lunes, 15 de diciembre de 2014

2D, E, F y G: Imprimir ambas lecturas y pegar en el cuaderno de Proyectos para la clase del miércoles 17 de diciembre.

Reseña 1
Christie es una joven buena, sincera, y sobretodo educada. Pero tiene el infortunio de que hereda una horrorosa cazadora de su hermano, que supondrá el principio de sus “males”.
Por poner solo un ejemplo, en el colegio se ríen y se burlan de ella, así que la joven tiende a contar su propio secreto: la prenda perteneció al mítico y ya clásico Indiana Jones.
La noticia causa un gran revuelo, y a Christie no le queda más remedio que alquilarla por horas, por lo que la convierte sorprendentemente en una de las chicas más conocidas del colegio.
Por sorprendente que pueda parecer, ya nadie se ríe de ella, y de repente ahora a todos sus compañeros y amigos les gusta la tan afamada cazadora.
En el libro La cazadora de Indiana Jones se enseñan una serie de emociones básicas que deben tener en cuenta los más pequeños, especialmente cuando se encuentran entre amigos.
Valores como la amistad, la simpatía, la confianza o la sinceridad son cuestiones básicas en las páginas de este curioso e interesante libro, ideal para niños/as a partir de 12 años de edad.
No en vano, se trata de un libro recomendado por la publicación Los mirlos blancos de la Biblioteca Internacional de Munich, y en el año 1990 obtuvo el Premio Euskadi del Gobierno vasco a la mejor novela juvenil del año.
Asun Balzola, su autora, fue conocida principalmente por su labor como ilustradora, siendo Premio Nacional de Ilustración. Aunque también escribió numerosos libros para jóvenes y niños.
Lamentablemente falleció el día 22 de junio del año 2006. Nuestro más sincero homenaje a Asun Balzola.
"NO VOY A HABLAR DEL DIARIO DE ANA FRANK"
POR BERNARDO FERNÁNDEZ, BEF
Pocos recuerdan el nombre de Robert Aickman. Se trata de un escritor inglés de literatura fantástica metido en la tradición anglosajona de lo oscuro. Aickman, quien murió en 1981, escribió un cuento que le valió en 1975 el World Fantasy Award, que es algo así como el Óscar de la literatura fantástica.
La narración de marras se titula “Páginas del diario de una adolescente” y cuenta en primera persona un viaje de Inglaterra a la Europa continental de una muchachita en algún punto indeterminado del siglo XIX. Se trata de una historia ambiental, situada en castillos oscuros poblados por decadentes personajes a los que la chica registra con tanto asombro como rigor. Lo que empieza como un diario de viaje se convierte poco a poco en la crónica de la transformación vampírica de la narradora, todo envuelto en una atmósfera sofocante que recuerda mucho a escritores como Sheridan Le Fanu, Algernon Blackwood y Henry James. Un cuento inquietante, cuyo final abierto me dejó profundamente impresionado cuando lo leí de niño, hace más de treinta años, y cuyas sombras escurridizas siguen resonando en mi recuerdo.
La obra de Aickman, sin duda un cuentista brillante, no está traducida al español e incluso en inglés es difícil de conseguir, si bien existen tres tomos con su narrativa breve recogida. Pero si el lector se interesó lo suficiente como para adentrarse en este tipo de tierras extrañas, recientemente apareció en la mesa de novedades una lujosa edición ilustrada de La cámara sangrienta de la también inglesa Angela Carter (1940-1992), espléndida narradora de lo fantástico, muerta prematuramente, quien dejó una abultada obra de la cual lo más conocido es esta antología. La cámara sangrienta es una especie de puesta al día de varios cuentos de hadas tradicionales, en versiones exentas de cualquier candor y repletas de malicia que nada tienen de infantil. 
Algo similar a lo hecho por la rusa Liudmila Petrushévskaia en Érase una vez una mujer que quería matar al bebé de su vecina, aterrador compendio de nuevos cuentos de hadas rusos. Pero quien ha escrito una novela en forma de diario de entre mis lecturas ha sido José Luis Zárate en La ruta del hielo y la sal. En esta peculiar novela breve retoma las páginas del diario del Demeter, embarcación que lleva el sarcófago de Drácula desde Varna, en la costa Búlgara del Mar Negro, hasta Inglaterra. Bram Stoker dedica apenas un par de cuartillas para dar cuenta del diario del capitán de la goleta. Zárate expande esas líneas hasta completar la bitácora del viaje, convirtiéndola en una de las más peculiares novelas mexicanas.
No pierdo oportunidad para hablar bien de Zárate, mi escritor mexicano favorito de entre los vivos. Como ya lo he hecho anteriormente en este espacio, baste decir que no sólo es una brillante novela en forma de diario, también es una de las pocas visitas de la literatura mexicana al mar.
Por otro lado, el novelista gráfico canadiense Guy De Lisle lleva varios años registrando su vida en forma de cómics. Artista que ha viajado por el mundo supervisando producciones de dibujos animados, su paso por un estudio de animación en Corea del Norte le dio suficiente material como para publicar Pyonyang, delirante historieta sobre las tribulaciones de un extranjero en la última dictadura comunista de Asia. Con un dibujo sintético y elegante ironía, De Lisle da cuenta desde su llegada al aeropuerto, donde es recibido con un ramo de flores que después debe depositar —como todo visitante— a los pies de la estatua del dictador, hasta su visita al “Museo de la Amistad”, el libro reboza de situaciones tan absurdas que cuesta trabajo creer que son reales. Los excesos de una dictadura que intenta a toda costa legitimarse a sí misma son dibujados sin piedad por el narrador, quien nunca está muy seguro si debe reír o llorar.
El propio De Lisle ha publicado también Crónicas birmanas y Crónicas de Jerusalem, espléndidos diarios de viaje en formato de cómic que dan cuenta de su paso por estos lugares.
¿Qué es un libro de memorias sino un diario exhibicionista? Eduardo del Río Rius, decano de los caricaturistas mexicanos, ha publicado recientemente Mis confusiones, abultado volumen en el que da cuenta de su paso por este mundo, durante el cual no sólo revolucionó la caricatura latinoamericana; también se encontró con personajes fascinantes y situaciones que van de lo conmovedor a lo delirante. La publicación de las memorias de un caricaturista es un hecho inusitado en el mundo editorial y ello habla de la importancia de Del Río en nuestra cultura. Un referente obligado dentro y fuera de los cómics y el humor gráfico. El libro está tan bien escrito que deja al lector con el pesar de que Rius no haya escrito más prosa.


http://www.revistaleemas.com.mx/no_voy_hablar, Recuperado el 15 diciembre, 2014


Reseña 3
La bruja de abril y otros cuentos

Este libro está compuesto por cuatro relatos que se adentran en el mundo de la ciencia ficción, en ellos se presentan desde cuartos o habitaciones que reproducen en imágenes los pensamientos de sus dueños, hasta problemas raciales en Marte y brujas con grandes deseos de enamorarse.
Catálogo de literatura infantil y juvenil, México, Ed SM, 2011



Reseña 4
Ven a cantar. Sésame Street Playground

Este disco prueba que, sin importar el idioma, la fómula no cambia muchos colores, canciones inocentes con tonadas pegajosas que provocan euforia en los niños. Será por el swing, pero la respuesta es inmediata, saltos, brazos levantados con "Patito de hule" o la "Canción de la amistad". El arte del CD incluye reseñas de las canciones y los personajes de Sesame Street. Una garantía para entretener a los niños con un toque cosmopolita.
Revista "Chilango", Septiembre, 2008, p. 160

3°A Anota tu nombre y grupo, modifica el tipo de letra antes de imprimir; después responde a mano cada pregunta. Pega en el cuaderno de Actividades permanentes.

Obesidad: ¿de quién es la culpa?
Agustín López Murguía
La aseveración del investigador Bourges no puede llevarnos a salir corriendo por unos huevos con tocino dentro de una hamburguesa de doble piso. Su artículo sirve para mostrar que el problema de la obesidad es muy complejo, depende de muchos factores tanto ambientales como genéticos, pero dice sobretodo que es consecuencia de comer mucho…y mal.
Aunque el azúcar no era el acusado, sí se encontraba dentro de la lista de sospechosos pues las conclusiones se le aplican de igual manera: es urgente corregir la dieta con conocimientos sólidos y fomentando hábitos saludables.
No hay que satanizar el azúcar, pero tampoco hay que perder de vista que empezamos el siglo XX (bueno, nuestros abuelos) consumiendo 10 kilogramos de azúcar al año, y lo terminamos con 50 kilogramos por terrícola al año. La culpa es de los chocolates, helados, galletas, caramelos, pasteles, dulces y refrescos embotellados: en particular estos últimos se consumen en cantidades espectaculares entre los hombres del maíz, es decir, en México.
No hay pruebas claras de que la epidemia de obesidad que afecta al mundo moderno esté directamente relacionada con el consumo de azúcar pero sí con el exceso. Otros factores son la falta de ejercicio, que implica la acumulación de la energía de más que se ingiere con la dieta, y la falta de equilibrio en la alimentación, lo que conlleva desbalances en el consumo de otro nutrimentos. Finalmente, la obesidad también tiene un componente genético, como demuestra un estudio publicado en febrero de 2008 en el American Journal of Clinical Nutrition. Según este estudio, la obesidad puede atribuirse a factores genéticos hasta en 77 por ciento. El estudio se llevó a cabo siguiendo a 5,092 pares de gemelos y da cuenta de la complejidad del problema.

1.       ¿Cuál es el tema de la lectura? 
2.       ¿Cuáles son los cuatro factores que provocan la obesidad, según el autor?
3.       ¿Qué hábitos pueden dar solución al problema?
4.       ¿Qué información sustenta este artículo?
5.       Explica con tus palabras las siguientes expresiones:
a.       “No hay que satanizar el azúcar”
b.      “…los hombres del maíz, es decir, en México”
6.       ¿Por qué el autor le llama “epidemia” a la obesidad?
7.       Haz un dibujo de uno de los factores que provocan la obesidad.


miércoles, 3 de diciembre de 2014

La siguiente es la letra de la canción Las batallas del grupo Café Tacuba, sólo imprime y pega en tu cuaderno, en clase realizaremos la actividad.

