamos.
 —Oigan, sé otro chiste (Arno).
 —Espero que no dure como el otro (suplicó Frin).
—No... dura un poco más; pero les va a gustar. Todos se rieron y Arno, empezó la historia de otro chico que había ido a comprar clavos a una ferretería. Se agarraron la cabeza, porque sabían cuánto podía llegar a durar un cuento de Arno, si empezaba con un chico yendo a comprar algo. El sol se fue haciendo cada vez más grande y rojo. El campo empezó a oler frío y húmedo. El chico del chiste de Arno subía y bajaba montañas, porque la ferretería quedaba lejos, al punto de que tenía que tomarse un barco y después un tren. En el vagón del tren había una tierna viejecita a la que primero se le cayeron los lentes, y el niño se los recogió del piso. Luego se le cayeron sus agujas de tejer, y el niño hizo lo mismo. Pero después se le cayeron los dientes postizos. Todo se le caía a la tierna viejecita esa. Se reían del chiste de Arno, Frin también, porque había descubierto, con mucho alivio, que uno no tenía por qué dar explicaciones y ni siquiera tocar el tema de que venía de darle la mano a una chica. Pasó una bandada de pájaros buscando un árbol. Ya se veía la cúpula de la iglesia del pueblo, y a la tierna viejecita se le caía el sombrero, un anillo.
 —Estaba toda como mal pegada, esa viejecita (dijo Frin y se rieron). Y, antes de que llegaran al pueblo, a la viejecita del chiste se le cayó el audífono por la ventanilla del tren. El chico bajó a buscarlo. Cuando Arno se dio cuenta de que faltaba poco para llegar, decidió terminarlo.
—Y al dar vuelta a la esquina, ¿saben qué encontró?
—Sí, el audífono (dijo Lynko).
—No, queso... __¿¿¿........???
—... para el sandwich de jamón del otro cuento (terminó de decir). Lynko hizo que lo perseguía con su bicicleta para pegarle, y todos juraron que le prohibirían contar chistes por un mes. Pero ya estaba el pueblo cerca y ninguno dijo una palabra más. Vera y Lynko querían quedarse juntos otro rato, pero cada uno debía ir a su casa. Alma no quería regresar a la suya, en la que, probablemente sus papás se estuvieran peleando, como lo habían estado haciendo últimamente. Y Arno quería encontrar cuanto antes un circo, con el cual irse de su madre que le gritaba burro y tonto, por cualquier cosa.
 —Frin, apagá tu luz. Le dijo esa noche su mamá.
 —Sí —contestó él, y repasó lo que había escrito.
Alma, vos vas al mar cada verano; pero yo vi el atardecer en tus ojos y me imagino que así debe ser.

18

Al otro día arrancó una hoja, copió el poema y lo metió en su mochila. Pero esa tarde no la encontró en el patio, y le preguntó a Vera:
—Che ¿no viste a Alma?
—No.
—¿Va a venir?
—Supongo que sí.
—No se habrá enfermado, ¿no?
—Sí, creo que sí; ayer cuando la vi tosía y escupía sangre...
—Pará, Vera.
—... y caminaba apoyándose contra la pared...
—Sos una tarada.
—... y me dijo algo para vos.
—... ¿¿¡En serio!??
—... sí, me dijo: Si me muero, cof cof, dile a Frin, cof, que... cof siempre lo quise... cof... —¡Qué tarada! Dijo Frin, y se alejó. Pero, aun cuando había sido una broma de Vera, le había gustado oír que Alma lo quería. Además; por algo habría hecho la broma, ¿no? Fueron pasando las horas. Frin jugaba con Lynko en los recreos, porque él no se acercaba a Vera, ni ella a él. La verdad es que ni se miraban. Si se cruzaban con la mirada, los ojos seguían de largo, como si ahí no hubiera nadie. Se protegían de los demás. No querían bromas, ni que nadie se metiera.
—¿Y por qué no vas y le das la mano de nuevo? (le preguntó Frin).
—¿Y por qué no te metés en tus cosas? (contestó Lynko).
—No te enojes conmigo.
—A vos tampoco te gusta que se burlen.
—Pero si yo no me burlé... te preguntaba en serio.
—Bueno, no me digas nada, y listo, ¿no? Frin sintió que no era el mejor momento para preguntarle lo de si la mano le había transpirado o no. Entonces, para mostrarle que quería ser su amigo lo hizo caer de un empujón y salió corriendo. Lynko lo persiguió, gritándole que lo había tomado de sorpresa. Cuando sonó la campana, regresaron al aula abrazados.

 Alma no apareció. En el momento de la salida, Vera le dijo a Frin.
—En serio que no sé qué le pasó, ¿me acompañás a su casa?
—Vamos... ¿puedo hacerte una pregunta?
—Ahá... (dijo Vera).
—Pero ¿me prometés que no le contás a nadie que te pregunté esto?
—Sí. —Pero a nadie, nadie, porque... —Frin, dale, hacela de una buena vez. —…
—… ¿y?
—Esperate, estoy pensando.
—Si la pregunta ya la sabías.
—... ¿son novios?
—¿i...!? ¿¡Con Lynko!?
—No, Arno y Alma, digo, ¿son novios?
—Ah, no; nada que ver ¿quién te dijo?
—... ¿¿¿no???
—No. Siguieron caminando callados.
—¿Quién te dijo?
—Ella.
—¿Alma?
—... bueno, más o menos, una vez me dijo que le gustaba Arno. A Vera se le escapó una sonrisa; pero enseguida la escondió.
—¿Qué pasa?
—(Sonriendo) Nada.
—Te reíste, ahora decime.
—Nada, Frin, no seas pesado.
—¿Sabés algo?
Ella hizo que no con la cabeza. Eso se le hizo más sospechoso todavía. Seguro que Vera sabía algo; pero ya estaban llegando a casa de Alma. Frin se quedó más lejos. Vio cómo Vera golpeaba la puerta. Esperaba. Salía la mamá de Alma. Hablaban; pero desde ahí no se oía qué decían. La mamá se inclinó, saludó con un beso a Vera. Y ella regresó muy seria.
—¿Y? ¿Qué pasó? (preguntó Frin).
—Alma no está.
—¿Cómo que no está?
—Anoche sus papás la llevaron a Nulda, a casa de sus abuelos.
—¿¡A Nulda!? ¿Se fue a vivir allá?
—No, me dijo que por unos días nomás... los papás se están separando y...
—¡Pero tiene amigos acá! ¡Podría haber parado en tu casa o...! ¡¿Cómo se fue sin decir nada?! (enojado).
—¡Yo tampoco sé, Frin! Te digo lo que me dijo la mamá... que la llevaron anoche y que
ella nos iba a llamar.
—¿¡Pero cuándo!?
—¡No sé, Frin! ¿¡Querés ir a preguntarle vos!?
—¿¡Y por qué no se podía quedar!? ¿¡Se están tirando tiros los papás, o algo así!? ¿¡Por qué la tenían que llevar a otra parte!?
—¡Qué sé yo, Frin! ¡No me grites a mí! (Se contuvo)...
—... me dijo que les pareció mejor que fuera con sus abuelos... y que nos iba a llamar. —... ¿vos tenés el teléfono de sus abuelos?
—No... pero no quiero pedírselo. Andá vos si querés.
—... vámonos. Se fueron caminando hasta que cada uno tomó para su casa. Frin llegó a la suya. La mamá le había preparado tostadas; pero él dijo que no tenía hambre. —¡Ey! ¡Si venís enojado de la escuela, acá no tenemos la culpa!
—¡Ustedes también vienen enojados del trabajo! (replicó él).
—¿¡Se puede saber por qué contestas así!?
—... (se fue a su cuarto).
—¡Frin!
—Bueno, si con ésas andamos, te vas a quedar en casa hasta que se te pase. La mamá regresó a la cocina. Frin pensó que igual no quería salir a ningún lado. Mientras oía cómo su mamá recogía las cosas, buscó el poema en su mochila. Lo rompió sin volver a leerlo.
19
Frin sintió que ése era el peor día de su vida. Llegó a la librería tan triste, que Elvio se dio cuenta y lo trató con cuidado.
—Hoy no hay mucho trabajo, Frin ¿no querés volver a tu casa?
—... (negó con la cabeza).
—... ahá. Dijo Elvio, que estaba muy contento porque por fin tenía noticias de su hija: había recibido una carta de ella. Eso lo ponía de un ánimo simpático y generoso, hasta se había afeitado.
—... ahá (repitió). Frin seguía ordenando unas carpetas.
—... ahá... ahá (repitió Elvio).
—... (eso ya sonaba un poco raro)... ahá ¿qué? —No, ahá nada, ahá... ¡A!, nomás. —... mmm...
—Sí... ahá y mmm.
—(Frin también tosió) Cof... cof... sí, ahá.
—(Sonriendo)... ahá... ahá y cof, cof (tosió más fuerte).
—¡Cof! ¡Cof! (Frin tosió aun más fuerte y agarrándose la panza). Elvio hizo que se agarraba del mostrador y como que se caía de la tos tan fuerte que tenía. Y terminaron tosiendo los dos al mismo tiempo. Casi a los gritos. ¡COF! ¡COF! Pasó una señora enfrente del negocio. ¿Estaban locos esos dos tosiendo a los gritos? Su reacción les dio un ataque de risa.
—Mirá, mirá (dijo Elvio, enjugándose las lágrimas, y sacó un sobre).
—¿Qué es?
—¡Una carta de mi hija! Desde que se fue no tenía noticias, ¡y me escribió seis hojas! —¿Y está bien?
—Muchachita loca, sí que está bien; dice que ya le ofrecieron un trabajo, y que no le mande dinero, que quiere arreglarse sola. ¡Orgullosa como el padre! ¡Decime vos, Frin, el trabajo que hacen pasar los hijos a los padres!
—(Regresó a su seriedad) Los papás también dan mucho trabajo.
—¿Puedo preguntar qué pasó? Si no es indiscreción, claro. Frin le contó que Alma se había ido y que él llegó a su casa y que las tostadas y que él no tenía hambre y que se pelearon con su mamá, y cómo ella no se daba cuenta, ¿eh?
—¿Tu mamá sabía qué te había pasado?
—... (negó con la cabeza).
—¿Y entonces, cómo podía adivinarlo?
—Ellos tampoco me cuentan todas sus cosas.
—No, no, no... tenés razón. No siempre se puede hablar todo... ¿y ya te llamó esa chica... Alma?
-No si esto pasó anoche
—Ah, claro, claro... ¿y cómo vas a hacer? Frin levantó los hombros.
—Ahá... ¿dónde decís que la mandaron?
—A Nulda.
—Ah, bueno, eso no es tanto problema.
—¿Por qué no?
—Hay veinte kilómetros a Nulda.
—Sí, pero igual es otro pueblo.
—Pero van ómnibus a cada rato.
—¿Y qué? ¡Seguro que no me dejan ir!
—Tan cerquita... ¿qué peligro puede haber?
—... (se quedó pensando: ¿Ir solo?, podía pedirle a Lynko que lo acompañara).
—Podés escribirle también, ¿no?
—¡Uf! ¡Con lo que tarda el correo!
—No, yo decía sin correo; pero, claro, no querrás escribirle me imagino.
—... no, no; pero dígame: ¿cómo sin correo?
—No, yo decía... pero, claro, es sólo una ocurrencia mía, ¿no? Como ésta es una librería y en Nulda también hay librerías...
—... ¿¿¡¡y!!?? ¿¡Eso qué tiene que ver!?
—No, yo decía, nomás... como el proveedor es el mismo y va de pueblo en pueblo... pero, claro, vos no querrás escribirle y te entiendo.
—Pero si yo le pido no me va a hacer caso o me va a decir que sí, y después capaz que tira la carta. —¡Ey! ¿Qué te pensás que somos los grandes?
—... (Frin sintió que estaba trabajando en el mejor lugar del mundo con el mejor amigo del mundo).
—No tendrías que estar enojado con Alma, digo, pero si me meto en lo que no me importa mejor me callo.
—¿…? —... (hacía que miraba esos papeles).
—No, está bien, dígame.
—Imaginate, sus papás se están separando, la llevan a otro pueblo. Vos estás enojado porque ella se fue sin avisar; pero es ella la que precisa que los amigos no la abandonen ahora... ¿no te parece? Frin sintió que tenía razón. Él se había ofendido como si ella lo hubiera abandonado y ni se le había ocurrido que lo estaba necesitando... bueno, no a él solo, ¿no?, pero a todos.
—Mirá, Frin, hoy no hay mucho trabajo, ¿por qué no aprovechas y le compras una flor a tu mamá y haces las paces?
Frin sintió un chorro de cohete adentro suyo. Había un montón de cosas que podía hacer. Mejor ponía manos a la obra. Le dio las gracias a Elvio, que era el más bueno de la galaxia; dio un salto y con toda la energía de sus zapatillas salió corriendo a la vereda. Se subió de un salto a la bicicleta cuic cuic y fue a buscar un puesto de flores.