Oye Carlos,
¿porqué tuviste 
que salirte de la escuela esta mañana?,
oye Carlos, 
¿porqué tuviste 
que decirle que la amabas, a Mariana?
en la escuela se corrió el rumor 
y en tu clase todo el mundo se enteró. 

Y en tu casa mamá te preguntó: 
si acaso fue tu hermano quien te indujo 
o peor aún, 
fue Mariana, sí 
fue ella quien te lo propuso
papá dijo: este niño no es normal, 
será mejor llevarlo al hospital.

"Por alto que este el cielo en el mundo, 
por hondo que es el mar profundo 
no habrá una barrera en el mundo 
que mi amor profundo no rompa por ti"

Oye Carlos, 
¿porqué tuviste 
que salirte de la escuela esa mañana?,
oye Carlos, 
¿porqué tuviste 
que decirle que la amabas, a Mariana?...

sábado, 29 de noviembre de 2014

3°A

Comenté en clase que tendrían una actividad para realizar, sin embargo debido a que es semana de exámenes, se cancela. Estudien proyectos 4, 5 y lo que llevamos del 6, también lo relacionado con la estructura poética y las figuras literarias.
Buen fin de semana.

martes, 18 de noviembre de 2014

2°D,E y F

Elementos para modificar un cuento

Elementos modificables
Cambios que se podrían modificar
Afectaciones en el cuento
Efecto en el lector
Trama
Empezar por el final de la historia
El desenlace tendría que ser ligeramente diferente
Interés en el lector al preguntarse cómo inició la historia
Personajes
Incluir diálogos para darles más importancia a los personajes secundarios
Existirá interrelaciones entre los personajes, ya no sería narrado solamente por una sola voz narrativa
Los lectores podrían conocer otro punto de vista sobre el suceso
Ambiente
Cambiar el ambiente del cuento, como por ejemplo suspenso, terror, …
Cambiaría la voz narrativa, de modo que la voz narrativa fuera la que contara la historia(por ejemplo, un testigo)
Se podría desarrollar la intriga, para que los lectores empiecen a interpretar las acciones del protagonista de acuerdo con sus propias experiencias
Contexto
Cambiar la historia para que se realice en el futuro
Los personajes tendrían que reaccionar con sorpresa ante las acciones del protagonista y quizá mostrar sospecha
Podría lograrse un efecto de comicidad con las reacciones de los personajes

lunes, 17 de noviembre de 2014

Cuentos para Proyecto 5, 2°D, E, F y G

La mosca que soñaba que era un águila
Augusto Monterroso

Había una vez una Mosca que todas las noches soñaba que era un Águila y que se encontraba volando por los Alpes y por los Andes.
En los primeros momentos esto la volvía loca de felicidad; pero pasado un tiempo le causaba una sensación de angustia, pues hallaba las alas demasiado grandes, el cuerpo demasiado pesado, el pico demasiado duro y las garras demasiado fuertes; bueno, que todo ese gran aparato le impedía posarse a gusto sobre los ricos pasteles o sobre las inmundicias humanas, así como sufrir a conciencia dándose topes contra los vidrios de su cuarto.
En realidad no quería andar en las grandes alturas o en los espacios libres, ni mucho menos.
Pero cuando volvía en sí lamentaba con toda el alma no ser un Águila para remontar montañas, y se sentía tristísima de ser una Mosca, y por eso volaba tanto, y estaba tan inquieta, y daba tantas vueltas, hasta que lentamente, por la noche, volvía a poner las sienes en la almohada.
La honda de David
Augusto Monterroso
Había una vez un niño llamado David N., cuya puntería y habilidad en el manejo de la resortera despertaba tanta envidia y admiración en sus amigos de la vecindad y de la escuela, que veían en él -y así lo comentaban entre ellos cuando sus padres no podían escucharlos- un nuevo David.
Pasó el tiempo
Cansado del tedioso tiro al blanco que practicaba disparando sus guijarros contra latas vacías o pedazos de botella, David descubrió que era mucho más divertido ejercer contra los pájaros la habilidad con que Dios lo había dotado, de modo que de ahí en adelante la emprendió con todos los que se ponían a su alcance, en especial contra Pardillos, Alondras, Ruiseñores y Jilgueros, cuyos cuerpecitos sangrantes caían suavemente sobre la hierba, con el corazón agitado aún por el susto y la violencia de la pedrada.
David corría jubiloso hacia ellos y los enterraba cristianamente.
Cuando los padres de David se enteraron de esta costumbre de su buen hijo se alarmaron mucho, le dijeron que qué era aquello, y afearon su conducta en términos tan ásperos y convincentes que, con lágrimas en los ojos, él reconoció su culpa, se arrepintió sincero y durante mucho tiempo se aplicó a disparar exclusivamente sobre los otros niños.
Dedicado años después a la milicia, en la Segunda Guerra Mundial David fue ascendido a general y condecorado con las cruces más altas por matar él solo a treinta y seis hombres, y más tarde degradado y fusilado por dejar escapar con vida una Paloma mensajera del enemigo.
FIN
La tela de Penélope o quién engaña a quién
Augusto Monterroso
Hace muchos años vivía en Grecia un hombre llamado Ulises (quien a pesar de ser bastante sabio era muy astuto), casado con Penélope, mujer bella y singularmente dotada cuyo único defecto era su desmedida afición a tejer, costumbre gracias a la cual pudo pasar sola largas temporadas.
Dice la leyenda que en cada ocasión en que Ulises con su astucia observaba que a pesar de sus prohibiciones ella se disponía una vez más a iniciar uno de sus interminables tejidos, se le podía ver por las noches preparando a hurtadillas sus botas y una buena barca, hasta que sin decirle nada se iba a recorrer el mundo y a buscarse a sí mismo.
De esta manera ella conseguía mantenerlo alejado mientras coqueteaba con sus pretendientes, haciéndoles creer que tejía mientras Ulises viajaba y no que Ulises viajaba mientras ella tejía, como pudo haber imaginado Homero, que, como se sabe, a veces dormía y no se daba cuenta de nada.
FIN
La sirena inconforme
Augusto Monterroso
Usó todas sus voces, todos sus registros; en cierta forma se extralimitó; quedó afónica quién sabe por cuánto tiempo.
Las otras pronto se dieron cuenta de que era poco lo que podían hacer, de que el aburridor y astuto Ulises había empleado una vez más su ingenio, y con cierto alivio se resignaron a dejarlo pasar.
Ésta no; ésta luchó hasta el fin, incluso después de que aquel hombre tan amado y deseado desapareció definitivamente.
Pero el tiempo es terco y pasa y todo vuelve.
Al regreso del héroe, cuando sus compañeras, aleccionadas por la experiencia, ni siquiera tratan de repetir sus vanas insinuaciones, sumisa, con la voz apagada, y persuadida de la inutilidad de su intento, sigue cantando.
Por su parte, más seguro de sí mismo, como quien había viajado tanto, esta vez Ulises se detuvo, desembarcó, le estrechó la mano, escuchó el canto solitario durante un tiempo según él más o menos discreto, y cuando lo consideró oportuno la poseyó ingeniosamente; poco después, de acuerdo con su costumbre, huyó.
De esta unión nació el fabuloso Hygrós, o sea “el Húmedo” en nuestro seco español, posteriormente proclamado patrón de las vírgenes solitarias, las pálidas prostitutas que las compañías navieras contratan para entretener a los pasajeros tímidos que en las noches deambulan por las cubiertas de sus vastos trasatlánticos, los pobres, los ricos, y otras causas perdidas.
FIN
Los bomberos
Mario Benedetti
Olegario no sólo fue un as del presentimiento, sino que además siempre estuvo muy orgulloso de su poder. A veces se quedaba absorto por un instante, y luego decía: "Mañana va a llover". Y llovía. Otras veces se rascaba la nuca y anunciaba: "El martes saldrá el 57 a la cabeza". Y el martes salía el 57 a la cabeza. Entre sus amigos gozaba de una admiración sin límites.
Algunos de ellos recuerdan el más famoso de sus aciertos. Caminaban con él frente a la Universidad, cuando de pronto el aire matutino fue atravesado por el sonido y la furia de los bomberos. Olegario sonrió de modo casi imperceptible, y dijo: "Es posible que mi casa se esté quemando".
Llamaron un taxi y encargaron al chofer que siguiera de cerca a los bomberos. Éstos tomaron por Rivera, y Olegario dijo: "Es casi seguro que mi casa se esté quemando". Los amigos guardaron un respetuoso y afable silencio; tanto lo admiraban.

Los bomberos siguieron por Pereyra y la nerviosidad llegó a su colmo. Cuando doblaron por la calle en que vivía Olegario, los amigos se pusieron tiesos de expectativa. Por fin, frente mismo a la llameante casa de Olegario, el carro de bomberos se detuvo y los hombres comenzaron rápida y serenamente los preparativos de rigor. De vez en cuando, desde las ventanas de la planta alta, alguna astilla volaba por los aires.
Con toda parsimonia, Olegario bajó del taxi. Se acomodó el nudo de la corbata, y luego, con un aire de humilde vencedor, se aprestó a recibir las felicitaciones y los abrazos de sus buenos amigos.
El Otro Yo
Mario Benedetti
Se trataba de un muchacho corriente: en los pantalones se le formaban rodilleras, leía historietas, hacía ruido cuando comía, se metía los dedos a la nariz, roncaba en la siesta, se llamaba Armando Corriente en todo menos en una cosa: tenía Otro Yo.
El Otro Yo usaba cierta poesía en la mirada, se enamoraba de las actrices, mentía cautelosamente, se emocionaba en los atardeceres. Al muchacho le preocupaba mucho su Otro Yo y le hacía sentirse incómodo frente a sus amigos. Por otra parte el Otro Yo era melancólico, y debido a ello, Armando no podía ser tan vulgar como era su deseo.
Una tarde Armando llegó cansado del trabajo, se quitó los zapatos, movió lentamente los dedos de los pies y encendió la radio. En la radio estaba Mozart, pero el muchacho se durmió. Cuando despertó el Otro Yo lloraba con desconsuelo. En el primer momento, el muchacho no supo qué hacer, pero después se rehizo e insultó concienzudamente al Otro Yo. Este no dijo nada, pero a la mañana siguiente se había suicidado.
Al principio la muerte del Otro Yo fue un rudo golpe para el pobre Armando, pero enseguida pensó que ahora sí podría ser enteramente vulgar. Ese pensamiento lo reconfortó.
Sólo llevaba cinco días de luto, cuando salió a la calle con el propósito de lucir su nueva y completa vulgaridad. Desde lejos vio que se acercaban sus amigos. Eso le lleno de felicidad e inmediatamente estalló en risotadas.
Sin embargo, cuando pasaron junto a él, ellos no notaron su presencia. Para peor de males, el muchacho alcanzó a escuchar que comentaban: «Pobre Armando. Y pensar que parecía tan fuerte y saludable».
El muchacho no tuvo más remedio que dejar de reír y, al mismo tiempo, sintió a la altura del esternón un ahogo que se parecía bastante a la nostalgia. Pero no pudo sentir auténtica melancolía, porque toda la melancolía se la había llevado el Otro Yo.
La noche de los feos
Mari Benedetti
Ambos somos feos. Ni siquiera vulgarmente feos. Ella tiene un pómulo hundido. Desde los ocho años, cuando le hicieron la operación. Mi asquerosa marca junto a la boca viene de una quemadura feroz, ocurrida a comienzos de mi adolescencia.
Tampoco puede decirse que tengamos ojos tiernos, esa suerte de faros de justificación por los que a veces los horribles consiguen arrimarse a la belleza. No, de ningún modo. Tanto los de ella como los míos son ojos de resentimiento, que sólo reflejan la poca o ninguna resignación con que enfrentamos nuestro infortunio. Quizá eso nos haya unido. Tal vez unido no sea la palabra más apropiada. Me refiero al odio implacable que cada uno de nosotros siente por su propio rostro.
Nos conocimos a la entrada del cine, haciendo cola para ver en la pantalla a dos hermosos cualesquiera. Allí fue donde por primera vez nos examinamos sin simpatía pero con oscura solidaridad; allí fue donde registramos, ya desde la primera ojeada, nuestras respectivas soledades. En la cola todos estaban de a dos, pero además eran auténticas parejas: esposos, novios, amantes, abuelitos, vaya uno a saber. Todos -de la mano o del brazo- tenían a alguien. Sólo ella y yo teníamos las manos sueltas y crispadas.
Nos miramos las respectivas fealdades con detenimiento, con insolencia, sin curiosidad. Recorrí la hendidura de su pómulo con la garantía de desparpajo que me otorgaba mi mejilla encogida. Ella no se sonrojó. Me gustó que fuera dura, que devolviera mi inspección con una ojeada minuciosa a la zona lisa, brillante, sin barba, de mi vieja quemadura.
Por fin entramos. Nos sentamos en filas distintas, pero contiguas. Ella no podía mirarme, pero yo, aun en la penumbra, podía distinguir su nuca de pelos rubios, su oreja fresca bien formada. Era la oreja de su lado normal.
Durante una hora y cuarenta minutos admiramos las respectivas bellezas del rudo héroe y la suave heroína. Por lo menos yo he sido siempre capaz de admirar lo lindo. Mi animadversión la reservo para mi rostro y a veces para Dios. También para el rostro de otros feos, de otros espantajos. Quizá debería sentir piedad, pero no puedo. La verdad es que son algo así como espejos. A veces me pregunto qué suerte habría corrido el mito si Narciso hubiera tenido un pómulo hundido, o el ácido le hubiera quemado la mejilla, o le faltara media nariz, o tuviera una costura en la frente.

La esperé a la salida. Caminé unos metros junto a ella, y luego le hablé. Cuando se detuvo y me miró, tuve la impresión de que vacilaba. La invité a que charláramos un rato en un café o una confitería. De pronto aceptó.
La confitería estaba llena, pero en ese momento se desocupó una mesa. A medida que pasábamos entre la gente, quedaban a nuestras espaldas las señas, los gestos de asombro. Mis antenas están particularmente adiestradas para captar esa curiosidad enfermiza, ese inconsciente sadismo de los que tienen un rostro corriente, milagrosamente simétrico. Pero esta vez ni siquiera era necesaria mi adiestrada intuición, ya que mis oídos alcanzaban para registrar murmullos, tosecitas, falsas carrasperas. Un rostro horrible y aislado tiene evidentemente su interés; pero dos fealdades juntas constituyen en sí mismas un espectáculos mayor, poco menos que coordinado; algo que se debe mirar en compañía, junto a uno (o una) de esos bien parecidos con quienes merece compartirse el mundo.
Nos sentamos, pedimos dos helados, y ella tuvo coraje (eso también me gustó) para sacar del bolso su espejito y arreglarse el pelo. Su lindo pelo.
"¿Qué está pensando?", pregunté.
Ella guardó el espejo y sonrió. El pozo de la mejilla cambió de forma.
"Un lugar común", dijo. "Tal para cual".
Hablamos largamente. A la hora y media hubo que pedir dos cafés para justificar la prolongada permanencia. De pronto me di cuenta de que tanto ella como yo estábamos hablando con una franqueza tan hiriente que amenazaba traspasar la sinceridad y convertirse en un casi equivalente de la hipocresía. Decidí tirarme a fondo.
"Usted se siente excluida del mundo, ¿verdad?"
"Sí", dijo, todavía mirándome.
"Usted admira a los hermosos, a los normales. Usted quisiera tener un rostro tan equilibrado como esa muchachita que está a su derecha, a pesar de que usted es inteligente, y ella, a juzgar por su risa, irremisiblemente estúpida."
"Sí."
Por primera vez no pudo sostener mi mirada.
"Yo también quisiera eso. Pero hay una posibilidad, ¿sabe?, de que usted y yo lleguemos a algo."
"¿Algo cómo qué?"
"Como querernos, caramba. O simplemente congeniar. Llámele como quiera, pero hay una posibilidad."
Ella frunció el ceño. No quería concebir esperanzas.
"Prométame no tomarme como un chiflado."
"Prometo."
"La posibilidad es meternos en la noche. En la noche íntegra. En lo oscuro total. ¿Me entiende?"
"No."
"¡Tiene que entenderme! Lo oscuro total. Donde usted no me vea, donde yo no la vea. Su cuerpo es lindo, ¿no lo sabía?"
Se sonrojó, y la hendidura de la mejilla se volvió súbitamente escarlata.
"Vivo solo, en un apartamento, y queda cerca."
Levantó la cabeza y ahora sí me miró preguntándome, averiguando sobre mí, tratando desesperadamente de llegar a un diagnóstico.
"Vamos", dijo.
2
No sólo apagué la luz sino que además corrí la doble cortina. A mi lado ella respiraba. Y no era una respiración afanosa. No quiso que la ayudara a desvestirse.
Yo no veía nada, nada. Pero igual pude darme cuenta de que ahora estaba inmóvil, a la espera. Estiré cautelosamente una mano, … Mi tacto me transmitió una versión estimulante, poderosa… Sus manos también me vieron.
En ese instante comprendí que debía arrancarme (y arrancarla) de aquella mentira que yo mismo había fabricado. O intentado fabricar. Fue como un relámpago. No éramos eso. No éramos eso.
Tuve que recurrir a todas mis reservas de coraje, pero lo hice. Mi mano ascendió lentamente hasta su rostro, encontró el surco de horror, y empezó una lenta, convincente y convencida caricia. En realidad mis dedos (al principio un poco temblorosos, luego progresivamente serenos) pasaron muchas veces sobre sus lágrimas.
Entonces, cuando yo menos lo esperaba, su mano también llegó a mi cara, y pasó y repasó el costurón y el pellejo liso, esa isla sin barba de mi marca siniestra.

Lloramos hasta el alba. Desgraciados, felices. Luego me levanté y descorrí la cortina doble.