Llegarle con flores a su mamá. Esa idea sí que estaba buena. A lo mejor ella estaba otra vez con las tostadas y justo llegaba él con las flores, y ella estaba pensando en él y que le quería preparar tostadas y justo llegaba él con las flores y ella estaba haciendo las tostadas con su papá. Eso estaría perfecto. Podía comprarle flores a Elvio también, para que se las mandara a su hija. Y al de educación física y a Ferraro, pero de ésas de los velorios. Buenísimo.
Se dio cuenta de que pasaba cerca de la terminal de ómnibus. ¿Y si averiguaba a qué hora salían ómnibus para Nulda? Total, era para saber nomás. Otra vez sintió esa
electricidad rara de las aventuras. ¿Y si Lynko no podía acompañarlo? No iba a poder ir. A menos que fuera solo. ¿Ir solo? Se bajó de la bicicleta y entró a la terminal. Sintió su olor especial, como a cigarrillo y nafta; pero también a café y a un lugar que está abierto todo el día, todo el año. No entraba por nada que lo hubieran mandado sus papás ni nada del trabajo. ¿Y si lo descubrían? ¿Y si se ponían a investigarlo? ¿Que por qué andaba preguntando eso? Pero fue a la ventanilla. Preguntó, lo atendieron amablemente, le dieron todos los horarios, y hasta le prestaron una birome y papel. Se subió a la bicicleta. Iba a comprar las flores; pero de pronto se le atravesó un perrito. Por poco lo pisa. Y no era que se había cruzado de casualidad: había salido al encuentro de Frin. Le ladraba y le movía la cola, saltaba al lado de su bicicleta.
—Ey, perro, ¿de dónde nos conocemos? Le ladraba jugando, no paraba de saltar, de repente corría y daba vueltas en círculo. Pasó una mujer con una bolsa de las compras y Frin le preguntó:
—¿Es suyo, señora?
—No, desde ayer que está dando vueltas por acá.
—¿Desde ayer?
—Sí... no sé de quién será, lo deben haber llevado a perder (dijo la señora y retomó su camino). ¿O sea que no es de nadie?, pensó Frin, mientras le acariciaba la cabeza. El perrito era apenas más grande que las dos manos juntas; pero era muy inquieto, como si fueran dos perritos juntos. Hacía que se escapaba para que Frin lo persiguiera, y como él se quedaba en su lugar, regresaba a provocarlo. Frin dejó la bicicleta en el suelo y lo corrió. Era tan chiquito que en dos pasos lo pasaba. Sobre todo, tenía que cuidarse de no pisarlo, porque se metía entre las piernas a cada rato. Frin lo alcanzó y el perrito se tiró panza arriba para que le hiciera mimos. Movía la cola y, de contento, se le escapaban chorritos de pis.
—Che, ¿y vos de dónde me conoces, eh? Le preguntó Frin, mientras le rascaba la panza y sentía que no podía dejarlo en la calle. Tampoco podía llevarlo a su casa, porque su mamá le haría un escándalo. Se despidió haciéndole un mimo en la cabeza. Se subió a la bicicleta y siguió. Pero el perrito se ponía a correr a su lado. Sus patas eran tan cortitas que por cada vuelta de rueda de la bicicleta de Frin, para él era como cruzar el mundo, por lo menos.
—¡Ey! ¡Andate a tu casa que no te puedo llevar! Pero el perrito entendía perro y no humano, y por eso seguía corriendo con mucho esfuerzo, al lado de la bicicleta. Frin pedaleó más fuerte, el perrito lo quiso alcanzar; pero no sabía correr o se tropezó en sus propias patas o con un átomo o quién sabe; la cosa es que se cayó y dio un aullido de dolor. Frin saltó de la bicicleta y fue a ver si se había lastimado. El perrito creyó que le venía a pegar y se encogió dando pequeños aullidos.
—No, no, amigo, ¿no ves que no te hago nada? (le decía Frin rascándole el lomo)... ¿vos querés venir conmigo? (lo acariciaba), ¿sabés cuál es el problema?... mirá, resulta que a mí me gusta una chica y se fue a vivir a Nulda... (lo rascaba), ¿vos sos sabueso? (le tocó el hocico), ¿tenés buen olfato? —... (el perrito ladró jugando).
—¿Ah sí? ¿Tenés muy muy buen olfato, verdad? ¿Y me ayudarías a encontrar a Alma?
¿Podés oler de aquí a Nulda? (le acariciaba la cabeza) ¿No es cierto que sí, que vos podés oler a veinte kilómetros? Sin pensarlo más, lo tomó cuidadosamente con un brazo y, manejando con una sola mano, lo llevó en bicicleta hasta su casa. Encima de ellos pasó el avión fumigador.
—¡Mirá, lo vamos a alcanzar! Dijo Frin y pedaleó más fuerte. El perrito iba con la lengua afuera, feliz de sentir el viento en la cara. ¿Por qué será que eso les gusta tanto? Llegaron.
—¡Mamá! ¡Te iba comprar flores y mira lo que te encontré!
20
 Frin convenció a Elvio de que lo dejara ir a trabajar con el perrito. Tenía el problema de que le ladraba a los clientes.
—¡Eso es buenísimo! (argumentaba Frin) porque así sabemos cuando entra alguien, y podemos estar ordenando cosas adentro. Lo cual tampoco era muy cierto, porque cuando iban adentro el perrito los seguía. En la escuela no lo dejaron entrar; pero Frin no consiguió hacerlo regresar, y como se quedaba llorando en la puerta, finalmente le permitieron pasar. El perrito fue olfateando por todo el patio, siguiendo el olor de Frin, hasta que llegó a su aula. Interrumpió la clase, con su paso tímido. Miró todo el grado, fue hasta donde estaba Frin, movió la cola pero no hizo pis. Y, como si ya estuviera más tranquilo, se dirigió hasta el escritorio del maestro y ahí se acostó. Todos se rieron, hasta el maestro que preguntó cómo se llamaba.
—Todavía no le puse nombre (contestó Frin).
—Perfecto, vamos a hacer una lista de nombres (propuso el maestro). Empezaron a gritar nombres. Frin se molestó. ¿Por qué no se metían en sus cosas y dejaban que él le pusiera el nombre que más se le antojaba? Pero el maestro no lo había hecho con mala intención, y además dejaba entrar al perro, o sea que mejor no decía nada. El único que lo echó de su clase, por supuesto, fue el de gimnasia. Y como Frin protestó lo mandó a dar tres vueltas a la cancha. El perro quiso seguirlo; pero el tipo le tiró unas patadas y lo asustó. Se quedó esperándolo afuera de la puerta y movía la cola cuando pasaba Frin. Después al tipo se le volvió a freír el cerebro, y los castigó haciéndolos sentar en fila. Uno detrás del otro, mirando la nuca del compañero de enfrente. Frin lo odiaba por esas cosas. Qué manera más idiota de perder el tiempo. ¿Quién se creía este tipo? Pero así los tuvo hasta que terminó la clase.
—Esto los va a ayudar a hacerse más hombres (les dijo, mientras caminaba alrededor de la fila). Volvieron a la escuela caminando en silencio. ¿Qué tiene que ver estar sentados mirando la nuca del otro con ser más hombres?, pensaba Frin mientras veía a Ferraro, el que le había dicho mariquita y con el que Lynko se había peleado, que iba caminando y charlando con el profesor. Cuando vio que Frin lo estaba mirando lo desafió con un gesto, levantando la cabeza, como diciendo: ¿Qué mirás, eh? Frin se dio vuelta hacia el frente, enseguida. Cuando entraron a la escuela, Ferraro se puso a su lado y le dio un empujón con el hombro. Frin protestó por lo bajo; pero no dijo nada. Entonces el otro le tiró una patada al perrito. Frin sintió rabia, y miedo. No dijo nada. Dejó que el chico se fuera, alzó al perrito y le hizo unos mimos en la barriga, como pidiéndole disculpas por no haberlo defendido como había hecho Lynko con él. Esa noche le escribió la primera carta a Alma. Preparó montones de hojas, aunque después usó una sola.
Querida Alma: hola, soy Frin. Ojalá estés bien cuando te llegue esta carta. Quiero tener noticias tuyas y también saber cómo estás. Tengo un perro que no tiene nombre todavía ¿me ayudas a buscarle uno? Ya se hizo pis mil veces porque se pone contento. El de educación física hoy nos tuvo mirando la nuca del de enfrente. Bueno, espero que te haya gustado lo que te escribo. Ojalá me contestes. ¿Te vas a quedar para siempre? Frin Repasó la carta que había escrito. Vio que había puesto Ojalá dos veces. Borró el segundo y puso Tal vez. Lo leyó: Tal vez me contestes. Quedaba horrible. Lo borró y volvió a poner Ojalá. La colocó dentro de un sobre. Lo cerró con pegamento y, también le puso cinta adhesiva, y escribió el nombre de Alma. Al otro día le entregó la carta a Elvio, que se la dio al proveedor, que miró el sobre y dijo:
—Ah, pero si yo los conozco... viven a media cuadra de la librería de Nulda, ¿querés que se la lleve a ellos?
—¡Claro! Dijo Frin, entusiasmado. Luego se agachó y le habló al oído del perrito:
—Tenemos suerte, amigo. Pero el perrito lo único que sintió fue viento en su oreja y se rascó con una pata.  
Cuando llegó a trabajar, al otro día, había un sobre encima del mostrador. Pero estaba dado vuelta y no se veía a quién estaba dirigido. Elvio se hacía el burro y no decía nada. Sólo tosió un poco:
—Cof... cof... así es, che; fijate que el correo este que te digo, funciona de lo más bien.
—¿¡Es para mí!?
—... ¿qué cosa?
—¡Elvio! ¡En serio! ¿¡Es para mí!? —Cof... cof... es que no sé de qué estás hablando, Frin, ¿qué cosa?
—¡No sea malo, de verdad! ¡Negrito! ¡Mata! ¡Mata! ¡Atácalo! El perrito movió la cola contento, se tiró panza arriba y echó un chorrito de pis.
—¡Ey! ¡Cerrale la manguera a tu guardián!
—¡Yo limpio! ¿Es para mí la carta?
—Ah.., sí, la carta... quién sabe, cómo no dice nada en el sobre, no te la puedo dar; vos sabés que la correspondencia es secreta. Frin la agarró de un manotazo, rompió el sobre y reconoció la letra de Alma. Era una hoja de cuaderno, como la que había usado él, sólo que además de estar escrita tenía dibujos en lápices de colores. Eran dos árboles juntos, un sol grande en el cielo pintado de azul, que ocupaba casi toda la hoja. Un poco más adelante de los árboles había dos hileras muy prolijas de flores que apuntaban hacia un lado y el otro. ¡Uy (pensó Frin) y yo no hice ningún dibujo! Y la leyó.
Querido Frin: gracias por escribirme, espero que vos también estés bien. Fue una gran sorpresa cuando el abuelo me dio tu carta. Ellos son muy cariñosos conmigo; pero yo estoy un poco triste y extraño a mis papás y no me gusta lo que está pasando. Los abuelos me miman mucho, por suerte; pero los extraño mucho. También extraño la escuela y a Vera y me acuerdo de cuando fuimos al cementerio viejo. Qué lindo que tengas un perrito, a mí también me gustan porque son muy juguetones conmigo. Si otra vez fuéramos al cementerio viejo podríamos llevarlo. Tu carta me pareció un poco seria, ¿estás enojado conmigo? Espero que un día de estos me sigas escribiendo y no te enojes si mi carta es un poco triste; pero así estoy. Ahora no se me ocurren muchos nombres, pero voy a pensar. Con cariño. Alma. ¿Un día de éstos?, no: ¡ahora mismo! Le pidió una hoja a Elvio. ¿Qué podía dibujarle? Dudó un segundo y comenzó con algo que le salía bastante bien, ya lo había hecho una vez: era un barco con cañones, y una moto también, al lado. Los pintó y después empezó la carta: Alma, no te preocupes... Y siguió.