martes, 30 de septiembre de 2014

Frin, capítulos 24 al Epílogo

24
—¡La culpa fue tuya! (le dijo Fede a Lynko).
—¿i…!? ¿¡Y por qué va a ser mía!? (preguntó Lynko, riéndose).
—¡Él no tiene nada que ver! (Vera).
—¡Ay, sí! ¡Su noviecita lo defiende! (dijo otro, burlándose).
—¡Cerrá la boca! (dijo Lynko, serio).
—¡Sí es tuya, nene! ¡Porque vos sos muy amigo de Frin, y entonces tendrías que saber! (otra compañera).
—¡Si a mí tampoco me dijo nada! (Lynko, riéndose).
—¡Sí, seguro que te contó, y como son muy amiguitos no nos dijiste! (otro).
—¿¡Son tarados, ustedes!? ¿¡No ven que si no avisó es porque quería ir solo!? (Vera). Lynko se atacaba de la risa por este lío.
—¡¡¡SI SE RÍE ES PORQUE SABÍA!!! (gritó otra chica). En ese momento se cortó la discusión porque entró el papá de Frin al patio. Justo cuando Lynko se reía, pero no porque supiera, sino porque se había dado cuenta del plan de Frin, y se le hacía buenísima la manera en que se había escapado de todos. Lo que ocurrió fue que los del grado se encontraron en la terminal de ómnibus, a las tres, como había dicho Frin. Pero él no estaba. Ya va a llegar, dijo uno. Se quedaron esperando. Como tardaba en venir, no faltaron los que sacaron sus sandwiches y se los comieron ahí mismo. Frin no aparecía, a Lynko se le ocurrió ir a ver los horarios de ómnibus a Nulda y ahí se dio cuenta de que a las tres no salía ninguno.
—¿Se habrá equivocado? (Arno).
—No creo, porque el próximo sale a las cinco... es mucha diferencia (Vera).
—¿Qué hacemos? (Arno, perdido con su cara de perdido).
—Y, vamos a buscarlo a su casa, ¿no?, para ver por qué no vino... (Fede). Algo le hizo sospechar a Vera que ésa no era una buena idea:
—Mmm... mejor vamos a mi casa... y...
—¿¡Para qué!? (preguntó otra compañera).
—... y después lo llamamos por teléfono, más tarde... (terminó de inventar, Vera).
—¡Ay, nada que ver! Tiene razón Fede, vamos a su casa. Como Vera tampoco entendía qué estaba pasando, no opuso más resistencia. Así es que fue todo el grupo, como turistas que perdieron el avión, caminando hasta casa de Frin. Tocaron timbre. Asomó la mamá.
—¿Sí?
—Hola, señora, ¿está Frin? —Hola, Fede, ¿no está jugando con ustedes? Vera quiso hablar porque se dio cuenta del lío que se iba a armar; pero Federico le ganó de mano. —No, lo que pasa es que quedamos de ir juntos a Nulda, pero él se equivocó y a las tres no salían ómnibus. —¿¡Cómo que ir juntos a Nulda!? (preguntó la mamá).
 —No, señora, dijimos que a lo mejor, no era seguro (quiso disimular Vera).
—¡Mentira, nena! (la callaron entre todos). ¡No seas mentirosa!
—¿¡Y qué iban a hacer a Nulda!?
—A visitar a Alma, señora, ¿no le dijo Frin? (Fede). Adentro de su cabeza se hizo como un chispazo. Frin se había ido sin permiso.
—A ver, pasen al patio, chicos. Les dijo, y corrió hacia el teléfono. Llamó al club para buscar al papá de Frin. Cuando lo encontraron y le contaron, el papá regresó volando. Les hicieron mil preguntas a los compañeros de grado, pero ellos contestaban cualquier cosa, porque no sabían nada, y porque se estaban echando la culpa unos a otros. Algunos porque Lynko tendría que haber sabido, otros porque al venir así es como si lo hubieran acusado a Frin, otros por quién sabe, y otros por las ganas. Aquello era un hervidero de la-culpa-es-tuya-no-tarado-la-culpa-es-tuya. El papá salió corriendo hacia la librería. Estaba cerrada, tocó en la casa. A Elvio se le hizo muy probable que Frin se hubiera ido a Nulda a visitar a Alma, pero lo tomaba con calma y risa.
—Son cosas de muchachos, qué peligro va a haber.
—Muchas gracias, Elvio (lo cortó secamente el papá, y se dio vuelta).
—Espérese, espérese... a ver... déme media hora y lo llamo para darle el número de teléfono de los abuelos. —¿Lo tiene? (preguntó afligido el papá).
—Se lo puedo averiguar, déme media hora. El papá agradeció y regresó a la casa rápido para contarle a la mamá de Frin. Y fue en ese momento que abrió la puerta del patio y encontró a los compañeros de Frin discutiendo.
—... pero ¿¡son tarados, ustedes!? ¿¡No ven que si no le avisó a nadie es porque quería ir solo!? (Vera). Lynko se mataba de la risa de todo este lío que se había armado.
—¡Ves! (gritó otra niña, furiosa). ¡¡¡SI SE RÍE ES PORQUE SABÍA!!!
 La mamá estaba tratando de calmarlos y aprovechó el silencio para preguntar.
—¿Averiguaste algo?
 —En media hora Elvio nos consigue el teléfono de los abuelos de Alma.
 —¿¡En media hora!? (se quejó impotente la mamá).
—¡Ven, tarados! ¡Ahora por culpa de ustedes los papás de Frin están asustados! (gritó Vera).
—¡Ah! ¿¡Y qué querías que hiciéramos, eh!? Le contestó otra compañera, en medio de las protestas y acusaciones de todos contra todos que se habían vuelto a desatar. Y esta vez los hizo callar el timbre del teléfono.
—¿Ves que no hubo que esperar tanto? Ya lo consiguió. La mamá corrió a atender.
—Hola... (se oyó una voz grave), habla el abuelo de Alma...
—¡Sí, soy la mamá de Frin, dígame!
—Ah, mucho gusto, señora; mire, no se asuste, Frin está acá al lado mío, está perfectamente bien, ahora se lo paso... La mamá sintió que le volvía el aire al cuerpo. Del otro lado el teléfono cambiaba de manos.
—... hola... ¿mami?
—¡Frin, por favor, hijo! ¿¡Qué hiciste!?
—... vine a visitar a Alma, mami.
—¿¡Pero cómo te vas a ir así!? ¡Sin permiso, sin avisar!
—... perdón, mamá.
—¿¡Cómo no nos dijiste nada!?
—... (porque no me hubieran dejado, pero como que no era momento para ese comentario). El papá pidió el teléfono.
—Hola, ¿Frin? Dijo muy serio, pero del otro lado también había cambiado de manos el teléfono y volvió a sonar el abuelo.
—¿Hola? ¿Es el papá de Frin?
—Sí.
—Mucho gusto, soy Remo, el abuelo de Alma... miren, Frin está acá en casa, lo más bien, no se asusten.
—Muchas gracias... y disculpe toda esta molestia...
—No es ninguna molestia y...
—... yo ahora pido el auto a un vecino y lo vamos a buscar inmediatamente.
—... no, mire, el problema es que cortaron la ruta...
—¿¡Cómo!?
—El molino harinero de Nulda amenaza con cerrar, entonces los obreros se declararon en huelga y tomaron la ruta hacia los dos lados; yo no les recomiendo que intenten cruzar.
—¿Y cómo vamos a hacer? (preguntó el papá desorientado).
—Por eso, ustedes no se preocupen... Frin está en casa, seguro... vamos a averiguar cómo está la situación.
—Pero ¿Nulda está aislada, entonces? (el papá).
—Completamente... no creo que dure mucho, alguna solución tendrá esto; por eso yo digo que mejor Frin se queda a dormir acá, tranquilo, y capaz que mañana ya se arregló todo.
El papá volvió a agradecer, no sólo por lo que ofrecía el abuelo, sino por la calma que le transmitía, y pidió hablar con Frin. Se lo pasaron, y muy serio le recomendó que le hiciera caso a los abuelos y que se portara bien. Ellos lo irían a buscar cuanto antes. No lo iba a retar delante de los compañeros del curso, ni delante del abuelo; pero habló tan serio que era casi lo mismo. La mamá pidió el teléfono y le dijo algo parecido. Colgaron. Colgaron. Colgaron.

 Se hizo un largo silencio a los dos lados de esa llamada. Los papás explicaron lo que estaba pasando.
—¡Buenísimo! ¡Vamos a la ruta a ver! (dijo Fede entusiasmado, pero todos lo miraron muy serios).
Volvieron a sus casas, y el papá se cruzó a lo de un vecino, que ya había oído lo de la huelga. Fueron hasta la ruta pero no dejaban pasar. Había una larga fila de autos que hacían maniobras para regresar. Más adelante, una negra y densa columna de humo salía de unas gomas quemadas que cruzaban todo el camino. La nube subía alta, alta. En casa de los abuelos, encendieron la radio, para seguir las noticias. Había sólo dos cuartos, el de los abuelos y otro en el que estaba Alma. La abuela le indicó que él dormiría en el sillón grande que había en la sala. Frin les pidió disculpas por estas molestias. El abuelo sonrió y le acarició la cabeza. Alma estaba callada, acomodándose a la situación. El problema era que ella, en la terminal, había contestado esas preguntas porque Frin se estaba yendo, no porque se estaba quedando. Por una parte se sentía incómoda porque él iba a estar demasiado cerca; pero también estaba contenta. Y lo que es peor, por lo mismo. Después de cenar salieron con sillas a sentarse en la vereda.
—¡Abuela!, ¿por qué no le contás lo de la casa del campo? (se acordó Alma).
—No, no, no... —Después van a soñar (dijo el abuelo).
—¡Es del cementerio viejo, Frin! ¿Te acordás que te dije que ella sabe algo? Antes no estaba ahí (giró hacia la abuela) ¡Dale, por favor, contale!
—No (dijo ella)... no estuvo siempre... Negrito se acomodó como para dormir en las piernas de Frin. La calle estaba tranquila no pasaba ningún auto. La abuela no se veía, sólo su silueta, contra la luz de un foco que estaba en la esquina, a media cuadra.