21
Eso de las cartas estaba muy bien, pero Frin quería ver a Alma. Ya llevaba como cuatro cartas. En la primera no había dibujado nada; en la segunda, el barco con cañones y la moto; en la tercera, una lancha de doble motor; en la cuarta, un coche de carrera. Para la quinta ya no sabía qué porquería dibujarle. Quería verla y punto.
—¿No es cierto, Negrito?
Pero eran como las diez de la noche y Negro, ése era el nombre provisorio del perrito, estaba dormido y lo más que hizo fue sacudir la oreja, pero quién sabe por qué.
—Tendría que ir a Nulda... ¿y si no la encuentro, Negrito?
El perro seguía dormido. Frin se acercó, le hizo cosquillas en la panza y él, sin abrir los ojos, movió la cola y levantó una pata.
—Bueno, si no la encuentro... si no la encuentro... me vuelvo y listo, ¿no? Ir solo a Nulda. Eso sí que nunca lo había hecho. ¿Le pediría permiso a sus papás? ¿Y si no lo dejaban?
—De todas maneras, Negrito... che... ¡ey!, si te dormís no puedo contarte mi plan.
—... (abrió un ojo, bostezó, estiró sus patas, movió la cola y se fue arrastrando para que lo acariciara).
—El viaje a Nulda dura veinte minutos nomás, ¿entendés? (mientras lo acariciaba), o sea que puedo ir, estar una hora con Alma, volver... y ni pasaron dos horas, ¿entendés?... che, te estoy hablando, no te duermas... o sea que es como si hubiera ido a jugar a la casa de Lynko... podría decir que me fui a jugar a lo de Lynko, ¿no? No, eso sería mentir... che, no te duermas. Pero el perro no le hizo caso. Y se oyó desde el cuarto de los papás.
—Frin, apaga tu luz. Bajó al perro con cuidado, lo apoyó en el suelo. Se metió dentro de la cama. Apagó la luz. Enseguida sintió que Negrito quería subirse y no alcanzaba. Lo ayudó. El perro siguió durmiendo, pero Frin ni conseguía empezar.
—(Susurrando) Che, Negrito, ¿y si la encuentro pero ella no quiere verme? Se quedó con los ojos abiertos en plena oscuridad, pensando.

Al otro día en la escuela habló con Lynko.
—Te quiero decir un secreto: voy a ir a Nulda a ver a Alma.
—... ¿a Nulda?
—Sí.
—¿Con tus papás?
—No.
—... ¿vos solo?
—Sí.
—... ah ¿Y Alma sabe?
—No.
—¿Y si no está?
—(Levantó los hombros) Me vuelvo.
—¿Y si no hay ómnibus y...
—Lynko, ya averigüé todo. El pasaje es súper barato. Con lo que me paga Elvio puedo ir y volver mil veces.
—¿Querés que te acompañe?
Le daba vergüenza decirle que no, y sólo levantó los hombros.
—Te pido una cosa, no se lo digas a nadie, ¿prometido?
—Sí.
Tocó el timbre. En el recreo siguiente, No se lo digas a nadie fue lo que Lynko le dijo a Vera cuando se lo contó, porque él había prometido eso, pero con Vera era distinto. Y Vera se lo contó a Arno y le dijo No se lo digas a nadie. Arno se lo contó a otros dos amigos y les dijo No se lo digan a nadie. Y todo el mundo susurraba en el grado lo que Frin iba a hacer, y todos decían no se lo digas a nadie. Y miraban a Frin con más respeto. Cuando llegó el jueves, ya lo sabían hasta los marcianos. Fede se acercó y le preguntó:
—Che, Frin, para el sábado, ¿hay que llevar sandwiches o compramos allá?
—Porque yo digo que mejor los compramos allá, ¿no?
—¿¡Allá, dónde!?
—¡En Nulda, Frin! ¡¿Dónde va a ser?! Ni le contestó, salió corriendo, furioso, a hablar con Lynko. Él le juró y le rejuró que no le había contado a todo el grado, sólo a Vera, y se enojó cuando Frin le recordó que él le había prometido no contárselo a nadie. Pero no sólo lo sabían todos sino que había planes de acompañarlo. Frin está organizando que vayamos a saludar a Alma. Eso es lo que decían.
Esa noche del jueves Frin se acostó entre triste y enojado. Quería ir solo, no en procesión de una multitud. El viernes, antes de ir a la escuela, volvió a confirmar los horarios de los ómnibus. Miraba la hoja con cierta tristeza. El viaje ya no sería lo mismo. Cuando llegó a la escuela, como en una confabulación secreta todos se le acercaban y le preguntaban susurrando y haciendo misterio:
—¿A qué hora salimos, Frin? ¿Dónde nos encontramos?
Él estaba hundido y triste porque su plan se había ido a pique como un barco agujereado. Pero de pronto se le ocurrió una idea, y contestó:
—A las tres, en la terminal de ómnibus. Se corrió la voz por todo el grado. Pasaban y le daban palmadas en secreto. Frin era un ídolo. Estaba buenísima la aventura. Otra palmada. Llegó el sábado. Frin terminó de almorzar más rápido que nunca.
—Frin, masticá la comida.
—Sí, papá.
—Sí, papá... pero te estás tragando los pedazos enteros. Ayudó a secar los platos sin que su mamá se lo pidiera. ¿Qué le iba a decir? No quería mentir, y con un nudo en la panza, por el susto, se le ocurrió:
—... me voy a dar una vuelta.
Adentro suyo estaba atajándose de lo que podía pasar ahora. Pero su mamá se inclinó y dijo.
—Bueno, cuidate (y le dio un beso).
Frin respiró. Además no había mentido, sólo que era una vuelta a Nulda. Tomó su mochila vacía. Llamó al perro. Antes de llegar a la terminal revisó el dinero que había cobrado el viernes, como cinco veces. Sí, estaba todo. Alcanzaba. Sobraba. Podía ir y volver, invitar a Alma con un helado, y todavía sobraba. Llegó a la terminal, había poca gente. Fue a la ventanilla, preguntó si se podía viajar con animales. Le dijeron que no. Ah, bueno; dijo él como si nada. Compró su boleto del ómnibus de las dos. A las tres no salía ninguno para Nulda. Fue hasta un rincón, metió el perrito en la mochila, se acercó al ómnibus. Le dio el boleto al chofer sin saber si lo iba a dejar viajar solo o no. El perrito se movía bastante adentro de la mochila, pero nadie se dio cuenta. Se subió. Buscó un asiento, se sentó. Subió el chofer, encendió el motor. El perrito ladró. El chofer miró por el espejo. Frin sonrió y lo saludó con una mano. Él chofer puso la marcha, el ómnibus retrocedió. Luego avanzó, salieron de la terminal. Sí, señor. Ya estaba viajando. Pensó en la cara que iban a poner todos los del grado cuando llegaran a las tres. El chofer encendió la radio para escuchar un partido, y eso ayudó porque no se escucharon un par de ladridos del perrito. El ómnibus iba casi vacío. Abrió la mochila.
—Mirá, Negrito, esto es un ómnibus.
Y el perro olía por todas partes, como si estuvieran pasando las noticias. Llegaron a la ruta, y Frin le iba explicando. Estos son los coches. Esto es un campo. Mirá, allá hay vacas. Y así ni se acordaba de su miedo, porque para eso había llevado al perro, para que le hiciera compañía. Mirá, ése es un tractor. El ómnibus iba tranquilo, ni rápido ni lento. Oyendo el partido por la radio. Mirá, Negrito, mirá todos esos pájaros. Y Negrito miraba abriendo los ojos y levantando las orejas y oliendo. Aunque no podemos saber si miraba los pájaros que le señalaba Frin o el vidrio verde de la ventana del ómnibus. Para él todo era igual de nuevo, grande, distinto, y en movimiento. Para Frin también.