—Ahí antes era campo... un desierto, no había carreteras, ni trenes... ahí había una casa de una gente muy muy pobre. Era una familia joven, el papá, la mamá y un bebé... no hablaban con nadie, no se mezclaban, no venían a la fiesta del pueblo, no se los veía en misa... pero eran trabajadores. Buena gente, pero que hacían su vida. Una vez, estaban trabajando en unas máquinas muy grandes, a vapor... parece que no se dieron cuenta de que la máquina estaba levantando demasiada presión... querían terminar rápido porque se venía una tormenta, entonces el jefe mandó a decirle al muchacho este, el papá, que le pusiera más carbón... y él, que no sabía de esas máquinas, no se fijó en la aguja de la presión... cargó su pala, y la máquina explotó... como una bomba... cuando le dieron la noticia a la señora, juntó sus chucherías, le prendió fuego a la casa, y se fue... pasaron los años y un día se vio que ahí vivía alguien.
—¿Quién? (Frin).
—Decían que era el fantasma del papá... otros, que era el hijo de ellos, que había vuelto... yo creo que debe haber sido algún vagabundo, pero lo que contaban es que si uno quería entrar a lo que había quedado de la casa, llovían piedras en el techo... se sentían los golpes, toc, toc, toc, de las piedras.
—¿Era el señor que las tiraba? (Frin).
—Nadie las tiraba, caían del cielo... entonces, los del pueblo dijeron que ahí había que hacer un cementerio. —¿Y qué pasó con el señor que vivía en la casa? (Frin). —Siguió viviendo en el cementerio (el abuelo).
—¿Te acordás de que nosotros vimos algo? (le recordó Alma a Frin).
—No puede ser el mismo (dijo la abuela), esto pasó hace mucho... tendría más de cien años si viviera.
—Hay gente que tiene más de cien años (Alma). Levantaron las sillas y se fueron a dormir. Los abuelos a su cuarto. Alma al suyo. Frin al sillón. Negrito, encima de Frin, que seguía con los ojos abiertos, en la oscuridad. Qué día más largo...
25 Frin abrió los ojos. Vio una pared que nunca había visto. Se sintió raro despertando en esta sala en la que había pasado su primera noche fuera de casa. Se acordó de todo lo que viajaba el papá de Lynko. ¿Será así despertarse en distintos hoteles? La luz daba en las cortinas encendidas y se oían ruidos en la cocina. Eran los abuelos que hablaban en voz baja para no despertarlos. Frin miró la pintura vieja de la pared. Al lado de ésta, su casa parecía tan linda como la de Lynko. Al lado de la casa de Lynko, se parecía más a ésta. Extrañaba su casa. ¿Será que iba a poder volver hoy, como decía el abuelo? ¿Será así despertarse en hoteles? No, no debía ser así, porque Negrito venía caminando por su espalda, moviendo la cola. Cerró los ojos para hacerse el dormido, y enseguida sintió el hocico olfateándole la oreja. Se hundió en las sábanas. —Negrito, por la oreja no se sabe si la gente está despierta. Negrito lo ladró. —Ah, ¿ya estás despierto? Arriba, vamos, a desayunar (se asomó el abuelo). Frin fue a la cocina, la radio estaba puesta muy bajita, y daba las noticias. Saludó a los abuelos con un beso, a Alma, le dijo hola. —Parece que va para largo, eh... (le comentó el abuelo, señalando la radio), yo no sé, no digo que no tengan razón, pero hacer este lío... dejar al pueblo incomunicado, es una locura. * Después de desayunar, Frin y Alma salieron a caminar con Negrito, que ya se creía de Nulda. Se les adelantaba y ladraba, pero no porque hubiera visto un perro, sino así, por las dudas. Entrenaba el músculo de ser valiente. Ellos evitaban lo que se habían dicho en la terminal. Por suerte se encontraron con la señora Rosa, que cargaba un bolso y caminaba con dificultad. Se le acercaron. —¡Hola, la parejita! ¿Cómo les va? —... (¿la parejita?, pensó Frin, la vieja enloqueció otra vez). —¡Hola, Rosa! (saludó Alma contenta), ¿te ayudamos? —Ay, sí, qué amores que son. Les dio la bolsa y, como era su costumbre, no paró de hablarles. Les contó que su hija es empleada del molino, y su yerno también. —O sea que si se quedan sin trabajo es un desastre, un desastre, tiene dos hijitos... ay, yo no sé. Les llevaba sandwiches y frutas. Frin se sorprendió. Él se había imaginado que los de la huelga eran peligrosos, y resulta que aquí estaban acompañando a la señora Rosa, con su paso rengo, a llevarle frutas a su hija. Se imaginó él mismo en una huelga, pidiéndole a su mamá que le llevara sandwiches de tomate. Sus preferidos.
En dirección de la ruta se veía una espesa columna de humo. Tan densa que subía con esfuerzo. A medida que se acercaban se veía la hilera de gomas quemándose, cruzada sobre la ruta. Ya no había autos a los dos lados, pero sí un revuelo de gente. A Frin le hizo acordar una pintura, uno de esos cuadros de la revolución que tenían en la escuela. Lleno de héroes y próceres después de alguna batalla de cuando se fabricó la patria, como puso Fede en un examen. Sólo que éste era más pobre, y no había tanta gente, ni soldados, ni una bandera; ni nadie miraba al cielo y acá quemaban gomas, había perros jugando, y el avión pasaba fumigando un campo cercano. Bueno, no; nada que ver con un cuadro de la revolución, pero hacía acordar a uno. Negrito iba escondido tras los pasos de Frin, que terminó por alzarlo con su mano libre. La señora Rosa seguía avanzando como un barco roto y constante. Unos tipos se habían quitado las camisas y se las habían atado en la cabeza. Tenían palos largos y estaban acomodando las gomas para que se quemaran mejor. Otros dos conversaban y se pasaban una botella de vino, sin parar de hablar; tomaban del pico. Unos chicos corrían alrededor de una señora que los retaba, sin que le hicieran caso, y ella seguía hablando con uno que también estaba con el torso desnudo: era muy panzón, levantaba los hombros a cada rato y movía los brazos para cada palabra que decía. Finalmente se acercó una muchacha joven y le dio un beso a Rosa. Ésa era la hija, estaba embarazada. Apoyaron el bolso en el suelo. Uno vino a darle un beso a Rosa. Era el marido de la hija. Otro de los sin camisa, no era oficinista, hasta descalzo estaba. Tenía las manos sucias de carbón.
De pronto se oyó una sirena que pedía paso; una ambulancia se acercaba a toda velocidad. Se abandonaron las conversaciones. Los niños dejaron de jugar. A pocos metros la ambulancia hizo chirriar sus gomas con una frenada. El chofer se asomó por la ventanilla.
—¡Dejen pasar! ¡Es una emergencia! Los de la barrera se apuraron a correr las gomas. El chofer se puso nervioso e hizo sonar la sirena. Frin pensó que no había que hacer eso, ya estaban corriendo todo, ¿para qué la sirena? Se le hizo sospechoso. Él había visto muchas ambulancias en el hospital donde trabajaba su papá, pero a ésta nunca. Se escabulló entre el grupo y consiguió mirar a través de los vidrios. Había alguien acostado sobre la camilla. Eso lo había visto muchas veces; pero éste tenía los zapatos puestos, que asomaban por debajo de la sábana. El que parecía médico transpiraba nervioso. El chofer volvió a hacer sonar la sirena. Frin quiso advertirle al yerno de Rosa; pero éste lo tomó y lo alejó de la ambulancia, que pasó por el espacio que le abrieron.
—Es que...
—Espera, pibe.
—... había algo raro...
—Después, querido (lo calló el yerno, y se fue a regresar las gomas a su lugar). La señora Rosa les dijo que mejor se fueran a casa, porque ahí los ánimos estaban un poco caldeados. Se alejaron caminando. Frin bajó a Negrito y le dijo a Alma:
—El médico tenía el estetoscopio roto.
—¿Qué? (preguntó extrañada).
—El médico que estaba con el paciente, tenía el estetoscopio colgando del cuello.
—Así lo usan, ¿no?
—Sí, pero estaba roto... le faltaba la cosa esa que apoyan para oír: terminaba en el tubito nomás.
—¿Se le habrá roto en el apuro?
—No creo, y el paciente iba con los zapatos puestos.
—¡Ay, Frin! ¡Mira en lo que te fijaste en medio de todo eso!
A la tardecita Frin llamó a sus padres. Antes de la cena encendieron el televisor. Mientras iban cambiando de canales, Frin alcanzó a ver algo y dijo:
—¡Ése! ¡Vuelva a ése, Remo!
—No, no, no... yo tengo mi programa.
—¡Por favor, Remo! ¡Alma, estaba la ambulancia que vimos hoy! (Frin).
—... (el abuelo buscó el canal).
—¡Alma! ¡Mira la ambulancia! (exclamó Frin).
—¡Es cierto! ¡Es la que vimos! (gritó ella). Explicaron agitadamente a los abuelos, mientras veían cómo el periodista entrevistaba a un señor de saco.
—¡Es el gerente del molino! (exclamó el abuelo, que dio un salto y subió el volumen). —... hoy tuve que escapar, literalmente, escapar escondido...
—¡Viste, Alma, que no era un paciente de verdad! (Frin).
—... escondido en esta ambulancia porque mi vida corrió peligro... nos amenazaron, y no nos querían dejar pasar. ¡Imagínese! ¡A una ambulancia!
 —¡Qué mentiroso! (Alma, indignada).
...ese pueblito tendría que estar agradecido por la fuente de trabajo, en vez de alterar el orden de esta manera, y poner ellos mismos sus trabajos en peligro...
—¡Qué miserable! Quieren hacer su negocio mandando el molino a la quiebra, y resulta que somos nosotros los peligrosos. Exclamó enfurecido el abuelo, y ahí las noticias pasaron a otra cosa.
—¡Viste que no era un médico de verdad!
—¡Tenías razón! (Alma).
—¡Vamos a la ruta a avisarles! (Frin).
—¡No, no, no, ustedes se quedan acá! (el abuelo, nervioso).
—¡No, pero con ustedes, vamos con ustedes!
—¡Sí, abuelo, hay que ir! ¡Ese señor está mintiendo!
—¡Claro que está mintiendo! (el abuelo indignado).
—¡Y seguro que va a seguir mintiendo y van a cerrar el molino!
—Pero... ¿¡y qué podemos hacer!?
Preguntó la abuela. Alma se quedó pensando, y Frin propuso, tímidamente.
—... y, llamemos al canal.
—Eso sí. Aprobó la abuela. El abuelo la miró muy serio, sopesando la idea. Miró a Frin, y dijo:
 —Tenés razón. No podemos quedarnos de brazos cruzados. Llamó al canal, lo pasaron con Noticias, y les explicó. Le dijeron que iban a enviar unas cámaras. Eso lo tomó por sorpresa. Él sólo había llamado para desenmascarar la mentira; pero ahora resulta que venían los de las noticias. Cambiaba la situación. Colgó excitado. Les pidió que buscaran los teléfonos de algunas radios, y llamó al intendente de Nulda para explicarle lo sucedido y avisarle que iba a venir la televisión. Quedaron en reunirse temprano en la mañana. Frin alzó al perro y le dijo:
 —¡Negrito! ¡Va a venir la televisión! ¡Vas a tener que transformarte, urgente!

Al otro día el intendente se reunió con el abuelo y otras personas. Decidieron que todo el pueblo debía apoyar a los de la huelga. Tenían que unirse, no podían permitir que mintieran sobre lo que sucedía acá. Además, el molino era la principal fuente de trabajo, sin ella peligraba Nulda. La radio local empezó a hacer correr la noticia, una camioneta con un gran parlante encima, también; y el abuelo, cuando llegó a casa, contó:
—A partir del mediodía se va a hacer un cierre simbólico de todos los negocios, o sea que si hace falta algo de comida, hay que apurarse. La abuela asentía con la cabeza, orgullosa.
—Se está pidiendo que esta noche no se encienda ninguna luz. Vamos a hacer un apagón: en todo Nulda no tiene que haber una sola luz prendida.
—¿Velas tampoco? (preguntó Alma).
—Velas sí (contestó sonriendo el abuelo), y a las nueve de la noche va a haber una marcha hacia la ruta, en señal de apoyo.