22
Cuando se quisieron dar cuenta ya estaban entrando en la terminal de Nulda. Mucho más pequeña que la del pueblo de Frin. Primera medida de seguridad: volver a meter al perro dentro de la mochila. Primer problema: no quería. Frin abrió bien la mochila, lo sentó encima y le empujó la cabeza. Por suerte el chofer había ido hasta la ventanilla y no oyó los ruidos.
—¡Negro! Te juro que nunca más te voy a dejar acompañarme si te portás así. Segundo problema. En la terminal había perros. Durmiendo la siesta, pero perros, grandes.
—Oh, oh... ni te muevas, Negrito
—... (de repente dejó de sacudirse y se quedó duro, olfateando desde adentro).
—... hola, lindo perrito que duermes la siesta, no te despiertes. Negro comenzó a ladrar.
—¡No te hagas el valiente ahora! Lo retó y salió corriendo fuera de la terminal. Esos perros eran tan grandes que con un bostezo se hubieran comido a Negrito. Caminó una cuadra, abrió la mochila y lo dejó salir. El perro olfateó toda la vereda, milímetro a milímetro, desde la pared hasta el primer árbol, y ahí dejó su firma. Era desesperante caminar así. No avanzaban ni medio metro por año.
—¡Ufa, Negrito! ¡Basta de oler todo!
—... (el perrito adelantaba un paso, retrocedía cinco y repasaba lo que ya había olido). —¡Si no me hacés caso te voy a meter adentro de la mochila! Pero el perro no le hizo ni un poco de caso, entonces lo alzó. ¿Para dónde quedaría la casa de los abuelos? La calle estaba vacía, era la hora de la siesta. Ni a quien preguntarle. Caminó cinco cuadras y llegó hasta la plaza. ¿Alma estaría en los juegos? No, no estaba. ¿Estaría tomando un helado? Se fijó si alrededor de la plaza había una heladería. Sí, pero estaba cerrada. Se sentó en un banco. Se había imaginado que iba a ser más fácil. Pasaron tres chicos en bicicleta; pero lo miraron sin dejar de pedalear, y siguieron de largo. Frin sintió hambre. Pero no era hambre, porque acababa de comer, sino que se sentía perdido. ¿Cómo podía ser un pueblo tan pequeño y de todas maneras uno perderse tanto? Qué ganas de regresar.
—¡Qué tonto soy! (dio un salto). ¿¡Cómo no me acordé antes!? (Negrito lo miró con cara de susto). El proveedor que le traía las cartas había dicho que la casa de los abuelos quedaba cerca de la librería. Encontrando la librería... ya estaba cerca de la casa. Buenísimo. Se sentía el campeón del mundo.
—¡Vamos, Negrito! Te apuesto que en diez minutos estamos tomando helado con Alma.
Revisó si no había perdido la plata. Todo bien. Tenía para invitarla a ella y a sus abuelos y a los vecinos, por si había visitas. Bueno, que alguno se pague el suyo, ¿no? —No, mira, mejor nos quedamos acá, porque no sabemos si nos estamos acercando o alejando... Negrito, ¡atento a la primera persona que veas pasar! Y lo volvió a dejar en el suelo para que olfateara a gusto.
—¡Che, Negrito! ¡Si estás mirando el piso no vas a ver a nadie! Lo retó en broma. Nunca se había imaginado que con tan poco viaje uno podía irse tan lejos. Por una de las esquinas de la plaza apareció una mujer caminando lentamente, inclinándose a cada paso. Frin alzó al perro y se le acercó.
—Buenas tardes, señora, ¿dónde queda la librería?
—(Lo miró extrañada): Está cerrada, ahora.
—Ya sé, pero no importa.
—... ¿vos no sos de acá, no?
—... (uf) No.
—¿Te perdiste?
—No, busco la librería porque ahí cerca vive una amiga.
—¿Y este perrito tan lindo? (preguntó la señora agachándose). ¡Ay, qué gracioso!
—... (Frin no lo podía creer, ¿estaba loca esta vieja?)
—¡Lindo! ¡Lindo! ¿Y cómo se llama?
Negro, oiga, señora...
—¿Negro? ¡Pero no es todo negro!
—No, se lo puse por...
—¡¿No es todo negro y le pusiste de nombre Negro?!
—...(uf)...Sí
—¿Y por qué le pusiste así, eh? (y volvía a pellizcar al perro). ¡Bonito!
—Es un nombre provisorio, señora. Le contestó, pero ya queriendo sacársela de encima; para colmo el perro le hacía una fiesta increíble, movía la cola, le lamía la mano, faltaba que le diera el teléfono.
¿¡Provisorio!? ¡Ay, qué ocurrencias tienen los chicos, hoy día! ¡Imaginate, ponerle un nombre provisorio!
—... (desaparezca, señora, pensaba Frin).
—¿Y a quién me dijiste que buscabas? (preguntó sin dejar de acariciar a Negro que estaba feliz, el muy estúpido).
—A una amiga.
—Sí, bueno, pero cómo se llama.
(¿Para qué me pregunta?)... Alma.
—¡Ah, bueno! Vos buscás a la nieta de Remo.
—¡¡¡¡¡...!!!!! ¿Usted la conoce?
—¡Ay, mi amor! en Nulda todos nos conocemos... (puso otra cara), esa pobre chica con los papás que se están separando... yo no sé...
—... (no estaba tan loca la vieja, pensó). ¿Y por dónde viven?
—Vamos, yo te acompaño, ¡Ay, bonito! (volvió a pellizcar al perro).
—¿Viste qué buena la señora, Negrito? (y se dio cuenta de que regresaban por donde ella había venido)... oiga, pero usted iba para el otro lado.
—¡Ay!, no importa, mi amor... es un minuto, están acá a dos cuadras... vas a tener que tener paciencia, mi amor, porque yo, con esta pierna, no puedo ir más rápido.
—No, no hay apuro, señora. Dijo él, viendo cómo avanzaba apoyando el pie con cuidado, y sintió algo así como que le gustaría inventar alguna cosa que la sanara. La señora era de lo más buena. Muy habladora, eso sí. No paraba de preguntarle cosas y hablarle; pero muy buena. Con lo que le costaba caminar, estaba regresando dos cuadras.

Se detuvieron frente a una casa que tenía una pequeña tapia. La señora pasó y, en vez de tocar el timbre, fue hasta la puerta del patio y gritó:
—¡Remo! ¡Visitas!
—¡Eh, Rosa! ¡Adelante, adelante! Se oyó desde adentro, y apareció un señor de pelo blanco, muy alto y grande. Debía ser el abuelo de Alma. Era enorme.
—¿Y este muchachito, Rosa? (preguntó, mientras se acercaba).
-Busca a tu nieta. Alma estaba adentro y supo que era Frin. No podía ser otro. Sintió el impulso de salir a verlo; pero fue más fuerte la vergüenza. ¿Qué hacía acá? ¿Para qué había venido? Quiso esconderse, pero el abuelo la llamó.
—¡Alma! ¡Te vino a visitar un amiguito! Adelante, Rosa, ¿te vas a quedar aquí afuera? —No, yo sigo viaje.
—¿No pasás a tomar un cafecito, ni siquiera?
—No puedo, Remo, me espera mi hija; si no después protestan.
—Pero... qué apuro (dijo el abuelo y volvió a llamarla) ¡Alma! Frin sintió el impulso de pedirle que no se molestara, que ya iba a salir, o que no importaba, que tal vez estaba ocupada y mejor volvía otro día. Alma se asomó por la puerta, sin saber qué hacer. Vio al perrito y se le escapó una sonrisa. Qué lindo era. Estaba en los brazos de Frin, que lo alzó como si la visita fuera el Negrito y él nada más un acompañante. Como vio que Alma sonreía, lo dejó en el suelo, ella se acercó un poco agachada, porque el perrito iba hacia ella, hecho un ovillo. Moviendo la cola, agachando la cabeza, medio echándose panza arriba, arrastrándose. Como si la conociera desde siempre.
—¡Epa! Éste tiene la manguera rota. Exclamó el abuelo, divertido, porque el perrito no se aguantaba la emoción. Pero los chorros del Negrito eran su única desventaja. La ventaja es que si no lo hubiera llevado, Alma y Frin se hubieran quedado más duros que los bancos de la plaza. En cambio así se decían cosas a través del Negro.  
Negro, portate bien, decía Frin, pero era como si dijera, Hola, Alma. Y ella decía, Pero, qué perro más feo... y era como si le contestara, Qué bueno que viniste, Frin, qué bueno. Y se acordaba de Vera, cuántas ganas de verla. De la escuela. De los amigos. Del otro pueblo. De su cuarto en la otra casa. De sus papás que se estaban separando. De un golpe le llegó todo lo que extrañaba. Y se dio cuenta de lo lejos que estaba. Parecía que no iba a poder volver nunca. Sintió que le venían lágrimas; pero no quería que la vieran. Agachó un poco la cabeza; y dijo, Perro, perro, perro bonito... para disimular.


23
El abuelo de Alma no le creyó a Frin cuando afirmó muy serio.
—Mis papás saben que vine... si quiere les hablamos por teléfono y les pregunta. Eso de haber ofrecido hablar por teléfono lo convenció de que estaba mintiendo; pero no quiso meterse más, Alma estaba contenta con la visita.
—¿Por qué no van a dar una vuelta a la plaza y después, cuando regresen, ya habrá llegado la abuela y les prepara una merienda, eh? Se fueron con Negrito que, como dijo el abuelo, cualquier cosa podía defenderlos.
—Qué grande que es, ¿fue boxeador? (preguntó Frin).
—No, luchador.
—¿Luchador? Huáu.
—Hizo muchos deportes, jugó al fútbol, y una vez que vivieron cerca de un río hacía remo; y también jugó al básquet, y antes viajaba todos los años al Sur y hacía montañismo.
-Él solo hizo más deportes que toda mi familia junta.
—(Alma se rió) ¡Ey! ¡Vamos!, hace una hora que estás leyendo ese árbol.
—¡Vamos, Negrito! —Ah, entonces tiene nombre: Negrito.
 —No, bueno, sí... bueno, no... se lo puse, pero provisorio nomás, para cuando hay que retarlo o llamarlo... pero lo traje para que le busquemos uno... juntos.
—¿Cómo? (había entendido, pero quiso que lo repitiera).
—... no, digo, entre vos y yo.
—... claro, y... podés dejarle Negrito...
—No, pero decime uno que te guste.
¡Resorte!
—Uy... y sí... es lindo, también.
—No te gustó, ¿no?
—¿Eh?, no, sí, sí, está bien, puede ser ése; probemos (y lo llamó, pero como si siguiera hablando con Alma) Resorte, Resorte, venga, Resorte... ¡Uy!, no hace caso... (se apuró a decir, con alivio).
—Frin, hiciste trampa.
—Te juro que no; yo creo que no le gustó Resorte, lo que pasa es que es más desobediente... mejor por ahora le decimos Negrito, hasta que se acostumbre a que lo llamemos Resorte, ¿no?
—¿¡Y cómo se va a acostumbrar si siempre lo llamamos Negrito!? —Por eso, ¿no querés tomar un helado?
—No, gracias.
—No hay problema, eh; mirá que traje dinero.
—No es por eso, gracias, no tengo hambre ahora.  
Llegaron hasta un banco de la plaza y se acomodaron. Negrito ya se sentía más seguro, estaba con la cola bien parada, ladraba y medio perseguía a cuanto perro pasaba lejos. Alma comenzó a preguntarle por la escuela y Frin la puso al día de todos los chismes del grupo, imitando a los amigos. Alma se reía como hacía rato no soltaba tantas carcajadas. Negrito entendió cualquier cosa y ladró a unos perros. Eran un trío muy divertido y ruidoso. Se hizo un silencio y Frin preguntó: —Che, Alma, y tus papás... ¿sabés algo?
—(Levantó los hombros)... sí. Pero se quedó callada. Frin entendió que no quería hablar de eso y la volvió a invitar con un helado. Alma sonrió y nuevamente le dijo que muchas gracias, pero no. ¿Y ahora qué hago con la plata?, pensó Frin. —¿Vamos a casa?, ya debe haber llegado la abuela. —Sí, vamos. Contestó Frin, que se acordó de que tenía que regresar rápido, para que sus papás no sospecharan nada. La abuela era una señora gorda, que se teñía el pelo y le gustaba mantenerse bien arreglada. Les ofreció una rica merienda. Frin se moría de ganas de quedarse con Alma y en esa casa de los abuelos, arreglada sin ningún lujo, pero que era muy cálida y alegre. Se despidió de los abuelos, que salieron hasta la vereda. Puso al perro en la mochila, dejándole la cabeza afuera y salieron con Alma rumbo a la terminal. Se hizo un silencio muy incómodo. Frin quería exprimir los pocos minutos que quedaban; pero llegaron callados. Duros de la vergüenza y sin encontrar palabras para despedirse. En la ventanilla sacó el dinero, pidió el boleto, tomó el vuelto y lo guardó. Alma lo vio tan serio y tan concentrado, que sintió algo especial, como aquella vez que lo había encontrado leyendo en el patio. De repente Frin era más grande que todos. Que ella, que Lynko, que Vera. * El ómnibus ya estaba en el andén; pero el chofer no. Se pararon enfrente. —Che, Alma. —¿Sí? —Quiero hacerte una pregunta... ¿puedo? —... no sé... bueno, sí. —¿Te molestó que viniera? —No, me gustó... ¿ésa era la pregunta? (con decepción). —No, no era ésa. —¿Entonces? —¿Es cierto que estás de novia con Arno? Si Frin hubiera hecho esa misma pregunta en la escuela, o con más tiempo, quién sabe cómo la hubiera contestado. Pero Frin estaba a punto de subirse al ómnibus y tal vez se vieran en una semana, o en dos, o quién sabe. Entonces contestó la verdad. —No, no es verdad. —¿¡Y por qué me dijiste eso!? —Yo no te dije eso. —Bueno, pero me dijiste que gustabas de él. —No es lo mismo. —Sí es lo mismo. Se estaban acercando otros pasajeros. —No, no es (dijo Alma, bajando la voz). —Bueno, no importa. —… —... ¿y eso es cierto? Ya estaba llegando el chofer. Empezaba a pedir los boletos a la gente que iba subiendo. Faltaba poco para el turno de Frin. Alma no quiso que se fuera sin contestarle. —No. —¿¿¿Cómo??? (preguntó Frin, avanzando un lugar en la fila). —Que no. —¿¡Que no!? Repitió él, sonriendo más todavía y extendiendo el boleto al chofer. Y todo ocurrió al mismo tiempo, Alma le respondió: —Ya te dije que no era cierto, ¿querés que lo publique? Y el chofer, de muy malas maneras, le dijo: —No se puede viajar con animales. —¿Qué? (Frin, sorprendido). —Lo que oíste, pibe, no se puede viajar con animales; abajo, vamos. —... pero (balbuceó Alma). —Ya compré el boleto. Dijo Frin tímidamente. El chofer levantó los hombros, y volvió a ordenarle. —Te dije que te bajes, no sigas subiendo. —Yo no vivo acá (protestó Frin, desde el estribo del ómnibus). —No me vengas con cuentos, salí, que tiene que subir la gente. Los demás pasajeros se pusieron tensos, por la situación. —Yo tengo que viajar (y subió otro escalón).
—(El chofer lo tomó de la mochila y casi le gritó) ¡Si querés viajar deja al perro!
—¡Es mi perro! Dijo Frin, levantando la voz, y subiendo un escalón. Entonces el chofer tironeó la mochila y lo bajó de un golpe. Negrito gemía, asustado. Frin se zafó y volvió a poner un pie en el ómnibus. El chofer lo volvió a bajar violentamente. Frin le tiró una patada que dio en el aire, y el chofer lo zamarreó bruscamente.
 —¡Quítele las manos de encima! (tronó fuerte la voz del abuelo de Alma).
—¿¡Y usted qué se mete!? (contestó el chofer).
—¿¡Que qué me meto?! (dijo el abuelo furioso). ¿¡Que qué me meto!? (y le dio un empujón).
—¡No me toque! (gritó el chofer).
—¿Por qué? ¿Por qué es valiente con los niños nomás? (le dio otro empujón).
—¡Le dije que me saque las manos de encima! (amenazaba, pero retrocedía).
—¿Sabe qué es alguien como usted? ¡Un miserable! ¿Oyó? El chofer hizo como que amagaba a levantar un brazo.
—Dale, por favor, dame el gusto, dale... (lo desafió el abuelo).
—... (el chofer se hizo el ofendido, tiró los pasajes y se subió al ómnibus).
—Señores (dijo el abuelo a todos los pasajeros), devuelvan sus boletos, porque no se puede viajar. La gente se alarmó.
—¿Cómo que no se puede viajar?
—¡Esto es una vergüenza!
—¡Yo tengo que regresar a mi casa, a ver si se apuran!
—¡Eso! ¡Siempre hay problemas con esta línea de porquería!
—¡La culpa es del gobierno! El abuelo levantaba la mano, pidiendo que lo dejaran hablar; pero la gente estaba muy molesta.
—¡Bájense y arreglen sus cosas sin molestar a los demás! (siguió otro). Un pasajero, con cara de pocos amigos, preguntó:
—¿¡Y por qué no se puede!? El abuelo, muy serio, explicó.
—Porque cerraron la ruta, por eso; vamos, Alma, vamos, querido, volvamos a casa. La gente se preocupó más todavía.
—Remo, ¿qué está pasando? (le preguntó un amigo).
—... ah, Vicente, cómo estás... el molino amenazó con cerrar, los obreros se declararon en huelga y tomaron la ruta hacia los dos lados. La gente exclamó un "Oooh" pues no podían creer algo tan grave. El amigo le preguntó.
—¿En serio, Remo?
—Como para bromas estamos, claro que es en serio.
—¿Entonces no se puede salir de Nulda? (preguntó una señora que no daba crédito a lo que oía). El abuelo no estaba mintiendo: era algo realmente serio.
—Ni salir, ni entrar, señora, está tomada la ruta (y se dirigió a Frin) ¿compraste boleto? Frin asintió con La cabeza.

—Vení a que te devuelvan el dinero, querido, y luego vamos para casa para llamar a tus padres antes de que se asusten; ya están dando la noticia por radio. 

viernes, 12 de septiembre de 2014

Frin, Capítulos 11 a 16. (para la próxima semana: 2°D, E, F y G)

11
Se veían nubes cargadas, Su mamá le dijo que buscara las botas, le puso su campera impermeable que tenía una capucha.
 —Mamá, parezco un astronauta.
—Mientras no seas un chico resfriado, no importa lo que parezcas.
Frin estiraba sus brazos abiertos y se balanceaba.
—Aquí Houston, aquí Houston...
—(Sonriendo) Quédate quieto, que no te puedo cerrar la campera.
—... en este planeta llueve, Houston.
—Frin, que esto no cierra.
—Porque está vieja, mamá.
—Todavía sirve.
—Si nunca la tiramos siempre va a servir, me gustaría una nueva.
—Para tu cumpleaños.
—No, para mi cumpleaños quiero algo para mí.
—¿Y una campera para quién sería?
—No es lo mismo.
A Lynko le compran ropa aunque no sea su cumpleaños.
—… —Me gustaría una campera verde como el buzo de Lynko... Con ésta parezco un astronauta.
—Frin, mientras yo no consiga otro trabajo.
—¡Ufa! ¡Siempre el trabajo y el dinero!
—Cuando seas grande vas a tener tu propio dinero y te vas a comprar todas las camperas que quieras. —Una campera es algo que se usa, un regalo es distinto... Además me quiero comprar un libro.
—Pero si tenés un montón que no leíste.
—De versos, no tengo ninguno... (estiró los brazos) Houston, Houston, estamos frente a una forma de vida muy extraña.
—¡Vos serás una forma de vida muy extraña!
—¿Atacamos, Houston? ¿Atacamos? Confirme.
—Andate que vas a llegar tarde.
—¡De acuerdo! (empujó a su mamá, que estaba agachada frente a él, y la hizo caer sentada).
—(Riéndose) ¡Frin!
—¡Ataque exitoso, Houston!
—¿Sabés qué les va a pasar a Houston y a vos?
—¡Oh, oh!, Houston, creo que dejamos la eliminación para otro momento.
Salió corriendo hasta el patio, se subió a su bicicleta y se fue riendo. Cuic cuic. La librería todavía estaba cerrada. Qué raro. Tocó en la casa de Elvio, y esperó. Pasó un rato sin oír nada. Volvió a golpear más fuerte. Oyó unos pasos que se acercaban.
—¿Sí?
—Soy yo, Elvio
—... ya voy.
Fue a sentarse en la vidriera y esperó. Empezaba a lloviznar. Después de un largo rato lo vio aparecer, caminando despacio. Sin afeitar. La camisa fuera del pantalón. Se acercó a abrir la puerta sin decir nada. Frin sintió olor a alcohol. Venía de la respiración y de la ropa de Elvio: olía a vino. Ya otras veces lo había visto con una copa en la mano, y le había dicho que era por el frío, otra vez por el reuma. Entraron. Frin levantó las persianas. La llovizna seguía cayendo. Elvio se sentó del otro lado del mostrador, mirando hacia la calle, sin hacer nada.
—Hoy que cobro me voy a comprar un libro. Elvio se quedaba con la vista fija en la ventana, o en la llovizna, o en cualquier cosa.
—¿Quiere que prepare café?
—... (respiraba lentamente, hizo un leve balanceo).
—¿Se siente bien?
—... ¿eh? (como si saliera de un sueño).
—¿Le pasa algo?
—... hoy vamos a cerrar.
—¿No quiere que me quede yo?... Vaya a descansar y yo atiendo.
—... (le pasó una mano por la cabeza).
—En serio, Elvio, vaya. Fuera por cansancio, porque confió o porque todo le daba lo mismo, en vez de poner la llave en la puerta, se las dejó en la mano a Frin y se fue.

Toda la librería para él. Encendió la radio, bien fuerte. Hizo que tocaba la guitarra eléctrica con una regla. Después se dio cuenta de que no iba a cobrar. No se atrevía a pedirle su dinero. ¿Cómo iba a hacer para comprar el libro que quería leerle a Alma? Se puso a leer su artículo sobre la maratón. Entró una clienta. Bajó la radio. Le vendió un mapa. La mujer preguntó por Elvio y respondió que había tenido que ir a arreglar unos asuntos.
—¿Y te dejó a vos al frente del negocio?
—... (asintió con la cabeza).
—¡Cuánta confianza te tiene!
La mujer pagó y se fue. Frin subió el volumen de la radio y volvió a tocar la guitarra eléctrica con la regla. A media mañana se le ocurrió ir a ver cómo estaba Elvio.

Puso el cartel de "Ya vuelvo". Fue hasta la casa. Se asomó a su cuarto y vio que estaba tirado encima de la cama, durmiendo. El olor era más fuerte. Decidió prepararle un té. Lo hizo y se lo dejó en la mesita al lado de la cama. Volvió al negocio pensando en algo que había oído una vez.
Elvio tenía una hija que vivía en otra parte, que no le escribía nunca y sólo lo llamaba cuando necesitaba plata. Se le ocurrió que podía sacar el libro de la biblioteca. Puso el cartel y salió bajo la llovizna suave y persistente. En la vereda de enfrente una abuela se cayó, como un tronco; casi ni alcanzó a poner las manos para atajar el impacto. Fue tan raro que Frin no reaccionó enseguida, como si sucediera en una película. Cruzó la calle y la ayudó a levantarse.
La mujer traía una bolsa de compras en un brazo y un paraguas que había quedado dado vuelta, como una flor panza arriba. La señora se recostó contra un árbol. Frin esperaba que se incorporara, pero se demoraba y se tocaba la nariz. Le salía sangre. Frin tomó el paraguas, lo enderezó y la cubrió. Vio que ella sacaba un pañuelo viejo y remendado. Se secaba la sangre de la nariz. Frin se ofreció a acompañarla y le dio su brazo. Ella lo tomó. Caminaron lentamente hasta una casa en la que había un señor mirando afuera.
—Oh, ahora mi marido se va a preocupar (dijo ella).
En la puerta le entregó el paraguas, se despidió y salió corriendo. Encontró el libro en la biblioteca. Volvió al negocio: era hora de cerrar. Pasó a dejarle la llave a Elvio. No se había levantado. La taza estaba en el piso y el té estaba derramado. Levantó la taza. Secó el suelo. Dejó la llave en la mesa de la cocina y se fue hacia su casa, pedaleando lo más fuerte que podía. Cuic, cuic. Maldición, tenía que llevar a aceitar la bicicleta antes del picnic.
Qué mañana más rara. Su mamá no podía comprarle la campera. Elvio no podía trabajar y esa viejita no podía caminar sola. Su mamá le había dicho que cuando fuera grande iba a tener su plata. Todavía no tenía su plata, pero ya se sentía grande. Y lloviznaba. Lloviznaba como si se hubiera dado vuelta un barco, o como si las nubes pedalearan llovizna hasta poner el mundo patas arriba.