—¿¡Nosotros también!? (Alma, entusiasmada).
—No, ustedes se quedan (el abuelo).
—Remo, no los vamos a dejar solos en casa... (la abuela).
—(Pensó)... no, claro.
—... que vengan con nosotros. Frin no lo podía creer; él había querido hacer un viaje de dos horitas nomás, y ahora estaba como metido en un cuadro de la revolución. Se imaginó que venía un pintor y que él miraba al cielo y sostenía una bandera, mientras Negrito le mordía el tobillo al enemigo.
—Y vamos a pasar la noche allá (terminó de decir el abuelo).
—¡¡¿¿En la ruta??!! (gritaron entusiasmados Alma y Frin).  
—... así que hay que abrigarse, niños, no quiero resfriados. Frin trató de acordarse, ¿había visto en una de esas pinturas a alguno resfriado? No. Muertos sí; pero resfriados no. Se acordó del cuadro que había en la escuela y se imaginó en medio de los próceres nacionales, las banderas, el humo y la gente mirando el cielo... y él sonándose la nariz. Nada que ver, ni loco pensaba resfriarse.
26 Buscaron ropa abrigada y rústica, porque iban a estar sentados en la ruta. Frin no tenía otra ropa que la puesta, así que iría con un suéter que le prestaba Alma. El abuelo se había ido a organizar la marcha. La abuela decía: —Organizar la marcha... si en Nulda somos dos gatos locos. ¡Pero él quiere estar ahí! ¡No se aguanta! (y se reía). —¡Abuela, estamos haciendo demasiado sandwiches! (Alma). —Bueno, pero allá hay gente también, ¿no (contestó sonriendo). Se hizo la tardecita y empezó a llegar la oscuridad sin nada que la empujara: no había luces encendidas en Nulda. Salvo el hospital, todo brillaba de oscuro. La abuela repasaba las provisiones, cuando llegó el abuelo. —¿Hace falta algo? —Tranquilo, guerrero (respondió la abuela guiñándole un ojo a Alma y Frin), ya está todo. A ver chicos ayúdenme: la bolsa con los sandwiches, los termos con el café, servilletas... —... agua (repasó Alma). —... agua (repitió la abuela). —... las frazadas (dijo Frin). —... las frazadas (repitió la abuela), las velas... —¡El Negrito! (Frin). Se rieron los cuatro y Negrito debió haber entendido que estaban ladrando porque él también ladró. Finalmente llegó la noche. Con luz de estrellas y de velas. Silencio. Se oían todos los ruidos, las pisadas, el tic tac de los relojes, una mano que se apoyaba en un mantel. A las nueve fueron hasta la plaza. Había una multitud de gente: jóvenes, viejos, niños. Todos con faroles y velas en las manos. Hasta ese momento, Alma y Frin estaban divertidos como en una aventura. Se pusieron a hablar con otros niños. Pero cuando empezó la marcha y se formó la columna de gente que, a paso lento, bamboleando sus velas y sus faroles, se encaminó hacia la salida del pueblo, Alma y Frin sintieron que estaban en algo grande. Los de la ruta los recibieron con gritos, aplausos, toques de tambor, y ellos respondían, también, con gritos, silbidos, levantando las velas y los faroles. Frin miró a Alma. Nunca en mi vida viví algo así, le dijo él con los ojos. Yo tampoco, respondió ella con su mirada. Los huelguistas se adelantaron y se fundieron en abrazos y gritos invencibles. Eran lo más grande, lo más grande del mundo.  
La multitud se acercó a las llamas, se hizo una rueda con faroles y velas. Se acomodaron juntos, familias y amigos. Gritaban y hablaban en voz alta o se reían. Negrito ladraba a unos perros que ni le hacían caso, y se asustó cuando uno se acercó a olerlo. Como a la hora llegó un periodista y sacó fotos. Más tarde todavía, una radio entrevistó al intendente, que estaba con su familia. Algunos ya habían empezado a cenar. Alma y Frin mordieron sus sandwiches como si fueran los primeros de sus vidas. El abuelo destapó su botella y le ofreció a un viejo amigo, que también llevaba la suya. La abuela acomodó más sandwiches encima del mantel. Fueron pasando las horas, y poco a poco iban llegando más periodistas; los de la televisión, no. Negrito mordía un hueso. Alma y Frin ya se habían hecho varios amigos y los dejaron acomodar el fuego con los palos.
—¿No tienen sueño, ustedes? (les preguntó la abuela, cuando los vio pasar).
—No, nada. Respondió Alma, y siguieron camino. El abuelo ya estaba bastante alegre y cantaba abrazado a otros señores. La abuela comentó, divertida:
—Se hizo tenor.
—Vamos a caminar (dijo Alma a Frin). Fueron hasta la barrera de gomas quemándose. Se acercaron tres niños a invitarlos a caminar. Partieron los cinco hasta la entrada de un camino entre dos campos, lejos de las luces. Alma se acordó de la vez que fueron al cementerio viejo y se lo contó a los demás, agregando la historia de la abuela. Discutieron sobre si ese hombre podía vivir todavía o no, hasta que los demás medio se asustaron y se fueron.
 La noche era tan oscura y limpia y cargada de estrellas, que no sólo se veía el cielo, sino que se sentía el espacio. Con sus soles, cometas y planetas invisibles. Y que la Tierra es un astronauta flotando.
—Parece un cielo dibujado por Vera (dijo Frin susurrando).
—Es cierto... ¿viste allá? (Alma).
—¿Qué cosa?
—Ésa que parece una estrella, pero se mueve (Alma, bisbisando).
—... no, no me doy cuenta cuál... (Frin, inclinándose hacia Alma, para ver lo que ella veía). —... ésa (inclinó su cabeza hacia Frin, sin dejar de mirar el cielo), ésa... ¿ves?
—Sí (Frin, sin regresar a su lugar, inclinado)... sí, es un satélite.
—Sí (sin alejarse de él).