12
Llegó el sábado tan esperado. Saldrían de picnic con Alma y Vera... y con Arno, aunque Arno tal vez no. Prometió que a lo mejor no podía. Bueno, no lo prometió. Eran las ocho menos cuarto y habían quedado en salir a las ocho y media.
—¡Mamá, me voy a buscar a Lynko!
—¿No se encontraban acá?
—¡Sí, pero lo voy a pasar a buscar igual!
—Frin, ¿por qué no esperás tranquilo? Ya va a llegar; desde las seis y media que te oigo dar vueltas.
—¡No, pero mejor paso a buscarlo por si tengo que ayudar con algo!
—Van a cruzarse en el camino y se van a pasar toda la mañana buscándose.
A Frin se le hizo un chiste buenísimo. Se rió, saludó con un grito a su mamá. Salió disparado hacia la puerta del patio. Frenó de golpe, regresó corriendo, le dio beso a su mamá, y volvió a salir. Pero en ese preciso instante Lynko abría la puerta.
—¡¡¡Mamá, ya llegó!!!
Entraron abrazados, así, de hola, amigo. Revisaron lo que cada uno llevaría y lo que pensaban hacer. Frin estaba excitadísimo, quería que Lynko entrara la bicicleta, no fuera que se la robaran y no pudieran ir de picnic por tener que hacer la denuncia o perseguir a los ladrones. Le mostró que él había ido a la bicicletería para que le ajustaran los frenos, le inflaran bien las gomas; pero sobre todo para que le pusieran aceite en el piñón. No podía salir con Alma y Vera si hacía cuic... cuic... en cada vuelta del pedal. La mamá terminó de preparar su vianda, le dio un beso como si se fueran de viaje, no de picnic ahí cerca. Salieron a esperar a la vereda. Frin entró a ver qué hora era a las ocho y cuarto. A las ocho y veinte. A las ocho y veintitrés. A las ocho y veintisiete, que fue cuando se desesperó.
—Quedamos a las ocho y media, tranquilizate (Lynko).
—¿Será que no las dejaron?
—Hubieran avisado, ¿no?
—¿¡Y si tampoco las dejaron avisarnos!?
—... (Lynko puso los ojos bizcos y sacó la lengua, como diciéndole que estaba loco). —... (Frin entró nuevamente, regresó agitado): ¡Ya son las ocho y treinta y cinco, Lynko! ¿Qué hacemos? ¿Las vamos a buscar?
—¡No! ¡¡¡Quedate aquí sentado que ya vienen, te digo!!!
—Si querés las vamos a buscar y le puedo pedir a mi mamá que nos acompañe y les hable a los papás para que las dejen.
—(Se agarró la cabeza)... no, no quiero.
—¡¡¡Lynko, no seas mal amigo!!! Pero Lynko saludaba a Alma y Vera, que se acercaban a media cuadra. Frin se sentó a la velocidad del rayo y cambió de conversación. —Che, ¿no querés que hagamos juntos el trabajo de la capa de ozono?
—... Frin ¿no te estarás volviendo loco?
Llegaron. Ellas se bajaron de sus bicicletas y acercaron sus mejillas. Entonces ellos reaccionaron saludándolas con un beso. Frin no salía de su asombro. En la escuela no se saludaban así; pero, claro, esto no era la escuela. Era la primera vez que se saludaban de beso. ¿Se habrían puesto de acuerdo antes de venir para acá? Si era así, ellas les llevaban ventaja. Él y Lynko estaban perdidos, no se habían puesto de acuerdo en nada. Qué tarados, ¿cómo no pensamos en eso?

 —¿Vamos? (propuso Lynko).
—Falta Arno, ¿no? (recordó Alma).
 —(¿Entonces sí es su novio?, pensó Frin).
Pero dijo que lo más seguro era que no iba a venir.
—No, dijo que a lo mejor no venía (intervino Lynko).
—... (Frin lo miró enojado, ¿por qué no te callás?).
 —Sí, mejor esperémoslo (dijo Vera), seguro que va a llegar.
Otra vez sentados a esperar; pero ahora conversaban entre los cuatro. Cada cinco minutos Frin proponía:
—Vamos, no va a venir.
—Esperá un minuto.
—Es que se nos va a ir la mañana.
—Apenas son las nueve.
—¿¡Ya son las nueve!? ¡Entonces vamos! ¡Quedamos a las ocho y media!
—¡Mirá, ahí viene! (dijo Vera, y saludaba).
Sí. Ahí venía. A media cuadra. Y no sólo venía. Sino que venía caminando. Lentamente.
—¿Y tu bicicleta? (preguntó Lynko).
—¿Era en bicicleta? (distraído).
—Claro, Arno ¿cómo vamos a ir de picnic, si no? (Alma, sonriendo).

—¿Ah, de picnic? Yo entendí que nos quedábamos a jugar acá. Frin no lo podía creer, lo miraba a Lynko como diciendo: és-te-me-de-ses-pe-ra.
—Quedamos en encontrarnos acá; pero íbamos de picnic. —¡Uy!, yo no sé si me dejan (dudó Arno).
—¡Perfecto! ¡No lo dejan! ¡Arno, gracias por haber venido, podés quedarte a leer mis revistas! ¡Vámonos!
—¡Frin! ¡No seas mal amigo! (dijeron Alma y Vera), vamos a acompañarlo a su casa a buscar la bicicleta.
—... es que tiene una goma pinchada.
—Y bueno, te acompañamos a arreglarla (dijo Lynko, aguantándose la risa, porque sabía que era lo último que Frin quería hacer).

Caminaron al lado de sus bicicletas hasta casa de Arno, mientras Frin cada tanto, sin que lo vieran los demás, le hacía señas a Lynko, agarrándose el cuello y sacando la lengua afuera. Arno lo sacaba de las casillas. Pero, fuera como fuera, ya había empezado el paseo.
13

Llegaron los cinco a casa de Arno, que quiso abrir; pero la puerta no. Probó de nuevo. No. Estaba cerrada con llave. Arno se dio vuelta, con su camisa saliéndose del pantalón, sus cordones, uno desatado y otro hecho con un nudo que jamás se desataría, y todo él, así con el pelo despeinado, como si al despertarse tampoco hubiera estado la mamá, miró al resto con cara de que el avión ya se fue, y les dijo:
—Mi mamá no está.
Se quedaron sorprendidos; sólo Vera atinó a preguntar:
—... ¿y vos no tenés llave?
—... (hizo que no con la cabeza).
Pausa. Silencio, volvió a hablar Arno.
—Vayan si quieren. Lo dijo con un tono de camisa afuera del pantalón, despeinado, y los miró con una cara de cordones abandonados, que Lynko propuso que lo acompañaban hasta que llegara la mamá, y hasta Frin estuvo de acuerdo.
Se quedaron como si se hubiera ido la luz. Frin miraba la vereda de enfrente, como todos. A su lado estaba Lynko, luego seguía Vera, luego Alma, y luego Arno. Sí, estaban sentados juntos, y él estaba en la otra punta.
En la otra punta de donde quería estar, cosa que ya había sentido otra vez, que estaba en la otra punta de donde quería estar. Que no había silla para él, o que su silla la estaba ocupando otro. Siempre así. Qué día de porquería. En eso llegó la madre, caminando rápido y no cambió la cara de enojada, por más que todos la saludaron correctamente. Sólo se dirigió a Arno.
—¿¡Se puede saber qué hacés acá, sentado como un tonto!? Se quedaron duros al oír cómo le hablaba.
—Es que era un picnic. Respondió Arno con su tono confundido, que ahora se explicaba por qué. Frin se dio cuenta de que Arno estaba como si siempre tuviera a su mamá gritándole tonto.
—¿Y me pediste permiso?
—... (mirando el suelo).
—¡Contestame, burro! ¿¡O no oís que te estoy hablando!? Arno levantó los ojos confundidos, y la miró como si esperara un golpe.
—¡Sos un inútil, carajo, no vas a aprender nunca! Se metió en la casa dando un portazo y cerrando otra vez con llave. Frin se dio vuelta y dijo:
—Che, ¿ésa es tu mamá o es la que mató a tu mamá? Los demás lo miraron con cara de retarlo.
—... es mi mamá. Contestó Arno, con su tono de confusión, hundido como un barco que se está hundiendo, como un barco de transportar frutas que se está hundiendo a metros de la costa. Con sus naranjas flotando de adiós adiós, nos lleva la corriente, adiós adiós. Arno seguía callado. Lynko habló.
—Pedile permiso, te esperamos.
—No, mejor váyanse.
—No, andá, te acompañamos (dijo Alma). Arno se levantó cansinamente, fue hasta la puerta, tocó el timbre. Frin vio que la campera de Arno le quedaba grande y apenas asomaban sus dedos por los puños. Pasó un rato, y como si eso ya hubiera ocurrido otras veces, Arno volvió a tocar timbre, resignado. La puerta se abrió de golpe.
—¿¡Qué querés, burro!?
—¿Lo deja ir de picnic con nosotros, señora? (preguntó Alma).
—(Pero ella ni lo miró) ¡A vos te pregunto! ¡Pasá!

Arno entró, la puerta se cerró con un golpe. No podían creer lo que habían visto. Adentro seguían oyéndose los gritos. Tonto. Tonto. Vos lo que querés es matarme. Sos un burro.
—Yo nunca había venido a casa de Arno (Alma).
—... yo tampoco (Lynko).
—... ni yo (Vera). Frin fue hasta la puerta y tocó timbre. Los tres lo miraron sorprendidos.
—Frin, la mamá se va a poner furiosa (Vera). El no hizo caso y volvió a tocar. La puerta se abrió bruscamente y antes de darle tiempo a que la mamá gritara, Frin preguntó con voz firme.
 —Hola, señora, ¿está Arno? Esa pregunta la desconcertó, ¿cómo si estaba Arno?, si ellos lo habían visto. Demoró un segundo en dar el grito que traía preparado, y Frin reaccionó nuevamente.
—Hola, señora ¿está Arno? Venimos a buscarlo porque queremos que vaya a un picnic con nosotros (en un tono que parecía amable, pero levantando la voz). La señora dio un portazo y se metió adentro.
 —¿No te dije? (Vera). Pero Frin no la oía, estaba ahí parado, pensando si iba a tocar de nuevo el timbre o qué, cuando la puerta se volvió a abrir, ahora con dificultad. Era Arno con su bicicleta.
—Me dijo que me vaya con ustedes.
—... (ninguno entendía nada).
—... bueno... vamos (Alma).
—Pero no tengo qué comer y la rueda está rota.
—Nosotros traemos... vamos a la bicicletería ¿tenés plata para el arreglo? (Lynko).
—... (Arno hizo que sí con la cabeza).
Salieron los cuatro caminando con sus bicicletas al lado, en silencio. El paseo empezaba de nuevo, pero desde otro casillero, como en el juego de la oca. Lynko espió de reojo a Frin, que caminaba mirando al suelo. Se acordó de la vez que se había agarrado a trompadas por él, y lo juntaba con lo que había hecho hoy y no parecía el mismo. Alma le ofreció caramelos a Arno que, por tomarlos sin soltar la bicicleta, casi se cae. Siguieron caminando, él, Vera, Alma, Lynko y los pantalones arrugados, el pelo despeinado, la camisa salida, un cordón desatado, la campera demasiado grande de un barco de frutas que medio se hundía, a metros de la costa, llenando la corriente de naranjas ajenas al barco que naufraga, y mezclando su perfume con el de este sábado por la mañana.
14
 La bicicleta de Arno, vieja y emparchada, iba en silencio, como debe hacer toda bicicleta o caballo que tampoco va dándole conversación al jinete. En cambio, la de Frin, recién pasadita y todo por la misma maldita bicicletería, engrasada y aceitada hasta chorrear el estúpido aceite, seguía haciendo cuic cuic. Era la única que hacía ruido. Frin estaba furioso.
—Frin, ¿no le diste de comer? (Lynko). Todos se reían, Arno, en otro planeta como siempre, interrumpió:
—Yo sé un chiste.
—¿A ver? (dijo Frin para desviar la atención). Arno empezó a contar de un niño que tenía que comprar un sandwich de jamón y al que, antes de llegar a comprarlo, le pasaba de todo. Pero realmente de todo, porque llegaron al límite del pueblo y al chico del cuento de Arno le seguían pasando cosas y todavía no podía comprar su sandwich. Empezaba el camino de tierra. Frin ya quería que terminara el chiste. Una cosa era que Arno lo salvara de la broma de Lynko y otra cosa era que acaparara toda la atención.
—¿Vamos al cementerio viejo? (propuso Lynko).
—No (dijo Alma, enseguida).
—... (Frin se sorprendió, ¿le dará vergüenza de cuando fuimos juntos?).
—Oigan que les sigo contando (Arno).
—Esperate que tenemos que decidir adonde vamos.
—Yo conozco un monte que queda por acá; pero no me acuerdo bien del camino (Vera).
—Vamos a ése y lo buscamos (Lynko).
—Oigan, les sigo contando (Arno). Llevaban media hora pedaleando y el chico del cuento de Arno no podía comprar el famoso sandwich de jamón porque tenía que ayudar a una viejita a que cruzara la calle, después porque pasaba un carro de bomberos, después porque le robaban la bicicleta, tenía que ir a hacer la denuncia, la encontraban; pero después se la pedía prestada un viejito. Y así mil cosas y nunca llegaba a comprar el maldito sandwich de jamón. Nunca habían oído un chiste tan largo. Frin estaba furioso con el estúpido de Arno, con los estúpidos de los demás que no paraban de reírse del estúpido chiste del estúpido Arno, con el estúpido niño del estúpido chiste. Hasta con el estúpido sandwich del chiste. ¿Cuándo iba a parar de hablar e iba a dejar hablar a los demás?
—¡Dale, Arno! ¿¡Y qué pasó!? (decía Alma desesperada y divertida).
—¡Sí, basta Arno, hablemos de otra cosa! (aprovechó Frin).
—No, Frin, dejalo que siga (de nuevo Alma).
—... (¿quién la entiende?, pensó Frin).
—Sí, esperen, todavía falta, porque, cuando estaba por llegar al negocio, se le cruzó un perro con una manchita blanca...
—¡Termina el maldito cuento! (gritaba Lynko, muerto de risa).
Seguían pedaleando y riéndose ya no porque importara el cuento, sino porque no acababa nunca; y porque Arno jamás había hablado tanto. Se le habrá destapado algún caño en la cabeza, pensaba Frin, pero con ganas de volverlo a tapar. Trataba de que se le ocurriera algo gracioso, para hacerlos reír él también; pero ni podía pensar, porque Arno no paraba de hablar, los demás, de reírse y su bicicleta, de hacer cuic cuic.

Más se alejaban del pueblo y más divertidas eran las cosas que se le ocurrían a Arno para alargar el chiste. Frin notó que Alma se reía despreocupada. Cuando llegaron estaba seria, por eso que le había contado Vera, que sus papás estaban con problemas. Pero ahora era la misma de siempre, alegre y con una risa maravillosa. Arno inventaba más y más cosas, y eso los hacía pedalear más lento. En un momento tuvieron que detenerse porque Alma casi se caía de la risa.
—Oigan, me parece que no es por acá (interrumpió Vera, todos frenaron).
—¿No era que sabías? (preguntó Lynko).
—Pero les dije que no me acordaba tanto.
—¿Y ahora? (Alma).
—Si quieren nos quedamos y les termino de contar (Arno).
—¡Nada que ver, es feo este lugar! (Alma y Vera).
—Sigamos, seguro que es cerca (dijo Frin, tratando de tener iniciativa en algo).
—¿Y si nos perdemos peor? (Alma).
—Creo que sé cuál es (Frin).
—... (Lynko se dio cuenta de que estaba mintiendo y que lo decía para alardear delante de todos).
—Vamos (insistió Frin, rogando que se le ocurriera algo).
—Les sigo contando (dijo Arno). Todos se rieron. Hasta la bicicleta de Frin, que hacía cuic cuic. Pero él no; quería regresar, mandarlos a todos al diablo, ir a devolver el libro a la biblioteca. Juró que no le leería un solo poema a Alma, si de todas maneras con cualquier chiste estúpido se olvidaba de sus problemas.
—¡Arno, tu chiste no tiene final! (Alma simuló enojo, pero sonaba encantada).
—Sí, tiene; falta poco. Siguieron pedaleando y riéndose. Todos menos Frin que, disimuladamente, trataba de ver si por el camino que iban aparecía algún monte. Pero nada. Por suerte Arno seguía distrayéndolos con su chiste.
—¿Falta mucho? (preguntó Alma).
—No (contestó Frin, intentando parecer seguro).
—¿No será que estás inventando? (dijo Lynko para hacerse el gracioso).
—¡Claro que sé! (Frin, muy molesto).
—No te enojes, era un chiste nomás (Lynko, haciendo un gesto de discúlpame).
Lo cierto es que ese comentario fue la gota que colmó el vaso, porque, aunque todos iban oyendo y riéndose con el chiste, ya querían llegar. Frin no veía nada por ninguna parte, y ni tenía idea por dónde estaban.
Por no quedarse callado y mostrarse seguro dijo:
—Cuando llegamos a la esquina de ese campo, hay que doblar a la derecha.
—¡Ay, qué bueno! (dijo Alma).
—Sí, ya tengo hambre, quería llegar (Vera).
 Para qué habré dicho eso, pensó Frin, ¿qué iba a hacer cuando dieran vuelta y no hubiera nada? Quería que la tierra lo tragara. Pero que primero lo tragara a Arno. Cuic cuic que, de repente, resulta que era gracioso. Cuic cuic. Así, de la noche a la mañana, el muy idiota. Cuic cuic. No se puede ser gracioso de golpe.
Él siempre contaba chistes, entonces estaba bien que fuera gracioso. Cuic cuic; pero este idiota ni siquiera silbaba y ahora resulta que era graciosísimo y Alma estaba feliz con las idioteces que decía. Cuic cuic. Se le hizo que Arno era el chico más mentiroso, hipócrita, estúpido que había conocido nunca. Cuic cuic. Y Alma era bastante idiota si se reía de estos chistes tontos. Cuic cuic. Y el bicicletero también era un tarado porque ni siquiera sabía aceitar bien una bicicleta. Cuic cuic.
Ya estaban llegando a la esquina del campo. Y el más sorprendido de todos fue Frin, porque a unos quinientos metros de ese cruce de caminos había un monte grande y hermoso. Los demás se pusieron a aplaudirlo, Lynko se bajó de su bicicleta y lo abrazó; pero Frin seguía con la boca abierta: no podía creer su buena suerte. ¿Seré adivino?, pensó. Pero Arno no le dio mucho tiempo de disfrutar su éxito porque siguió con su maldito chiste de dos años de duración. El monte era verdaderamente hermoso, con árboles altos y hojas en el suelo. Encontraron un claro en el que dejaron las bicicletas y sacaron sus cosas.
—Bueno, Arno, ¿cómo termina tu chiste? (Lynko).
—Sí, en serio, Arno, así jugamos a algo (Alma).
—Ya termino: entonces el niño por fin llegó al negocio, pidió un sandwich de jamón, el señor se metió, tardó como una hora, salió y se lo dio y el niño lo agarró sin mirarlo y, cuando llegó a la casa, su mamá lo abrió... y, ¿saben que había adentro de los panes?
—¡No, ¿qué...?! (Vera)
—... jamón.
—¿...? (sorpresa en todos).
—... ¿cómo? (preguntó Lynko, que creyó haberse perdido alguna parte).
—Jamón.
—... (se miraron desconcertados).
—... ¿jamón? (repitió Alma).
—... sí, jamón.
—... ¿¡ése es el final del chiste!? (Lynko).
—... (Arno asentía muy divertido de haberlos engañado).
Entonces Lynko se tiró encima suyo, lo hizo caer y hacía como si le pegara de verdad. Arno se reía a carcajadas, ni se defendía. Alma y Vera se agarraban la cabeza y medio se reían y gritaban porque no podían creer que el chiste fuera tan malo y tan largo. Frin, silenciosamente, dio las gracias de que por lo menos hubiera terminado. Abrió su mochila y se encontró con que el papel en el que su mamá había envuelto los sandwiches se había abierto durante el viaje, y el libro del poeta se había manchado de manteca en la tapa. No era mucho, lo suficiente como para que sintiera que de verdad tenía ganas de regresarse ya. Y no lo iba a hacer; pero sólo por vergüenza con los demás.
15
Lo primero que hicieron fue poner un gran mantel en el suelo. Sobre él fueron sacando lo que habían llevado y comieron en silencio. Tenían una pelota. Se pusieron en rueda y practicaron un poco de voleibol. El que la dejaba caer, perdía. Después había que tirarla a un compañero diciendo un nombre que podía ser de planta o de animal. El otro tenía que dar una palmada antes de recibirla y, al lanzarla, decir otro nombre.
Frin conseguía dar la palmada y decir el nombre; pero la pelota iba para cualquier lado. Arno casi no usaba sus manos para recibir la pelota. Le daba en la nariz o en un ojo.
—¡Arno! ¿¡Tenés un agujero en las manos!? (le gritaba Lynko, riéndose), poné las manos, me en-tendés, las-ma-nos. Todos se reían, incluido Arno.
—A ver, ¿cuáles son las manos?, levantalas (Lynko).
—... (las levantaba).
—Perfecto, ahora que ya están identificadas, atajá la pelota con las manos, no con la cara, ¿comprendido? Arno asentía, riéndose. Se reiniciaba el juego, y entonces las manos de Arno no sabían si dar la palmada abajo o arriba, que era por donde venía la pelota, directa a su nariz.
—¡No lo puedo creer! ¡Arno, sos un cuadrúpedo! ¡Te equivocaste de especie!
—... (risas).
—¡Mira, Lynko! ¿Sabés hacer esto? Desafió Arno, parándose patas para arriba, sobre sus manos y empezó a caminar en perfecto equilibrio.
—¡Bravo! ¡Bravo! (Alma y Vera aplaudían).
—¿No les digo que es cuadrúpedo? (Lynko).
—¡Hacelo vos, en vez de reírte! (Vera). Lynko se vio obligado a intentarlo; pero le fue imposible. La única vez que pudo sostenerse unos segundos, los brazos le temblaban como cuerdas. Arno era tan despistado que, en lugar de aprovechar y vengarse con un chiste, se ponía al lado y le enseñaba cómo hacerlo. Lynko se desplomó una vez más, y Arno dijo: Miren esto. Y empezó a dejarse caer hacia atrás, arqueándose despacio, hasta que tocó el suelo con las manos. Lynko se apuró a sentarse encima de él, como si fuera una silla.
—¡Lynko, sos un envidioso! (lo retó Alma). Arno se inclinó y se sentó en el suelo, normal.
—¿Y por qué sabés hacer esto? (Vera).
—... porque me gusta.
—No, en serio, contá.
—... porque me gustaría trabajar en un circo.
—¡¿En serio?! (preguntaron asombrados).
—... me gustan las acrobacias.
—Para eso están las olimpíadas, que son mejores que un circo (Frin).
—... no, yo quiero viajar.
—Uno se cansa de viajar siempre (Lynko).
—Yo no (Arno).
—Mi papá se la pasa viajando y ya está harto, nunca está en casa. —Yo lo que quiero es irme (Arno).
—¿A dónde? (Alma).
—... (levantó los hombros).
—¿Y por eso estás entrenando estas acrobacias? ¿Para irte a trabajar a un circo? (preguntó Lynko). A Arno le daba vergüenza confesar su plan, que nunca había contado a nadie, porque era un plan igual a Arno: confuso, desprolijo, con la camisa afuera. Sólo dijo un tímido sí. Sin embargo, nadie se rió. Se hizo un silencio, un poco incómodo, en el que todos se acordaron de la mamá gritando; pero ninguno comentó nada.  
—Yo quiero ser bióloga (Vera).
—¿Sí? (le preguntó Alma sorprendida).
—Sí (sacó un cuaderno de su mochila). Acá anoto diez cosas nuevas, cada vez que salgo. Pueden ser diez plantas o diez insectos y después busco cómo se llaman.
—¿Y cómo te acordás? (Frin).
—Porque los dibujo.
—¿¡A verlos!? (Lynko). Vera abrió su cuaderno de hojas lisas.
—¡Huáu! ¡Están buenísimos! (exclamó Lynko, que no podía creer que alguien dibujara tan bien).
—¡Son perfectos, Vera! ¿Por qué nunca me los mostraste? (Alma).
—... (frunció la boca) no sé... perdoná.
Eran realmente hermosos. Había un escarabajo que estaba coloreado. Grande y quieto en medio de la hoja del cuaderno.
—Parece que se fuera a mover.
Dijo Frin, en voz baja, y Arno asintió con la cabeza. —Me encantaría dibujar así de bien... para venderlos después (Lynko). Lo retaron y Vera dijo:
—Yo no los hago para vender.
—¿Y para qué, entonces?
—Para mirar, me gusta mirarlos y saber cómo son. Se quedaron viendo el dibujo, callados.
—Estás loca, pero dibujás muy bien (susurró Lynko).
—... cuando los hago siento como si les hablara (Vera).
—¿Cómo como si les hablaras? (Frin).
—Bueno, como si los oyera, mejor dicho; que si ellos me dijeran algo, yo los entendería... me imagino que Dios...
—¿¿Vos creés en Dios?? (la interrumpió Lynko).
—Yo sí (contestó Vera).
—Yo no, para nada (Lynko muy convencido). ¿Y vos, Arno?
—... (levantó los hombros, como siempre), sí.
—Hagamos una votación y si ganan los que creen, es que Dios existe... (Lynko).
—¡Nada que ver, Lynko! (dijo Vera con énfasis), que Dios exista no tiene nada que ver con que nosotros votemos quiénes creen.
—Bueno, yo no creo, ¿y vos, Alma? Asintió en silencio.
—¿Frin?
—... no sé, creo que sí; pero pasa algo que me asusta y reacciono como si no creyera... ¿Qué ibas a decir, Vera?
—No, que yo me imagino... o sea, yo sé que no es cierto, ¿no?, pero me gusta pensar que Dios así nos dibuja en un cuaderno... para entendernos.
—... a Arno lo dibujó con cuatro patas (dijo Lynko y se rieron).
—¿Y vos qué querés ser? (preguntó Vera a Lynko).
—Jugador de fútbol o fabricante de barcos, una de dos.
—Pueden ser las dos (dijo Frin).
—Sí, ¿no? (dijo Lynko, que nunca lo había pensado así)... ¿Y vos, Alma?
—A mí me gustan mucho las matemáticas.
—¡Spuajjj! (Lynko hizo como si vomitara).
—Pero no sé si me gustaría ser física o matemática (terminó Alma).
—Mejor física (dijo Arno).
—¿Por? (le preguntó Frin).
—... (Arno no tenía ni idea)... qué sé yo. Se hizo un pequeño silencio y habló Lynko.
—Oigan, ¿se dan cuenta de que si hacemos lo que cada uno dijo, cuando seamos grandes nunca más nos volveremos a ver?
—¿Por qué? (preguntó Vera).
—Y, porque cada uno va a estar haciendo algo diferente... Alma, en un laboratorio; Vera, en una selva; Arno, en un circo; yo, jugando al fútbol...
—... sí, encima de un barco (lo interrumpió Frin).
 —Pero podemos encontrarnos a comer (dijo Arno).
—... Ah, eso sí (reconoció Lynko). Se quedaron callados por un momento, y Alma preguntó.
—¿Y vos, Frin? ¿Qué vas a hacer?
—(Sintió que se trababa)... no sé.
—Algo te gustará (Lynko).
—... No, les juro que no sé.
—¿Y qué sabes hacer? (Vera).
—... (¿ir en bicicleta?, se preguntó Frin). Pero Alma se acordó de esa vez que entró a la casa de Frin, y dijo:
—Sabe leer.
—¡Buenísimo, léenos algo! (Lynko).
—Nada que ver (se defendió él, sonrojado).
—Sí, es cierto (Alma).
—No, pero eso no es una profesión.
—¡Que nos lea algo! ¡Que nos lea algo! Frin intentó resistirse, pero Vera y Arno también se lo pidieron. Fue hasta su mochila, sacó el libro. Lo frotó contra su pantalón para quitarle la manteca con la que se había ensuciado. Nervioso, con un nudo en la garganta, preguntó:
—¿Qué les leo?
—Cualquier cosa (Vera).
—Sí, pero parate ahí enfrente, como en un teatro (pidió Lynko y se sentó cerca de Vera).
Frin se incorporó lentamente, se alejó un poco. Abrió el libro y comenzó a leer: ¡Ay, qué trabajo me cuesta quererte como te quiero! Eran como las cinco de la tarde, el sol ya no daba tan fuerte y en el monte había un gran silencio. Estaban lejos del pueblo y de cualquier parte. Sólo se escuchaba la voz de Frin leyendo: Morena de luna llena ¿qué quieres de mi deseo? Lo oían un fabricante de barcos y famoso futbolista; una física y matemática; un acróbata de circo; y una bióloga. 
16
En algún momento de la tarde decidieron emprender el regreso. —Tengo una idea (dijo Arno), vamos a escribir nuestros nombres en un árbol. —¡Ay, sí! Me encanta (Alma). ¿Por qué no se me ocurren esas cosas a mí?, pensó Frin. Buscaron el árbol más grande. Lynko sacó una navaja de campamento que su papá le había traído de un viaje. Estaba por empezar a escribir su nombre, pero se detuvo. —Hagamos otra cosa (le alcanzó la navaja a Vera), mejor que cada uno escriba el nombre de otro, no el suyo. Vera tomó la navaja. Se quedó mirando el árbol, callada. —¿Qué esperás? (la apuró Alma). Vera no contestó, se acercó al árbol y, cuidadosamente, comenzó a tallar una raya derecha. Alma no va a ser, ni Arno... a menos que sea una "A" cuadrada, pensaba Frin, ¿va a tallar una "F"? ¿Qué hago si talla una "F" ?... después voy a tener que escribir su nombre... pero entonces Alma va a pensar que me gusta Vera... qué lío. Pero en vez de hacer otra rayita arriba, que podría haber sido de una "F" o de una "A" cuadrada, siguió con una rayita debajo. Una "L", sin duda. Nadie dijo nada. Ella continuó. Sin apurarse. Lynko sintió que una vergüenza le corría por todo el cuerpo. Como no quería que nadie se diera cuenta de lo que le pasaba, apretó la mandíbula. Pero eso sólo hizo que se pusiera colorado, y con la cara dura. Nadie lo estaba mirando, de todos modos. Porque eso que Vera estaba haciendo no estaba dirigido a Lynko solamente, aunque fuera para él solo. Era algo que a todos los ponía colorados. Esas pequeñísimas rayas en el árbol eran como una gran raya en el suelo, o en sus vidas. Al que le tocara después iba a tener que decidir si ponía cualquier nombre o el que más le importaba. Vera seguía con la "Y". Ya no iba a ser lo mismo. Vera tallaba despacio. Ella sabía qué estaba haciendo. Frin no hizo un chiste. Arno no hizo un comentario de otro planeta. Todos estaban atrapados, fascinados por esas pequeñas rayitas que avanzaban trabajosamente en la corteza del árbol. Cuanto más duro fuera el árbol, más para siempre era eso que escribían.
Vera acabó con la "O". Sopló la corteza para quitar las astillas que estaban sueltas. 
Miró el nombre con las letras desparejas. Lynko creyó que le iba a regresar la navaja; pero no, eso casi hubiera sido obligarlo, y Vera no quería que escribiera el suyo por obligación. Le dio la navaja a Arno. Frin sintió un frío en el estómago. Arno comenzó a tallar una "A". Frin sintió una mezcla de enojo y frustración. Pero no dijo nada.
No es seguro que se hubiera atrevido a tallar el nombre de Alma; pero Arno lo estaba haciendo y él sentía que la había perdido para siempre.