Se quedaron como dos ramas, apoyadas una en la otra. Callados.
—¿Oís? (musitó Frin).
—... ¿qué cosa?
—... (Frin hizo una seña con la mano, abarcándolo todo).
—... (Alma asintió callada, con los ojos abiertos). Era el silencio que bajaba con todos sus caballos, como juguetes de vidrio con agua adentro y era el silencio que bajaba con sus caballos, como esos juguetes de vidrio, como el silencio con sus caballos blancos y oscuros, y esos juguetes con agua adentro, que cuando se dan vuelta cae la nieve. Así caían los caballos del silencio, rodeando la luz en que flotaba la noche.
Y era la noche que se caía como en esos juguetes de vidrio con agua adentro y copos blancos como de nieve que caen blancos y oscuros, y todo tan quieto y tan lento y era la noche y eran los copos y alguna mano más grande que el mundo que estaría dando vueltas su juguete de vidrio con agua adentro para ver cómo caen los copos de los caballos blancos y oscuros del silencio.
Y cuando los copos llenaban el campo, la mano daba vuelta al juguete y subían; y era la mano que otra vez daba vuelta al juguete de vidrio con agua adentro para que los copos suban con los caballos del silencio y la luz blanca de la Luna que mira al gigante que juega para que Frin y Alma vuelvan a ver cómo caen los copos blancos y oscuros y es la cabeza de Alma que apenas se cansa, que se cansa un poco y descansa apenas descansa de que se cansa un poco en el hombro de Frin, y es el hombro de Frin que como dos ramas apoyadas una en la otra descansa un poco, apenas, en la cabeza de Alma.
Y los copos volvieron a bajar y los rodearon de espirales blancos en el blanco o negros en el negro, y Frin pasó su brazo por el hombro de Alma. Y ella, como si hubiera esperado ese gesto desde toda la vida, desde que era bebé y estaba como esos juguetes de vidrio con agua adentro, que cuando se dan vuelta cae la nieve, se aflojó en el brazo de Frin. Mirando los copos blancos de los caballos del silencio del cielo dibujado por Vera se quedaron un millón de para siempres. Cuatro millones de ondulomil de mil millones de infinitos. Frin quiso mirarla, corrió su brazo y levantó despacio su cabeza. Se dio vuelta hacia ella. Alma también quiso mirarlo. Se quedaron. Ojos muy cerca de los ojos de cascabelito lindo. Muy cerca de la nariz que está cerca de la nariz de los ojos de cascabelito cascabelito lindo. No fue que Alma se acercó, sino que algo profundo y sencillo se le aflojó adentro. Frin se inclinó hacia adelante y cerró los ojos. Alma cerró los ojos y se inclinó. Frin sintió, delicadamente, los labios de Alma con sus labios. Primero Frin sintió, delicadamente, los labios de Alma con sus labios. Luego, Frin sintió a Alma con sus labios, y Alma sintió a Frin con los suyos. Y eso era un beso.  
27
Frin soñaba con un ruido un ruido de motor, hasta que se fue despertando, entreabrió los ojos y vio que era el ruido del avión que fumigaba un campo. Ya era la mañana. El avión hacía una picada, volaba al ras, soltaba su llovizna, y remontaba altura cerca de una hilera de árboles. Frin se refregó los ojos con la mano. Estaba un poco fresco. Se acordó de que habían venido a recostarse cerca de los abuelos, y ahora veía que ella los había cubierto con la misma frazada. El abuelo dormía profundamente del otro lado. Se sentó. Saludó a la abuela, que le ofreció un poco de café con leche. Alma seguía dormida, apoyaba su cabeza en el regazo de la abuela. Negrito se había hecho un bollo debajo de un brazo del abuelo.
—¿Qué hora es? (Frin).
—Deben ser las seis... (le contestó). Se dejó caer sobre la frazada, ¿las seis?, nunca se levantaba tan temprano. La abuela le alcanzó la taza de café con leche. Se sentó y tomó el primer sorbo mirando hacia la barrera. Por todas partes había gente durmiendo. Algunos de los sin camisa estaban hablando con los periodistas. Del otro lado de la barrera vio un camión grande. Tenía las letras del canal de televisión. O sea que sí, habían venido. Fue hasta donde había más movimiento. De algunas radios estaban entrevistando, unos al intendente, otros a los obreros del molino. Los del canal acababan de llegar y preparaban sus cámaras, llenando todo con sus cables. Algunos sin camisa corrían las gomas con sus palos, para hacer un pasadizo. Frin regresó donde estaba la abuela. Negrito salió a su encuentro. Lo alzó en brazos. El abuelo ya estaba sentado; tomaba una taza de café. Alma bostezaba. Les contó que los de la televisión ya habían llegado; entonces el abuelo se incorporó rápido, se acomodó el pelo con las manos y fue con la taza hacia la barrera.
—¿Vamos a casa? (Alma).
—Esperamos que hagan la nota, ¿no? (la abuela). Los de la televisión no tenían tiempo de grabar, y enviar el video: iban a transmitir directamente. Saldrían al aire en vivo, en el noticiero de la mañana. Eso les contó el abuelo.
—... tres minutos. —¿¡Nada más!? (exclamó Frin).
—Así es esto (comentó el abuelo, desencantado).
 Los encargados de producción del canal caminaban agitados, gritándose y dándole órdenes a la gente.
—¡Cuando se acerque la cámara no saluden! ¡Si les hacen una pregunta tienen que contestarla muy rápido! ¡Tenemos dos minutos solamente! ¡Dos minutos, atención!
—¿Dos minutos? (Frin, miró al abuelo). Uno del canal se acercaba a ellos, y le gritó a otro que estaba lejos: —¡Acá está el chico que no puede regresar con sus padres! Frin sintió un frío en el estómago, miró a Alma. Ella abrió los ojos y la boca. El de producción lo despeinó.—Pibe, desarreglate un poco (se fue). —¿Por qué? (protestó Frin, mientras se volvía a peinar). ¡¿Qué le pasa a éste?!
—Para impresionar a la audiencia, Frin (Alma, echándose hacia atrás, como si se clavara un puñal en el pecho). Se rieron todos. Pero los del canal ya estaban otra vez a los gritos. Que nadie se moviera. En cinco minutos estamos en el aire. Saquen esa comida de ahí. —¡Qué prepotentes son! ¿No, abuela? (Alma). —Se creen héroes (Frin). Encendieron unas luces blancas. Dos tipos cargaron sus cámaras al hombro. Frin vio cómo una maquilladora le ponía polvo al reportero, otra lo peinaba, y él, con su cara de vaca aburrida. —¡Frin! ¡Despeinate! (Alma, entre nerviosa y divertida). —¡No! ¡Sangre! ¡Ellos quieren sangre! (se rieron). ¡Mordeme, Negrito! ¡Arrancame un pedazo! Vio que uno de producción le hacía señas de que se callara. La transmisión había empezado. Se dirigían hacia él. Sin que se diera cuenta, otro de producción había venido sigilosamente por detrás. Lo despeinó, le desarregló el pulóver, y quiso desatarle las zapatillas. Frin se volvió a acomodar todo, el tipo le mostró los dientes furioso: ¿Qué le pasa a este chico? Pero se tuvo que retirar porque las cámaras ya estaban ahí, y el reportero venía diciendo: —... incluso tenemos el caso de un niño que no puede regresar con sus padres, decinos tu nombre, querido (hizo como que le acariciaba la cabeza, pero lo despeinó). —... Frin (se acomodó el pelo, confundido). —Esta pobre criatura, señores (decía a la cámara con tono melodramático), quedó atrapado, señores, a-tra-pa-do... ¿Atrapado?, nada que ver... pensó Frin. —... apresado de este lado de la barrera de los huelguistas, decinos, Rin... —Me llamo Frin (lo corrigió). —(Niño idiota). Sí, mi amor, extrañás a tu familia, ¿verdad? ¿Estás asustado? —(¿Qué le pasa a éste?, ¿por qué pierde tiempo conmigo?)... no, estoy aquí con mis amigos. —(Maldito niño). Claro, mi amor, claro, te habrás hecho amigos, digo... pero estarás angustiado, desesperado, ¿verdad? —No, los que están asustados son ellos, porque pierden su trabajo. Al reportero le apareció un tic nervioso en un ojo, maldito niño. Frin estaba cada vez más nervioso: no le gustaba esa presión sobre él, las cámaras, y que lo rodeara la gente. El reportero quería salvar la nota e insistió, simulando que era amable, pero poniendo la voz más tensa, y eso le ponía peor el ojo del tic.
—Claro, pero decime, criatura...—... (Frin le miraba el ojo del tic, porque parecía que transmitía en clave morse). —... ¿te parece peor que estos vándalos corten una ruta nacional? —¿Cómo? (ni siquiera pregunta bien). —... claro y que vos estés separado de tus padres, perdiendo días de escuela (irritado). —Yo... yo puedo perder unos días de escuela... pero la escuela ahí está y vuelvo; si ellos se quedan sin trabajo es peor, ¿no? Frin notó que su respuesta no le agradó al reportero, y se puso más nervioso. Todos lo miraban, y uno de producción le hizo señas de que se apurara a hablar, y otro le hacía señas de que se despeinara. Entonces se puso peor, miró al reportero y soltó lo primero que le vino a la cabeza: —Imagínese que a usted lo echen del noticiero... Se hizo un terrible silencio en el ambiente, que duró menos de un segundo, pero en el que todo quedó suspendido de un hilo. —... ¿co... c... cómo? (balbuceó el reportero). —... imagínese que a usted lo echen, que lo despidan del noticiero, ¿qué haría? Como si toda la gente se hubiera puesto de acuerdo, estallaron en un grito festejando la ocurrencia de Frin. Los camarógrafos tenían la orden de cerrar la nota enfocando al reportero; pero el grito de la gente fue como una explosión. Como el estallido de una tribuna. Entonces, por reflejo, en vez de enfocar al reportero, tomaron a la gente dando ese grito. Y justo ahí. Justo ahí, a los del canal se les hizo tan buena la toma, que cortaron la transmisión. El reportero tomó el micrófono para cerrar la nota; pero uno de los de producción le hizo una seña de No va más. Ya no estaban al aire. El pobre tipo quedó convertido en una pasa de uva, un pañuelo de papel. La gente aplaudía a Frin. Negrito ladraba a todos, porque creía que los estaban atacando o porque la televisión lo ponía nervioso o porque le había dado por hacerse el guardaespaldas. Frin miró a Alma y levantó los hombros, como diciendo... uy. Ella ponía los ojos bizcos, y se reía feliz. Lo cierto es que la toma de Frin haciéndole esa pregunta al reportero, y la gente estallando en un grito, había llegado a todo el país. Y después volvieron a pasarla en el noticiero de las doce, y en el de la noche. Y en un programa de humor también la usaron, para criticar al reportero. * Regresaron a casa y el abuelo insistió en llevarlo en los hombros. —¡No, Remo! ¡No! (Frin, divertido). —... (Negrito ladraba).  —¡Ey! (el abuelo hacía que protestaba), ¡así firmo algún autógrafo yo también! Cuando llegaron el teléfono estaba sonando. Se apuraron a abrir. Era Lynko, que había visto el noticiero y gritaba tanto que casi no se le entendía. ¡Frin! ¡Te vi! ¡Estuvo buenísimo! ¡Vamos a ser ultramegafamosos! Colgaron, y el teléfono volvió a sonar. Era un amigo del abuelo que le preguntaba si el de la televisión no era el amiguito de Alma. Sí, señor, sí, señor. Respondía el abuelo orgulloso. Colgaron, y volvió a sonar. Eran otros amigos de los abuelos, que les avisaban que habían visto a Alma y a su amiguito en la tele. Colgaron. Volvió a sonar. Era Vera, alborotada, que quería hablar con Alma. ¿¡Viste a Frin!?