Arno terminó y le dio la navaja a Lynko. Vera no se dio vuelta a mirarlo, siguió mirando hacia el árbol, como si no le importara lo que fuera a pasar. Apoyó una mano en el árbol y, al lado de su nombre, rayó rápidamente el nombre de Vera. Para que no quedaran dudas de su decisión. Luego regresó a la "V", y comenzó a tallarla. Terminó de hacerlo, raspó un poco con la navaja y sopló él también, para dejarlo más prolijo. Se dio vuelta, miró hacia Alma y Frin. Dudó un instante. Luego avanzó en dirección de Alma y le dio la navaja. Ella la tomó y se acercó al árbol. Lo miró buscando un lugar que le gustara. Frin sentía una mezcla de tristeza y alivio. Tristeza porque se iba a confirmar que era novia de Arno. Y alivio porque así él se convencería de una buena vez y dejaría de hacerse ilusiones. ¿O acaso ella misma no se lo había dicho la vez del cementerio viejo? ¿Para qué había seguido pensando estupideces? Alma iba a escribir el nombre de Arno, y si a él le daba por ponerse a soñar como un idiota podía venir a leer el árbol. Y listo. Le podría sacar una foto al árbol, y pegarla en la puerta de su cuarto o cocinarla en agua y tragársela en una sopa. Sintió que este picnic había empezado mal desde la mañana. ¿Por qué ni se le ocurrió quedarse? Se habría evitado todo esto. ¿O cómo se pensaba él que iban a ser las cosas? Se enojó consigo mismo porque desde que Vera dijo que había invitado a Arno, él sabía. Perfectamente sabía. Alma estiró un poco su brazo y, arriba de los otros nombres, trazó una "F". Frin se quedó helado. Una "F". De aquí a la China, una "F". Sin mover la cabeza, miró de reojo a Arno, ¿qué iba a decir? Pero Arno observaba cómo tallaba Alma, con la misma cara de estar contando meteoritos de siempre. Una efe. Una efe. Una efe. Mi efe... mi efe... mi erre. Alma terminó de escribir "Frin". También sopló y le pasó la mano, quitando las astillas al nombre de Frin. Se alejó un poco, miró cómo había quedado. Se dio vuelta y, tímidamente, le dio la navaja a Frin. Él la tomó. Se acercó al árbol, leyó, se dio vuelta y preguntó: —¿Se puede repetir un nombre? Silencio. —No, porque faltaría uno, y tienen que estar todos (Lynko). No le quedó más remedio que tallar Arno en el árbol. De todas maneras, el nombre de Alma ya lo tenía en su corazón. Desde hacía tanto. Terminó y se puso al lado de todos a mirar el árbol que de ahora en más... El primer árbol. Buscaron sus bicicletas, recogieron las cosas en silencio y salieron caminando del monte.
Sea porque Vera y Lynko comenzaron a caminar más despacio, o porque ellos tres iban más rápido, Alma, Arno y Frin se fueron adelantando. Cuando terminaron de salir del monte, Frin miró si se habían retrasado mucho; pero volvió a dar vuelta la cabeza como un rayo. Es que Lynko y Vera venían caminando de la mano. —Vamos. Dijo Frin, sin subirse a la bicicleta. Podían seguir a pie por el camino. A fin de cuentas no había empezado a oscurecer, y así ellos podrían seguir de la mano. Visto desde el aire, o si con una cámara muy poderosa se hubiera tomado una foto desde un satélite, se habría visto a cinco chicos caminando por un camino viejo. Llevando sus bicicletas con una mano. Tres adelante. Dos, más atrás. En la Tierra que, como todos sabemos, va muy rápido en el espacio. Con ellos caminando de regreso a sus casas.