¿¡Viste a Frin, Alma!? Colgaron y volvió a sonar. Era la mamá de Frin. —¡Hace media hora que llamamos y da ocupado! —Y... no es fácil comunicarse con una estrella. Bromeó el abuelo. Frin saltó al teléfono. La mamá estaba que no cabía en sí misma del orgullo. —¡Todo el mundo llama para avisarnos que estabas en la tele! Ya no estaba enojada. La televisión es increíble, pensó Frin. —¡Te mando un beso enorme, mi amor! ¡Te extraño y te quiero mucho, mucho, mucho, y quiero verte pronto! Le pasó el teléfono a su papá, que lo felicitó por cómo había respondido. Bravo, Frin, fue muy valiente tu respuesta. Luego pidió que le pasara al abuelo, que le decía: —No es ninguna molestia, al contrario... creo que ya encontré la manera, al mediodía me lo confirman. Y colgó. Alma le preguntó: —¿Qué decías que conseguiste? —Que Frin pueda volver con sus papás. —¿Van a abrir los caminos? (Alma desconcertada). —Frin, ¿volaste alguna vez? —No. —Perfecto... ¿Viste ese avión que fumigaba un campo por ahí cerca? Lo pilotea el hijo de unos amigos, y carga los productos en tu pueblo, y me dijo que sí. —... ¿que sí qué? (sonó la voz tímida de Frin). —Que esta tarde te puede llevar con él. —... pero... yo no me quiero ir. —¿No querés ver a tus papás? —Sí, pero no me quiero ir ahora (miró a Alma)... no quiero dejarlos. —Nosotros, encantados de que te quedes, pero tus papás ya quieren verte (dijo el abuelo). —... es que... —... vamos a estar bien... podés volver tranquilo (Alma, con un nudo en la panza). —... estoy bien aquí. —Te prometo que nos vemos el sábado, Frin. —¿De veras? —(Alma besó sus dedos cruzados) Si no te dejan venir voy yo, el abuelo me lleva... ¿verdad, abuelo? —Bueno, de acuerdo (se rindió el abuelo, sonriendo). —¿Ves? (dijo Alma). —Bueno (respondió él, mirándola a los ojos). * El piloto confirmó el viaje. Los esperaba en el aeroclub, a las cuatro. Ésa fue una de las tardes más raras de sus vidas. Dejaron a Negrito con los abuelos y ellos salieron a caminar. Muy callados y cerca. De repente iban de la mano. De repente se soltaban porque alguien había visto a Frin en la tele y se acercaba a saludarlo. No era fácil estar solos. Pero encontraron su momento. —¿Te acordás cuando te regalé caramelos? (Frin, sonriendo). —(Alma sonrió): Sí. ¡Me los quisiste dar sin papel! —¡No fue a propósito! ¡Se me desarmaron en el bolsillo de lo nervioso que estaba! —¡Eran un asco! —¡Yo no pensé que los ibas a querer! ¡Creí que los tirarías a la basura! —Nunca hubiera hecho eso. —¿Por qué? —(Levantó los hombros)... me gustó que te acercaras. Siguieron acordando cómo harían para verse. Se hizo un silencio que Frin rompió. —Alma... —¿Qué? —¿Querés ser mi novia? —... ¿ya somos, no? (afirmó Alma, sorprendida por la pregunta). —¿Sí? —... desde anoche, ¿no? —Ah, sí, claro... Frin se agarró la cabeza, y se rieron. Ya sabían cómo era un beso. Y se dieron otro.
28 —Un avión tiene tres ejes, ¿ves? Le decía el piloto a Frin. Iban carreteando hacia la cabecera de la pista, y le explicaba: —Uno vertical, por el que la nariz del avión va a derecha o a izquierda. —... ahá (y se sonaba los mocos). —... un eje transversal, que va de una punta a la otra, con el cual sube o baja la nariz... y un eje longitudinal, que es el que va de la hélice a la cola, y por el cual subís un ala y bajás la otra. Frin trataba de aguantarse, porque la despedida de Alma lo había emocionado. Hasta los abuelos soltaron su lágrima. El piloto quería ponerlo de buen ánimo; entonces le daba un curso de vuelo en cinco minutos. El avión seguía carreteando tranquilo en dirección de la cabecera, bamboleándose en la pista de tierra. Negrito ya no sabía dónde oler. El hangar había quedado a sus espaldas. Frin hizo un movimiento rápido para enjugarse una lágrima sin que lo viera el piloto. —Mirá, con los pedales controlamos el eje vertical y el transversal... y con el bastón controlamos el eje longitudinal... para arriba y para abajo. —... (Frin asentía en silencio, ya casi llegaban a la cabecera de la pista). —Para un viraje hacia la derecha, movés el bastón hacia la derecha, pero también hay que coordinar apretando el pedal derecho, para que el avión se banquee, se dé vuelta... éste es el velocímetro, mide la velocidad del viento que da de frente, entra por un tubo que se llama pitot, ¿ves? —... ahá. —Éste da la presión de aceite, y éste es el que mide el banqueo, porque a veces no se ve la tierra y no tenés referencia si estás derecho, torcido, patas arriba o con la cola adelante (se rió de su propio chiste). * Movió los pedales y el avión empezó a virar hasta quedar enfilado con la pista enfrente. El piloto tiró de una palanca y el motor se aceleró. —Estamos probando el motor... los magnetos. Frin veía a lo lejos el hangar, el auto del abuelo, y a ellos tres. —En la parte de arriba de los pedales está el freno, aceleramos... y aguantamos con el freno. El motor sonaba más fuerte: el avión vibraba con toda su fuerza sostenida por los frenos. —Subimos a dos mil revoluciones (levantó la voz, porque el motor rugía a toda potencia)... yyyyy… ¡Soltamos los frenos!
El avión dio un empujón hacia delante, y empezó a carretear, acelerándose cada vez más. El hangar se acercaba rápidamente. Frin percibió una extraña sensación cuando las ruedas se despegaron del suelo. Enseguida pasaron enfrente de Alma y los abueloque agitaban sus brazos. Él también levantó el suyo. Pero no alcanzó a contar a cinco y ya estaban muy alto. Subían rapidísimo. Era como flotar en algo más ligero que el agua. El piloto dio un amplio giro, viró hacia la derecha. Negrito miraba asustado, porque de golpe las cosas desaparecían y volvían a aparecer. El hangar se veía como una casita de juguete, la columna del humo de las gomas en la ruta, allá adelante. Enfilaron nuevamente sobre la pista, inclinó suavemente el bastón, y la nariz del avión obedeció bajando. Entraron en una suave picada, pero no para aterrizar, sino para pasar cerca de Alma y los abuelos.
—¡Saludá, Frin! ¡Saludá! Frin sacó el brazo por la ventanilla y pasaron enfrente de ellos. Alma agitó sus brazos. El piloto ladeó el avión, inclinando y subiendo las alas.
—¿¡Ves para que sirve el eje longitudinal!? ¡Para saludar como caballeros elegantes! Frin sonreía. El piloto movió el bastón hacia él y el avión ascendió súbitamente, como un carro de la montaña rusa, pero más poderoso y más libre.
—¡Aaaaaaaaajúúúúúúúúúúúúúúúú...! (gritaba el piloto, mientras viraba hacia la izquierda). ¡Gritá, Frin! ¡Gritá! ¡Cuando pasemos cerca de ellos da tu grito! Otra vez la columna de humo quedó adelante, y enseguida se perdió. Negrito temblaba.
—¡Mirá esta porquería! (protestaba el piloto mientras golpeaba una brújula que tenía adelante). ¡Aflojate, maldita!
—A ver yo (Frin le dio un golpe y la brújula se aflojó).
—¡Bravo! Ya te debo una reparación... ahora mirá lo que vamos a hacer. Levantó el avión, terminando de dar un viraje suave. Luego comenzó a inclinarlo y aparecía otra vez la pista, justo enfrente. Empujó el bastón, el avión se inclinó más que la otra vez, picando con fuerza. Lo fue nivelando a toda velocidad. El hangar estaba cada vez más cerca.
—¡Gritá, Frin! ¡Gritá! Los abuelos saludaban. Alma saltaba y mandaba besos con una mano. Frin sacó sus brazos y dio su grito.
—¡Aaaaaaaaajúúúúúúúúúúúúúúúú...!
—... (Negrito ladró, por las dudas).
—¡Eso es! (decía el piloto, dándole unos puñetazos al techo de la cabina).
—... (éste está loco, pensaba Frin y se reía).
—¡Así se hace, muchacho! Ahora sí nos podemos ir tranquilos (levantó la nariz del avión).
—Gracias (Frin, lleno de emociones, miró a Negrito)... pobre, él no entiende nada, porque vinimos en ómnibus y regresamos en avión... Negrito, la próxima vez viajamos a Nulda en avión y volvemos en ómnibus así se te endereza todo.
—Vamos a hacer una cosa... vamos a dar una vuelta, así hacemos tu bautismo de vuelo.
—Buenísimo (dijo Frin, contento). Pasaron al lado de la columna de humo que subía de las gomas. El piloto saludó a los sin camisa con las alas; ellos levantaron manos y palos. Por la ruta, en dirección de Nulda, venía un auto.
—No lo van a dejar seguir.
Le comentó Frin al piloto. Y siguió viendo el aire, las casitas de juguete. Los árboles de plástico. Para que el primer vuelo fuera realmente emocionante le ofreció a Frin que probara pilotear un poco. No era nada fácil. Frin quería tener el bastón quieto, pero el avión se inclinaba sin hacerle caso. El piloto lo corregía, y le regresaba el mando. Frin lo tomaba. No había manera. Como iban apretados en el único asiento de la cabina, el piloto se corrió más y le dijo que pusiera los pies en los pedales, sin sacar los suyos, y sostenía la mano de Frin. Casi le dejaba el mando del avión. Era difícil y hermoso. Frin sintió que quería seguir haciendo eso toda la vida. Eso y algo como lo del poeta que había leído en el picnic. La poesía era como volar, o al revés, o todo junto.
EPÍLOGO Lo que no sabían, ni Frin, ni el piloto, es que, en el coche que vieron pasar, iban unas personas a negociar con los obreros en huelga. Todo el país había visto las noticias, y no querían que el escándalo creciera. El motor suena como un trueno. Negrito estira la nariz para oler la corriente de aire que se filtra por las ventanillas. Desde arriba todo se ve tan prolijo. Como si las personas fueran las criaturas más ordenadas que existen. Nada parece moverse bruscamente. Como eso que pensó una vez que encendió un fósforo. Lo vio tan pequeño; sin embargo, para una hormiga era más grande, y para un microbio, más todavía. Quizás el Sol sea grande para nosotros, y sólo es un fósforo que se acerca a una cocina como una galaxia; y nosotros creemos que va despacio; pero va rápido. Vuela el avión, y flota en el aire de los pensamientos; como una palabra del libro que Frin llevó al picnic. Como si el avión fuera lo único que se queda quieto mientras la Tierra gira. El avión está quieto en el aire, y la Tierra da vueltas. Cuando el lugar donde queremos ir se pone debajo de nosotros, el avión baja. ¿Y para qué sirve el motor? Para que el avión suba y se quede quieto. Si no fuera por el motor, la Tierra arrastraría al avión, y siempre estaríamos en el mismo lugar. El avión y el motor son como los poemas, que sirven para dejar quietas las palabras, mientras nosotros giramos y nos movemos hasta entenderlas. Negrito se acomodó en la falda de Frin, que empezaba a divisar su pueblo. Abajo, el coche pasaba cuidadosamente entre las gomas. El molino seguirá trabajando. Levantarán la barrera; los abuelos llevarán a Alma, que también sentirá que está quieta, o que flota, mientras sus papás se acercan; y querrá ver a Frin. ¿Vivirá alguien en el cementerio? Tendría que regresar con Alma, y ver si es cierto. ¿Será la misma persona de la historia de la abuela? ¿Tendrá más de cien años, o ella se habrá equivocado en las cuentas? El piloto lo está dejando llevar el avión juntos. Esto es una de las cosas más maravillosas que le pasó en la vida. Conocer a Alma. Hacerse amigo de Lynko. Encontrar trabajo. Sus papás. Encontrar a Negrito; no, que Negrito lo encontrara, mejor dicho. Y quién sabe qué más sucederá, porque ¿dónde termina lo posible, cuando empezamos a vivir cosas que creíamos imposibles? ¿Le voy a contar a Lynko lo del beso?  
El piloto tomó nuevamente el mando del avión, y le dijo que lo había hecho muy bien. Frin se sintió orgulloso y una catarata de pensamientos o de decisiones. Le iba a decir a sus papás que en las vacaciones quería ir a algún lugar con montañas y mar.
Que miraran menos televisión. Que no importaba si la puerta de la heladera quedaba abierta. Que quería jugo de naranja. Dos vasos. O tres. Que aprendería a pilotear aviones, de verdad, no un rato nomás. Que participaría en las olimpíadas, aunque llegara último. Que se iba a comprar un buzo súper verde. Que si Ferraro lo empujaba, se la iba a devolver (es más, ojalá que lo empujara porque ahora tenía ganas de devolvérsela). Que iba a escribir un cuento para el concurso de fin de año; y le propondría a la Directora que hicieran una revista de la escuela, con noticias y bromas (podían llamarla Sandwich de tomate, y Lynko encargarse de deportes). Que volvería a visitar a los abuelos de Alma, y le pediría que le contara de cuando fue luchador; y le diría que organizaran una maratón de ésas de caminar, en Nulda. Que quería pegar
fotos en la pared de su cuarto, y si la pintura se arruinaba, no importa, él la pintaría de nuevo, o no se pintaría nunca más (Cuarto del escritor Frin, pintado por él mismo). Que le iba a decir a Lynko que podía venir con sus papás a visitarlos a su casa; aunque no fuera tan linda como la de él, y su papá hiciera esas bromas.
El piloto metía una palanca, y el motor del avión se desaceleraba. Frin sabía que en el aeroclub lo esperaban sus papás. No se imaginaba que también estaba Elvio; y que Lynko, Vera, Fede, Arno y todo el grado, habían ido a recibirlo con unos carteles pintados. Pensaba en Alma, y en que pronto la volvería a ver. Respiraba hondo, y el aire de la altura, fresco y profundo, entraba en é